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viernes, 29 de noviembre de 2019

Independiente...mente de la herencia futbolística recibida

                                                                     
     A priori, la resolución de la crucial instancia no admitía matices. Las opciones a adoptar no bien definida la serie se oponían diametralmente: 1) el llanto en el que solías debatirte cada vez que tu cuadro favorito perdía enfrentando a un rival que lo tenía alquilado ; 2) la más acabada exhibición de la traición que le tendiste a tu padre rompiendo EL código del hincha futbolero. Tu primitivo instinto de bostero converso, condición que ejercías exactamente desde el domingo 1 de marzo de 1987, en ocasión de una holgada derrota de tu exequipo ante River (1-4), no solo dictaba desechar terceras posiciones sino que también vaticinaba que la tendencia deficitaria amenazaba con extenderse.
    La verdad es que una potencial derrota no era para nada descabellada. Por entonces, Independiente lo tenía claramente de hijo a Boca en el historial, además de ostentar el mote de Rey de Copas que, puntual origen aparte, se correspondía fielmente con el impar haber de galardones internacionales que abarrota(ba)n las vitrinas del Rojo. 
   Por supuesto, los acontecimientos inmediatos tampoco ayudaban. Durante el primer semestre de la temporada, el club de Avellaneda se había consagrado en el ámbito doméstico en el Campeonato 1988-89, después de alcanzar a los xeneizes en la tabla de posiciones en virtud su triunfo en La Bombonera por 2 a 1 -idéntico score que en la rueda inicial del certamen-, para luego coronarse aventajando por ocho puntos a su escolta de La Ribera.
    Para colmo, el desarrollo de la final de ida de la Supercopa 1989 tampoco había contribuido a ahuyentar tu pesimismo. Ojalá se hubiera dado el 1-0 del torneo local en lugar de la abúlica igualdad en cero que invitaba a aventurar un panorama funesto en la revancha. Otra vez el peso de un historial adverso: el certamen continental de inminente definición aglutinaba a todos los cuadros que se hubieran proclamado campeones de la Copa Libertadores, cuyo máximo ganador era -y sigue siendo hasta el día de hoy- Independiente, con siete lauros, por no mencionar que hasta entonces el Rojo nunca había sucumbido en una final internacional. Ni siquiera tu entusiasmaba la auspiciosa campaña de Boca en la misma competencia , aun habiendo despachado a Racing -merecedor de la edición inaugural, celebrada el año anterior- y a Gremio, en cuartos y en semis, respectivamente.

                                                         

    Así, entre escéptico y derrotista, emprendiste rumbo hacia el estadio al que más veces acudiste durante tu niñez, con impostergable frecuencia quincenal. Es que tu viejo, conductor del cochazo que fuera ese Ford Sierra negro, no se resignaba a la irrenunciable realidad de que tu corazón bombeara perdurable sangre azul y oro. Aunque para su consuelo, su primogénito, sentado en el asiento de acompañante delantero, le había salido tan fana del Rojo -y antiBoca empedernido- como él, tan diablillo colorado como su nieto Lucas, el hijo de tu hermano, de actuales nueve primaveras.
    Pese a ser día laborable, el trayecto no resultó tan demorado, salvo al aproximarse al Nuevo Puente Pueyrredón. Fue allí cuando viviste el primer impacto de la noche, al contemplar embelesado cómo los partidarios de uno y otro cuadro, a instantes de librar un auténtico duelo, enarbolaban las insignias de sus pasiones predilectas, acaso la única muestra de confraternidad en la previa del clásico.
    Es que, apenas pusiste un pie en la otrora Doble Visera, comprobaste que el antagonismo entre los adherentes rojos y auriazules se tornaba indisimulable. Las partidas del Pato José Omar Pastoriza y Claudio Oscar Marangoni al no tan lejano vecino del otro margen del Riachuelo habían lesionado la más honda susceptibilidad de la parcialidad independientista. En ese sentido, arreciaban los cánticos difamatorios en dirección a la figura de ambos desertores rosarinos, como aquel que rezaba: De la mano del Bocha (Ricardo Enrique Bochini) ganaremos la Copa para todos los putos que se fueron a Boca...". ¿La prueba fehaciente de la afectada sensibilidad de los anfitriones? Los escupitajos causales de que fue víctima quien a la sazón obraba de presidente de la entidad de La Ribera, don Antonio Alegre, actor principal del resurgimiento de un club que se sumiera a mitad de la década del '80 en su más grave crisis institucional, financiera y deportiva, de gravitante labor en el pase de Maranga al Xeneize. La exposición de trofeos de guerra que, en teoría, una barra le había robado a su rival -y viceversa- ratificaban el irreconciliable encono entre las partes intervinientes.
     Mientras tanto, ya ubicado al igual que tu parentela roja en el sempiterno Sector Antonio Sastre de la platea techada, vos te la rebuscabas para atenuar la ansiedad que te despertaba el trascendental desafío en su antesala. Aunque efímero, tu divertimento consistió en anticiparte a la voz del estadio en cuanto a la enumeración de los asiduos patrocinadores de los partidos jugados por Independiente en carácter de local: Atelier Camote, fábrica de pastas Castel Gandolfo, Alíscafos, casa de electrodomésticos Pablo Baltaian -propiedad del homónimo exvicepresidente de los de Avellaneda-...
     Lo que siguió fue tu repentino silencio a favor de escuchar atentamente las respectivas alineaciones de los equipos. A modo de cortesía, se anunció en principio la formación de Boca, dirigido por el Carlos Alberto Aimar: Navarro Montoya; Stafuza, Simón, Marchesini, Cuciuffo; Giunta, Marangoni (capitán), Ponce, Latorre; Graciani, Perazzo. A continuación, el once titular de Independiente: Eduardo Pereira; M. Morales, Monzón, R. Delgado, Altamirano; Giusti (C), M. A. Ludueña, Bianco, R. Insúa; Reggiardo, Alfaro Moreno.
     No, no te lo creías. Imposible que un tipo que no deja(ba) detalle librado al azar como Jorge Raúl Solari, entrenador del Rojo, hubiera relegado al banco de suplentes al Maestro, la misma leyenda indeleble que habías aprendido a admirar desde tu más precoz infancia pese a que aun cerca del epílogo de su longeva, condecorada trayectoria vacunaba tupido a tu Boquita.
    Bochini -¿quién otro?- era capaz de causar estragos inclusive disminuido por lesión como estaba, pero el Indio no lo entendió así. Hasta que te hartaste de tanta fascinación por un jugador que conspiraba seriamente contra tus aspiraciones consagratorias. "¡Que se jodan!", pensaste para tu fuero íntimo, aunque sin lograr sustraerte de la idea de que ciertos valores de los de Avellaneda, como Alfaro Moreno -especialista en amargar al Xeneize desde su pasado en Platense, en donde el Beto realizó su debut absoluto- y el Gallego Insúa, un crack que descollaba en cuanto puesto le encomendaran desempeñarse.
                   
