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viernes, 20 de septiembre de 2019

    Gales 1999, el primer rugido mundialista de Los Pumas (II)
                                                     
                                                 
       La ceremonia inaugural de la Copa del Mundo de Gales, programada para el viernes 1 de octubre de 1999 en el Millennium Stadium de Cardiff, construido especialmente para la ocasión, satisfizo hasta al más exigente de los paladares.
      El acto conmemorativo, encomendado a la compañía artística Tony Ball Asociation, se inició con un atractivo despliegue de imágenes por pantalla gigante de los más bellos paisajes del país británico a lo que prosiguió una coreografía compuesta por un millar y medio de jóvenes que simbolizaron la silueta del dragón, que identifica no solo a la insignia galesa sino también a la Selección local.
      En cuanto a la variada temática musical, el número sobresaliente fue el del dueto integrado por la cantante Shirley Bassey y el barítono Bryn Teyfel, quienes ofrecieron una exquisita versión de World in Union, tema oficial del certamen mundialista a partir de la edición de Inglaterra 1991.
       Después del versátil show exhibido por el equipo acrobático The Red Arrows, el Príncipe Carlos emitió el discurso oficial que coronó la solemne apertura. Fue entonces cuando, a la vez que se retiraban las estridentes fanfarrias afectadas a la festiva jornada, emergieron de los vestuarios los conjuntos actuantes para alinearse en el centro del field. Allí, los jugadores de Los Pumas se fundieron en un solo abrazo en virtud de asistir a la ejecución del himno patrio, por el que los más de 70.000 simpatizantes galeses que abarrotaron el escenario de techo retráctil -entre quienes se mimetizaron alrededor de 400 aficionados albicelestes- guardaron un respetuoso silencio.
       Efectuado el sorteo de rigor, el apertura argentino, Gonzalo Quesada -actual entrenador de Jaguares-, fue el encargado del kick-off de un encuentro en cuyo comienzo una serie de desacoples del pack argentino en el scrum derivaron en la sanción del penal que el récordman Neil Jenkins -top scorer histórico los Dragones Rojos, con 1049 puntos, y uno de los escasos rugbiers que registra un haber de más de 1000 tantos anotados- dilapidó a los dos minutos de juego.
       Superado el predominio territorial de los galeses en el primer tramo del cotejo, posible en parte por la tendencia argentina de patear al fondo, a espaldas de los tres cuartos europeos para que así el juego se desarrollara lejos de las 25 yardas albicelestes, sobrevino el segmento más ríspido del duelo.         Luego de que Lisandro Arbizu -capitán del combinado nacional- quedara momentáneamente groggy como consecuencia de la embestida que sufriera a manos del centro Scott Gibbs en su tentativa de tackle, un intercambio de golpes de puño en un ruck en mitad de cancha, protagonizado por el pilar Roberto Grau y el wing-forward del team anfitrión, Colin Charvis, sobre los 13', ameritó no solo que a ambos les fuera enseñada la tarjeta amarilla -según el reglamento de entonces, la sanción equivalía a un apercibimiento de precaución que pese a ello permitía al infractor permanecer en cancha a diferencia de la doble amonestación, que significaba la automática expulsión-, sino también que a posteriori los involucrados en el episodio pugilístico fueran suspendidos de oficio. Al respecto, se ordenó una sanción de tres semanas de inactividad para el pilar mendocino, quien recién regresó a la titularidad en la última presentación de la campaña de su equipo.
       Poco después, a los 16', el octavo de Gales, Scott Quinnell, se levantó de un scrum, soportó tres intentos de tackle y, casi cayéndose, tomó la marca de Arbizu para ceder a Shane Howarth. Sin embargo, antes de que el fullback vulnerara el ingoal visitante buscando la bandera derecha del ataque del equipo rojo, la conjunta defensa del wing Diego Albanese y el tercera línea Santiago Phelan- evitó el inminente try sacando al adversario del campo de juego.
       Sobre los 19', una infracción por off-side de los locales propició la inaugural de las patadas efectivas de la labor consagratoria de Quesada, quien situado en las 10 yardas del terreno de Gales estableció el 3-0 favorable a la escuadra dirigida por Alex Wyllie. También de penal, el medio apertura de Hindú amplió el score  a los 24', al no soltar Charvis el balón estando en el suelo a causa de un ruck.
       No obstante, los penales por knock-on intencional de Octavio Bartolucci, y el off-side en la marca de Eduardo Simone en las cinco argentinas, a los 26' y 30', respectivamente, se tradujeron en la igualdad transitoria de los de casaja roja (6-6), a instancias del asimismo prestigioso shoteador Neil Jenkins.
       Argentina retomó parcialmente la supremacía del tanteador a los 39', posteriormente a que los delanteros galeses derrumbaran un scrum. Fue así que, como consecuencia de su kick distante a 50 metros de los palos defendidos por el seleccionado local, Los Pumas volvieron a sumar de a tres.
       Lamentablemente, ya en tiempo adicionado una incursión ofensiva del hooker Garin Jenkins -quien pisó la línea de touch, lo que no fue advertido ni por el referee neozelandés Paddy O' Brien ni por los jueces asistentes- generó que a la salida de un maul el medio scrum y capitán de Gales, Rob Howley, abriera para la entrada franca de Scott Gibbs y este apoyara la guinda en el ingoal celeste y blanco franqueando la oposición de Longo y Nacho Fernández Lobbe, reemplazante este último del lesionado Pedro Sporleder. La conversión de N. Jenkins -que no tiene parentesco alguno con el primera línea de su equipo, de idéntico apellido- selló el resultado de la primera etapa: triunfo de los Dragones por 13 a 9.
                                                           

