miércoles, 19 de abril de 2017

                                A 30 años de las Pascuas en ascuas

                                                           
   

       ¿Conciencia social precoz? De ningún modo. Hipócrita de mí, si pretendiera hacer creer que con seis años aspiraba a convertirme en el Marcelo Marcote de la militancia política. Sin embargo, desde que esbocé mis primeras nociones, se me había enseñado a admirar la investidura del persuadido señor oriundo de Chascomús que solía batir sus manos hacia el lado izquierdo en señal de victoria, cuyo exhausto semblante predominaba en el retrato a gran escala que mi papá, de filiación radical, hizo colocar en el despacho de su oficina. Fue así que, hace exactamente 30 años, el domingo de Pascuas del 19 de abril de 1987, asistí a la lección fundamental: manifestarle de cuerpo presente mi irrestricto apoyo al presidente de la Nación, Raúl Ricardo Alfonsín, protagonista excluyente de una incipiente democracia en peligro, a instancias del recrudecimiento del original de los cuatro alzamientos carapintadas, denominado Operación Dignidad (1).
       Ya en pleno trayecto hacia Plaza de Mayo, centro neurálgico de las más apoteósicas gestas patrióticas, mi padre, con inusual pedagogía, procedió a explicarme la sutil diferencia entre los soldaditos de plástico con los que tanto disfrutaba jugando echado en las alfombras de casa y los de armas tomar, quienes habían embadurnado sus rostros con betún en inequívoca señal de combate. El caótico tráfico vehicular garantizaba un viaje holgadamente demorado que otorgaba a mi viejo la posibilidad de explayarse a voluntad. En lo que a mí respecta, solo bastaría con que prestara la atención que escatimaba al tramo inicial de mi instrucción primaria.
        No bien se estrenó como jefe de Estado en 1983, el doctor Alfonsín impulsó la creación de la CONADEP (Comisión Nacional Sobre la Desaparición de Personas), cuya pormenorizada investigación expuso fehacientemente las atrocidades cometidas por el saliente Proceso de Reorganización Nacional. En ese sentido, promovió dos años más tarde el Juicio a las Juntas -en el que el fiscal  Julio César Strassera pronunció la legendaria frase "nunca más"-, que derivó en la condena de cinco capitostes de la última dictadura cívico-militar: Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera, Roberto Eduardo Viola, Armando Lambruschini y Orlando Ramón Agosti (2).
       De allí el creciente malestar de los elementos castrenses, que se inició con la revocación de la Ley de Autoamnistía promulgada bajo el mandato del último presidente de facto, Reynaldo Benito Bignone (3), con el propósito de avalar los crímenes de lesa humanidad cometidos por las Fuerzas Armadas, y que no cesaría con la implementación del Punto Final (1986).
       La polémica resolución, sancionada durante el gobierno constitucional de Alfonsín, benefició sustancialmente a los responsables de la instauración del Terrorismo de Estado puesto que -entre otras medidas- se determinó la abstención de acción penal contra todo aquel que hubiese incurrido en vejamen a los Derechos Humanos -desaparición forzada de personas, torturas, apremios ilegales, homicidios, etc- antes del 10 de diciembre de 1983, fecha de la asunción del chascomusense. Fue por ello que Madres y Abuelas de Plaza de Mayo convocaron a una masiva marcha de repudio a la que adhirieron sectores de izquierda, miembros del autoproclamado peronismo revolucionario e integrantes de la CGT (4).
        Aun pese al desprocesamiento de más de 750 represores, permanecían enjuiciados alrededor de medio millar de uniformados. Entre ellos, el exmayor Ernesto Barreiro, quien en la vigilia del Jueves Santo de 1987 -tan solo cuatro días después de que hubiera concluido la segunda visita del papa Juan Pablo II a nuestro país( 5)-, se acuarteló en el Comando de Infantería Aerotransportada 14 del Tercer Cuerpo del Ejército de su Córdoba natal, al que había sido confinado por la Justicia Militar pues se rehusaba a comparecer ante la Cámara Federal de Apelaciones de aquella provincia por las acusaciones de asesinato y tortura que sobre sí -ya destituido de su grado militar- recaían.
       Así, se inició la tristemente célebre asonada carapintada, encabezada por el entonces teniente coronel Aldo Rico, quien había abandonado su misión en el Regimiento de Infantería de San Javier (Misiones) para acantonarse en la Escuela de Suboficiales General Lemos, ubicada en la localidad bonaerense de Campo de Mayo. Allí, el líder de los amotinados exigía no solo el cese de los juicios contra sus camaradas de armas por los crímenes de lesa humanidad perpetrados por los mismos durante el proceso, a quienes consideraba relegados en el encausamiento a favor de las altas esferas a las que se habían subordinado, sino a su vez la remoción de su cargo del Jefe del Estado Mayor del Ejército, General de División Héctor Luis Ríos Ereñú (6).

                                                     

     
        Nobleza obliga, mi improvisado maestro había dado cátedra. Próximo(s) a arribar a destino, descubrí que mi prematuro intelecto había retenido más conceptos de lo que hubiera imaginado, al margen de ciertos tecnicismos que ofrecían resistencia a mi capacidad de comprensión, por cuanto padre e hijo nos dispusimos a obrar de partícipes activos de una jornada única, indeleble, perenne.
       "No se atreven, no se atreven...si se atreven, les quemamos los cuarteles", entonaba al unísono la heterogénea muchedumbre que sobre el mediodía de la pascua dominical se había congregado en Plaza de Mayo. Definitivamente, el pueblo había hecho "tronar el escarmiento", tal como vaticinara Juan Domingo Perón  en su tercera presidencia. No es casual la referencia al General. A los correligionarios de la UCR, tanto a los que lucían las boinas blancas a la antigua usanza como a los impetuosa muchachada de La Coordinadora y a los simples radichetas anónimos, se les habían sumado la abrumadora mayoría de las vertientes políticas.

lunes, 17 de abril de 2017

          Las Bodas de Plata del Gol del Terremoto (última parte)
                                         
                                                 