                                                                 
      El conmovedor recibimiento que las hinchadas le tributaron a sus respectivos clubes coronó la previa del culminante enfrentamiento, a excepción del sorteo de rigor que le otorgó el saque a Boca a la vez que a Independiente el ataque de cara a la cabecera de la visita, todo bajo el consentimiento del árbitro Juan Antonio Bava , bastante antes de que este último, ya retirado del referato, revelara su filiación bostera.
      De movida, el desarrollo del encuentro te sentó algo más atractivo que el del 0-0 en el estadio Camilo Cichero, rebautizado Alberto J. Armando desde el año 2000, aunque no tanto como el espectáculo que, según vos, brindaba La 12.
      Hincha de tu hinchada que te declarabas -y de la barra liderada por el Abuelo, digamos todo- se te tornó irresistible girar permanentemente tu visión hacia la derecha de tu persona para de esa manera jactarte tanto del colorido y tamaño variados de los trapos, estandartes y sombrillas que portaban José Barrita y sus secuaces como del copamiento de territorio ajeno que le atribuías a la masiva concurrencia de la legión azul y oro a Avellaneda. Es más, de acuerdo con tus cálculos, si los bosteros habían abigarrado una tribuna popular capa que solía albergar la friolera de 29.000 espectadores, sumados los miles de xeneizes alentaban situados en la platea techada, entonces nadie podía dudar de que aquella noche Boca era literalmente local en la Doble Visera.
    Saciada tu apetencia tribunera, redirigiste tu atención hacia las alternativas del partido, justo en el tramo más vibrante de la etapa inicial, en el que los candidatos al título se repartieron las más claras chances de abrir el marcador.
    A punto estuvo Boca de señalar el primer gol luego de que Blas Armando Giunta recuperara una pelota cerca del círculo central para ceder a Diego Fernando Latorre y este prolongara en búsqueda de la posición del Murciélago -o Alfil- Graciani, todo un especialista en anotar en cancha de Independiente, cuyo violento remate superó la estirada del arquero uruguayo Eduardo Pereira para estrellarse en la unión del travesaño y el palo derecho de la valla defendida por el arquero uruguayo, célebre por ataviarse en llamativos pantalones largos -incluso en las más tórridas jornadas veraniegas- en desmedro de los típicos shorts.
    Sin más preámbulos, la posibilidad más nítida de Independiente. El adelantamiento de su última línea, situada en campo xeneize, propició el remate de mediana distancia del primer zaguero de los rojos, Pedro Damián Monzón, para que Navarro Montoya concediera un rebote en el área chica auriazul  y solo evitara la caída de su arco conjurando la arremetida del centrodelantero Marcelo Jorge Reggiardo con una de sus piernas.
    Ya en el comienzo del complemento, los contendientes en pugna, incapaces de generar situaciones de gol de relevancia, parecieron sellar un pacto implícito, la conjunta voluntad de dirimir el duelo en la instancia de resolución que trascendía los 90' reglamentarios. Acaso por ello no te amedrentó el ingreso de Bochini cuando todavía faltaba media hora para que concluyera el encuentro. Consumado el pitazo final de Juan Bava te quedó la sensación de que Boca había sido ligeramente superior en el balance global, aunque sabías de sobra que no bastaba con el mero merecimiento para pegar la tan anhelada vuelta (olímpica). En ausencia de alargue, la única opción que restaba en virtud de quebrantar la igualdad resultante de las finales jugadas en La Ribera y en Avellaneda era definir por penales.
    Al respecto, lo primero que se te ocurrió fue remitirte a los desenvolvimientos de Navarro Montoya y Pereira en las series que procedían a los partidos que terminaban empatados en  elreciente torneo 1988-89 (*). Aun carente de material con el que cotejar sus antecedentes inmediatos, tu memoria te susurró que, si bien no se los podía calificar de expertos atajapenales, ambos guardametas habían tenido en aquel certamen más tardes felices que de las otras. Obviamente, exceptuando a los asistentes que hubieran llevado consigo una radio, el resto desconocía en la inminencia a los futbolistas designados para rematar desde los 12 pasos, aunque el misterio no tardó en develarse.
    Uno por uno, los eficaces ejecutores fueron intercalándose en el siguiente orden, en sintonía con el mutismo casi total  con el que la multitud afrontó la tanda: el Bocha Ponce (B), el Chaucha Bianco (I), Víctor Marchesini (B), el Negro Altamirano (I), Gambetita Latorre (B), el Gallego Insúa (I), Ívar Stafuza (B)...Así las cosas, la visita se imponía transitoriamente por 4-3.

miércoles, 14 de marzo de 2018


                                     El Superclásico más importante de 
                        la historia fue para Boca...hasta hoy        
                 
