sábado, 20 de febrero de 2016

           Las modernas edificaciones se expanden por toda la zona


           Caballito Norte parece mirar desde las alturas


           Al mismo tiempo que las sofisticadas torres arrasaron con
           las casonas características del barrio, las grandes cadenas
          de supermercados hicieron lo propio con almacenes y tiendas


                                       

       "La licorería dentro del placar...para ahogar los tiempos que ya nunca vendrán", reza una lejana canción de Fito Páez, alguna vez vecino de la zona. Es que el progreso irrumpió para nunca marcharse. Las modestas casonas de principios de siglo pasado sólo permanecen vívidas en la inmortalidad de los recuerdos. En su lugar, imponentes y fastuosas torres se yerguen -en sentido figurado y literal- a toda máquina, se apilan una al lado de la otra. Pareciera que el norte de Caballito se obstinó en ganar altura hasta rozar el mismísimo firmamento.
       Sin embargo, el aggiornamiento no es especialmente bienvenido por todos. Los persistentes ruidos de la obra de la modernidad ponen a prueba la capacidad auditiva de los iracundos habitantes de la vieja guardia. Ellos, en cambio, preferirían el otrora silencio casi insuperable de sus empedradas calles, apenas interrumpido allá a lo lejos por el pesado tránsito de colectivos propio de las avenidas Acoyte y Díaz Vélez. Los ocasionales transeúntes, a la par, no maldicen los sofisticados edificios, sino al estado de las veredas, las cuales -en paradójico contraste- abundan en baldosas hundidas, residuos de perro e improvisados basurales. "Les voy a hacer limpiar la c... con la lengua", amenaza una sexagenaria vecina, quien por enésima vez procederá al rito de baldear el frente de su casa.
       Con todo, el norte caballitense es lo suficientemente versátil tanto para ofrendar  sus bondades a la educación, como para generar beneficios a sus comerciantes. Por caso, la Universidad Maimónides, erigida sobre la calle Hidalgo, no sólo constituye un fluido caudal de estudiantes, de amplio espectro de nacionalidades, ávidos de forjarse un futuro mejor. Asimismo, posibilitó la resurrección de los tradicionales bares en derredor suyo, famélicos de nuevos clientes. Hacia allí acuden, por tanto, los alumnos de la facultad, acaso deseosos de saciar sus ansiedades intelectuales.
       Entre los que no fueron capaces de sobrevivir al vendaval del progreso, destacan las almacenes, bastiones de todo barrio que se precie. Su certificado de defunción lo firmaron las grandes cadenas de supermercados, como Jumbo o, más recientemente, Walmart, cuya flamante estela se adecua al incipiente verde del boulevard emplazado sobre Honorio Pueyrredón. Los autoservicios de origen chino, cómplices involuntarios de aquéllos aunque a la vez menos espectaculares, se multiplican cuadra a cuadra. Sus clientes, que los acusan de comprensión selectiva del castellano -léase, cuando les conviene- suelen preguntarse: "¿Son o se hacen?".
       El monumento al Cid Campeador, presa de recurrentes profanaciones, ya está en condiciones de burlar los barrotes que lo cercan y valerse de su estirpe de guerrero. Las indestructibles torres que lo rodean, cuyos cimientos se solidificaron en el advenimiento de la modernidad, se encolumnan cual aliados infranqueables. Nada ni nadie podrá meterse ya con el intimidante norte de Caballito, que si bien conserva sus dotes de hospitalario, su robustez inagrietable y su vitalidad en auge lo tornan inexpugnable.



jueves, 18 de febrero de 2016

                     El Negro Suárez: a 40 años de la gira de la muerte
                                                       

      La que en la actualidad se denomina República Democrática del Congo fue (es) una de las naciones africanas que más padeció la opresión del colonialismo, los devastadores efectos de las sucesivas guerras que en su seno se produjeron, la exposición a las distintas epidemias que diezmaron considerablemente su población, la inclemencia de las extremas temperaturas que en la zona se suscitan e inclusive el sadismo de los distintos gobiernos dictatoriales que, con la complicidad de las potencias extranjeras, sumieron al país en la pobreza extrema y crónica.
      Uno de los principales culpables de que históricamente Congo se haya debatido en un auténtico calvario es Mobutu Sese Seko (1), que detentara ilegalmente el mando en la que él mismo rebautizara como República de Zaire entre 1965 y 1997, año este último en el que, luego de haber sido destituido de su cargo, a instancias del estallido del conflicto bélico conocido como Primera Guerra del Congo, fallecería como consecuencia de un cáncer de próstata contra el que había batallado larga y vanamente.
       Durante su extensa cuan ilegítima gestión, su insaciable ambición de poder motivó a Mobutu, amén de autoproclamarse como el "Padre de la Nación", a ejercer en simultáneo los cargos de Primer Magistrado, Comandante en Jefe de de las Fuerzas Armadas y de la Policía, así como en su persona recayó la facultad de designar a los miembros de la Suprema Corte -integrantes del Gabinete y gobernadores de las provincias incluidos- y de atender los asuntos relacionados con la política exterior. A este último respecto, estrechó lazos carnales con Bélgica, Francia y -muy especialmente- con Estados Unidos  (Zaire era uno de sus aliados en el marco de la Guerra Fría) , lo que en la práctica contradecía la supuesta campaña proafricana y antieuropea con la que el tirano, dotado de infame demagogia, pretendió embaucar a ¿su? pueblo.