        Reanudado el encuentro, los anfitriones, comandados por Graham Henry, asesor técnico de Los Pumas en las temporadas 2012-13, justificaron la superioridad del comienzo del complemento a través de una maniobra de salteo que recayó en la posición de Daffydd James para que el wing se cortara en velocidad y habilitara a James, quien hizo lo propio con el insider Mark Taylor, autor a los 8' del try convertido por el número "10" de Gales.
        Más allá de alguna progresión aislada, el equipo de Gales pareció, luego de un nuevo penal señalado a los 15' por N. Jenkins (23-9), resignarse al advenimiento del adversario.
        En esa línea, la presión de sus tres cuartos comenzó a consustanciarse con la prevalencia de los forwards argentinos, ya fuese en las formaciones fijas - inclusive lines robados - o móviles. Tanto que, producto de las infracciones cometidas por la representación europea en tres rucks, el combinado albiceleste se puso a cinco puntos del oponente mediante los consecutivos kicks acertados de Quesada cuando restaban 8' para el epílogo del partido, por lo que la hasta entonces dicharachera multitud demudó súbitamente. Por fortuna -para ellos- la mejoría de la visita no alcanzó: Argentina cayó por 23 a 18 ante su par de Gales que, si bien había evidenciado algo de superioridad en ciertos pasajes del match, esencialmente en el primer período, nunca se había insinuado del todo imbatible.
        De hecho, el consenso entre los players de Los Pumas era elocuente. La inmensa mayoría del plantel vaticinaba que el segundo encuentro resultaría mucho más laborioso que el del debut no solo por la naturaleza agresiva -cuando no beligerante- de la propuesta del inminente rival, que venía de derrotar holgadamente en su estreno en el certamen a Japón por 43-15, sino también porque se avecinaba la oportunidad histórica de quebrantar por fin la racha adversa ante un equipo que había sentenciado la participación argentina -en fase de grupos- en dos Mundiales consecutivos, por no mencionar que un eventual revés podía traducirse en la enésima eliminación prematura a instancias del mismo verdugo de siempre.
      Tanto Liso Arbizu como el convaleciente Pedro Sporleder, integrantes del equipo nacional que cayera en las batallas libradas frente a Samoa Occidental en Inglaterra 1991 -en donde fuera expulsado el segunda línea- y Sudáfrica 1995, concebían el match como una cuestión de honor al igual que el resto de cuantos habían intervenido en uno u otro enfentamiento, tales los casos de José Cilley, el Yanqui Martin, Camardón y hasta el propio Fichín Pichot, fuera de que el medio scrum no sumara minutos en el field en el torneo que precediera al de Gales.
       Por su parte, la conducción técnica albiceleste, lejos de la improvisación, pergeñó una pormenorizada estrategia tendiente a primar en el choque con el elenco del Pacífico Sur. De ahí que, a la vez que el entrenador Alex Wyllie ensayaba hasta el saciedad distintas variantes en el fijo y en el maul para arremeter con los gordos en el predio de la Universidad de Cardiff, su auxiliar en el entrenamiento de los tres cuartos, Francisco Albarracín, símbolo de La Plata Rugby Club que se había sumado sobre la marcha a ejercer ese rol, confeccionó -espionaje mediante- un detallado informe del funcionamiento global del elenco isleño así como de sus individualidades, con especial énfasis en una de sus figuras, el wing Va'aiga Tuigamala. La proyección de los últimos encuentros de los samoanos y el fulbito posterior a las prácticas -en lo sucesivo, la principal cábala puma- completaron la preparación argentina en la víspera del trascendente compromiso.
        Sin embargo, aun pese a las precauciones largamente tomadas, la cuidadosa planificación asumida, las arduas sesiones de ejercitación previas y el puntilloso estudio del rival, el team celeste y blanco amenazó, en la mitad inicial del partido, con entregarse al recurrente maleficio de su tempranero adiós en lo que a toparse con Samoa por campeonatos mundiales atañe.