                                            
   Una de las características más salientes de la eterna rivalidad que mantienen Boca y River reside en las considerables oportunidades en que las dos instituciones más populares de nuestro país se enfrentaron en instancias decisivas, especialmente en eliminaciones directas de carácter oficial, tanto por torneos internacionales como en el ámbito local.
     En el primero de los casos, el cuadro xeneize dominó en principio ampliamente el historial  merced a los sucesivos triunfos obtenidos ante su máximo adversario, como el que se produjo en virtud del desarrollo de los cuartos de final de la Supercopa 1994, en el que -tras igualar en un tanto en La Bombonera- el equipo local se impuso por penales (5-4), previo empate sin goles en Núñez.
     Seis años más tarde, los de la Ribera se rehabilitaron de la derrota sufrida en el Monumental en el partido de ida (1-2) y se despacharon con un 3-0 de antología, el del inolvidable muletazo de Martín Palermo, quien retornó aquella noche a la práctica activa después de padecer la rotura del ligamento cruzado anterior de su rodilla derecha (1), con lo que se deshicieron del conjunto millonario en octavos de final para a la postre adjudicarse la Copa Libertadores ante Palmeiras después de 22 largas temporadas.
     Ya en la edición 2004 de la más trascendente competición continental, la escuadra auriazul eliminó a la banda sangre en semifinales al cabo de dos candentes cotejos en los que abundaron los encontronazos entre los futbolistas, expulsiones y fallos polémicos, no solo en los 90 ' iniciales -en los que Boca ganó por 1 a 0- sino asimismo en el 2 a 1 a favor de River que derivó en una nueva definición desde los doce pasos favorable a la visita (5-4), que enmudeció a un Estadio Antonio Vespucio Liberti abigarrado por más de 70.000 fanáticos del elenco anfitrión (2).
      La holgada ventaja de que otrora gozaran los boquenses en la faz internacional, no obstante, se redujo ostensiblemente producto de las (dos) lacerantes caídas que le propició su archirrival en solo seis meses, en las que tampoco faltaron la controversia, el -excesivo- juego brusco y los tumultos entre los protagonistas; ni siquiera la suspensión de uno de los duelos.
      Seguidamente de la encendida paridad (0-0) en el escenario rebautizado en 2000 como Alberto J. Armando (3), River despidió a Boca en semifinales de la Copa Sudamericana 2014 al batirlo por 1 a 0, la antesala de la victoria ante Atlético Nacional de Medellín (1-1 y 2-0, respectivamente) que le significó a la entidad milllonaria acreditarse ese trofeo por primera vez en su historia.
      En 2015, los acérrimos oponentes volvieron a cruzarse en octavos de final de la Copa Libertadores. Allí, el Millo -jugando nuevamente a lo Boca- triunfó como local por 1 a 0 antes de afrontar la revancha de apenas 45' de duración, habida cuenta del affaire gas pimienta que decretó el prematuro epílogo del Superclásico cuando los equipos empataban en cero. De ahí el dictamen de la CONMEBOL que le concedió el acceso a River a la fase inmediatamente posterior -en la que doblegó a Cruzeiro, su otra bestia negra copera - y, sucesivamente, a Libertad de Paraguay y Tigres (México), con lo que se adueñó del torneo continental más importante de Sudamérica que esquivo le resultara desde 1986.
       A diferencia de la supremacía usufructuada por el club azul y oro en llaves eliminatorias internacionales, su tradicional antagonista lo supera en el ámbito doméstico en lo que a desafíos a suerte y verdad concierne. De hecho, el team millonario prevaleció en la inaugural instancia mano a mano que en su haber registra el Superclásico.
       En ocasión del desarrollo de la ronda inicial de la Copa Competencia de Primera División de 1915 (4), River se estrenó en el torneo igualando 1 a 1 con su par xeneize en condición de visitante, en un encuentro cuya paridad no pudo romperse ni siquiera al ordenarse la disputa de cuatro tiempos suplementarios de 15 minutos cada uno. El referee recién discontinuó el match -en rigor, el más largo de la historia del derby por antonomasia del fútbol argentino- cuando se le vino la noche. La ausencia de iluminación natural -recién en 1935 se jugaría el primer cotejo con luz artificial, en la goleada de Vélez como local ante Platense por 4 a 2- motivó que se pautara un desempate una semana más tarde, en el que el actual cuadro de Núñez - entonces aún de La Boca- eliminó a los auriazules del certamen al vencerlos cómodamente por 4 a 2, en cancha de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires (GEBA).
       Tan solo tres temporadas después, idéntico trofeo originó un nuevo cruce entre los enconados contrincantes. Allí, River volvió a oficiar de verdugo al imponerse en partido único por la mínima diferencia en el estadio de Racing, en un enfrentamiento correspondiente a octavos de final de la Copa Competencia 1918, de la que River se coronó subcampeón al caer en el cotejo decisivo ante Porteño por 2 a 1.
       Puesto que ambos equipos compartieron el liderazgo de la primera rueda del Campeonato de Liga AFA de 1937 -que a posteriori obtuvo River-, el ente rector del fútbol argentino dispuso se disputara un desempate -premiado- entre millonarios y xeneizes, aunque con notorio delay... El clásico, dirimido recién en ¡¡¡1939!!! en el Viejo Gasómetro de San Lorenzo, fue -una vez más- para el conjunto riverplatense, que batió a su rival por 5 a 3. Aunque el abultado score no modificó las posiciones finales del torneo, sí es considerado extraordinariamente oficial.
       Otra insólita modalidad de resolución de un encuentro en que confrontaron Boca y River se produjo en oportunidad de la celebración de la Copa Adrián C. Escobar 1942 (5). Tras igualar 0 a 0 en 40' -tal era la duración de los cotejos decretada por el reglamento del certamen-, River -local- avanzó a la final -en la que caería por 2 a 0 frente a Huracán- al superar a Boca por...mayor cantidad de tiros de esquina a su favor en el trascurso del (reducido) partido.
        El cuadro de La Ribera no descontó sino el historial adverso -aunque más no fuera parcialmente- hasta obtener la Copa Competencia Británica George VI 1946 (6).  En el match inmediatamente anterior al que le valiera el título ante San Lorenzo en cancha de River (3-1), los xeneizes -en formato de play-off- derrotaron al Millo por 2 a 0 en feudo azulgrana.
        No obstante Boca culminó la temporada 1969 dando la vuelta olímpica en el mismísimo
Monumental, en un infartante duelo cuyo contexto semejó una cuasi final, fue River el que primó en el auténtico mano a mano disputado aquel año. Luego de haberse posicionado en la primera colocación de la Sección "A" del Campeonato Metropolitano junto con Chacarita -al que relegó a la condición de escolta por haber anotado mayor cantidad de goles- el club auriazul accedió las semifinales del torneo para chocar con la escuadra millonaria, segunda en la Zona "B". Pese al empate en cero derivado del gravitante desafío, fue la entidad de Núñez la que clasificó a la instancia culminante del certamen -en la que fue apabullado por el Funebrero por 4-1-, pues en su campaña en la ronda preliminar había marcado un tanto más que su tradicional oponente.
        Previa indeleble cuan infartante victoria de River por 5 a 4 en el José Amalfitani, en el que el cuadro triunfante, después de ir ganando 2-0 remontó un adverso tanteador transitorio de 2-4 en tiempo de descuento, en la inauguración de los cruces interzonales del Torneo Nacional 1972, el elenco de la banda roja oblicua eliminó al de la franja oro horizontal al doblegarlo en el mismo escenario (3-2), en un encuentro válido por las semifinales de aquel certamen. Sin embargo, los de Núñez resignaron las chances de conquistar el título al caer ante San Lorenzo -bicampeón de la temporada- al caer por 1 a 0, en otro cotejo disputado en cancha de Vélez.
        Técnico que debuta...pierde. La presentación absoluta de Carlos Daniel Aimar como director técnico de Boca coincidió con el duelo -los duelos, en rigor a la exactitud- que protagonizaron los clásicos adversarios durante la sexta fase del Torneo Clasificación, tal como se denominó a la ronda de perdedores de la Liguilla PreLibertadores 1989. En esa instancia, tras haber empatado 0 a 0 en La Bombonera y en el Antonio Vespucio Liberti -en ese orden- River ganó 2 a 1 en el estadio mundialista de Liniers, en una noche de torrencial lluvia en la que Daniel Alberto Passarella jugó el último partido de su excelsa trayectoria profesional, antes de conseguir el acceso al máximo certamen continental al imponerse a San Lorenzo al cabo de dos cotejos (1-0 y 0-0).
        Por fin, la Copa Centenario 1993, torneo oficial no regular en conmemoración del centenario de la creación de AFA. Durante el trascurso de la rueda preliminar, Boca obró de anfitrión en una chata igualdad sin tantos. En la revancha, River se impuso por 1 a 0 en la modalidad conocida como muerte súbita o gol de oro, adicional al tiempo reglamentario, en la que se atribuía automáticamente la victoria el primer equipo en vulnerar la valla del rival de turno. Consumado su triunfo, sin embargo, el conjunto de Núñez -postrero subcampeón al ser derrotado en la final por Gimnasia por 3 a 1- no logró sentenciar la participación del xeneize en la competición pues aún aguardaba por este la ronda de perdedores, en la que fue eliminado al sucumbir ante Argentinos en el Estadio José Amalfitani (0-1), todo un estigma para la escuadra auriazul. Es que allí mismo había sido superada inicialmente por los millonarios, tal como sucediera en la práctica totalidad de las llaves definitorias en que intervino a lo largo de los años no solo cotejando con su eterno contendiente, sino asimismo enfrentando a contrincantes no tradicionales como Estudiantes, a cuya merced se inclinó en el desempate del Apertura 2006.
      Con todo, pese a la calidad y cantidad de batallas libradas por las partes actuantes a manera de eliminación directa tanto en torneos internacionales como locales, la única final dirimida en partido único que registra el historial oficial entre los dos gigantes del fútbol argentino se produjo en el ámbito doméstico. En efecto, Boca y River, cuyas respectivas campañas en las dos últimas temporadas los habían encumbrado como los mejores equipos, fueron llamados a confrontar en el encuentro culminante del Torneo Nacional 1976 (7).
      Respecto del elenco de Núñez, su auspiciosa labor en aquel certamen probó fehacientemente que a la conquista del  bicampeonato de 1975, bajo la conducción de su máximo ídolo, Ángel Amadeo Labruna, con lo que quebrantara una racha adversa de 18 años de sequía -la más extensa de la existencia riverplatense-, no le siguió el supuesto aburguesamiento que suele endingárseles a los cuadros que alcanzan su objetivo más preciado. Tampoco lo disuadió su segundo intento trunco de adjudicarse la Copa Libertadores.
      Eso sí, para conservar el protagonismo, los millonarios paliaron la partida de su figura indiscutida, Norberto Osvaldo Alonso, al Olympique de Marsella, con una combinación especialmente eficaz: la permanencia de la base del equipo (bi)campeón, de la que sobresalían Ubaldo Matildo Fillol, Roberto Alfredo Perfumo, Juan José López, Reinaldo Carlos Merlo y Oscar Mas, a quienes se agregaba la confirmación como titular de Daniel Alberto Passarella, algo postergado en el Metro '75; con incorporaciones de renombre como Victorio Nicolás Cocco -de ulterior paso por Boca- y Alberto Beltrán , integrantes del San Lorenzo que se consagró en 1972 y 1974; y Francisco Fatiga Russo, pieza fundamental del brillante Huracán que se acreditara el Metropolitano '73. De ese modo, los dirigidos por el Feo se hicieron con cierta comodidad de la Sección "A", esto es, la primera ronda del Nacional '76, que le reportó resultados históricos como la goleada ante San Telmo (7-1), y triunfos inapelables como el 4 a 2 frente a Racing. Posteriormente, el Millo se adentró en la rueda de eliminación directa, en la que derrotó en cuartos de final y semifinales, respectivamente, a dos difíciles adversarios: Quilmes (2-1) y Talleres -la revelación del certamen- por 1 a 0, en un controvertido cotejo jugado en La Bombonera.