                                               

          De hecho, a la par que se denunciaban públicamente innumerables vejámenes a los derechos humanos y el país incrementaba su deuda progresivamente, Mobutu promovió en 1974 el llamado Combate del Siglo o Rugido de la Jungla, que involucró a dos de los mejores boxeadores de la historia,
afroamericanos ellos, como  Muhammad Ali -acérrimo defensor de los derechos de la raza negra, entonces manifiestamente segregada- y George Foreman, con victoria del primero. La encarnizada contienda, celebrada en el Estadio Nacional de Kinshasa, capital zaireña, fue presenciada por 60.000 enfervorizados espectadores, cuya mayoría se decantó por Cassius Clay al grito de "Ali bumaye" ("Ali, matalo"), pues no bien arribado al país, The Greatest -a diferencia de Frazier- se entregó al calor de los nativos, que lo idolatraban hasta lo indecible. ¿Mobutu? De ninguna manera concurrió al evento. En cambio, prefirió seguir las alternativas de la pelea desde su fastuoso palacio. Sabia decisión, la suya: su integridad habría sufrido la merecida represalia de una población abocada a la miseria y el hambre si la misma se hubiera enterado de que el tirano había desembolsado 10.000.000 de dólares por que su feudo fuera sede del combate.
       Por supuesto, la injerencia de Mobutu no podía permanecer ajena al deporte más popular del planeta. Si bien autorizó el debut absoluto de la Selección Nacional de Zaire -reciente campeona de la Copa Africana de Naciones (2)- en un Mundial de fútbol, a medida que la performance del principiante equipo en Alemania '74 decrecía ostensiblemente, máxime a partir de la demoledora goleada que por ¡¡¡9 a 0!!! le infligiera Yugoslavia (3), el déspota instruyó a la guardia presidencial -estratégicamente apostada en derredor de la concentración de la delegación zaireña- para que le advirtiera a los jugadores que en caso de perder por más de tres goles ante Brasil (4), ni se les ocurriera tan siquiera la remota idea de intentar el retorno a su país de origen. De allí que Mwepu Ilunga protagonizara lo que se considera uno de los episodios más jocosos que en su haber ostenta el historial mundialista, que en realidad no fue tal...No era que el defensor del representativo africano ignorara por completo el reglamento futbolístico; por lo contrario, con su arrebatado shot de rumbo incierto quiso no solo simbolizar el descontento del plantel después de anoticiarse de que no percibirían los premios que habían convenido en abonarle, sino asimismo exteriorizar -a título personal- su visceral repudio hacia el régimen de Mobutu.
       Así las cosas, en un contexto insoslayablemente hostil, dos instituciones argentinas  fueron invitadas a comienzos de 1976 a realizar una gira por la República de Zaire gobernada por Mobutu Sese Seko, tal como hiciera el Santos en 1967, año en que el propio dictador le entregara a Pelé la llave de la ciudad de Kinshasa. No, no se trataba precisamente de gigantes como Boca y River, sino de Talleres de Córdoba y Temperley, equipos de vertiginoso ascenso en el ámbito local.
       Si bien beneficiado por la reestructuración implementada en la temporada 1967, que redundó en la creación de los campeonatos Metropolitano y Nacional -este último permitía acceder a la máxima categoría a los equipos no directamente afiliados a la AFA-, el Matador se consolidó como animador permanente de los torneos en lo que hasta ese momento había intervenido, por no mencionar que se aprestaba a erigirse como una de las revelaciones del año '76 (5). De las filas del conjunto de Barrio Jardín destacaban valores como José Daniel Valencia, Luis Adolfo Galván y Miguel Angel Oviedo (6), integrantes del plantel argentino que en calidad de anfitrión se adjudicara por primera vez la Copa del Mundo, en 1978; el talentoso volante ofensivo Luis Antonio Ludueña, el Hacha original; y Humberto Rafael Bravo, segundo goleador histórico del club que, a su vez, ostenta un envidiable récord: es el único en anotar en cuatro oportunidades -en un mismo partido- en el clásico cordobés, en ocasión de una goleada  como visitante sobre Belgrano (4-0), el 25 de mayo de 1976.