                                                                 
        En ausencia del tan pregonado agrupamiento de los delanteros y las constantes zozobras de los backs en el juego de manos -por caso, el knock-on de Albanese a escasos metros de zambullirse en el ingoal contrario-, el conjunto dirigido por Brian Williams -compatriota de Grizz Wyllie- inauguró el score a los tres minutos producto del penal convertido por Silao Leaega desde un ángulo cerrado, antes de que el mismo full-back convirtiera a los 24' el try del ala Junior Paramore que le daba el 10-0 parcial a la Selección de Oceanía.
        Al acertado penal sancionado por el árbitro australiano luego de que los forwards rivales se tiraran de cabeza en un ruck, a través del cual Quesada señaló a los 29' los tres primeros puntos para la divisa albiceleste, le procedieron las anotaciones por idéntica vía de Leaega, a los 35' y 39'. De ese modo, la representación de Samoa culminó el primer tiempo imponiéndose por 16 a 3.
        Si hubo un momento en toda la Copa del Mundo de Gales '99 en el que Alex Wylle expuso su vehemente carácter en todo su esplendor, ese fue el retorno de sus subordinados al vestuario del hoy desmontado Stradey Park de Llaneli. Según aseveraron testigos privilegiados de la charla que el coach mantuvo con los jugadores en el entretiempo, el neozelandés culminó su filípica en un spanglish -más español que inglés- con el que logró hacerse entender a la perfección: "Por las mismas boludeces de ustedes, Los Pumas perdieron en el '91 y en el '95. Si quieren ganar, déjense de joder y jueguen como lo planeamos".
        Fue así que, no bien regresaron al campo de batalla, los rugbiers argentinos constataron que la verborrágica arenga de su entrenador había surtido efecto. Encabezó la reacción la afilada puntería de la patada de Quesada, quien además de rubricar a los 3' un estupendo drop desde mitad de cancha aportó tres penales desde distancias diversas, a los 2', 6' y 11', para que el conjunto nacional se situara en el marcador a solo un punto de los isleños (15-16), previo a que se consumara la rehabilitación del pack celeste y blanco para darle la anhelada ventaja a Los Pumas.
       A ese respecto, la supremacía de la primera línea en los scrums -sobre todo, en el duelo aparte que el Gordo Reggiardo y el tenor Omar Hasan sostuvieron con los pilares adversarios-, el tino de Mario Ledesma arrojando la pelota en los lines, los incansables tackles de los wing forwards Martin y Phelan, a quienes se plegó la impecable labor del octavo Gonzalo Longo en la base y su eficacia para salir de punta en ofensiva, mereció su recompensa en el try señalado por el Turco Allub -de auspicioso papel en la hilera como el otro saltador argentino, Nacho Fernández Lobbe- a los 29'.
       Como corolario del reivindicatorio partido, la última sucesión de kicks del Queso: al penal de los 26', se unieron los que marcó a los 36' y 42', con los que Los Pumas establecieron cifras inamovibles: 32-16, para deshacerse de tan pernicioso saldo negativo en los cotejos mundialistas con Samoa -que no fue capaz de anotarle siquiera un mísero tanto a los de Wyllie en el segundo período-, lograr una victoria en la RWC que no se le daba desde la edición inaugural de 1987 -25 a 16 sobre Italia- y -cómo no- ilusionarse con avanzar de ronda por primera vez en su campaña ecuménica.
       Después de tamaña confrontación, el relax, aunque efímero bálsamo. Es que, tras la actividad natatoria y las partidas de golf de que disfrutaron los actores estelares de la Selección Argentina durante el día posterior al del resonante éxito frente a los isleños, se tornó una tarea ineludible aventurar cálculos acerca del resultado más conveniente para el equipo celeste y blanco en su participación de cierre en la fase de grupos.
        Producido el sorpresivo triunfo de Samoa frente al local Gales (38-31), se analizaron todas las posibilidades, en orden de preferencia: 1) la más potable, probable, si se atiende a las expectativas triunfalistas de los propios jugadores, o sea, ocupar la tercera posición en la Zona para chocar en un hipotético repechaje con Irlanda -segundo del Grupo E- en escenario neutral (Stade Félix Bollaert de Lens, Francia); 2) en caso de finalizar escolta, se suscitaría un desfavorable encuentro como visitante ante Escocia en el Murryfield Stadium de Edinburgo; 3) el liderazgo absoluto, máxime redundante de una goleada, le valdría , más allá de que por fin se accedería directamente a los cuartos de final, un poco apetecible cotejo ante los Wallabies. 
       De la primera opción barajada se deduce que se estaba subestimando a un oponente que, si bien no podía equipararse al potencial de Los Pumas tanto por tradición como por lo realizado en las dos primera jornadas del torneo, ya había probado de sobra que podía someter a los argentinos tal como lo afirma el incontrastable triunfo de Japón por 44 a 29 - Ledesma, Martin, I. Fernández Lobbe, Allub y Simone, entre otros, intervinieron en el seleccionado nacional en aquella frustrante presentación-, correspondiente a la breve gira efectuada por el continente asiático de 1998, por mucho que el Gordo Reggiardo se empeñara en asegurar en la vigilia del encuentro que su equipo estaba 30 puntos por encima del combinado nipón.
       No por nada, independientemente de la halagüena performance ofrendada ante Samoa, el técnico resolvió introducir algunas modificaciones en la conformación del XV titular luego de los entrenamientos realizados en la Universidad de Cardiff y en la ciudad inglesa de Bath, lejana a 100 kilómetros de la capital galesa. Entre ellas, la vuelta de Sporleder -cuyas contracturas en aductor izquierdo y gemelo derecho lo habían empujado a bajarse de los cotejos contra los Dragones Rojos y los del Pacífico Sur pese a la avidez de Wyllie por incluirlo aun maltrecho- en reemplazo de Longo, por lo que Fernández Lobbe pasaría a oficiar de octavo y el excapitán argentino de segunda linea, y el debutante absoluto en la Copa del Mundo, Ignacio Corleto -aunque disminuido por una molesta faringitis- y Camardón por Manuel Contepomi -inflamación en una de sus rodillas-  y la Garza Bartolucci, respectivamente. El remate de la planificación preliminar lo constituyó la inteligencia ejercida por Pancho Albarracín, focalizada en la velocidad de los wines japoneses, especialmente la del intrépido Daisuke Ohata, quien garantizó en la víspera que los del Lejano Oriente ganarían con holgura.
                                                           
