Periodista deportivo e investigador histórico. Pasión por las efemérides, hemerotecas y archivos; pero siempre viviendo el presente. Bienvenidos.
lunes, 24 de agosto de 2015
Virus y su fin de semana de Locura
Corrientes y Suipacha, tradicional esquina del centro porteño. El escenario que albergará el evento musical es el mismo de hace 30 años. La convocatoria, también: la capacidad del Teatro Opera Allianz rebasará de espectadores en breves instantes. De ahí el bullicio que rebota en el hall principal en la víspera de la función, en el que conviven los fanáticos que descubrieron a la legendaria banda de La Plata ya en el siglo XXI y los que atestiguaron el levitar sensual del inmortal Federico Moura sobre las tablas. De pronto, unos y otros son llamados a ocupar sus respectivas ubicaciones. La fiesta es inminente. Virus se apresta a inaugurar la anunciada celebración del trigésimo aniversario de su quinto disco, Locura, el más taquillero de su prolífica historia, que desde su concepción vendiera más de 350.000 unidades.
A medida que se colma la capacidad del recinto, los expectantes concurrentes se abocan a inflar globos amarillos, azules, naranjas y verdes, que piensan soltar apenas se produzca la aparición de su grupo favorito. Enseguida, interrumpen su tarea de ocasión , pues a las 21.45 sube el telón. Se oyen los primeros acordes. "Recordando tu expresión...", entona Marcelo Moura, vocalista del sexteto platense desde 1989. Es toda una hazaña para los fans permanecer sentados cuando suena Pronta Entrega, uno de los máximos hits de Virus, que habitualmente suele incluirse en el clímax de los shows ofrecidos por la banda. Claro que -al menos en un comienzo- la solemnidad que irradia el remozado Teatro Opera tampoco invita al libre movimiento del cuerpo. No extraña, por tanto, que los asistentes deban asimismo conformarse con recitar las estrofas del pegadizoDestino circular desde la quietud de sus butacas.
No obstante, cuando llega el momento de ese ingenioso canto a la masturbación titulado Una luna de miel en la mano, el tema más exitoso de los hermanos Moura, los de la primera fila se olvidan de las formalidades y arengan al resto de la multitud no solo a emular sus pasos de baile sino también a que procedan al inamovible viejo ritual de lanzar caramelos de miel al escenario.
Acto seguido, se impone el machacante synthpop de Sin disfraz, que revela una aventura prohibida con un taxi boy de "piel morena y sensual...perfumada". Entonces, sí, se torna imposible volver a los asientos. Hotel Savoy -tal como acostumbran llamarle los miembros de la banda- constituye el corolario del segmento inicial del espectáculo, que se caracterizó por un íntegro repaso de los ocho temas que componen Locura. Tras el intervalo, a los estelares protagonistas se suma un cuarteto de jóvenes cuan eximios músicos, representado por dos violines, una viola y un violonchelo. El desconcierto se apodera de la sala: "¿Nos sentamos o nos quedamos parados?", se preguntan los que se agolparon en el umbral del escenario. "¡Abajo!", gritan con decisión los de las hileras inmediatamente posteriores, a quienes se le dificulta la mejor visión del espectáculo.
Tras un extenso período signado por el esplendor, sobrevino inexplicablemente eldeterioro de la Casa Blanca del fútbol argentino. Fueron diversas las causas que contribuyeron al paulatino resquebrajamiento de la fastuosa estructura. Entre ellas, el fracaso que derivó especialmente paraRiverdel impulso del denominado Fútbol Espectáculo de comienzos de 1960 (1), en el que a las buenas intenciones de su presidente,Antonio Vespucio Liberti, se opuso no solo la ausencia de títulos, sino también la decepcionante producción de las rimbombantesincorporaciones realizadas, como la del español Pepillo II(2), proveniente del Real Madrid, a quien se lo consideraba el sucesordeAlfredo Di Stéfano; la lacerantederrota ante Peñarol (2-4), luego de haberse impuesto por 2-0 al finalizar la primera mitad, por el tercer partido final de la Copa Libertadores 1966, jugado en Santiago de Chile, que le valió al cuadro de Núñez el infamemote degallina (3) y el evidente penal por mano intencional cometido por Luis Gallo, lateral derecho de Vélez, insólitamente ignorado por el árbitro Guillermo Nimo, en la igualdaden un tanto ante el club de Liniers por el triangular desempate del Nacional 1968, determinante para la postrera consagración del Fortín, que relegó al Millonario al subcampeonato por diferencia de gol. Peor aún. Durante la nefasta racha que entonces atravesaba la entidad riverplatense, Boca cosechó cuatro títulos a nivel local en un lapso de siete años, la mayoría de ellos obtenidos ante su más acérrimo adversario cuando ambos equipos pugnaban por adjudicarse el certamen.