         Paulatino, gradual, evolutivo. Aun sin precedentes, el movimiento telúrico desatado por 8000 gozosos fanáticos que celebraban la victoria de su equipo ante su más recalcitrante rival, en un reducto que a Gimnasia, último en la tabla de posiciones, se le había tornado inexpugnable durante 16 años, no obtuvo repercusión inmediata, sino que fue ganando notoriedad con el transcurso de los días. En épocas en que la Era Digital, en fase experimental, ni siquiera podía considerarse una rareza tecnológica al alcance de una élite, lo que invalida de plano el mentado concepto de viralización inherente a las redes sociales, hasta la prensa especializada carecía de acceso instantáneo e ilimitado a la información fidedigna.
          En esa línea, Fútbol de Primera, programa televisivo que en diferido se emitiera los domingos por la noche durante dos décadas y media, en el que sobresalieran, entre otros, periodistas de la talla de Enrique Macaya Márquez, Marcelo Araujo, Oscar Gañete Blasco, Alejandro Fabbri y Fernando Niembro, apenas si ofreció ese fin de semana un minúsculo compacto con las alternativas más relevantes del clásico de La Plata, a expensas del fenómeno natural que provocara la inusitada algarabía de la parcialidad visitante. Es más, la producción de "Fútbol..." consideró al triunfo de Boca en Corrientes sobre Deportivo Mandiyú (1-0), como el principal atractivo de la séptima fecha del Torneo Clausura 1992, por lo que le otorgó, no solo prioridad casi absoluta sino el mismo espacio -una hora de transmisión- que al segmento destinado a los nueve encuentros restantes.
          Por su parte, si bien destacó un amplio informe acerca del candente desafío dirimido entre Estudiantes y Gimnasia, El Gráfico, semanaria publicación deportiva de inigualable renombre (1), omitió a su vez referirse al vibrante episodio ocurrido en 1 y 57. En cambio, ahondó -estadísticas y síntesis del partido aparte- en la conflictiva relación contractual que la (trunca) promesa del semillero tripero, Rolando Francisco Mannarino -separado del plantel junto con el Pucho Fabián Eduardo Castro, en una medida que ya había afectado a un histórico como Charly García- mantenía con los mandos dirigenciales, así como en las vicisitudes padecidas en la víspera por el cuadro albirrojo; principalmente, como consecuencia de la seguidilla de lesiones que asediaban a sus valores más encumbrados, como Marcelo Arturo Yorno, Ricardo Jorge Iribarren o Daniel Fernado Peinado. Fue la malaria en la inminencia del trascendental enfrentamiento la que -se afirma- motivó a un grupo de adherentes pincharratas a recurrir a los servicios del parapsicólogo Ernesto Di Sopra Casco, cuyos nefastos antecedentes -ya había efectuado un trabajo en el Lobo con el propósito de enderezar la pésima campaña de un equipo que, posteriormente a su intervención, finalizaría último en la tabla de posiciones en la Zona "A" del Campeonato de  Primera "B " 1983 (2)- ratificaría producto del triunfo con que Gimnasia -y no Estudiantes- quebrantara maleficios varios.
        Respecto de los periódicos de mayor tirada a nivel nacional, incluso los que contaban con los suplementos deportivos más prestigiosos habían ignorado holgadamente el temblor que sacudiera el 5 de abril de 1992 los cimientos platenses, previo a que con inconstrastable delay -exactamente 17 días después- el diario Clarín dedicara unas líneas al peculiar episodio (3). Es que el fundado rumor ya había devenido en insólita -aunque demorada- buena nueva al corroborarse la veracidad del denominado Gol del Terremoto por los más avezados expertos en materia de geología, comportamiento del suelo y magnitud de movimientos sísmicos.
        De infatigable labor, el Observatorio Astronómico de La Plata, dependiente de la Facultad Nacional de la misma ciudad (UNLP), permanecía en actividad el domingo en que Estudiantes y Gimnasia libraron la 130° edición del duelo que sostienen desde 1916. No obstante un evento futbolístico de alta envergadura se presuponga irrelevante para su métier, los técnicos del Departamento de Sismología e Información del observatorio, distante a solo 600 metros del Estadio Jorge Luis Hirschi, cayeron en que les resultaría imposible abstraerse del convulsionado entorno que los circundaba al detectar desplazamientos terrestres inusuales en la periferia. En efecto, el sismógrafo perteneciente a la sección en la que se desempeñaban detectó un temblor de seis grados en la Escala de Ritcher, en el mismísimo instante en que los seguidores triperos  alcanzaron el súmmum merced a la estupenda anotación de tiro libre del uruguayo José Batlle Perdomo en feudo enemigo.

miércoles, 5 de abril de 2017

    Las Bodas de Plata del Gol del Terremoto (primera parte)

                                             
                                                                                               
         Es cierto, el tradicional enfrentamiento de la ciudad de La Plata no goza de la masividad que caracteriza al duelo entre Boca y River, no solo en el ámbito local, tal como lo certifica el prestigioso Diario inglés The Observer, que publicó en 2014 una encuesta en la que el Superclásico, siempre que se dispute en la Bombonera, es el suceso futbolístico más apasionante del planeta. Tampoco, amén del manifiesto encono que se prodigan ambos cuadros de la capital de la Provincia de Buenos Aires, puede equipararse su rivalidad a la que sostienen Rosario Central y Newell's, cuyos acérrimos hinchas odian más a "su" adversario de lo que aman a su equipo favorito. Sin embargo, el desafío que desde hace 101 años protagonizan Estudiantes y Gimnasia reúne una serie de aditamentos, acaso únicos,  que lo posicionan como uno de los espectáculos deportivos por excelencia de nuestro país.
          Ya desde su mismísima procreación se intuía el irreconciliable antagonismo que en su progresión signaría al derby platense. En ese sentido, los fundadores de la institución que bautizaron el 3 de julio de 1887 como Club de Gimnasia y Esgrima no tardarían en rendirle literal culto a la denominación de la incipiente criatura en desmedro del "deporte de los ingleses locos" (1), alias con el que antaño solía aludirse al fútbol pese a la creciente devoción que el mismo había suscitado en la legión criolla. De ahí la predilección de los hacedores de la institución que con el trascurso de los años merecería apodos como El Lobo, Mensana, Tripero o Basurero, por las disciplinas habitualmente dirimidas bajo techo. La pérdida del original predio al aire libre que la entidad poseía en la delimitación comprendida entre las actuales calles 1, 115, 47 y 48, lo que motivó la interrupción del debut absoluto de Gimnasia en el campeonato de la Tercera División de la Argentine Football Asociation -antecesora de AFA-, en 1905, precipitó la escisión. Resueltos los mandos superiores a priorizar las actividades eminentemente sociales,  un grupo de asociados, renuentes a acatar la voluntad de la Cúpula Directiva, solicitó su baja para forjar un espacio en el que despuntar su vicio futbolístico. Habida cuenta del orgullo que les significaba su condición de universitarios, los jóvenes disidentes no dudaron en formar el 4 de agosto de 1905, el Club Atlético Estudiantes, no obstante el conflicto que en 1912 -año de su presentación oficial en la máxima categoría de la Federación Argentina de Football, la que se adjudicaría en la temporada inmediatamente posterior (2)- derivaría en la partida de varios jugadores a Independencia -de efímera trayectoria-, antes de fusionarse esta última con...Gimnasia, en 1914.