     
        Durante el preámbulo del significativo reto, se lo notó ciertamente atado al elenco albiceleste, como si le pesara el lastre de la oportunidad histórica de una producción superadora. Con todo, a los argentinos les bastó confiar en el imaginable predominio en el fijo -así como en rucks y mauls- a la vez que en el fértil botín derecho de Quesada para sacar ventajas en el score a instancias de los penales que el actual coach de Jaguares marcó a los 9' y 20'.
       Tan solo 2' más tarde, el medio apertura japonés, Keiji Hirose, sumó por la misma vía en una etapa del encuentro en que Los Pumas comenzaban a perfilar su mayor poderío. Fue a los 26' que, a la salida de un ruck,, Agustín Pichot -hoy vicepresidente de la Rugby Board- amagó con ceder la guinda al Yanqui Martin para en cambio hacer un rulo y girar enfilando por el lado ciego y terminar apoyando el try sobre el extremo izquierdo del ingoal nipón. A continuación de los penales de Quesada, a los 22' y 38', el anotado por el nro. 10 del conjunto asiático, que decretó el 17-6 transitorio en favor de los de Grizz Wyllie previo al intervalo.
        Reiniciado el match, la divisa nacional mantuvo su superioridad aunque con un ímpetu más elevado que el de los primeros 40'. Quesada, en una noche que orilló el 100 % de efectividad -salvo por la fallida conversión del try de Pichot- se erigió en el top scorer de la fase de grupos con 66 tantos al ejecutar con acierto tres penales al hilo, a los 5' 14' y 23', contra el único rubricado en el complemento por Japón, a los 9'.
        Sobrepasados los 32', el wing albiceleste Diego Albanese se bancó de pie dos intentos de tackles consecutivos para concretar con lo justo -al límite lateral del campo de juego- el try con que la jornada del sábado 16 de octubre de 1999 el Millenium Stadium de Cardiff obró de escenario oficial de la primera vez que Los Pumas consiguieron superar el umbral de la ronda preliminar de la RWC. A la sombra del olvido habían quedado relegadas las funestas experiencias de 1987, 1991 y 1995.
       Por lo pronto, los componentes del plantel se llegaron hasta las tribunas para saludar a los 300 argentinos que agitaban banderas, portaban vinchas y camisetas albicelestes y entonaban cánticos victoriosos. A partir de allí, la celebración modesta. La consigna era abstraerse de la atmósfera triunfalista que los rodeaba para focalizarse concienzudamente en la nada descabellada epopeya de acceder a los cuartos de final. Claro que antes había que eliminar a una de las máximas potencias del Hemisferio Norte, Irlanda, el más importante de los desafíos mundialistas que hasta entonces habría de afrontar la Selección Nacional de rugby.

viernes, 28 de junio de 2019


                         El duelo Ruggeri - Menotti...¿Habrá retorno?