         Para Boca, el año no podía haber comenzado mejor. La consecución del Campeonato Metropolitano excedió el valor del logro en sí mismo (8). Es que en el lapso comprendido entre 1973 y 1975, el cuadro azul y oro -si bien constante candidato al título- se había caracterizado por aflojar constantemente en las instancias clave. Es cierto que los subordinados al entrenador Rogelio Antonio Domínguez, fiel cultor del lirismo, desplegaban en el terreno de juego un fútbol lujoso -aunque algo ajeno al paladar del adherente xeneize promedio-, con Osvaldo Rubén Potente como intérprete ineludible; pero como asegurara alguna vez Juan Carlos Lorenzo, técnico reemplazante del exarquero de Racing, River, Real Madrid y la Selección Nacional, aquel equipo "fallaba siempre en el sprint final".
        El Toto, quien como jugador se había desempeñado en el club entre 1945 y 1947-y dirigido a River en 1967-, se juraba -a diferencia de Domínguez- un resultadista de pura cepa. No por nada, apenas asumido en sus funciones, acuñó una de sus máximas más conocidas: "Boca es Sportivo Ganar Siempre". Para fundamentar su postulado, Lorenzo, con la anuencia del presidente de la entidad, el inefable Alberto José Armando (5), selló adquisiciones del valor de los exfutbolistas de River, Hugo Orlando Gatti y Ernesto Mastrángelo, quienes estuvieron a sus órdenes en el revolucionario Unión de 1975 al igual que Rubén José Suñé, de regreso a la institución en la que debutó absolutamente una vez recompuesto su vínculo con el mandamás auriazul; así como los concursos del ex zaguero central millonario, Francisco Pedro Manuel Sá, procedente del multicampeón Independiente; Carlos José Veglio, campeón con Giancarlo como DT en San Lorenzo del Metro y Nacional de 1972;  Jorge Daniel Ribolzi, que se destacó en Atlanta; y Juan Alberto Taverna, de Banfield, en el que le señaló  SIETE goles a Huracán de Ingeniero White en la holgadísima victoria del Taladro por ¡¡¡13 a 1!!!, por el Nacional '75, récord de anotaciones de un jugador en un mismo partido en el Profesionalismo, aún imbatido. A ellos se acoplaban los referentes del plantel que había quedado, como Roberto Mouzo, Vicente Alberto Pernía, Alberto César Tarantini, Jorge José Benítez, Marcelo Antonio Trobbiani y Darío Luis Felman.
     Inmediatamente después de concretar su meta inicial, al Equipo de viejos -tal como se había denominado al conjunto boquense por el promedio de edad de sus componentes- llegó para el segundo semestre como refuerzo más trascendente, Mario Nicasio Zanabria, estelar talento del Newell's que se coronó en el Metropolitano '74. 
     Aun pese a su encomiable arranque, en el que edificó un invicto de seis encuentros, al elenco de Lorenzo le costó más de lo esperado la clasificación a la fase posterior. Es más, cuando restaban dos jornadas para el cierre de la Sección "A" ocupaba la tercera ubicación, lo que atentaba inexorablemente contra sus ansias de repetir la exitosa campaña del Metro. No obstante sus triunfos ante Independiente (1-0) y (2-1), el Xeneize terminó compartiendo la cima de su Zona con Quilmes. Por ello, debió jugar un desempate con los cerveceros, a quienes se impuso por 2-1. Solo así pudo doblegar consecutivamente en la siguiente ronda a Banfield (2-1) y Huracán (1-0), para acceder a la finalísima ante su tradicional rival.

                                 


     Clasificados para el cotejo que definiría al campeón del Torneo Nacional, los planteles de Boca y River dedicaron la vigilia a reponerse de la ajetreada segunda ronda, en la que habían disputado dos -y hasta tres partidos -tal el caso de los de La Ribera, contando el desempate vs Quilmes- en una semana, tras lo que debían confrontar solo tres días más tarde. No obstante, el reposo no fue todo lo reparador que los candidatos al título hubieran deseado.
      Por el lado de los millonarios, quienes concentraron en el 725 Hotel Continental, emplazado en el centro de la Ciudad de Buenos Aires, se desató un encono entre los referentes del primer equipo -entre ellos, Mostaza Merlo y J.J. López- y la Comisión Directiva, al diferir en el monto y el modo del premio que le correspondía a los futbolistas por haber arribado a la instancia culminante y por la cifra adicional que les sería entregada en caso de conseguir el título. Por lo demás, Labruna ya había decidido la alineación titular, a excepción de Pinino Mas, de quien se suponía se recuperaría óptimamente de la leve molestia que lo aquejaba.
      Los de la Ribera, a su vez, establecieron su sitio de operaciones en La Candela, en la que se confirmó la ausencia por desgarro del Chino Benítez, a quien sustituirían Zanabria o Veglio. Asimismo, se ponía en duda la actuación del Héber Mastrángelo, aquejado por un traumatismo en uno de sus tobillos. Fue allí que Juan Carlos Lorenzo -quien concibiera la célebre frase "por cada gil que avivás, matás cuatro vivos"- montó una pantomima tendiente a desorientar a los trabajadores de prensa, pero más aún a su oponente de Núñez: delante de todo el mundo ordenó se vendase al convaleciente delantero en su tobillo derecho, el sano. Los periodistas compraron y se apresuraron en divulgar la novedad. Todo por si a Passarella -marcador de Mastrángelo- se le ocurría trabajar la humanidad del exatacante más de la cuenta.
    Mientras tanto, el universo futbolístico, sin distinción alguna de camiseta, se aprestaba a disfrutar de un acontecimiento inédito, con visos de irrepetibilidad. Jamás volvería a reeditarse la final de un Superclásico de manera oficial...Hasta el día de la fecha. Sí, es hoy...

martes, 26 de abril de 2016

                 
                Maradona preso: mi inocencia interrumpida

                                             

       -Ma, ¿es él?- pregunté sollozante, como esperando la confirmación menos deseada.
     -Sí, hijo. ¿Quién si no? - respondió mi vieja, cuando las lágrimas, a borbotones, habían ganado su expresión.
      El escueto diálogo finalizó abruptamente.


      No podía ocurrir en otro momento del día. En coincidencia con el ocaso del viernes 26 de abril de 1991, dos de los más conspicuos feligreses del credo maradoneano asistíamos apabullados a la televisadísima y poco espontánea redada policial que derivó en la detención del D10S del fútbol. 
     El colmo de la impotencia consistía en que nuestro ídolo estaba siendo arrestado a tan solo seis cuadras de casa, en esa esquina de Franklin y Rojas del barrio porteño de Caballito casi tan célebre como se constituiría a posteriori la intersección de la avenida Segurola y (La) Habana de Villa Devoto, en la que Diego Armando retaría a duelo a cierto belicoso rival.
      Nunca en mi existencia maldije tan enfáticamente mi tierna edad. Resultaba risueño siquiera pensar en que un mozalbete de diez años pudiera apersonarse en la contingencia del procedimiento y evitar que apresaran a su más preciado héroe. Abatido, me dirigí hacia el mismo patio en el que con asiduidad intentaba emular las destrezas del Diego -siempre fui tan zurdo como él y, además, en esa época, en los picados me desenvolvía en su mismo puesto- a afrontar mi pena en absoluta soledad. Era plenamente consciente de que nada podía hacer por el Pelusa, al que la maraña de cámaras y flashes lo retrataban barbudo -síntoma inequívoco, según ciertos ejemplares que creen conocerlo a fondo, de que el astro anda en la mala-, desvariando y con cara lisérgica.
      Aun encanado, suspendido por habérsle detectado dóping positivo (1) y defenestrado por los dogmáticos de ocasión, la admiración que entonces le tributaba a mi idolatrado no disminuyó ni un ápice.
      Sin embargo, admito que fue allí que, por más de una razón, sentí ultrajado mi aniñado candor. Desde la "revistita" -tal como llamaba Maradó a El Gráfico cuando ambos rompían relaciones- (2), en rigor, una de las publicaciones que tan prematuramente me movieron a interesarme en el periodismo, sugerían que en el dispositivo montado el 26/4, el Diez -a quien cuando ejemplo adularon hasta la saciedad- había sido pillado en la misma cama con dos amigos suyos.

martes, 12 de enero de 2016

                                             Funes, corazón de búfalo
                                                        
                                                       

                                       