                                                           


        Otro de los rasgos peculiares que distingue al clásico de la Ciudad de las Diagonales es la acentuada desproporción entre los laureles obtenidos por los contendientes en eterna pugna. Además del título que logró en 1913, pleno amateurismo, Estudiantes se acreditó, entre otros certámenes (3), los Campeonatos Metropolitanos de 1967 y 1982 (4), el Torneo Nacional 1983, y los Torneos Aperturas de 2006 y 2010. No conforme con su inestimable cosecha en el plano doméstico, el conjunto pincharrata -que asimismo responde al mote de Pincha o León- se coronó tetrampeón de la Copa Libertadores al primar en las ediciones de  1968, 1969 ,1970 y 2009, por no mencionar la epopeya de su consagración mundial ante el Manchester United en el mítico Estadio Old Trafford (1968) y la Copa Interamericana que sumara en 1969 al vencer al Cruz Azul de México. 
        A instancias del prolífico palmarés que ostenta el cuadrito de su amor en comparación con la semivacías vitrinas de su oponente, los fanáticos de Estudiantes ensayan desde hace décadas un cántico que lacera el alma de sus pares triperos: "Pasan los años, pasan los jugadores, Gimnasia (y) Esgrima, ¡qué pobre institución! Pensar que muchos viejos se murieron y no pudieron ver al Lobo campeón". En rigor a la exactitud, el hit del tablón pincharrata se corresponde más con la prolongadísima sequía que medió entre los más relevantes títulos conseguidos por el club mensana que con su supuesta carencia de logros. Después de todo, ¿cuántos equipos pueden ufanarse de haber derrotado en una final a las dos entidades más grandes del país, como hiciera Gimnasia con Boca y River, en el Campeonato de Primera División 1929 y en la Copa Centenario AFA 1993, respectivamente (5)?
        Por supuesto, los cinco descensos que sufrieran los de 60 y 118 -dirección exacta del escenario también conocido como El Bosque, en el que Gimnasia oficia de local desde 1924-,  en 1943, 1945, 1951, 1979 y 2011, distan enormemente de despertar el menor atisbo de jactancia de la parcialidad tripera,
máxime si se atiende a que Estudiantes solo perdió la categoría en dos oportunidades (1953 y 1994) para regresar inmediatamente a la élite del fútbol argentino, a diferencia de su oponente , de dilatada estadía en sus últimas incursiones en lo que hoy conocemos como Campeonato de Primera B Nacional (6).

                                                 
 
          Aun sabiéndose a merced de su contrincante por antonomasia en lo que a mérito deportivo concierne, el fervor de los estoicos seguidores de Gimnasia propició hace exactamente 25 años un acontecimiento inédito que  no solo pueden enrrostrarle a los partidarios del León, sino a su vez a cuanta hinchada se le interponga enfrente, llámese esta La 12, La Número 1 o denominaciones pomposas por el estilo. Tan insólito, electrizante, trepidante se constituyó el alarido de gol proveniente de la atestada cabecera que da(ba) a la Escuela de Educación Técnica Número Seis Albert Thomas, que además de los cimientos del Estadio Jorge Luis Hirschi -actualmente en reconstrucción (7)- se sacudió la Ciudad de La Plata toda. Si bien la convulsión se produjo como consecuencia de la inusitada celebración de la tribuna visitante, la edición centésimo trigésima del clásico resultó -resulta y resultará- igualmente emblemática -cuando no más- que el encuentro que en 1916 inauguró el historial entre triperos y pinchas, con victoria de los primeros (1-0); la máxima goleada que registra en su haber el tradicional duelo, en virtud del desarrollo del Torneo Apertura 2006; o la única serie internacional en que ambos equipos confrontaran, por la segunda fase de la Copa Sudamericana 2014, en la que prevaleció Estudiantes. Es que en aquella oportunidad, el fenómeno no se corporizó precisamente en el verde césped...

viernes, 5 de agosto de 2016

                  Múnich 1972, los Juegos Olímpicos de la barbarie

                                                 
    La consigna era diferenciarse. No bien resultara nominada como sede luego de prevalecer en la pugna que sostuviera con rivales de relevancia como Madrid, Montreal y Detroit, Múnich se propuso hacer de la edición de los Juegos Olímpicos de 1972 un acontecimiento histórico, sin precedentes.
     Empeñada en constituirse en pionera, fue en la ciudad perteneciente a lo que entonces era Alemania Occidental, capital del Estado Libre de Baviera, que el magno evento presentó su primera mascota oficial: Waldi, perro de la raza comúnmente conocida como salchicha, oriunda del país germano.