Tal fue el caso del Superclásico correspondiente a la penúltima fecha del Campeonato de Primera División 1962, disputado en la Bombonera. Allí, a instancias del refereeCarlos Nai Foino, se produjo uno de losepisodios más polémicos de la historia del tradicional enfrentamiento: el del famoso adelantamiento del arqueroxeneize, Antonio Roma, en el penal ejecutado por el brasileño Delem. No obstante las airadas protestas de los jugadores visitantes, el conjunto millonario cayó por 1 a 0, tras lo que debió conformarse con el segundo puesto, a solo dos puntos de Boca, merced a la goleada auriazul sobre Estudiantes (4-0) en la jornada de cierre. Por muy frustrante que haya resultado aquella experiencia, sin embargo, no puede compararse al despojo sufrido por River en favor de su archirrival al cabo de la definición del Campeonato Nacional 1969. En esa oportunidad, el club de Núñez y su par de la Ribera se enfrentaron en el Monumental por la décima séptima y última fecha; una auténtica final , pues el conjunto visitante, líder del certamen, aventajaba a su contrincante por apenas dos unidades, con lo que un hipotético triunfo millonario podía forzar un desempate. El entrenador deBoca era una legendaria gloria millonaria: Alfredo Di Stéfano, quien en lugar de decantarse por el tradicional estilo combativo xeneize, le inculcó a sus dirigidos el fútbol de galera y bastón propio del paladar riverplatense. De ahí el planteo ofensivo que propusieron sus dirigidos desde el inicio del clásico, gracias a lo cual el MuñecoNorberto Madurga estableció el 2-0 parcial cuando restaban 10 minutos para la culminación de la primera etapa. Pese alinmediato descuento de Oscar Pinino Más, y la posterior anotación de Víctor Marchetti ya en el complemento, la reacción de River no pudo impedir que Boca se adjudicara el torneo y diera la consecuente vuelta olímpica en feudo enemigo, aunque salpicada por la apertura de los grifos que riegan el campo de juego del Monumental. Llegado el año 1975, el millonario acarreaba 18 temporadas consecutivas sin conseguir un título a nivel local, la sequía más importante de su existencia, que se insinuaba más cruel aun habida cuenta de la sistemática humillación a la que lo sometió su máximo rival durante ese período. Por tanto, la Comisión Directiva riverplatense, encabezada por Rafael Aragón Cabrera, resolvió contratar los servicios del hijo dilecto de la casa, en quien confiaban iría a emular como entrenador su exitosa campaña como futbolista, en la que había logrado un sinfín de galardones, de los que destacan la obtención de nueve Campeonatos de Liga AFA, tres CopasAldao, tres Copasdoctor Carlos Ibarguren y una Copa Escobar; amén de haberse erigido como el máximo artillero de la historia de River, con 317 conquistas, y de la oficialidad del Superclásico (16). Casi nada...
La fecha de caducidad del autoproclamado Proceso de Reorganización Nacionalse avecinaba inexorablemente. Durante siete años y casi otros tantos meses, la dictadura más sanguinaria de las que detentara ilegalmente el poder en el país se había abocado a acallar las voces de discrepancia con premeditación y alevosía. El plan de aniquilación sistemático pergeñado por las sucesivas juntas militares que usurparon el mando a partir del miércoles 24 de marzo de 1976incluyó desdeexilios involuntarios,secuestros forzososy apremiosilegales, pasando por la organización de laCopa Mundial de Fútbol 1978, cuyo escenario consagratorio para la Selección Argentina distaba pocas cuadras de uno de losmás activos centros de detención clandestino, hasta llegar a la declaración de guerra por las Islas Malvinas, Georgias y Sándwich del Sura una potencia de la talla de Inglaterra, sensiblemente reforzada en sus filas. La capitulación de las huestes patriotas, después de 74 días de intercambiar hostilidades con el enemigo, sentenció el original propósito de los represores de perpetuarse en el mando. De hecho, fueron los propios jerarcas castrenses quienes, una vez asumido el estrepitoso fracaso de su gestión, propiciaron el retorno de la democracia. Es que, más allá de los aberrantes crímenes de lesa humanidad perpetrados por los capitostes del Proceso y sus subordinados, patentes en el asesinato y desaparición de más de 30.000 personas, ya habían quedado largamente al descubierto los efectos de la inviabilidad de su modelo económico, traducido en corrupción, endeudamiento, desempleo, desigualdad, pobreza e indigencia crecientes.