                                               


        Por su parte, el Celeste de Turdera había promocionado a Primera División en 1975 luego de militar ininterrumpidamente en el ascenso por 43 años. No obstante, su paupérrima producción en el Metropolitano, en el que ocupó la última colocación, le habría significado la pérdida automática de su plaza en la elite si el órgano rector del fútbol argentino no hubiera suprimido los descensos que le cabían a los dos cuadros colistas en la tabla de posiciones. Con todo, el Gasolero mejoró con creces su campaña en el Nacional, en el que obtuvo la Zona "D" justamente con Talleres, al que derrotó por
 3 a 1 como local previo empate en Córdoba (1-1). Pese a que en la Ronda Final fuera relegado al último lugar, sobresalió en la alineación titular de Temperley un joven atacante proveniente de Estudiantes, natural de San Juan, que se había sumado -a préstamo- en la víspera del certamen: Oscar Jorge Suárez, cuyas auspiciosas actuaciones, como la de la jornada en la que
anotara dos tantos en la caída de su equipo (3-2) ante el River de Angelito Labruna -que se coronaría bicampeón de la temporada-,  le valieron el  uso de la opción del pase, tasado en 45.000.000 de pesos antiguos.
        A modo de pacto de confraternidad, ambos clubes decidieron emprender en conjunto el extenso periplo aéreo que comprendió la ruta Buenos Aires-Río de Janeiro-Madrid, para depositarlos en Kinshasa, ciudad cabecera de la nación del África subsahariana inmersa en una feroz dictadura. Nobleza obliga, apenas arribadas a la República de Zaire, las comitivas de Talleres y Temperley gozaron de una cálida recepción: así como los alojaron en el lujoso hotel capitalino La Rigole, disfrutaron de la exquisita cocina al estilo francés (7), en la que abundaban carnes magras, y verduras y frutas de lo más exóticas. Incluso, fueron puestos sobre aviso del peligro que conllevaba consumir agua corriente, la que debieron reemplazar por gaseosas y un híbrido entre cerveza rubia y negra, que en esas latitudes solía beberse a temperatura ambiente.
        Al tiempo que intentaban familiarizarse con el modus vivendi zaireño -aunque, por caso, nunca dejaron de extrañarse con la costumbre de las madres nativas de acarrear a sus hijos dormidos en sus espaldas-, los ilustres visitantes sudamericanos inauguraron oficialmente la gira de dos semanas por la que habían sido contratados, lo que les significó percibir un oneroso cachet que revitalizó las magras arcas de dos equipos que no escapaban a la crisis generalizada del fútbol argentino, a la vez jaqueado por la grave situación económica entonces imperante en nuestro país. Tanto, que en ese sentido el Torneo Metropolitano '76 amenazó con no iniciarse.
        Fue Talleres, el que -con diferencia- prevaleció en su estadía en el mal llamado Continente Negro, al culminar invicto su campaña de cuatro partidos. En principio, enfrentó a CS Imana -hoy DC Motemba P- y al As Vita Club, a los que se impuso, respectivamente, por 1 a 0 para posteriormente acreditarse la Copa República de Zaire, al superar a su coterráneo Temperley (3-2) y nuevamente a Cs Imana, aunque en esta ocasión por idéntico score que ante el Celeste.
        Los medios especializados locales elogiaron "la técnica remarcable y la exhibición de alto vuelo futbolístico" ofrecida por los de La Docta, a la par que aseveraron: "Después de la visita del Santos de Pelé, nunca habíamos visto tan buen fútbol como el de Talleres". Más aún, el Jefe de Deportes del Diario Elima, Ntukani Nzuzi Musenda, maravillado con las destrezas enseñadas por el Hacha Ludueña, le suplicó al traductor que lo acompañaba que le transmitiera al futbolista el siguiente mensaje: "Dígale al hombre de los cabellos largos y negros que él es el Dios del fútbol, que nos ha deslumbrado tanto como Pelé. Repito, que es el Dios del fútbol". Enterado que fue de las loas que le había dedicado el periodista, el mediocampista tallarín ni se mosqueó. Es más, hasta se permitió una devolución por demás graciosa: ¿Que yo soy Dios? ¡Por Favor! Ni de Diablo me he recibido".