                                                       

   "Soy hombre de Bilardo pero respeto a Menotti", afirmó Oscar Alfredo Ruggeri en épocas en que el ex zaguero central gozaba del prestigio reciente de haber protagonizado estelarmente la obtención mundialista de México 1986 dirigido por el archienemigo futbolístico del Flaco. Las declaraciones del Cabezón, quien entonces se desempeñaba en River, club con el que se coronó campeón doméstico, sudamericano, interamericano e intercontinental, fueron formuladas en coincidencia con la asunción del actual Director de Selecciones Nacionales como entrenador del cuadro millonario, en la víspera del inicio de la temporada 1988/89.
    El César correspondió las atentas palabras de su coterráneo rosarino/santafesino criado en la ciudad de Corral de Bustos (Córdoba) otorgándole la titularidad indiscutida en su once principal en ciernes, aun cuando se rumoreaba que Daniel Alberto Passarella -capitán de la Selección Argentina que como anfitriona conquistó su primera Copa del Mundo, en 1978- reconsideraba su determinación original de retirarse de la práctica activa, luego de su extensa campaña en el fútbol italiano, para retornar al club en el que debutó oficialmente en 1974.
    Como consecuencia de la depuración del plantel con el que la casaca banda sangre ganó casi todo -solo le faltó lograr la edición inaugural de la Supercopa, aunque por entonces el técnico no era Héctor Rodolfo Veira sino Carlos Timoteo Griguol-, impulsada por el presidente riverplatense, Hugo Santilli, la convivencia entre Ruggeri y Menotti resultó efímera.
    Más allá de unas cuantos entrenamientos en los que, bajo las órdenes de César Luis coexistieron en el plantel los salientes consagrados y los tan numerosos como prominentes refuerzos adquiridos por el Millo, Ruggeri apenas llegó a intervenir en dos amistosos con el Flaco como DT. Fue en el marco de la celebración de las bodas de oro del Estadio Antonio Vespucio Liberti, oportunidad en que los de Núñez aprovecharon para presentar sus cuantiosas incorporaciones -el campeón mundial en México '86 , Claudio Borghi, el Loco Enrique, el Negro Zamora y la Vieja Reinoso, entre muchos otros valores que en lo sucesivo se sumarían- enfrentando al Hellas Verona, cuya alineación integraron Claudio Paul Caniggia y Pedro Antonio Troglio, dos jóvenes figuras que se estrenaron profesionalmente en River y que este último acababa de transferir a la entidad europea.
    Triunfo nocturno como local por 2 a 1 en el primer partido mediante, Oscar Ruggeri se despidió del equipo millonario en la igualdad en dos tantos redundante de la revancha, también jugada en el Monumental, no sin antes alzar el trofeo en disputa en compañía del uruguayo Antonio Alzamendi Casas, autor del gol ante Steaua Bucarest que le significó a River la única Intercontinental de su historia. Juntos a la par, el Cabezón y el Hormiga, envueltos en una cálida ovación tributada por la parcialidad adherente a la banda roja, cruzaron el océano atlántico para recalar en el hoy desafiliado Logroñés que, después de una larga estancia en las ligas de ascenso, apenas si logró subsistir en la máxima categoría de España durante la temporada 1987/88.
     Si bien la producción colectiva del cuadro riojano replicó la de su antecesora en el campeonato inmediatamente posterior, la performance individual de Ruggeri le valió no solo ser distinguido por la renombrada revista Don Balón como el mejor futbolista extranjero de la Liga Española 1988/89 sino a su vez que el prolífico Real Madrid de la Quinta del Buitre requiriera sus servicios, previamente al desarrollo de la Copa América celebrada en Brasil.
     Allí, no obstante, el Cabezón, más que evidenciar su satisfacción por haber arribado a una de las instituciones más poderosas del mundo, con la que daría una de las tantas vueltas olímpicas que su haber ostenta, puso de manifiesto su decepción para con ciertos colegas suyos que habían osado renunciar a la Selección Nacional de su adorado doctor Bilardo así como criticó la labor de César Luis Menotti en su salida de River e inclusive en su frustrada primitiva experiencia en el equipo albiceleste.