Era inmejorable, por tanto, la oportunidad que se les presentaba a los partidos políticos, favorecidos por la convocatoria a eleccionesfijada para el30 de octubre de 1983, de consumar el objetivo primordial de la convergencia conocida comoLa Multipartidaria, concebida en 1981: persuadir a las autoridades del régimen militar para que cesaran en su mando y así, una vez restablecidas las garantías constitucionales, encauzar el errático rumbo de la nación.
No obstante lo que pudiera presuponerse, la transición comprendida entre el final de la dictaduray el comienzo de la democracia distóde resultar una etapa signada por la armonía. Acaso sobreadaptado a la opresión imperante en los años de plomo, hubo un sector de la fuerza políticade mayor predicamento en nuestro país que en sus manifestaciones públicas dilapidó la restitución del irrenunciable patrimonio que implica la libertad de expresión.
En el último acto de su campaña proselitista, uno de los principales exponentes del justicialismo
protagonizó un episodio de vandalismo que minaría considerablemente las posibilidades de la fórmula Italo Lúder-Deolindo Bittel. Fueron más de 1.000.000 de personas las que contemplaron estupefactas la quema de un ataúd con los colores e insignias de la Unión Cívica Radical -tradicional rival del justicialismo- por parte del dirigente sindical Herminio Iglesias, quien se postulaba a gobernador por la provincia de Buenos Aires. No extrañó en ese sentido el postrero triunfodearremetidadel tándem Raúl Ricardo Alfonsín-Víctor Martínez. El mensaje transmitido por los adherentes que cosechó el radicalismoen la víspera de los sufragios fue por demás elocuente: el pueblo estaba hastiado del patoterismo, de las imposiciones y de que se corporizara ante sí el símbolo de la muerte, más propio del nefasto período ya en retirada que del esperanzador porvenir.
El fútbol, impar fiesta popular argentina, fue otro de los ámbitos jaqueado por el matonismo y la violencia en supuestos tiempos de unidad fraternal. Si bien para 1983 ya se contaban más de 100 víctimas fatales a nivel doméstico en los estadios y sus alrededores, nunca hasta entonces las denominadas barras bravas, grepúsculo de hinchas caracterizados proclives a los incidentes de trágicas consecuencias, habíán adoptado un protagonismo tan preponderante.
En aquella época, de hecho, uninédito acontecimientoocurrido en ocasión de un tradicional enfrentamiento entre dos importantes clubes sentó las bases de la creciente saña con que los barras acometerían contra sus rivales con el trascurso de los años.
Era el último día de las vacaciones de invierno de 1990. Con el firme objetivo de mitigar la pena que le significaba el retorno a la escuela, el grupo de amigos de Villa Domínico se reunió desde temprano aquel domingo. Primeramente, los jóvenes asistieron a la misa de las 11, hábito adquirido en la Instituto San Vicente de Paul de Avellaneda, en el que cursaban el tercer año de la enseñanza secundaria. Consumado el religioso ritual, los adolescentes decidieron coronar el fin de semana a puro entretenimiento en el Italpark, parque
de diversiones de ensueño al que algunos de ellos jamás había concurrido.
Tal era el caso de Roxana Alaimo, de 15 años, que pese a no ser una entusiasta de las atracciones mecánicas, terminó por contagiarse del manifiesto deseo de sus amigos de llegar a destino. La chica, hija única, había perdido prematuramente a su papá, principal razón de la estrecha relación que la vinculaba desde siempre a su mamá, Lidia Gerónima Rolando. Fue a ella a quien Javier Mujica Ríos, uno de los varones que integraba el grupo, le aseguró que velaría por el cuidado de Roxana.