                                                   

           En contraste, la magra tarea tanto en la faz individual como colectiva de la alineación de Temperley, que apenas si logró rescatar una agónica igualdad ante el As Vita Club en su último encuentro (2-2). Anteriormente, los del Sur del Gran Buenos Aires, además de haber caído contra Talleres y el SC Imana, habían sido vapuleados por la Selección de Zaire (1-4).
          Lamentablemente, en lo que sí coincidieron una y otra delegación poco después de haber regresado el 6 de febrero de 1976 a nuestro país, tras un agotador vuelo de escalas similares al del viaje de ida, fue en el repentino deterioro del estado de salud de algunos de sus componentes.  
          Debilidad, mareos, nauseas, picos de fiebre de más de 40 grados...la aguda sintomatología se replicó en la totalidad de los damnificados. Benito José Valencia, wing derecho de Temperley, fue el primero en resultar internado, en la Clínica Luisa Cravenna de Gandulfo de Lomas de Zamora. Casi en simultáneo, ingresaron en el Hospital Privado Centro Médico de la ciudad de Córdoba al utilero de Talleres, Adán Honores, y a una de sus máximas figuras, el delantero mundialista Miguel Angel Oviedo, al que en plena confusión le atribuyeran la muerte de un basquetbolista cordobés del mismo apellido.

martes, 12 de enero de 2016

                                             Funes, corazón de búfalo
                                                        
                                                       

                                       

        "¿El delantero que más me costó? Tengo el recuerdo de un partido con Gimnasia y Esgrima de Mendoza, por el Campeonato Nacional. El Polaco (Vladislao) Cap nos había avisado que el 9 de ellos era bravo, asi que armó todo para que la pareja de centrales fuera (Oscar Alfredo) Ruggeri como libre y yo saliendo a buscarlo, la cosa es que choqué tres o cuatro veces durante el primer tiempo y me mató. Codazos, pisotones; estaba todo roto. Entonces le pedí a Ruggeri que fuera un poco él...le dio también para que tenga". Claro que Roberto Aníbal Passucci desconocía que el ignoto cuan corpulento atacante rival, quien en pos de recobrar las energías perdidas tras un extenuante partido solía bajarse un sachet de leche de una sola sentada, estaba acostumbrado a lidiar con fieras auténticas que en comparación reducían al mínimo la bravura de semejante pareja de zagueros centrales. Menos aun, el inexpugnable defensor imaginaba que para el Rambo de 1.80 metros y 90 kilogramos de peso era usual adentrarse por largos días y noches en el frondoso monte puntano, testigo privilegiado de sus encarnizados duelos con jabalíes y pumas, ya fuese cuchillo en mano o a fuego de carabina.
       Eso sí, la caza representaba apenas una de las aficiones de Juan Gilberto Funes, nacido el viernes 8 de marzo de 1963 en la capital de la provincia de San Luis. Papá Pedro le legó su primer nombre en conmemoración de su ídolo, Juan Gálvez, quien curiosamente había fallecido cinco días antes que el recién llegado. No extrañó por tanto, la creciente pasión por los fierros que heredara El Sapo -tal uno de sus primeros apodos-. Ya en su temprana infancia, se la pasaba en el taller mecánico familiar. Allí, sentó los cimientos de su legendaria potencia mediante una práctica -en principio- temeraria producto de su prematura edad: alzaba las pesadas cajas de velocidad de los Mercedes Benz, empleando un  grueso lazo trenzado que ataba a su cuello, únicamente con las fuerzas de sus brazos y piernas, con la finalidad de que tales armatostes se unieran eficientemente al motor de los automóviles.
       A su vez, El Juan - alias de índole familiar-,  iniciaba su  trayectoria como jugador en el club de baby fútbol Parque Patricios, cuyas auspiciosas actuaciones posibilitaron su posterior traspaso a Huracán de San Luis, para el que se desempeñó en la Liga local hasta 1981. Entonces, sobrevino el (casi) debut oficial de Funes: Sarmiento de Junín, que había ascendido por primera vez en su historia a la élite del fútbol argentino, solicitó sus servicios para afrontar el Torneo Metropolitano que a la postre obtendría el Boca de Diego Armando Maradona. En los cuatro meses que se desempeñó en las filas de El Verde, el fornido centrodelantero forjó una estrecha amistad con Ricardo Alberto Gareca, una de las figuras del equipo, al tiempo que el principal  responsable de su relegamiento al banco de suplentes e inclusive a la Reserva.
      Frustado su bautismo de fuego en Primera División, Funes propició el retorno al cobijo de sus pagos natales para recalar respectivamente en Jorge Newbery de Villa Mercedes y Sportivo Estudiantes de San Luis, en un marco más emparentado con el "alma de potrero" que cierta vez el atacante declaró poseer. De su tranco arrollador sabían asimismo en las provincias vecinas; de ahí que fuera contratado en 1983 por Gimnasia y Esgrima de Mendoza, que a instancias de su consagración en su Liga de origen, accedió a disputar el Campeonato Nacional, en el que el puntano anotó sus primeros (dos) goles en la máxima categoría. Una de ellas, ante los Xeneizes, en ocasión de un empate en un tanto, en el Estadio Malvinas Argentinas.
      Las incipientes condiciones del robusto Juan Gilberto acabaron por confirmarse definitivamente, en la que es hasta el momento la última incursión del Lobo mendocino en 1ra. Las cinco conquistas que señaló en la fase inicial del Nacional '84 fueron determinantes para que Gimnasia clasificara a la segunda ronda, en la que no obstante sumara una nueva anotación, su equipo fue eliminado en cuartos de final por Argentinos, campeón del certamen. De ese modo, su primera experiencia en el exterior no tardó en efectivizarse...