     En esa línea, además de facturarle a la Comisión Directiva riverplatense la decisión de desmantelar un plantel que tantas alegrías le brindó al club, Oscar Alfredo acusó directamente al Flaco de haber forzado el cese de su exitoso ciclo en el Millonario a favor del ingreso -en rigor, regreso- de un veterano Passarella al primer equipo en lugar suyo.
     Asimismo, en sentido retroactivo, el exdefensor exteriorizó su bronca hacia Roberto Marcos Saporiti, ayudante del César en la conquista del Mundial de Argentina 1978 y entrenador del seleccionado juvenil Sub -20 que en la Copa del Mundo de Australia 1981 fracasó rotundamente en su tentativa de revalidar el título conquistado dos años antes en Japón.
     Es que el Cabezón, quien por aquellos años lucía la camiseta de Boca, había sido figura indiscutida en la complicada clasificación del equipo del Sapo -el único que consiguió reunir a Menotti y Bilardo en un armonioso debate futbolístico no obstante a posteriori terminó enemistándose con el Narigón- al certamen ecuménico disputado en territorio australiano, que incluyó una discreta campaña en el Campeonato Clasificatorio sudamericano de Ecuador que condujo al representativo argentino a jugar un triangular a modo de repechaje con Nueva Zelanda e Israel. Solo acreditándose el torneo reducido logró el combinado nacional acceder al Mundial Juvenil Sub-20.
     Con todo, el ascendente ex marcador central no fue convocado a participar de la Copa del Mundo de Australia '81, la mayor desazón de su trayectoria profesional según aseveró el propio Ruggeri. Al decir del Cabezón, Saporiti careció de honestidad al comunicarle los motivos de su marginación, esto es, probar nuevos futbolistas en la antesala de la competencia siendo que el hijo dilecto de Corral de Bustos ya había confirmado largamente su valía. "Al final, terminó jugando Burruchaga de '6'", se lamentó alguna vez el exdefensor de Boca, River, San Lorenzo y Real Madrid, entre otros, al tiempo que le atribuyó parte de la culpa de su exclusión al Flaco Menotti -quien había oficiado de adiestrador del campeón mundial de la especialidad en Japón '79, en el que descollaron especialmente Maradona y Ramón Ángel Díaz- como líder de la Selección Mayor y de la conducción técnica en general.
     Por su parte, el nacido en el barrio rosarino de Fisherton desestimó de plano los cargos que Ruggeri hacía pesar sobre su persona. En primer lugar, el César interpretó como una afrenta por partida doble que se lo sindicara como partícipe necesario de la presunta operación espuria que terminó por depositar a Passarella en el River que con escasa fortuna dirigió el Flaco en la temporada 1988/89 -lo que por consiguiente apuró el final de la etapa del Cabezón como integrante de club de Núñez-, pues simultáneamente enfatizó que se estaba mancillando el honor del Káiser, su otrora protegido y lugarteniente dentro y fuera del verde césped en su gestión como DT de la Selección Argentina.
     Eso sí, Menotti se eximió de mayores comentarios a propósito del vínculo entre su tarea como entrenador principal del cuadro nacional y su supuesta incidencia en la desafectación de Ruggeri del malogrado equipo juvenil que participó en el Mundial de Australia, salvo al mencionar que después de todo su ida de River para incoporporarse al Real Madrid no le había sentado mal al Cabezón puesto que tal fichaje no hizo sino reafirmar su carácter de titular inamovible en el equipo argentino.
   La verdad es que aquella vez el Flaco debió batallar en tres frentes dialécticos. Al margen de la controversia en cuestión, el de Fisherton se cruzó con su antagonista por antonomasia, Carlos Salvador Bilardo, y hasta con el mejor jugador del mundo y capitán del team del doctor, Diego Maradona, quien lo tachó de "comunista con Mercedes Benz y (reloj) Rólex en la muñeca". De acuerdo con el testimonio vertido por el César, Ruggeri, el Diez y el doctor se habían confabulado para "decir estupideces".