Aunque sin mala intención, Javier no había sido completamente sincero con la mujer. Lo inquietaba que un amigo suyo hubiera soñado que Roxana moriría en el Italpark. De todos modos, la joven había recibido en la misa matutina la bendición del sacerdote, por lo que desde la óptica del feligrés la integridad de la muchacha estaba garantizada.
Para llegar a Recoleta, coqueto barrio porteño en el que se ubicaba el Italpark, la juvenil comitiva abordó, en ese orden, las líneas de colectivo 33 -hasta Parque Lezama- y 17, que orillaba la intersección de las avenidas Callao y del Libertador, dirección exacta del predio, al que durante el mediodía se accedía sin cargo ni límite en la cantidad de veces que los concurrentes desearan subir a un juego. ¿Qué mas podían pedir Roxana y sus compañeros de aventuras?
No obstante, a medida que despuntaba la tarde dominical del 29 de julio de 1990, la dinámica del parque de diversiones se insinuóafectada por una sucesión de desperfectos técnicos en las máquinas. Por ejemplo, en elSamba, uno de los más populares entretenimientos del Italpark, que semejaba una rueda que giraba y se sacudía a vivo ritmo, los usuarios debieron apelar a los más avezados métodos de malabarismo para descender del juego, que se había atascado a una altura considerable respecto al llano.
Selvetti-Anderson, el duelo pesístico del siglo XX (última parte)
Nunca una celebración de la talla de los Juegos Olímpicos, que concita el favor de los más aptos deportistas de los cinco continentes y de millones de aficionados en todo el planeta, pudo abstraerse de la vorágine que circunda sus confines. De ahí, por caso, la suspensión de las ediciones de Berlín 1916 , Helsinki 1940 (1) y Londres 1944 (2), como consecuencia del desencadenamiento de la Primera y Segunda Guerras Mundiales.
En lo competente a los JJ.OO de Melbourne 1956 (3), su inauguración se insinuó visiblemente afectada por el estallido de tres conflictos bélicos de creciente intensidad.
El primero de ellos fue la Guerra del Sinaí, que se iniciara en 1948 con el enfrentamiento armado árabe-israelí, y que recrudeciera el 29 de octubre de 1956 por la decisión del presidente de Egipto, Gamal Abdel Nasser, de nacionalizar el Canal de Suez -ruta artificial de navegación situado en ese país-, que de materializarse, perjudicaría los intereses económicos del Reino Unido y Francia, principales beneficiarios del petróleo que abundaba en tal sitio estratégico . A la cruenta invasión de la triple coalición británica-francesa-israelí le siguió la impiadosa réplica egipcia, cuyas Fuerzas Armadashundieron 40 barcos aliados, por lo que se produjo el bloqueo del Canal. El cese de las hostilidades se consumaría recién en 1957, con el retiro de las huestes europeas e israelitas, a instancias de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), tras lo que el Suez reabrió sus compuertas (4)
De tal foco belicista, derivó el primer boicot internacional en la historia del olimpismo, pues Egipto, Líbano e Irakdesisitieron de competir en Melbourne al desconocer el Comité Olímpico Internacional (COI) su reclamo tendiente a prohibirles la participación al Reino Unido y Francia.
Pocos días después de los episodios acaecidos en Cercano Oriente, se desató la llamada Revolución Húngara. A ese respecto, la población de a pie de la República Popular de Hungría, subordinada a la voluntad de la Unión Soviética, se propuso resistir la política autoritaria impuesta en su país de origen a través de la nación emblema del comunismo. Por ello, la coordinada interacción del AVH y el Ejército Rojo, que el 4 de octubre sofocara la revuelta a sangre y fuego, por aire y tierra. Millares murieron y otros tantos resultaron heridos de gravedad.
Con todo, el COI se rehusó a excluir del inminente certamen de Melbourne a la URSS, lo que redundó en la segunda tanda de países que optaron por negarse a intervenir: España, Holanda y Suiza.