martes, 29 de diciembre de 2015

 
                 Tangalanga, el (re)inventor del llamado telefónico


   
      Fue en la enseñanza primaria que el mozalbete pelirrojo, nacido el viernes 10 de noviembre de 1916 en las cercanías de la Plaza del Congreso, forjó sus dotes de ácido bromista. Una de las majaderías preferidas del travieso niño consistía en escribir en el pizarrón la lista de sus compañeros ausentes, entre los que intercalaba improperios supuestamente ajenos a un establecimiento educativo. Y no fallaba: invariablemente, los desprevenidos maestros leían: "Rodríguez, Falsoni, Antoni....PUTO". A lo que pretendía significar una severa reprimenda, el osado gurrumín solía responder: "Señor, es la última...por hoy".
         El teléfono vendría después, mucho después. Era un consumado cincuentón cuando realizó su primer llamado, que no respondió a una mera autosatisfacción de incordiar al prójimo sino a mitigar el durísimo trance que debía afrontar su querido Sixto, a quien una compleja intervención en su cabeza lo había confinado a la postración. Eso sí, el delicado paciente gozaba de llamativa lucidez, lo que hasta le permitía quejarse ante su solícito confidente de la impunidad con que lo estafaba el veterinario que atendía a su perrito, que "cobra que parece (René) Favaloro". De ese modo, se produjo en 1962 el debut absoluto del anónimo justiciero telefónico, quien no vaciló en amenazar con "romperle el alma" al desaprensivo especialista -un "talabartero podrido", según su propia (des)calificación-, si algo le sucedía al Puchi, alias del tan infortunado como ficticio can. Al llevarle la grabación (1), las sonoras risotadas del desahuciado enfermo parecieron revitalizarle cuerpo y alma, no obstante el cuadro irreversible que ya se había obstinado con instalarse en derredor suyo.
           Enteramente devastado por la muerte de su entrañable amigo, en 1964, Julio Victorio de Rissio, infinitamente más conocido como el Doctor Tangalanga, Raúl Tarufetti o Licenciado Varela (2), decidió colgar el tubo de manera indeclinable. Si bien a lo largo de dos años había efectuado alrededor de 30 llamados -de los que se conservan contados registros, joyas como "Tintorería" o "Carro atmosférico"-, por lo que su círculo áulico llegó a sugerirle que podría dedicarse en paralelo a la comicidad, de Rissio optó por abocarse exclusivamente a su función de gerente de compras en Colgate-Palmolive. En esa compañía, en la que en principio revalidó sus estudios de taquigrafía y dactilografía, resultó crucial para el despuntar artístico de Susana Giménez, a quien la ligaba el estrecho vínculo que desde joven mantenía con los padres de la diva.

                                               


         Luego de 34 temporadas ininterrumpidas de intachable desempeño en la empresa en cuestión, a de Rissio le fue ofrecido idéntico rol por el presidente de una de las firmas competidoras líderes. "Si los norteamericanos te aguantaron tanto tiempo, seguro que boludo no sos", le garantizó un tal Mauricio Borensztein (3), amigo en común con Sixto, al dubitativo Julio. En efecto, el consejo del inmenso Tato Bores contribuyó en gran medida a su ingreso en las filas de Odol, en la que se desenvolvió desde 1972 hasta 1995, al ser aquella curiosamente absorbida por...Colgate Palmolive.
         ¿Cuánto más habría de durar el impasse comprendido entre las conversaciones telefónicas de la década de 1960 y las que habrían de sucederlas? El disparador fue una impiadosa hepatitis que en 1980 lo tumbó por espacio de ¡¡¡70!!! días. En las primeras semanas en las que lo aquejaba la persistente afección, de Rissio se sentía "muerto, muy tirado", de acuerdo con su propio testimonio. Una vez sobrevenido el estado de convalecencia, sus amistades -Tato Bores incluido- comenzaron a acercarle anuncios de diarios y revistas para que retomara los antiguos llamados con los que se habían deleitado al igual que el infortunado Sixto. Así, al tiempo que paliaba el tan obligado como interminable reposo, imprescindible para recobrar su óptima salud, Julio, rebautizado definitivamente como Tangalanga, Tarufetti y afines, iniciaba, puteadas a Blanca Curi mediante, una trayectoria de humorista que lo encumbraría progresivamente en la cima de la idolatría, venerado por fanáticos de a pie y por otros tantos notables.

martes, 8 de diciembre de 2015

                                      Hace 30 años, el Mundo conoció a 
                                      los GlobeTrotters de La Paternal
   