sábado, 2 de julio de 2016

           En reivindicación de Carlos Bilardo (segunda parte)
                                           
                                                     

     "A la gloria no se llega por un camino de rosas", asevera uno de los preceptos primordiales de Osvaldo Juan Zubeldía. A fines de ejemplificar su postulado, el entrenador de Estudiantes citó en la estación Constitución al grupo de jugadores con los que solía viajar desde Buenos Aires hacia La Plata, una hora y media antes del horario habitual en que abordaban el tren. Una vez hubieron llegado sus subordinados, el técnico les indicó que repararan en la extenuada expresión de la presurosa muchedumbre que, con denuedo, pugnaba por ocupar un lugar en los atestados coches. "La gente corre porque va a trabajar y algunos se levantaron a los 5 para poder llegar acá. Y ahora se van a pasar ocho, diez, doce horas en una oficina, un talle o en una obra en construcción. Ninguno gana ni la cuarta partes de los que ganan ustedes", afirmó el entrenador. Y añadió: "Cuando yo les hablo en los entrenamientos de trabajar para mejorar, de sacrificar cosas para ser mejores futbolistas, a lo mejor algunos piensa que estoy pidiendo mucho. Si ustedes fracasan en el fútbol, pueden terminar corriendo como estar personas que no tuvieron la suerte de jugar, porque no les va a quedar otro remedio. Ellos no tienen otra posibilidad y tienen que hacerlo aunque nos les guste. Ustedes son jóvenes, juegan al fútbol, tienen toda la chance de tener un futuro distinto y mucho mejor. Los hice venir más temprano para que vean esta realidad."
      Uno de esos futbolistas era Carlos Salvador Bilardo; acaso, el que más fielmente reprodujo los fundamentos su maestro. Jamás cuestionó las rígidas aunque novedosas implementaciones que en los años '60 introdujera Zubeldía para catapultar a Estudiantes a la cima del Mundo : jornadas de doble turno de entrenamiento, así lloviera, tronara o nevara; concentraciones prolongadas;, interminables sesiones de proyección de partidos en cintas de video, no sólo para pulir defectos en el funcionamiento colectivo e individual, sino a su vez para estudiar virtudes y defectos de los rivales de ocasión-;  práctica hasta la saciedad de todo tipo jugadas de pelota parada, como córners y tiros libres; ensayos exhaustivos de cómo contrarrestar y dejar en offside al equipo contrario...Por el contrario, el doctor las hizo celosamente suyas. Ni siquiera se permitió el mas mínimo reproche cuando, producto del ajetreado calendario a nivel local e internacional que debía asumir el cuadro pincharrata en 1968, Zubeldía -que no el padre Jorge Tiscornia de la iglesia San Carlos Borromeo, del barrio capitalino de Almagro- lo casó en menos de una semana con su estoica esposa, Gloria.
       Como entrenador de la Selección Nacional, Bilardo seguramente habría honrado a su maestro, fallecido el 17 de enero de 1982, cuando, lejos de tomarse vacaciones del inconmesurable trajín que le deparara el año anterior, convocó a comienzos de 1986 a una nómina compuesta por 14 jugadores a efectuar una mini pretemporada en la localidad de Tilcara, provincia de Jujuy, cuyo abrazador calor estival y altitud -2645 metros sobre el nivel del mar- se prestaban idóneos para lograr la más óptima ambientación al clima de la Ciudad de México Puebla, sedes a las que había sido destinado el elenco albiceleste en la fase inicial de la Copa del Mundo.
       Junto con el Narigón y su cuerpo técnico, viajaron hacia el norte del país estos futbolistas: Ricardo Enrique Bochini, Ricardo Omar Giusti y Néstor Rolando Clausen, de Independiente; José Luis Brown y Luis Alberto Islas, de Estudiantes; Jorge Alberto Comas y José Luis Cuciuffo, de Vélez; Sergio Daniel Batista y Claudio Daniel Borghi, de Argentinos; Carlos Daniel Tapia, de Boca; Oscar Alfredo Ruggeri, de River; Oscar Alfredo Garré, de Ferro, Sergio Omar Almirón, de Newell's; y Oscar Alberto Dertycia, de Instituto.

                                                 