                                               


      En lo que respecta al plano deportivo, no sólo se reintrodujo como disciplinas al handball -masculino, solamente- y a la esgrima (1), sino que en el tramo inicial del certamen el  nadador estadounidense Mark Spitz logró un récord inédito hasta ese momento al conquistar siete medallas de oro en las pruebas individuales de 100 y 200 metros, estilo libre; 100 y 200 mts, estilo mariposa;  y en la competencia de relevos por equipo en 4 x 100 y 4 x 200, estilo libre; así como en 4 x 100 combinado, con el plusmarquista norteamericano como figura sobresaliente (2).
      Asimismo, inclusivos que se revelaron desde su propia concepción, los JJ.OO de Munich procuraron  desligarse de la primera edición que se celebrara en territorio teutón, Berlín 1936, organizada por el Tercer Reich gobernado por el tirano Adolf Hitler, responsable directo tanto del desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial como del genocidio denominado Holocausto, que derivara en el asesinato de alrededor de 6.000.000 de judíos. De allí que se propiciara la participación en el torneo de la delegación del Estado de Israel, compuesta por 20 integrantes. La muestra cabal del marco antibélico que había envuelto a Alemania en virtud de la organización del torneo, se puso de manifiesto en la ausencia de armas de parte de los efectivos a quienes se les había conferido la misión de custodiar a los deportistas alojados en la villa olímpica montada especialmente para la ocasión. Nada ni nadie impedía a los atletas entrar y salir del complejo a voluntad. Por muy contradictorio que parezca, la bienintencionada moción de la nación anftriona desempeñó un papel crucial en la tragedia que, trabajo de inteligencia mediante, suscitaría la irrupción de un comando terrorista, de fatales consecuencias.

                                             

        Septiembre Negro, agrupación armada de origen palestino, cuya denominación surgiera en oportunidad del cruento intercambio de hostilidades que en el noveno mes de 1970 la misma mantuviera con el Ejército de Jordania, ya había perpetrado dos atentados previos a la inauguración de los Juegos Olímpicos de Múnich: 1) el homicidio del Primer Ministro jordano, Wasfi Tall, en 1971. 2) el secuestro de un avión comercial de Bélgica que había decolado del aeropuerto de Viena, Austria, rumbo a Tel Aviv (Israel), en mayo de 1972.
       Fracción estrechamente vinculada a la alianza nacionalista política y paramilitar proclamada como Organización para la Liberación de Palestina, dependiente del Consejo Nacional Palestino, Septiembre Negro perseguía un solo objetivo: la aniquilación del Estado de Israel. En ese sentido, la célula terrorista logró infiltrar a dos de sus miembros más caracterizados como trabajadores de la construcción en la inminencia del estreno de la vila olímpica. Así, los fedayines -mote que en idioma árabe alude al que adhiere a combatir por razones políticas, no religiosas- descubrieron que, a instancias del escaso control policial en derredor del complejo, en la que convivían 10.000 almas entre competidores, entrenadores y funcionarios del COI (3), resultaría sumamente sencilla la penetración a modo de asalto con la que pretendían efectivizar su cometido.
      No medió violencia en la fase inicial del copamiento del predio, ocurrido a las 04.40 AM del martes 5 de...setiembre -una vez más- de 1972 . Por el contrario, al lucir los extremistas ropa deportiva similar al atleta promedio, consiguieron engañar a los miembros del equipo de USA que, además de creerlos colegas, les facilitaron el ingreso ayudándolos a trepar por la verja perimetral de dos metros de alto, a lo que siguió el preludio del más trágico episodio que se haya producido en la historia de los Juegos Olímpicos modernos.
      Lejos de predisponerse a reposar tras una distendida noche de juerga, tal como los atletas estadounidenses, el grupo comando se dirigió sin dilación hacia la Connollystrasse 31 -Manzana 31- de la villa olímpica, en cuyo departamento se hospedaba la comitiva israelita.
      Fue el despliegue de los elementos terroristas lo que motivó que Moshe Weinberg despertara sobresaltado. Instintivamente, el entrenador de lucha del equipo de Israel se abalanzó sobre la puerta del primer apartamento que habitaba con objeto de impedirle el acceso a los terroristas, al tiempo que emitió un inequívoco aviso de alarma al resto de los huéspedes, lo que posibilitó que nueve de los 20 integrantes del contingente israelí consiguieran escapar y ocho de ellos, improvisar un momentáneo escondite.
       Inevitablemente, producto de la evidente desproporción numérica en la puja, Weinberg cedió ante el embate de los palestinos. Sin embargo, el valiente coach se valió de un cuchillo de cortar fruta,
con el que pretendió atacar al sindicado como líder de la agrupación Setiembre Negro, Luttif Affif, más conocido como Issa, antes de que le fuera descerrajado un certero disparo en una de sus mejillas y, consecuentemente, lo condujeran obligadamente a los compartimentos 2 y 3 para saciar los intrusos su creciente voracidad asesina.
        Aun desangrándose, Weinberg apeló a su última brizna de fuerza para intentar detener el avance de los extremistas y le propinó a uno de ellos un sonoro trompis que le dislocó la mandíbula, tras lo que el estremecido invasor lo remató con un segundo disparo. El cadáver del entrenador de lucha fue inmediatamente arrojado fuera del edificio principal en el que se alojaba el contingente israelí.. En vano resultó que en su defensa acudiera el levantador de pesas Yossef Romano. Oriundo del estado de Ohio, Estados Unidos, el halterófilo seguramente habría evitado su luctuoso destino si, en lugar de resignarse a participar en el certamen al no haber clasificado para su su país natal, no hubiera usufructuado su condición judía en pos de representar al equipo de Israel. El corpulento atleta no vaciló en hacer acopio de su potencia en tren de neutralizar la cruenta arremetida de la célula terrorista y se trabó en encarnizada disputa con un palestino, a quien a punto estuvo de arrebatarle su arma. Consciente de la incontrastable superioridad física de su oponente, el fedayín jaló el gatillo de su fusil y le produjo la muerte instantánea.  No conforme con haber acabado con la vida del deportista, el secuestrador procedió, abiertamente exento de pruritos, a cortarle los testículos a Romano delante de sus compatriotas.
       Acto seguido, los captores concluyeron la primera etapa de su macabro ardid tomando como rehenes a nueve miembros de la delegación israelita : David Berger y Ze'ev Friedman (levantamiento olímpico), Juseph Eliezer Halfin y Mark Slavin (lucha grecorromana), Amitzur Shapira (salto en largo), Moshe Weinberg y Jossef Gutfreund (referees de lucha grecorromana), André Spitzer (árbitro de esgrima), y Kahat Shorr y Yakoov Springer (entrenadores de tiro y levantamiento de pesas, respectivamente).