                                           


    El extenso periplo hacia el Imperio del Sol Naciente pretendía constituirse en el corolario de un ciclo apoteósico, inédito en la historia del hijo dilecto del barrio de La paternal. En el período comprendido entre 1984 y 1985, Argentinos Juniors no sólo se había coronado bicampeón a nivel local -nunca antes había obtenido siquiera un Campeonato de Liga AFA- , sino asimismo adjudicado por primera vez la Copa Libertadores, en la que, por caso, había eliminado en semifinales a Independiente, entonces vigente campeón continental y mundial, y a América de Cali en la instancia culminante, en definición por penales, al cabo de tres encendidos cotejos (1).
     Pese al tenor encomiable de sus logros, el Bicho no dejaba de ser considerado un equipo chico, austero en lo que a popularidad respecta, lo que en teoría lo relegaba de la posibilidad de conquistar la Copa Intercontinental. En cambio, tal honor -decían- le correspondería fácilmente a su adversario: el opulento Juventus de Michel Platini, su máxima figura, así como de la Selección de Francia ganadora de la Eurocopa '84-; Gaetano Scirea -fallecido prematuramente en un accidente automovilístico- y Antonio Cabrini, prolíficos baluartes de la defensa de la Vecchia Signora entre el primer lustro de la década de 1970 y 1980, al tiempo que integrantes de la Italia campeona del Mundo en España '82; Michael Laudrup, ascendente atacante danés, de destacada labor en México '86; y el tosco pero efectivo centrodelantero Aldo Serena, mundialista de la Squadra Azzurra en dos oportunidades consecutivas; que había accedido a enfrentarse con Argentinos tras acreditarse la Champions League, aunque en luctuosas circunstancias, habida cuenta del desencadenamiento del episodio conocido como La Tragedia de Heysel (2).
    No obstante la modestia que en la víspera del cotejo  se le atribuía en comparación con su poderoso contricante, el conjunto de La Paternal sabía que no se había llegado hasta el lejano Japón para limitarse a ejercer el rol de partenaire. A los descollantes valores surgidos de su cantera -denominada El Semillero del Mundo (3)- como Adrián Domenech, Claudio Borghi y Sergio Batista, los dos últimos campeones mundiales en México, se le acoplaban futbolistas experimentados de la talla de Jorge Mario Olguín, referente de la zaga central del combinado albiceleste que se consagrara como anfitrión en la Copa del Mundo de 1978; Juan José López, talentoso volante derecho que cosechara siete títulos en el plano doméstico en los once años en que brillantemente se desempeñara en River, institución en la que fuera contemporáneo de Emilio Nicolás Commisso y José Luis Pavoni; y José Antonio Castro, tan peligroso al encarar por el wing derecho como espontáneo para efectuar declaraciones filosas.                         ¿Quién era el responsable del equipo? De ningún modo, un mero continuador de la obra que iniciara Angel Amadeo Labruna, obligado a renunciar a su cargo a mediados de 1983, merced al precario estado de salud que poco después le depararía la muerte (4). Tampoco un improvisado reemplazante de Roberto Marcos Saporiti, bajo cuya conducción Argentinos alcanzó el Torneo Metropolitano 1984...
  En su trayectoria como entrenador, a José Yudica bien se lo puede calificar de hacedor de milagros; antes, durante y después de su primer paso por el Bicho (5). De su admirable palmarés sobresalen
 hitos como el primer campeonato conseguido por Quilmes en la Era Profesional (Metropolitano 1978), el retorno de San Lorenzo a la máxima categoría del fútbol argentino (1982) y la vuelta olímpica que a posteriori pegaría Newells al erigirse como el mejor cuadro de la temporada 1987/ 1988. Entre tamaños lauros, por supuesto, median la obtención del Nacional y la Copa Libertadores en 1985 ya con Argentinos, progresiva y necesaria escalada hacia el objetivo final que lo había trasladado hacia el continente asiático.

                                 


  De carácter distante -hombre de pocas pulgas, que le dicen-, el Piojo, quien jamás se permitió tutear a sus dirigidos, se sentía, sin embargo, plenamente familiarizado con la causa. Se atrevió, inclusive, a garantizar públicamente la superioridad de su elenco, a la par que relativizó la valía del adversario: "Me da la impresión que esta gente está  segura de que nos van a golear...Y me parece que se van a llevar una gran desilusión". Y añadió: "Sí, es cierto que le reconozco méritos de su experiencia, que es mayor que la nuestra, y de la seguridad para concretar las situaciones propicias; pero sigo creyendo que nosotros somos mejor equipo."
  Por el lado de Juventus, el único que parecía reconocer abiertamente la trascendencia del compromiso a dirimirse el domingo 8 de diciembre de 1985 era Platini. "Nadie duda de que en Europa y en Sudamérica se está el mejor fútbol del mundo. Yo respeto mucho a los jugadores argentinos no sólo porque tienen una gran técnica, sino porque triunfan en el Calcio",  manifestó en la previa el astro francés, al tiempo que remarcó la particular importancia del trofeo en disputa para el conjunto turinés, que si bien "ya ganó todos los títulos posibles, éste es el único que nos falta".
  Agotado el tiempo de los dichos, comenzaba a vislumbrarse en el campo de juego lo que se insistía en rotularse como un choque de estilos diametralmente opuestos. Líbero y stópper vs marcación en zona. Pragmatismo y mecanización vs improvisación y técnica individual. Superioridad física y atlética vs La nuestra (6). En esencia, un típico enfrentamiento futbolístico entre un equipo europeo y otro sudamericano.