        "¿El delantero que más me costó? Tengo el recuerdo de un partido con Gimnasia y Esgrima de Mendoza, por el Campeonato Nacional. El Polaco (Vladislao) Cap nos había avisado que el 9 de ellos era bravo, asi que armó todo para que la pareja de centrales fuera (Oscar Alfredo) Ruggeri como libre y yo saliendo a buscarlo, la cosa es que choqué tres o cuatro veces durante el primer tiempo y me mató. Codazos, pisotones; estaba todo roto. Entonces le pedí a Ruggeri que fuera un poco él...le dio también para que tenga". Claro que Roberto Aníbal Passucci desconocía que el ignoto cuan corpulento atacante rival, quien en pos de recobrar las energías perdidas tras un extenuante partido solía bajarse un sachet de leche de una sola sentada, estaba acostumbrado a lidiar con fieras auténticas que en comparación reducían al mínimo la bravura de semejante pareja de zagueros centrales. Menos aun, el inexpugnable defensor imaginaba que para el Rambo de 1.80 metros y 90 kilogramos de peso era usual adentrarse por largos días y noches en el frondoso monte puntano, testigo privilegiado de sus encarnizados duelos con jabalíes y pumas, ya fuese cuchillo en mano o a fuego de carabina.
       Eso sí, la caza representaba apenas una de las aficiones de Juan Gilberto Funes, nacido el viernes 8 de marzo de 1963 en la capital de la provincia de San Luis. Papá Pedro le legó su primer nombre en conmemoración de su ídolo, Juan Gálvez, quien curiosamente había fallecido cinco días antes que el recién llegado. No extrañó por tanto, la creciente pasión por los fierros que heredara El Sapo -tal uno de sus primeros apodos-. Ya en su temprana infancia, se la pasaba en el taller mecánico familiar. Allí, sentó los cimientos de su legendaria potencia mediante una práctica -en principio- temeraria producto de su prematura edad: alzaba las pesadas cajas de velocidad de los Mercedes Benz, empleando un  grueso lazo trenzado que ataba a su cuello, únicamente con las fuerzas de sus brazos y piernas, con la finalidad de que tales armatostes se unieran eficientemente al motor de los automóviles.
       A su vez, El Juan - alias de índole familiar-,  iniciaba su  trayectoria como jugador en el club de baby fútbol Parque Patricios, cuyas auspiciosas actuaciones posibilitaron su posterior traspaso a Huracán de San Luis, para el que se desempeñó en la Liga local hasta 1981. Entonces, sobrevino el (casi) debut oficial de Funes: Sarmiento de Junín, que había ascendido por primera vez en su historia a la élite del fútbol argentino, solicitó sus servicios para afrontar el Torneo Metropolitano que a la postre obtendría el Boca de Diego Armando Maradona. En los cuatro meses que se desempeñó en las filas de El Verde, el fornido centrodelantero forjó una estrecha amistad con Ricardo Alberto Gareca, una de las figuras del equipo, al tiempo que el principal  responsable de su relegamiento al banco de suplentes e inclusive a la Reserva.
      Frustado su bautismo de fuego en Primera División, Funes propició el retorno al cobijo de sus pagos natales para recalar respectivamente en Jorge Newbery de Villa Mercedes y Sportivo Estudiantes de San Luis, en un marco más emparentado con el "alma de potrero" que cierta vez el atacante declaró poseer. De su tranco arrollador sabían asimismo en las provincias vecinas; de ahí que fuera contratado en 1983 por Gimnasia y Esgrima de Mendoza, que a instancias de su consagración en su Liga de origen, accedió a disputar el Campeonato Nacional, en el que el puntano anotó sus primeros (dos) goles en la máxima categoría. Una de ellas, ante los Xeneizes, en ocasión de un empate en un tanto, en el Estadio Malvinas Argentinas.
      Las incipientes condiciones del robusto Juan Gilberto acabaron por confirmarse definitivamente, en la que es hasta el momento la última incursión del Lobo mendocino en 1ra. Las cinco conquistas que señaló en la fase inicial del Nacional '84 fueron determinantes para que Gimnasia clasificara a la segunda ronda, en la que no obstante sumara una nueva anotación, su equipo fue eliminado en cuartos de final por Argentinos, campeón del certamen. De ese modo, su primera experiencia en el exterior no tardó en efectivizarse...

martes, 29 de diciembre de 2015

 
                 Tangalanga, el (re)inventor del llamado telefónico


   
      Fue en la enseñanza primaria que el mozalbete pelirrojo, nacido el viernes 10 de noviembre de 1916 en las cercanías de la Plaza del Congreso, forjó sus dotes de ácido bromista. Una de las majaderías preferidas del travieso niño consistía en escribir en el pizarrón la lista de sus compañeros ausentes, entre los que intercalaba improperios supuestamente ajenos a un establecimiento educativo. Y no fallaba: invariablemente, los desprevenidos maestros leían: "Rodríguez, Falsoni, Antoni....PUTO". A lo que pretendía significar una severa reprimenda, el osado gurrumín solía responder: "Señor, es la última...por hoy".
         El teléfono vendría después, mucho después. Era un consumado cincuentón cuando realizó su primer llamado, que no respondió a una mera autosatisfacción de incordiar al prójimo sino a mitigar el durísimo trance que debía afrontar su querido Sixto, a quien una compleja intervención en su cabeza lo había confinado a la postración. Eso sí, el delicado paciente gozaba de llamativa lucidez, lo que hasta le permitía quejarse ante su solícito confidente de la impunidad con que lo estafaba el veterinario que atendía a su perrito, que "cobra que parece (René) Favaloro". De ese modo, se produjo en 1962 el debut absoluto del anónimo justiciero telefónico, quien no vaciló en amenazar con "romperle el alma" al desaprensivo especialista -un "talabartero podrido", según su propia (des)calificación-, si algo le sucedía al Puchi, alias del tan infortunado como ficticio can. Al llevarle la grabación (1), las sonoras risotadas del desahuciado enfermo parecieron revitalizarle cuerpo y alma, no obstante el cuadro irreversible que ya se había obstinado con instalarse en derredor suyo.
           Enteramente devastado por la muerte de su entrañable amigo, en 1964, Julio Victorio de Rissio, infinitamente más conocido como el Doctor Tangalanga, Raúl Tarufetti o Licenciado Varela (2), decidió colgar el tubo de manera indeclinable. Si bien a lo largo de dos años había efectuado alrededor de 30 llamados -de los que se conservan contados registros, joyas como "Tintorería" o "Carro atmosférico"-, por lo que su círculo áulico llegó a sugerirle que podría dedicarse en paralelo a la comicidad, de Rissio optó por abocarse exclusivamente a su función de gerente de compras en Colgate-Palmolive. En esa compañía, en la que en principio revalidó sus estudios de taquigrafía y dactilografía, resultó crucial para el despuntar artístico de Susana Giménez, a quien la ligaba el estrecho vínculo que desde joven mantenía con los padres de la diva.