Por su parte, Hungría, principal damnificado del catastrófico acontecimiento desencadenado en su seno, envió no obstante una nómina de 108 deportistas a los JJ.OO a disputarse en Australia ,de la que sobresalía el equipo de waterpolo, que había obtenido la medalla de oro en Helsinki 1952, y cuyo mayor rival en Oceanía se vislumbraba sería...Unión Soviética. El intercambio de agresiones entre húngaros y soviéticos, que forzó a la otrora cristalina piscina a adoptar paulanitamente una tonalidad furiosamente roja, motivó la suspensión del decisivo choque por semifinales, más conocido como El Baño Sangriento de Melbourne, en el que los húngaros se imponían4 a 0, a la sazón elscore definitivo definitivo del cotejo de acuerdo con la determinación oficial. Al día siguiente, los magiaresretendrían el título al batir a Yugoslavia (2-1), aun pese a la ausencia de su estrella guía, Ervin Zádor (5), impedido de intervenir producto del brutal codazo en su ojo derecho que le aplicara su contrincante, Valentin Prokopov, con quien había mantenido una acalorada discusión. Disconforme con la ratificación de la participación de la República de China (nacionalista), con la que se había enfrentado en la Guerra Civil que culminara en 1949, República Popular China (comunista) fue la próxima en plegarse a la larga lista de deserciones que hubo de asumir el magno evento de Melbourne, que se completó con las de Malta, Panamá, Costa de Oro -hoy Ghana-, Guatemala y de otras naciones que habían rechazado la invitación en primera instancia. De todas maneras, lo que amenazaba con ser una sensible disminución no fue tal, producto de los respectivos debuts en olímpicos de Alemania Oriental (6), Etiopía, Fiji, Kenia, Liberia, Uganda, Federación Malaya -actual Malasia-y Borneo Septetrional.
Era tal el cariz belicista que acechaba la óptima apertura de los Juegos Olímpicos de 1956, que hasta la disputa entre las dos máximas potencias de Oriente y Occidente que conmocionaría al Mundo durante décadas, conocido como La Guerra Fría, apenas si podía calificarse de escaramuza ideológica en ese momento.
Sin embargo, ni Estados Unidos ni la Unión Soviética sesgaban en su intento de acaparar el protagonismo estelar; máxime en tamaña celebración ecuménica. Los norteamericanos pretendían reasegurar su liderazgo del medallero final de Helsinki 1952, en el que fueran escoltados precisamente por su acérrimo enemigo, que aquel certamen había realizado su presentación olímpica. Los europeos, a su vez, se habían fijado un solo objetivo: "la" revancha, que a la postre acabaría por materializarse (7).
Aun así, los soviéticos se sabían en inferioridad de condiciones frente a los norteamericanos en ciertas especialidades, aunque en ninguna manifestaron su respeto -léase temor- tan nítidamente como en levantamiento olímpico. Al igual que en la edición anterior, en Melbourne ni siquiera se molestaron en enviar a sus halterófilos a competir en la categoría de + de 90 kilogramos de peso corporal, lo que en principio hacía presuponer que -aunque debutante- el considerado mejor pesista del mundo, Paul Anderson, se adjudicaría una cómoda victoria. Después de todo, la única oposición digna que podía corporizarse ante el estadounidense, si bien experimentado en la materia, habida cuenta de la medalla de bronce que obtuviera en Helsinki, tan solo podía contentarse justamente con tal logro, toda una hazaña en una disciplina irrelevante en su país natal.
Claro que de ningún modo nuestro Humberto Selvetti se había embarcado en semejante periplo de meses eternos para limitarse a oficiar de partenaire. De hecho, el Gordonunca había reunido chances de cosechar la medalla de oro como en la antesala del duelo a dirimirse la medianoche -según el huso horario australiano- del 26 de noviembre, en el Royal Exhibition Building de Melbourne, estado de Victoria.
Aunque el entrerriano no lo supiera, su creciente potencial se notaría favorecido por un imprevisto que cercenaría sensiblemente la mentada invencibilidad de Anderson; tanto que incluso una junta médica recomendó al estadounidense que se abstuviera de competir...
Selvetti-Anderson, el duelo pesístico del siglo XX (parte 2)
La confirmación de la celebración de los Juegos Olímpicos de Melbourne 1956, los primeros en disputarse en el Hemisferio Sur y en Oceanía en particular, arreció, a la vez, con las ilusiones que acunaba Argentina de albergar el trascendental evento, tal como sucediera en la inminencia de los JJ.OO de Berlín 1936, y como ocurriría posteriormente al consagrarse como Sedes la Ciudad de México (1968) y Atenas (2004).