miércoles, 7 de octubre de 2015

                                 
                         Rock Hudson, el seductor trágico (última parte)
                                                   
                                                       
      En simultáneo con la operación a corazón abierto que afrontó Rock Hudson, se desató en Estados Unidos una enfermedad cuyo notable índice de mortalidad afectó en gran medida a la comunidad gay. Si bien la propagación del SIDA (Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida) se había achacado originalmente a la promiscuidad supuestamente propia de los homosexuales, pronto se registraron casos en
personas normales -así se denominaba a los heterosexuales- y en adictos a las drogas.
     Por entonces, Rock ya no amaba a Tom Clark, a quien lo ligaba una relación de casi una década. Por el contrario, lo fastidiaba su mera presencia en El Castillo. Inclusive, Hudson ya se había rendido a los encantos de Marc Christian McGuins, 28 años menor que él, instructor en musculación a tiempo parcial.
     Desde  ya, su apuesto vecino se correspondía fielmente con el tipo por el que el actor se desvivía: alto, rubio, de ojos azules y de físico tallado. Rock terminó por desarmarse cuando el Beef Cake (1) le confió que era bisexual y que acababa de salir de un romance con una experimentada mujer. Es que para el maduro galán su compañero de ocasión le resultaba aún más viril si, a la vez, intimaba activamente con el sexo opuesto.

                                         

      Con todo, Tom había resuelto pelear por el amor de Rock. Siempre anidó en su corazón la esperanza de la reconciliación. En contraste, el artista sentía que ya lo había soltado. Lo único que imposilitaba la oficialización de la ruptura era la incapacidad de Hudson para enfrentar el final de una relación, ya fuese noviazgo, amistad o en la faz profesional. En cambio, apelaba a la dolorosa indiferencia -a veces, al hostigamiento- para que el otro cayera en que no le quedaba más alternativa que marcharse.
     Claro que no fue el caso del perseverante Tom. Por ello, la incómoda situación que se generó al coexistir Tom y Marc en El Castillo durante unos meses.
     Harto de que Clark no descifrara sus particulares códigos de (in)comunicación, Rock, quien decidió interrumpir un viaje a Nueva York que habían realizado en conjunto, propició una acalorada discusión que le brindó el pretexto ideal para echar a golpes de la lujosa mansión a su ya expareja.
     Perpetrada la golpiza, Hudson se apuró en corregir su testamento. Relegó de la cuantiosa herencia a Tom y designó como principal beneficiario a George Nader, secundado por Mark Miller, quien desde hacía un tiempo se desempeñaba como secretario y administrador de Rock producto del forzoso retiro de la actuación de su eterno prometido, al perder la visión de un ojo en un infortunado accidente que truncó definitivamente su carrera.
     A Rock, librarse por completo de Tom -quien pese a su obligada retirada continuaba con la idea de retomar el enlace en un futuro cercano- no le valió una una venturosa convivencia con Marc Christian.
     Aunque en un comienzo abundaran las demostraciones mutuas de cariño, pronto acabó por revelarse la verdadera identidad del apuesto blondo.
     Según supo el entorno de Rock, Marc era por demás conocido en el subterráneo ambiente gay de Beverly Hills. Al decir de Mark Miller, fueron criteriosamente unánimes los testimonios que al respecto recabó en una fiesta afín.
     Peor aun, a poco de alojarse en El Castillo, Christian se convirtió en un auténtico vividor: se despertaba recién al mediodía -lo que motivó que Rock lo apodara El Príncipe Durmiente-, usufructuaba la colección de automóviles de su pareja, pasaba puntualmente por la administración de Mark para que le fuese entregado SU dinero...Incluso, incurrió en deslealtad afectiva para con Rock. Así como se ausentaba subrepticiamente por las noches, fue sorprendido -aunque sin percatarse- por personal subordinado a Hudson de sus clandestinos flirteos en la mismísima habitación de la estrella de cine.
    Por fin, Christian le confesó a Rock no sólo que era cierto que había mantenido relaciones sexuales con otros hombres por dinero, sino que asimismo había pergeñado una calculada táctica de cacería en los Brooks Baths a los que Hudson concurría asiduamente para disfrutar del sauna. A sabiendas de que el encumbrado actor era un incondicional del lugar, Christian entendió que para seducirlo bastaría con pavonearse en los vestuarios.
    Desde ya, a Rock lo envolvió la desazón, pero no tomó una decisión inmediata porque pronto habría de focalizarse en su salud, a la que ya no le otorgaba la prioridad de la época en que le fuera colocado el quíntuple bypass.