                                           

       Más allá del visceral odio que le profesaba al Estado de Israel, ¿cuál fue el móvil que condujo a Setiembre Negro a atentar con semejante saña contra 11 inocentes víctimas quienes, aun pese a su filiación judía, jamás se habían inmiscuido en misiones religiosas o declamado fanatismos políticos, ni mucho menos prestado a servir en devastadoras guerras?
       El misterio comenzó a develarse menos de una hora después. Sobre las 05.30 de aquel fatídico martes 5 de setiembre de 1972, un efectivo de seguridad, inerme, se topó con el cadáver de Moshe Weinberg, yacente próximo al  departamento de la manzana 31 de la villa olímpica en la que se hospedaba el infortunado coach de lucha grecorromana. Casi en simultáneo, otros dos uniformados, comisionados para retirar el cuerpo inerte del complejo, divisaron una partida de hombres enmascarados y armados dentro del departamento que alojara a los israelitas, por lo que, sin más preámbulos, se contactaron con el Jefe de Policía de la ciudad de Múnich, Manfred Schreiber para anoticiarlo del macabro hallazgo.
       Luego de convocar urgentemente a un comité de crisis, conformado asimismo por el Ministro del Interior, Hans-Dietrich Genscher, el Ministro del estado de Baviera, Bruno Merck,  y por el intendente de la villa olímpica, Walther Troger,  Schreiber asumió la responsabilidad del asunto, previo a que los inmisericordes extremistas desnudaran sus verdaderas intenciones.

sábado, 2 de julio de 2016

           En reivindicación de Carlos Bilardo (segunda parte)
                                           
                                                     

     "A la gloria no se llega por un camino de rosas", asevera uno de los preceptos primordiales de Osvaldo Juan Zubeldía. A fines de ejemplificar su postulado, el entrenador de Estudiantes citó en la estación Constitución al grupo de jugadores con los que solía viajar desde Buenos Aires hacia La Plata, una hora y media antes del horario habitual en que abordaban el tren. Una vez hubieron llegado sus subordinados, el técnico les indicó que repararan en la extenuada expresión de la presurosa muchedumbre que, con denuedo, pugnaba por ocupar un lugar en los atestados coches. "La gente corre porque va a trabajar y algunos se levantaron a los 5 para poder llegar acá. Y ahora se van a pasar ocho, diez, doce horas en una oficina, un talle o en una obra en construcción. Ninguno gana ni la cuarta partes de los que ganan ustedes", afirmó el entrenador. Y añadió: "Cuando yo les hablo en los entrenamientos de trabajar para mejorar, de sacrificar cosas para ser mejores futbolistas, a lo mejor algunos piensa que estoy pidiendo mucho. Si ustedes fracasan en el fútbol, pueden terminar corriendo como estar personas que no tuvieron la suerte de jugar, porque no les va a quedar otro remedio. Ellos no tienen otra posibilidad y tienen que hacerlo aunque nos les guste. Ustedes son jóvenes, juegan al fútbol, tienen toda la chance de tener un futuro distinto y mucho mejor. Los hice venir más temprano para que vean esta realidad."
      Uno de esos futbolistas era Carlos Salvador Bilardo; acaso, el que más fielmente reprodujo los fundamentos su maestro. Jamás cuestionó las rígidas aunque novedosas implementaciones que en los años '60 introdujera Zubeldía para catapultar a Estudiantes a la cima del Mundo : jornadas de doble turno de entrenamiento, así lloviera, tronara o nevara; concentraciones prolongadas;, interminables sesiones de proyección de partidos en cintas de video, no sólo para pulir defectos en el funcionamiento colectivo e individual, sino a su vez para estudiar virtudes y defectos de los rivales de ocasión-;  práctica hasta la saciedad de todo tipo jugadas de pelota parada, como córners y tiros libres; ensayos exhaustivos de cómo contrarrestar y dejar en offside al equipo contrario...Por el contrario, el doctor las hizo celosamente suyas. Ni siquiera se permitió el mas mínimo reproche cuando, producto del ajetreado calendario a nivel local e internacional que debía asumir el cuadro pincharrata en 1968, Zubeldía -que no el padre Jorge Tiscornia de la iglesia San Carlos Borromeo, del barrio capitalino de Almagro- lo casó en menos de una semana con su estoica esposa, Gloria.
       Como entrenador de la Selección Nacional, Bilardo seguramente habría honrado a su maestro, fallecido el 17 de enero de 1982, cuando, lejos de tomarse vacaciones del inconmesurable trajín que le deparara el año anterior, convocó a comienzos de 1986 a una nómina compuesta por 14 jugadores a efectuar una mini pretemporada en la localidad de Tilcara, provincia de Jujuy, cuyo abrazador calor estival y altitud -2645 metros sobre el nivel del mar- se prestaban idóneos para lograr la más óptima ambientación al clima de la Ciudad de México y Puebla, sedes a las que había sido destinado el elenco albiceleste en la fase inicial de la Copa del Mundo.
       Junto con el Narigón y su cuerpo técnico, viajaron hacia el norte del país estos futbolistas: Ricardo Enrique Bochini, Ricardo Omar Giusti y Néstor Rolando Clausen, de Independiente; José Luis Brown y Luis Alberto Islas, de Estudiantes; Jorge Alberto Comas y José Luis Cuciuffo, de Vélez; Sergio Daniel Batista y Claudio Daniel Borghi, de Argentinos; Carlos Daniel Tapia, de Boca; Oscar Alfredo Ruggeri, de River; Oscar Alfredo Garré, de Ferro, Sergio Omar Almirón, de Newell's; y Oscar Alberto Dertycia, de Instituto.