                                               


         Luego de 34 temporadas ininterrumpidas de intachable desempeño en la empresa en cuestión, a de Rissio le fue ofrecido idéntico rol por el presidente de una de las firmas competidoras líderes. "Si los norteamericanos te aguantaron tanto tiempo, seguro que boludo no sos", le garantizó un tal Mauricio Borensztein (3), amigo en común con Sixto, al dubitativo Julio. En efecto, el consejo del inmenso Tato Bores contribuyó en gran medida a su ingreso en las filas de Odol, en la que se desenvolvió desde 1972 hasta 1995, al ser aquella curiosamente absorbida por...Colgate Palmolive.
         ¿Cuánto más habría de durar el impasse comprendido entre las conversaciones telefónicas de la década de 1960 y las que habrían de sucederlas? El disparador fue una impiadosa hepatitis que en 1980 lo tumbó por espacio de ¡¡¡70!!! días. En las primeras semanas en las que lo aquejaba la persistente afección, de Rissio se sentía "muerto, muy tirado", de acuerdo con su propio testimonio. Una vez sobrevenido el estado de convalecencia, sus amistades -Tato Bores incluido- comenzaron a acercarle anuncios de diarios y revistas para que retomara los antiguos llamados con los que se habían deleitado al igual que el infortunado Sixto. Así, al tiempo que paliaba el tan obligado como interminable reposo, imprescindible para recobrar su óptima salud, Julio, rebautizado definitivamente como Tangalanga, Tarufetti y afines, iniciaba, puteadas a Blanca Curi mediante, una trayectoria de humorista que lo encumbraría progresivamente en la cima de la idolatría, venerado por fanáticos de a pie y por otros tantos notables.

martes, 8 de diciembre de 2015

                                      Hace 30 años, el Mundo conoció a 
                                      los GlobeTrotters de La Paternal
   
                                           


    El extenso periplo hacia el Imperio del Sol Naciente pretendía constituirse en el corolario de un ciclo apoteósico, inédito en la historia del hijo dilecto del barrio de La paternal. En el período comprendido entre 1984 y 1985, Argentinos Juniors no sólo se había coronado bicampeón a nivel local -nunca antes había obtenido siquiera un Campeonato de Liga AFA- , sino asimismo adjudicado por primera vez la Copa Libertadores, en la que, por caso, había eliminado en semifinales a Independiente, entonces vigente campeón continental y mundial, y a América de Cali en la instancia culminante, en definición por penales, al cabo de tres encendidos cotejos (1).
     Pese al tenor encomiable de sus logros, el Bicho no dejaba de ser considerado un equipo chico, austero en lo que a popularidad respecta, lo que en teoría lo relegaba de la posibilidad de conquistar la Copa Intercontinental. En cambio, tal honor -decían- le correspondería fácilmente a su adversario: el opulento Juventus de Michel Platini, su máxima figura, así como de la Selección de Francia ganadora de la Eurocopa '84-; Gaetano Scirea -fallecido prematuramente en un accidente automovilístico- y Antonio Cabrini, prolíficos baluartes de la defensa de la Vecchia Signora entre el primer lustro de la década de 1970 y 1980, al tiempo que integrantes de la Italia campeona del Mundo en España '82; Michael Laudrup, ascendente atacante danés, de destacada labor en México '86; y el tosco pero efectivo centrodelantero Aldo Serena, mundialista de la Squadra Azzurra en dos oportunidades consecutivas; que había accedido a enfrentarse con Argentinos tras acreditarse la Champions League, aunque en luctuosas circunstancias, habida cuenta del desencadenamiento del episodio conocido como La Tragedia de Heysel (2).
    No obstante la modestia que en la víspera del cotejo  se le atribuía en comparación con su poderoso contricante, el conjunto de La Paternal sabía que no se había llegado hasta el lejano Japón para limitarse a ejercer el rol de partenaire. A los descollantes valores surgidos de su cantera -denominada El Semillero del Mundo (3)- como Adrián Domenech, Claudio Borghi y Sergio Batista, los dos últimos campeones mundiales en México, se le acoplaban futbolistas experimentados de la talla de Jorge Mario Olguín, referente de la zaga central del combinado albiceleste que se consagrara como anfitrión en la Copa del Mundo de 1978; Juan José López, talentoso volante derecho que cosechara siete títulos en el plano doméstico en los once años en que brillantemente se desempeñara en River, institución en la que fuera contemporáneo de Emilio Nicolás Commisso y José Luis Pavoni; y José Antonio Castro, tan peligroso al encarar por el wing derecho como espontáneo para efectuar declaraciones filosas.                         ¿Quién era el responsable del equipo? De ningún modo, un mero continuador de la obra que iniciara Angel Amadeo Labruna, obligado a renunciar a su cargo a mediados de 1983, merced al precario estado de salud que poco después le depararía la muerte (4). Tampoco un improvisado reemplazante de Roberto Marcos Saporiti, bajo cuya conducción Argentinos alcanzó el Torneo Metropolitano 1984...
  En su trayectoria como entrenador, a José Yudica bien se lo puede calificar de hacedor de milagros; antes, durante y después de su primer paso por el Bicho (5). De su admirable palmarés sobresalen
 hitos como el primer campeonato conseguido por Quilmes en la Era Profesional (Metropolitano 1978), el retorno de San Lorenzo a la máxima categoría del fútbol argentino (1982) y la vuelta olímpica que a posteriori pegaría Newells al erigirse como el mejor cuadro de la temporada 1987/ 1988. Entre tamaños lauros, por supuesto, median la obtención del Nacional y la Copa Libertadores en 1985 ya con Argentinos, progresiva y necesaria escalada hacia el objetivo final que lo había trasladado hacia el continente asiático.

                                 


  De carácter distante -hombre de pocas pulgas, que le dicen-, el Piojo, quien jamás se permitió tutear a sus dirigidos, se sentía, sin embargo, plenamente familiarizado con la causa. Se atrevió, inclusive, a garantizar públicamente la superioridad de su elenco, a la par que relativizó la valía del adversario: "Me da la impresión que esta gente está  segura de que nos van a golear...Y me parece que se van a llevar una gran desilusión". Y añadió: "Sí, es cierto que le reconozco méritos de su experiencia, que es mayor que la nuestra, y de la seguridad para concretar las situaciones propicias; pero sigo creyendo que nosotros somos mejor equipo."
  Por el lado de Juventus, el único que parecía reconocer abiertamente la trascendencia del compromiso a dirimirse el domingo 8 de diciembre de 1985 era Platini. "Nadie duda de que en Europa y en Sudamérica se está el mejor fútbol del mundo. Yo respeto mucho a los jugadores argentinos no sólo porque tienen una gran técnica, sino porque triunfan en el Calcio",  manifestó en la previa el astro francés, al tiempo que remarcó la particular importancia del trofeo en disputa para el conjunto turinés, que si bien "ya ganó todos los títulos posibles, éste es el único que nos falta".
  Agotado el tiempo de los dichos, comenzaba a vislumbrarse en el campo de juego lo que se insistía en rotularse como un choque de estilos diametralmente opuestos. Líbero y stópper vs marcación en zona. Pragmatismo y mecanización vs improvisación y técnica individual. Superioridad física y atlética vs La nuestra (6). En esencia, un típico enfrentamiento futbolístico entre un equipo europeo y otro sudamericano.