viernes, 2 de octubre de 2015

 
                                     Rock Hudson, el seductor trágico



                                                     
     "Cuando era un chiquillo, supe que quería ser actor. Pero como vivía en una ciudad del Medio Oeste no lo decía porque era una cosa de nenas", reveló ya en su madurez el galante artista de Hollywood al retrotraerse a su infancia, signada por los apremios derivados de La Gran Depresión de 1929.
     De hecho, cuando niño, Roy Harold Scherer, nacido el 17 de setiembre de 1925 en Winnetka (Illinois), residía en una modesta aunque amplia vivienda -propiedad de sus abuelos- con el resto de la numerosa parentela. Mientras que los anfitriones pernoctaban en un porche cerrado, y su tío y esposa -a quienes se sumaban sus cuatro hijos- ocupaban el altillo, al pequeño le asignaron el dormitorio central junto a sus padres.
     Pese al estrecho vínculo que lo unía a su mujer e hijo, papá Roy, mecánico de profesión, abandonó el habitado hogar frustrado por el impedimento de mantener a la familia que había conformado. Nunca volvió: se instaló definitivamente en California.
     Fue allí que Roy Harold junior afianzó sensiblemente el lazo con su madre Kay, de quien heredó, por caso, el escepticismo por la religión en un entorno imbuido por la ortodoxia del catolicismo. Tanto que, en un descuido de su progenitora, la abuela Wood propició el bautismo del niño en la Iglesia del Colegio Sagrado Corazón al que acudían sus primos, con los que compartía la austera vivienda de Winnetka.
     Con todo, Roy jr continuó sus estudios secundarios en la escuela pública New Trier, célebre por la formación musical y teatral que proponía a sus alumnos. Si bien ya disfrutaba con los filmes de John Hall y Dorothy Lamour, lo concreto es que el adolescente distaba entonces de manifestar aptitudes artísticas con las que gozar del favor de las autoridades del establecimiento. Tampoco era que a sus 15 años pudiera jactarse de poseer un rostro atractivo ni un físico de Adonis. Por el contrario, su desgarbados 1,94 metros de altura hacían resaltar todavía más su ya esmirriada figura, lo que redundaba en serias dificultades para conseguir una vestimenta acorde a su considerable estatura.
     Por entonces, Roy se contentaba con aprender a tocar el piano observando a mamá Kay. Así, de oídas, fue capaz de ofrecer distintas versiones de boogie-woogie, que complementaba con rítmicos danzarines de jitterbug. Eso sí, fue desechada la posibilidad de ampliar su educación en una academia pues las financias escaseaban. Inclusive, para abaratar costos, madre e hijo se mudaron a la mansión de una familia pudiente en la que Kay se había empleado, en la que compartían una cama en la habitación consignada al personal de servicio.
    El apuro económico pareció menguar en cuanto Kay -a quien su hijo definió alguna vez como "mi madre, padre y hermana mayor"- conoció al marinero Wally Fitzgerald, quien se desempeñaba como paleador de carbón en la planta Water Works, proveedora de agua y electricidad. Una vez celebrada la boda, Fitzgerald adoptó a Roy bajo su tutela; de ahí que le legara su apellido.
   No obstante la aceptación inicial, fueron las discrepancias en la concepción de la virilidad las que deterioraron progresivamente la relación entre Roy y su padrastro. A las palizas que Fitzgerald le infligía a su esposa -con la que se casó, divorció y luego volvería a casarse-, le seguían las padecidas por el adolescente, puesto que consideraba que solo de ese modo su hijastro se convertiría íntegramente en un hombre.
  Tardíos resultaron, sin embargo,  los lacerantes correctivos. Es que Roy se había decantado con suma antelación. Tenía exactamente nueve años cuando, en virtud de una visita a una granja contigua al hogar de sus abuelos, se sintió atraído por el sexo masculino, especialmente por el dueño de la finca, mucho mayor que él.
                                             

   Recién concluiría que no era el "único que se sentía así" al enrolarse en la Marina, para la que sirvió entre 1943 y 1946. Una vez destinado a la isla Samar (Filipinas) en pleno desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, Roy -entre temerarias maniobras- se introdujo en las experiencias homosexuales con varios de sus compañeros, no sin antes su partenaire de ocasión le garantizara la más absoluta discreción.