                                                 

        Allí, por espacio de diez días, no sólo se pautó como objetivo conseguir la mejor performance física de cada jugador, a cargo de Bernardo Lozada, médico especializado en el trabajo con atletas que se desempeñan en climas adversos, sino que se procuró emular el modus vivendi que le depararía a la delegación argentina su estadía en la nación azteca. En ese sentido, por caso, los partidos amistosos -especialmente ante el club local Pueblo Nuevo- se jugaron al mediodía, el mismo horario en que el representativo argentino dirimiría sus desafíos en el mundial.
       Fuera de la metódica preparación, la comitiva albiceleste, más que abrasada, abrazada por el calor...de los hospitalatrios nativos, realizó asiduas visitas a la Iglesia Nuestra Señora del Rosario, en la que coincidieron en elevar a la Virgen de Copacabana de Punta Corral -"La mamita de los Cerros"- la promesa de volver -descalzos y de rodillas, si hacía falta- a Tilcara, si conquistaban el título en México, según sostienen los lugareños hasta el día de hoy . Lo que finalmente no ocurrió, con consecuencias nefastas para el porvenir del fútbol argentino, reza una extendida creencia (1).
     Claro que no todo pasaba por las exhaustivas jornadas de entrenamiento y el confinamiento al encierro del hotel  en el que se alojaba la delegación celeste y blanca. Al enterarse de que, en virtud de la llegada de un contingente de turistas proveniente de Rosario, se ofrecía una fiesta en un salón distante a pocas cuadras del hospedaje, Bilardo autorizó al plantel a concurrir al mitin, siempre que regresaran a la una de la madrugada.
     No era que, a sabiendas de que en el festejo se servirían bebidas de distinta graduación alcohólica, el doctor dudara de la conducta de sus dirigidos. Tampoco que pretendiera cerciorarse de que aquéllos abandonaran el recinto en el horario convenido. Si Carlos Salvador concurrió a esa fiesta de disfraces fue porque nada en esta vida -salvo el fútbol- lo apasiona más que bailar. Así como en sus mocedades -en la que no lo apodaban Narigón, sino Sonrisa o Flaco, igual que a su más enconado enemigo- frecuentara discotheques como Dominó y Montecarlo junto con sus entrañables compinches, los actores Juan Carlos Calabró y Alfonso Pícaro, Bilardo se lució en la pista de baile travestido de mujer colla, ante la atónita mirada del Cabezón Ruggeri y el resto de sus compañeros. Tanto disfrutó con sus danzarines, que inclusive autorizó a la muchachada a permanecer en el distendido festejo hasta las 3 AM.
     El acondicionamiento en el pago jujeño satisfizo a Bilardo por dos razones principales: 1) La armoniosa convivencia de la plantilla, en sintonía con su noción de "grupo" 2) La atinada detección de los efectos colaterales que pudieran provocar la presión, el calor y la altura en los jugadores, los que fueron minando progresivamente para así permitirles alcanzar un auspicioso rendimiento.
     Por supuesto, en contrapartida con los cumplidos que le dispensaran por su trabajo las coberturas de los medios foráneos enviados a Tilcara -como la del prestigioso periódico italiano Il Corriere Dello Sport-, la prensa doméstica menospreció la valía del sistema de aclimatación propuesto por Bilardo, la del oponente local con el que el equipo había confrontado y hasta se mofó del estado de la cancha en la que los futbolistas se habían entrenado, por no mencionar sus quejas respecto de la ausencia de Diego Armando Maradona, Daniel Alberto Passarella y otros valores que se desempeñaban en el mercado europeo.
     Del escarnio público, al intento forzado de destitución. En pos de inaugurar la temporada, la Selección Argentina emprendió una pequeña gira por Europa en la que inició su participación con una inobjetable caída en París ante Francia -entonces campeón de la Eurocopa- por 2 a 0, antes de obtener dos triunfos consecutivos frente al Nápoli de Maradona -el Diez jugó únicamente para el combinado nacional- por 2 a 1 y vs el Grasshopper de Suiza por la mínima diferencia, insignificantes de acuerdo con la concepción de la crítica generalizada.

miércoles, 29 de junio de 2016

         En reivindicación de Carlos Bilardo (primera parte)
                                                 

                                                     
     El hombre de la nariz prominente se posicionaba como el candidato idóneo a asumir como director técnico de la Selección Nacional. Se requería la presencia de un doctor para mitigar los dolores ocasionados por el inexorable epílogo de La Fiesta de Todos, de la que derivó en el cenit de su esplendor la primera Copa del Mundo obtenida por el equipo argentino.
     Aun beneficiado por la reciente conquista del Campeonato Metropolitano de 1982 con Estudiantes, Carlos Salvador Bilardo ostentaba una vasta trayectoria como futbolista y director técnico.
     Luego de desempeñarse en San Lorenzo y Deportivo Español, recaló en el prolífico cuadro pincharrata que se coronó a nivel local, continental, interamericano e inclusive mundial durante el segundo lustro de la década de 1960, en donde si bien no destacó por su virtuosismo, se graduó como alumno aventajado de su mentor, don Osvaldo Juan Zubeldía.

                                              


     Retirado de la práctica activa, fueron sus excompañeros del León quienes lo encumbraron como DT de un equipo bajo cuya conducción no solo evitó la pérdida de la categoría durante el Metro '71, sino que a su vez consiguió un decoroso subcampeonato en el Torneo Nacional de 1975 . Idéntico logro redundó de sus ciclos en Deportivo Cali, tanto en la División Mayor del Fútbol Colombiano como en la Copa Libertadores de 1978 -en la que cayó en las finales frente al Boca del Toto Lorenzo-, antes de su discreto paso por San Lorenzo (1979), al que siguió su frustrada gestión en la Selección de Colombia, con la que no pudo clasificar al Mundial de España 1982.
     Por supuesto, Julio Humberto Grondona no desconocía ni la considerable experiencia ni los recientes laureles conseguidos por Bilardo. Su escepticismo, en cambio, residía en su prejuicio para con el Narigón, sindicado como el exponente dentro del campo de juego del Antifútbol al que infundadamente se acusaba de pregonar a Zubeldía, ese que, entre otras artimañas, consentía burlar el umbral del reglamento pinchando con alfileres y echándole tierra a los ojos a sus rivales, los mismos a los que -supuestamente-se les realizaba un minucioso trabajo de inteligencia respecto de su vida privada para que, una vez en el fragor del partido, distraerlos de sus funciones al mentar a sus esposas, hijas u otros íntimos. El entonces titular de AFA, que otrora lo fuera de Independiente, a su vez el club de sus amores, no podía olvidar que Bilardo se había erigido en uno de los protagonistas estelares de las ardorosas batallas que Estudiantes y el Rojo de Avellaneda libraran en la Copa Libertadores 1968, la primera de las tres consecutivas que conquistara el conjunto de La Plata (1).
    Pese a su renuencia original a asistir a un simposio organizado por la revista El Gráfico a fines de 1982, en el que a su vez se llamó a disertar a Bilardo, a Grondona acabó por seducirlo el discurso del aún entrenador de Estudiantes, quien se juraba un incondicional del orden, organización y disciplina, justamente de lo que había carecido -a la vez que de hambre de gloria- la Selección Nacional en el certamen mundialista de España. Amén de la deslucida campaña ofrecida por la escuadra dirigida por César Luis Menotti, la dinámica de la (des) concentración en la que se alojó
 la comitiva albiceleste resultó alterada por la constante presencia de empresarios, intermediarios y directivos de las instituciones más reputadas del planeta, ávidos por adjudicarse los concursos de las estrellas argentinas...y por la notoria ausencia del director técnico, quien más preocupado por cuestiones íntegramente ajenas a su cargo, delegaba el mando en el capitán del equipo y en su segundo, Daniel Alberto Passarella y Américo Rubén Gallego, respectivamente.