viernes, 2 de octubre de 2015

 
                                     Rock Hudson, el seductor trágico



                                                     
     "Cuando era un chiquillo, supe que quería ser actor. Pero como vivía en una ciudad del Medio Oeste no lo decía porque era una cosa de nenas", reveló ya en su madurez el galante artista de Hollywood al retrotraerse a su infancia, signada por los apremios derivados de La Gran Depresión de 1929.
     De hecho, cuando niño, Roy Harold Scherer, nacido el 17 de setiembre de 1925 en Winnetka (Illinois), residía en una modesta aunque amplia vivienda -propiedad de sus abuelos- con el resto de la numerosa parentela. Mientras que los anfitriones pernoctaban en un porche cerrado, y su tío y esposa -a quienes se sumaban sus cuatro hijos- ocupaban el altillo, al pequeño le asignaron el dormitorio central junto a sus padres.
     Pese al estrecho vínculo que lo unía a su mujer e hijo, papá Roy, mecánico de profesión, abandonó el habitado hogar frustrado por el impedimento de mantener a la familia que había conformado. Nunca volvió: se instaló definitivamente en California.
     Fue allí que Roy Harold junior afianzó sensiblemente el lazo con su madre Kay, de quien heredó, por caso, el escepticismo por la religión en un entorno imbuido por la ortodoxia del catolicismo. Tanto que, en un descuido de su progenitora, la abuela Wood propició el bautismo del niño en la Iglesia del Colegio Sagrado Corazón al que acudían sus primos, con los que compartía la austera vivienda de Winnetka.
     Con todo, Roy jr continuó sus estudios secundarios en la escuela pública New Trier, célebre por la formación musical y teatral que proponía a sus alumnos. Si bien ya disfrutaba con los filmes de John Hall y Dorothy Lamour, lo concreto es que el adolescente distaba entonces de manifestar aptitudes artísticas con las que gozar del favor de las autoridades del establecimiento. Tampoco era que a sus 15 años pudiera jactarse de poseer un rostro atractivo ni un físico de Adonis. Por el contrario, su desgarbados 1,94 metros de altura hacían resaltar todavía más su ya esmirriada figura, lo que redundaba en serias dificultades para conseguir una vestimenta acorde a su considerable estatura.
     Por entonces, Roy se contentaba con aprender a tocar el piano observando a mamá Kay. Así, de oídas, fue capaz de ofrecer distintas versiones de boogie-woogie, que complementaba con rítmicos danzarines de jitterbug. Eso sí, fue desechada la posibilidad de ampliar su educación en una academia pues las financias escaseaban. Inclusive, para abaratar costos, madre e hijo se mudaron a la mansión de una familia pudiente en la que Kay se había empleado, en la que compartían una cama en la habitación consignada al personal de servicio.
    El apuro económico pareció menguar en cuanto Kay -a quien su hijo definió alguna vez como "mi madre, padre y hermana mayor"- conoció al marinero Wally Fitzgerald, quien se desempeñaba como paleador de carbón en la planta Water Works, proveedora de agua y electricidad. Una vez celebrada la boda, Fitzgerald adoptó a Roy bajo su tutela; de ahí que le legara su apellido.
   No obstante la aceptación inicial, fueron las discrepancias en la concepción de la virilidad las que deterioraron progresivamente la relación entre Roy y su padrastro. A las palizas que Fitzgerald le infligía a su esposa -con la que se casó, divorció y luego volvería a casarse-, le seguían las padecidas por el adolescente, puesto que consideraba que solo de ese modo su hijastro se convertiría íntegramente en un hombre.
  Tardíos resultaron, sin embargo,  los lacerantes correctivos. Es que Roy se había decantado con suma antelación. Tenía exactamente nueve años cuando, en virtud de una visita a una granja contigua al hogar de sus abuelos, se sintió atraído por el sexo masculino, especialmente por el dueño de la finca, mucho mayor que él.
                                             

   Recién concluiría que no era el "único que se sentía así" al enrolarse en la Marina, para la que sirvió entre 1943 y 1946. Una vez destinado a la isla Samar (Filipinas) en pleno desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, Roy -entre temerarias maniobras- se introdujo en las experiencias homosexuales con varios de sus compañeros, no sin antes su partenaire de ocasión le garantizara la más absoluta discreción.

sábado, 19 de septiembre de 2015

  El detallado análisis del historial entre Los Pumas y los All Blacks

                                           
    Es la víspera del trascendental debut de Los Pumas en la Copa del Mundo de Inglaterra 2015. ¿El rival? Nueva Zelanda, la máxima potencia rugbística, al que lo vincula un historial de enfrentamientos con saldo netamente adverso, aunque a la vez dotado de  récords, curiosidades e incluso un único resultado "favorable", con tintes de hazaña.
    En lo que respecta a certámenes mundialistas, Argentina y los All Blacks confrontaron en dos oportunidades, coincidentemente con los dos títulos logrados como anfitrión por el conjunto de Oceanía. En el primer cotejo, correspondiente a la tercera y última jornada del Grupo C del Campeonato de 1987 (1), los neocelandeses vapulearon a Los Pumas por 46-15, tras lo que el equipo capitaneado por Hugo Porta resultó eliminado puesto que necesitaba apoyar tres tries -y no uno, como acabó sucediendo- en el ingoal del temible adversario para acceder a la segunda ronda.
    El restante se produjo en virtud de la celebración de la RWC 2011, que antecedió a la que Inglaterra inauguró ayer con un triunfo sobre Fiji (35-11). Luego de una encomiable producción en la etapa inicial, en la que inclusive había logrado ponerse en ventaja en el score, el combinado nacional sucumbió a la irrefrenable arremetida del local y se despidió del torneo en cuartos de final al caer por 33-10 en el Eden Park de Auckland (2), escenario de la postrera consagración de Nueva Zelanda al superar ajustadamente a Francia (8-7) en la instancia cúlmine, tal como ocurriera en 1987, aunque entonces el triunfo fue por 29-9.
  Por otra parte, desde que se incorporaran en 2012 al Rugby Championship (3), Los Pumas se convirtieron en asiduos oponentes de los All Blacks. No obstante, lejos de constituirse en un escollo, el representativo albiceleste resultó vencido en los siete encuentros que disputaron hasta el momento. En su edición debut, de hecho, el equipo argentino padeció la mayor derrota de su historia como local, al ser arrollado por 54-15 por los Hombres de Negro en el Estadio Unico Ciudad de La Plata, con lo que consecuentemente la visita acabó por conquistar el trofeo.

                                       
    A su vez, el historial de test-matches, en un principio la base de los enfrentamientos entre Los Pumas y los All Blacks, depara resultados récords para el combinado nacional, especialmente por el componente catastrófico de las derrotas sufridas. Es que durante la gira que realizara por el país de Oceanía, en 1997, la Selección Nacional de rugby afrontó el más duro traspié de su existencia: los neocelandeses los aplastaron por ¡93 a 8! en el primer desafío, así como 62-10 en la revancha, si cabe el término.
  No obstante, fue en esa misma condición que Los Pumas consiguieron su único aliciente -que no triunfo- ante el mejor equipo del Mundo, empresa de la que próximamente se cumplirá su trigésimo aniversario.

sábado, 12 de septiembre de 2015

 
                                   

                                El Loco Gatti: la despedida más injusta

                                       
   En coincidencia con la vigésimo quinta temporada consecutiva de su laureada trayectoria, al ídolo, quien refundara el denominado puesto de los bobos, lo envolvió en cada presentación de su equipo el sentido aplauso de las hinchadas del fútbol argentino, a excepción de la propia. Hacía tiempo ya que en La Bombonera no resonaba el consabido hit que otrora le tributara el sector más bullicioso de la parcialidad de Boca. "Eh, chupe, chupe, chupe, no deje de chupar...El Loco es lo más grande del fulbo' nacional", tal el cántico que le tributaba cada domingo el sector del Jugador Nº 12 comandado por José Barrita, hasta que el longevo arquero cometió la osadía de inmiscuirse en menesteres tocantes a los oscuros intereses de El Abuelo y sus adláteres.
   Dos fueron los motivos primordiales por los que Hugo Orlando Gatti provocó la ira de los caracterizados adictos al cuadro xeneize. En primer lugar, el oriundo de la localidad bonaerense de Carlos Tejedor, se había decantado públicamente en las elecciones presidenciales boquenses de fines de 1986 por la victoriosa fórmula Antonio Alegre-Carlos Heller -de denodado empeño por erradicar a las barrabravas de los estadios- en desmedro de la candidatura lanzada por el binomio Alberto J. Armando-Luis Conde, por el que abogaba La 12 de El Abuelo. Posteriormente, el Loco, de filiación radical, que había heredado de su campechano padre, adhirió a través de un spot publicitario a la campaña proselitista de Juan Manuel Casella, por la Gobernación de la Provincia de Buenos Aires; al contrario de Barrita y su barra, que apoyó al justicialista Antonio Cafiero, postrero triunfador en los comicios, habida cuenta de su manifiesta suscripción al peronismo (1). No extrañó, por tanto, el creciente repudio de los vándalos hacia la figura del exguardameta, al que no solo le dedicaron gruesos epítetos, sino trapos - de acuerdo con el argot tribunero- en el que, por ejemplo, lo tachaban de "hincha del austral".