En esa oportunidad, la designación de la ciudad australiana redundó en una frustración mayor aún para nuestro país: Buenos Aires había eliminado inicialmente a una sucesión de postulantes de fuste, como las ciudades estadounidenses de Los Angeles, San Francisco o Chicago, y a México D.F.,previo acceso a la elección final. Allí, la capital argentina fue derrotada por Melbournepor solo un voto (21 a 20), en una Asamblea conmemorada el 28 de abril de 1949 en Roma, Italia.
A la distancia, no obstante, la hipotética nominación de Buenos Aires no habría resultado oportuna. Es que en 1956, el panoramadeportivo, político y social de Argentina distaba abismalmente de ofrecer las mejores garantías -entre otras, de seguridad- como para oficiar de anfitrión de semejante acontecimiento. Principalmente, porque había transcurrido más de un año ya desde que la autodenominada Revolución Libertadoraderrocara al presidente constitucional, Juan Domingo Perón, en la segunda de sus tres gestiones como Jefe de Estado.
El deporte argentino fue uno de los perjudicados por antonomasia de las resoluciones de los jerarcas del gobierno de facto. Y en lo que compete exclusivamente al olimpismo, se prohibió terminantemente la intervención en Melbourne de atletas de probada valía, como el equipo campeón mundial de básquet como local (1950); Eduardo Guerrero, quien en tándem con Tranquilo Capozzocosechara la medalla dorada en remo en Helsinki 1952; la tenista Mary Terán de Weiss y el fondista Osvaldo Suárez. La razón primordial del veto fue la adicción al peronismo que se les atribuía a ciertos deportistas; y a los que no, se los acusaba -como mínimo- de haber sido beneficiados con becas y prebendas para desempeñarse en competencias internacionales durante la gestión del General. De ahí la diezmada delegación que se embarcara rumbo a Australia, la más escasa que representara al país en la historia de los Juegos Olímpicos. Uno de los 28 competidores que consiguieron evadir el cerco impuesto por la Revolución Libertadora fue Humberto Selvetti, nacido el 31 de marzo de 1932 en la ciudad de Colón (Entre Ríos), acaso el principal depositario de esperanza del deporte nacional habida cuenta de su sostenida labor en levantamiento de pesas, que ya le había deparado importantes réditos.
Selvetti-Anderson, el duelo pesístico del siglo XX
Los cimientos de la legendaria fortaleza física de Paul Edward Anderson se descubrieron a sus cinco años como oposición a una enfermedad aparentemente incurable. Entonces, la salud del jovenzuelo oriundo del estado de Georgia , Estados Unidos, fue severamente jaqueada por el Mal de Bright, de crucial incidencia en el funcionamiento renal. No fueron los cristianas plegarias de su familia -no del todo, al menos- las que posibilitaron la recuperación del precoz Anderson, a quien los expertos médicos le habían vaticinado una muerte inexorable, sino la misma determinación con la que no mucho después batallaría exitosamente contra los pesos.
Consciente de su don, que abrazaba la seducción que desde siempre lo había envuelto por la potencia y el músculo, el norteamericano se decidió a aumentar su corpulencia ya durante la temprana adolescencia, en una época en la que los escasos gimnasios disponibles semejaban a mazmorras subterráneas. Por ello, montó una primitivasala de musculación casera. Su base de operaciones, carente de equipamiento idóneo como barras y mancuernas, rebasaba, en cambio, de piezas descartadas de automóvil, ejes destartalados de camión y discos oxidados de acero, recolectados de un basural contiguo a su hogar, con los que evidenció, no obstante, sus primeros progresos.
Mientras intentaba reponerse de sus arduas sesiones de entrenamiento, el estadounidense disfrutaba con la lectura exhaustiva de cuanto ejemplar de la antigua Strength and Health tuviese a su alcance. Aun con la creciente admiración que sentía por los colosos que engalanaban las páginas de las publicaciones especializadas, el sueño más preciado de Anderson consistía en jugar al fútbol americano.
Apenas incorporado al equipo de la Universidad de Furman, sin embargo, el incipiente forzudoasumió que había canalizado erróneamente sus mejores aptitudes atléticas. En su entreno debut, en las instalaciones del primer gimnasio que pisó, Anderson probó con una sentadilla de 180 kilos, que significó para él apenas un calentamiento. Desde entonces, tal movimiento se constituiría en la piedraangular de sus rutinas, compuestas eminentemente por ejercicios básicos tales como el levantamiento a dos tiempos o envión , los pesos muertos, las arrancadas de potencia, el press en banco plano y el push press.