                                             

     Fue así que Carlos Salvador Bilardo, aun pese al ruego de los fanáticos pincharratas por que permaneciera en el club, aceptó la oferta del pope mayor de AFA y rubricó el jueves 24 de febrero de 1983, a las 19.35, el contrato que lo ligaba como entrenador del seleccionado argentino, flanqueado por dos de sus compinches de los años '60: Carlos Oscar Pachamé (ayudante de campo) y Raúl Horacio Madero (médico), así como por Ricardo Echeverría en la preparación física, quien cautivara al Narigón cuando este último reparara en su destacada labor como profesor en las colonias de vacaciones de verano que albergaba el club Estudiantes en su seno. A ellos se acoplarían los secretarios técnicos, Mario Porras y Rubén Moschella; el secretario adjunto, Roberto Mariani -suerte de segundo de Pachamé en la ayundantía-; Roberto Molina, masajista; y los utileros Roberto Tito Benrós y Miguel Di Lorenzo, más conocido como Galíndez.
     En resumidas cuentas, "...el equipo del Narigón", tal como reza un viejo cántico del tablón.

sábado, 18 de junio de 2016

Copa América: el curioso historial de Argentina vs Venezuela


   
     
       La disparidad en el poderío de dos de los contendientes que este sábado pugnarán por una plaza en las semifinales de la Copa América Centenario 2016, organizada por Estados Unidos, resulta evidente. Si bien es cierto que Argentina ya no es aquel prolífico equipo de antaño y que Venezuela, a partir de la gestión del Pato José Omar Pastoriza como director técnico (1), dejó de limitarse a ejercer el mero rol de partenaire, la supremacía de la Selección Nacional sobre su inminente adversario se revela, de todos modos, demoledora.
       Una de las mayores manifestaciones de la abrumadora superioridad de los albicelestes se constituye en el historial general que éstos sostienen con los venezolanos, en el que, al cabo de 20 enfrentamientos, el equipo argentino se impuso en 19 ocasiones - con 74 goles a favor- contra sólo un triunfo del conjunto vinotinto (10 GF), que no precisamente ocurrió en virtud de la celebración de la Copa América. En ese sentido, nuestro seleccionado prevaleció a instancias de las goleadas -una de ellas, particularmente aplastante- que le propinó a su oponente en los cuatro encuentros que dirimieron.
        Impiadoso, el combinado nacional se propuso vapulear a Venezuela inclusive en el desafío que inauguró la serie de cotejos entre ambas selecciones, correspondiente a la tercera jornada del entonces denominado Campeonato Sudamericano de Uruguay 1967, que contó con tres características salientes: 1) el debut absoluto del representativo vinotinto en la Copa América;  2)
 fue la primera vez que se disputaron eliminatorias clasificatorias para el torneo (2); 3) la
deserción de Brasil que, recuperado de su inesperada derrota como anfitrión ante la Celeste, el inolvidable Maracanazo, ya se había adjudicado dos Copas del Mundo de manera consecutiva: Suecia 1958 y Chile 1962.
        Apenas comenzado el partido, la escuadra argentina enhebró su primera situación de gol al encarar a los 3' el centrodelantero de Independiente, Luis Artime (padre), el área rival con su consabida potencia, antes de que una brillante maniobra tripartita entre David Acevedo, Raúl Bernao y  Mario Alberto González derivara en un remate de Gonzalito, conjurado por el atinado cruce del venezolano Freddy Elie, quien rechazó al tiro de esquina.
      El score no tardó demasiado en abrirse. Luego de una soberbia jugada individual a cargo del volante derecho de River, Juan Carlos Sarnari, que habilitó a los 18' la entrada de Artime,
 el legendario artillero definió ante el inerme arquero Vito Fasano con un disparo rasante.
      Una nueva incursión hasta el fondo de Bernao motivó, a los 31', el 2-0 parcial para el elenco albiceleste, al capitalizar el infalible atacante de Vélez, Juan Carlos Carone, el preciso centro enviado por el crack de los Rojos de Avellaneda, previo al corte de luz de 10' de duración que se produjo en el Estadio Centenario y su zona de influencia.
      Subsanado el desperfecto en el alumbrado artificial, el equipo dirigido por Alejandro Galán, más conocido con el seudónimo de Jim Lópes, que adoptó al radicarse en Brasil, se abocó en el complemento a aumentar la ventaja desde los 3', a través de Silvio Marzolini, considerado el mejor lateral izquierdo de la historia de Boca, al culminar una sucesión de gambetas con un shot al ángulo superior derecho de Fassano.
      Sobre los 20', Sarnari cedió el balón en dirección de Pichino Carone, quien lanzó un colocado centro al corazón del área de Venezuela, conectado mediante un certero cabezazo por Artime para establecer el inapelable 4-0 en favor del representativo celeste y blanco. Lo que siguió fue el descuento de la selección vinotinto, como consecuencia del desacople del fondo argentino que posibilitó que a los 29' Rafael Santana batiera al guardameta xeneize Antonio Tarzán Roma.
      Como corolario de una auspiciosa jornada para el conjunto nacional, su quinta y última conquista, a la vez la tercera de la cosecha personal de Artime.  Fue a los 43', después de una nueva asistencia en profundidad del riverplatense Sarnari, usufructuada por el centroforward de Independiente, quien a la postre se erigió como top scorer del torneo con 5 tantos, al vulnerar la valla venezolana con un disparo franco, a media altura.
      En contrapartida con la deslucida performance de Venezuela en el Campeonato Sudamericano de 1967 -no obstante lo cual obtuvo su primer halago en la competencia al vencer a Bolivia por 3 a 0, lo que le valió ocupar un ¿digno? penúltimo lugar en la tabla de posiciones-, la auspiciosa campaña realizada por la Selección Argentina. Más allá de la goleada infligida al combinado vinotinto, el cuadro albiceleste superó a Paraguay (4-1), Bolivia (1-0) y Chile (2-0), con lo que arribaba a la instancia culminante como líder del certamen con ocho unidades, una más que el local, Uruguay, su escolta y rival en la jornada de cierre. Sin embargo, el clásico del Río de la Plata favoreció al cuadro charrúa , que logró una ajustada victoria a través de Pedro Rocha, escogido finalmente como el mejor jugador del torneo, y por ende, se consagró campeón (3).
                                                   