                                   
   Peor aún, el desarrollo de la primera rueda del Campeonato de Primera División 1987/1988 se caracterizó por una paupérrima producción colectiva de Boca, que le costara el cargo a dos directores técnicos en solo 19 fechas, así como por una notoria declive en el rendimiento individual de sus futbolistas, que afectó principalmente al Loco Gatti.
  Si bien en la jornada inaugural del certamen el experimentado portero le había contenido su remate a Rubén Darío Insúa, en la derrota xeneize como local ante Estudiantes por 2 a 1, que le significó conquistar el  récord de penales atajados en la Era Profesional (26), su gravitación resultó nula, por caso, para evitar la histórica goleada por 6 a 0 con la que Racing prácticamente sentenció la gestión de Roberto Marcos Saporiti como entrenador del club de la Ribera.
  Con la consecuente asunción de Juan Carlos Lorenzo, quien iniciaba de ese modo su segundo ciclo
 como DT de Boca, la alicaída figura de Gatti pareció revitalizar. Es que el Toto -que lo dirigiera en aquel equipo de Unión que se constituyó como la revelación del Torneo Metropolitano 1975, obtenido por River tras 18 años aciagos- fue el mismo técnico que solicitara expresamente su contratación para conformar la escuadra azul y oro que se consagrara a nivel local, continental e intercontinental durante el segundo lustro de la década de 1970.

                                 

    Pronto, no obstante, se resquebrajó el idilio que el Loco mantenía con Lorenzo, a quien consideraba junto a César Luis Menotti uno de los mejores entrenadores que tuviera en su extensa carrera. El conflicto se originó en ocasión del inapelable 5 a 1 con que Newell's arrolló al conjunto xeneize en plena Bombonera, del que Gatti fue directamente responsable en la apertura del marcador así como de la tenue resistencia ofrecida en los dos goles subsiguientes, lo que disparó el hostigamiento al que sistemáticamente lo sometía la barra de El Abuelo e incluso el abucheo de gran parte de los hinchas genuinos que aquella tarde habían concurrido al entonces llamado Estadio Camilo Cichero. De ahí que el de Carlos Tejedor pidiera encarecidamente su reemplazo en el intervalo por el arquero suplente, Sergio Luis Genaro, a su director técnico.
  Tras el holgado traspié, Gatti se sumió en tal abatimiento que dejó de concurrir repentinamente a los entrenamientos semanales del plantel xeneize, una de las más serias faltas en las que, según Juan Carlos Lorenzo, podía incurrir un futbolista. Por ello, el cruce de declaraciones que sostuvieron el guardameta y el entrenador. Mientras que el Toto tildó a su dirigido de gattista -esto es, de excesivo individualismo-, el autoexcluido Loco, definitivamente desilusionado con uno de sus dos DT predilectos, acusó a Giancarlo de abandonar a Boca en el epílogo de su primera etapa al frente del equipo cuando se requería "ponerle el hombro" -de acuerdo con su textual testimonio- a la merma que en 1979 comenzaba a despuntar en la performance auriazul.
  A instancias de la opaca labor de Genaro en la valla xeneize, Gatti y Lorenzo pactaron una momentánea tregua que posibilitó el retorno del Loco a la titularidad a falta de tres fechas para la culminación de la primera rueda del campeonato. La forzada convivencia, sin embargo, apenas se prolongó unas pocas semanas, pues el Toto fue cesado en sus funciones por la Comisión Directiva como consecuencia de la errática campaña del primer equipo, que al finalizar el año 1987 ocupó la penúltima plaza en la tabla de posiciones.
  Lejos de abrumarse con la partida de Lorenzo, a Gatti lo entusiasmó la anunciada contratación del sucesor del Toto, procedente de Independiente, en el que se desempeñara exitosamente merced a la calidad y cantidad de laureles conseguidos. Incluso, el exarquero se animó a definir al nuevo entrenador como "un Menotti reo", dotado de "la sabiduría de la calle", con lo que -exceptuando algún matiz- pretendió describir la corriente de afinidad que él creía lo vinculaba  al tercer DT que asumía en Boca en solo un semestre.
 Grosero error de cálculo de alguien que se ufanaba de ser el más vivo en el deporte no apto para "boludos"...

viernes, 14 de agosto de 2015

                                  A 40 años del final de la famosa racha

                                           
       Tras un extenso período signado por el esplendor, sobrevino inexplicablemente el deterioro de la Casa Blanca del fútbol argentino. Fueron diversas las causas que contribuyeron al paulatino resquebrajamiento de la fastuosa estructura. Entre ellas, el fracaso que derivó especialmente para River del impulso del denominado Fútbol Espectáculo de comienzos de 1960 (1), en el que a las buenas intenciones de su presidente, Antonio Vespucio Liberti, se opuso no solo la ausencia de títulos, sino también la decepcionante producción de las rimbombantes incorporaciones realizadas, como la del español Pepillo II (2), proveniente del Real Madrid, a quien se lo consideraba el sucesor de Alfredo Di Stéfano; la lacerante derrota ante Peñarol (2-4), luego de haberse impuesto por 2-0 al finalizar la primera mitad, por el tercer partido final de la Copa Libertadores 1966, jugado en Santiago de Chile, que le valió al cuadro de Núñez el infame mote de gallina (3) y el evidente penal por mano intencional cometido por Luis Gallo, lateral derecho de Vélez, insólitamente ignorado por el árbitro Guillermo Nimo, en la igualdad en un tanto ante el club de Liniers por el triangular desempate del Nacional 1968, determinante para la postrera consagración del Fortín, que relegó al Millonario al subcampeonato por diferencia de gol.
         Peor aún. Durante la nefasta racha que entonces atravesaba la entidad riverplatense, Boca cosechó cuatro títulos a nivel local en un lapso de siete años, la mayoría de ellos obtenidos ante su más acérrimo adversario cuando ambos equipos pugnaban por adjudicarse el certamen.
   Tal fue el caso del Superclásico correspondiente a la penúltima fecha del Campeonato de Primera División 1962, disputado en la Bombonera. Allí, a instancias del referee Carlos Nai Foino, se produjo uno de los episodios más polémicos de la historia del tradicional enfrentamiento: el del famoso adelantamiento del arquero xeneize, Antonio Roma, en el penal ejecutado por el brasileño Delem. No obstante las airadas protestas de los jugadores visitantes, el conjunto millonario cayó por 1 a 0, tras lo que debió conformarse con el segundo puesto, a solo dos puntos de Boca, merced a la goleada auriazul sobre Estudiantes (4-0) en la jornada de cierre.
         Por muy frustrante que haya resultado aquella experiencia, sin embargo, no puede compararse al despojo sufrido por River en favor de su archirrival al cabo de la definición del Campeonato Nacional 1969. En esa oportunidad, el club de Núñez y su par de la Ribera se enfrentaron en el Monumental por la décima séptima y última fecha; una auténtica final , pues el conjunto visitante, líder del certamen, aventajaba a su contrincante por apenas dos unidades, con lo que un hipotético triunfo millonario podía forzar un desempate.
         El entrenador de Boca era una legendaria gloria millonaria: Alfredo Di Stéfano, quien en lugar de decantarse por el tradicional estilo combativo xeneize, le inculcó a sus dirigidos el fútbol de galera y bastón propio del paladar riverplatense. De ahí el planteo ofensivo que propusieron sus dirigidos desde el inicio del clásico, gracias a lo cual el Muñeco Norberto Madurga estableció el 2-0 parcial cuando restaban 10 minutos para la culminación de la primera etapa.
         Pese al inmediato descuento de Oscar Pinino Más, y la posterior anotación de Víctor Marchetti ya en el complemento, la reacción de River no pudo impedir que Boca se adjudicara el torneo y diera la consecuente vuelta olímpica en feudo enemigo, aunque salpicada por la apertura de los grifos que riegan el campo de juego del Monumental.
          Llegado el año 1975, el  millonario acarreaba 18 temporadas consecutivas sin conseguir un título a nivel local, la sequía más importante de su existencia, que se insinuaba más cruel aun habida cuenta de la sistemática humillación a la que lo sometió su máximo rival durante ese período.
         Por tanto, la Comisión Directiva riverplatense, encabezada por Rafael Aragón Cabrera, resolvió contratar los servicios del hijo dilecto de la casa, en quien confiaban iría a emular como entrenador su exitosa campaña como futbolista, en la que había logrado un sinfín de galardones, de los que destacan la obtención de nueve Campeonatos de Liga AFA, tres Copas Aldao, tres Copas doctor Carlos Ibarguren y una Copa Escobar; amén de haberse erigido como el máximo artillero de la historia de River, con 317 conquistas, y de la oficialidad del Superclásico (16). Casi nada...