      Recién ocho años después se jugó la siguiente edición de lo que pasó a denominarse definitivamente Copa América que, a diferencia de los campeonatos predecesores, no dispuso de una sede fija, aunque por primera vez participaron la totalidad de los miembros originales de la CONMEBOL. Así las cosas, las selecciones intervinientes fueron repartidas en tres grupos de tres equipos, cuyos respectivos vencedores, luego de enfrentar a sus contrincantes en partidos de ida y vuelta -tanto de local como de visitante-, integrarían un cuadrangular a modo de semifinales al que se plegaría Uruguay, clasificado automáticamente a la segunda ronda por su condición de vigente ganador de la competición.
      El sorteo de rigor depositó a Argentina en el Grupo C, que compartió con Brasil y Venezuela. Si bien la producción del conjunto nacional resultó oscilante, exhibió en el pico de su rendimiento un predominio abismal frente a la Vinotinto, a la que le convirtió ¡¡¡16 goles!!! en dos partidos.
      Tras el holgado traspié que sufrió en el Estadio Olímpico de Caracas ante el representativo
 verde amarelo en la jornada de apertura (0-4), la alineación venezolana recibió a su similar albiceleste en el mismo escenario, con la esperanza de ofrendarle a su público una actuación -cuanto menos- decorosa ante un rival incontrastablemente superior.

                                                               

     No fue que el elenco celeste y blanco se hubiera ensañado particularmente con un equipo al que durante años le cabría el mote de Cenicienta -lo que sucedería en la "revancha", así entre comillas-, mas le bastó apenas 10' para establecer un justificado triunfo transitorio al desbordar hasta el fondo el wing derecho de Rosario Central, Ramón César Bóveda, con objeto de habilitar a Leopoldo Jacinto Luque, centrodelantero de River quien, luego de desairar a Orlando Torres, definió de caño ante el achique del arquero Vicente Vega.
     Enseguida nomás, sobrevino la sorpresiva reacción del anfitrión. Acto seguido de haber estrellado un cabezazo en el poste, la arremetida de Ramón Iriarte le otorgó al anfitrión la injusta igualdad, que habría redundado en la segunda anotación de los venezolanos si el mismo atacante hubiera acertado minutos después su intento de emboquillada ante un superado Hugo Orlando Gatti, portero de Unión, a quien salvó el travesaño.
     A partir de allí, la progresiva mejoría de Argentina a la par que el repliegue de Venezuela motivó a los 29' la auténtica obra de arte con que se despachó Mario Alberto Kempes, inestimable valor de la Academia rosarina. El Matador eludió no una, sino dos veces a Vega para empujar el esférico al desguarnecido arco local, que mereció el cerrado aplauso -de pie- de los 8000 espectadores presentes.
     Tan solo 6' después, el intuitivo Luque asedió a la dubitativa defensa venezolana de manera tal, que le robó el balón a E. Torres y, luego de eliminar a Vega, decretó el 3-1 parcial con el que la visita se marchó al intervalo.
     Durante la segunda etapa, el combinado venezolano, apremiado, no fue sino un compendio de errores que invitaba al conjunto de César Luis Menotti a emular el amplio triunfo que obtuviera en el Campeonato Sudamericano de 1967.
     Aun sin planteárselo como objetivo, producto de la merma en la peligrosidad de sus avances, la Selección Nacional consiguió su cuarta conquista a los 23' al procurar Bóveda la posición del Pulpo Luque, quien definió de primera para la algarabía del puñado de hinchas argentinos ubicados en las tribunas, que parecían muchos más al producirse simultáneamente la retirada de la mayoría de la afición vinotinto.
     Producto del enésimo titubeo de la retaguardia de los locales, sobrevino a los 40' el gol de Osvaldo César Ardiles, exquisito volante derecho de Huracán, que no solo selló el pleito sino que asimismo equivale a la máxima goleada de visitante que registra el historial entre Argentina y Venezuela.
    "Flaco, no te vayas..", entonaban a modo de ruego los fanáticos albicelestes que se habían llegado hasta el Gigante de Arroyito de Rosario Central, club del que el entrenador del equipo celeste y blanco es confeso simpatizante. Es que Menotti, rosarigasino él, del barrio de Fisherton, había presentado la renuncia a su cargo en la víspera del desquite ante los venezolanos, al suscitarse una seguidilla de conflictos entre los que destacaba la rotunda negativa de Boca y River de ceder a los jugadores que el DT había nominado para lucir la camiseta del seleccionado (4),  lo que César Luis consideraba una afrenta pues al asumir en sus funciones había exigido como requisito insalvable que se le otorgara prioridad indiscutida al equipo nacional.
    Puesto que la cúpula directiva de AFA resolvió implementar medidas proclives a satisfacer la petición de Menotti, este dejó sin efecto su controvertida dimisión. Solo así se brindó a comandar el lluvioso domingo 10 de agosto de 1975 a un once titular compuesto eminentemente por futbolistas santafesinos, quienes se aprestaban entonces a obsequiarle al técnico que tanto respaldaban una de las mayores alegrías que ostenta su fecunda carrera.