        Allí, por espacio de diez días, no sólo se pautó como objetivo conseguir la mejor performance física de cada jugador, a cargo de Bernardo Lozada, médico especializado en el trabajo con atletas que se desempeñan en climas adversos, sino que se procuró emular el modus vivendi que le depararía a la delegación argentina su estadía en la nación azteca. En ese sentido, por caso, los partidos amistosos -especialmente ante el club local Pueblo Nuevo- se jugaron al mediodía, el mismo horario en que el representativo argentino dirimiría sus desafíos en el mundial.
       Fuera de la metódica preparación, la comitiva albiceleste, más que abrasada, abrazada por el calor...de los hospitalatrios nativos, realizó asiduas visitas a la Iglesia Nuestra Señora del Rosario, en la que coincidieron en elevar a la Virgen de Copacabana de Punta Corral -"La mamita de los Cerros"- la promesa de volver -descalzos y de rodillas, si hacía falta- a Tilcara, si conquistaban el título en México, según sostienen los lugareños hasta el día de hoy . Lo que finalmente no ocurrió, con consecuencias nefastas para el porvenir del fútbol argentino, reza una extendida creencia (1).
     Claro que no todo pasaba por las exhaustivas jornadas de entrenamiento y el confinamiento al encierro del hotel  en el que se alojaba la delegación celeste y blanca. Al enterarse de que, en virtud de la llegada de un contingente de turistas proveniente de Rosario, se ofrecía una fiesta en un salón distante a pocas cuadras del hospedaje, Bilardo autorizó al plantel a concurrir al mitin, siempre que regresaran a la una de la madrugada.
     No era que, a sabiendas de que en el festejo se servirían bebidas de distinta graduación alcohólica, el doctor dudara de la conducta de sus dirigidos. Tampoco que pretendiera cerciorarse de que aquéllos abandonaran el recinto en el horario convenido. Si Carlos Salvador concurrió a esa fiesta de disfraces fue porque nada en esta vida -salvo el fútbol- lo apasiona más que bailar. Así como en sus mocedades -en la que no lo apodaban Narigón, sino Sonrisa o Flacoigual que a su más enconado enemigo- frecuentara discotheques como Dominó y Montecarlo junto con sus entrañables compinches, los actores Juan Carlos Calabró y Alfonso Pícaro, Bilardo se lució en la pista de baile travestido de mujer colla, ante la atónita mirada del Cabezón Ruggeri y el resto de sus compañeros. Tanto disfrutó con sus danzarines, que inclusive autorizó a la muchachada a permanecer en el distendido festejo hasta las 3 AM.
     El acondicionamiento en el pago jujeño satisfizo a Bilardo por dos razones principales: 1) La armoniosa convivencia de la plantilla, en sintonía con su noción de "grupo" 2) La atinada detección de los efectos colaterales que pudieran provocar la presión, el calor y la altura en los jugadores, los que fueron minando progresivamente para así permitirles alcanzar un auspicioso rendimiento.
     Por supuesto, en contrapartida con los cumplidos que le dispensaran por su trabajo las coberturas de los medios foráneos enviados a Tilcara -como la del prestigioso periódico italiano Il Corriere Dello Sport-, la prensa doméstica menospreció la valía del sistema de aclimatación propuesto por Bilardo, la del oponente local con el que el equipo había confrontado y hasta se mofó del estado de la cancha en la que los futbolistas se habían entrenado, por no mencionar sus quejas respecto de la ausencia de Diego Armando Maradona, Daniel Alberto Passarella y otros valores que se desempeñaban en el mercado europeo.
     Del escarnio público, al intento forzado de destitución. En pos de inaugurar la temporada, la Selección Argentina emprendió una pequeña gira por Europa en la que inició su participación con una inobjetable caída en París ante Francia -entonces campeón de la Eurocopa- por 2 a 0, antes de obtener dos triunfos consecutivos frente al Nápoli de Maradona -el Diez jugó únicamente para el combinado nacional- por 2 a 1 y vs el Grasshopper de Suiza por la mínima diferencia, insignificantes de acuerdo con la concepción de la crítica generalizada.

miércoles, 29 de junio de 2016

         En reivindicación de Carlos Bilardo (primera parte)
                                                 

                                                     
     El hombre de la nariz prominente se posicionaba como el candidato idóneo a asumir como director técnico de la Selección Nacional. Se requería la presencia de un doctor para mitigar los dolores ocasionados por el inexorable epílogo de La Fiesta de Todos, de la que derivó en el cenit de su esplendor la primera Copa del Mundo obtenida por el equipo argentino.
     Aun beneficiado por la reciente conquista del Campeonato Metropolitano de 1982 con Estudiantes, Carlos Salvador Bilardo ostentaba una vasta trayectoria como futbolista y director técnico.
     Luego de desempeñarse en San Lorenzo y Deportivo Español, recaló en el prolífico cuadro pincharrata que se coronó a nivel local, continental, interamericano e inclusive mundial durante el segundo lustro de la década de 1960, en donde si bien no destacó por su virtuosismo, se graduó como alumno aventajado de su mentor, don Osvaldo Juan Zubeldía.

                                              


     Retirado de la práctica activa, fueron sus excompañeros del León quienes lo encumbraron como DT de un equipo bajo cuya conducción no solo evitó la pérdida de la categoría durante el Metro '71, sino que a su vez consiguió un decoroso subcampeonato en el Torneo Nacional de 1975 . Idéntico logro redundó de sus ciclos en Deportivo Cali, tanto en la División Mayor del Fútbol Colombiano como en la Copa Libertadores de 1978 -en la que cayó en las finales frente al Boca del Toto Lorenzo-, antes de su discreto paso por San Lorenzo (1979), al que siguió su frustrada gestión en la Selección de Colombia, con la que no pudo clasificar al Mundial de España 1982.
     Por supuesto, Julio Humberto Grondona no desconocía ni la considerable experiencia ni los recientes laureles conseguidos por Bilardo. Su escepticismo, en cambio, residía en su prejuicio para con el Narigón, sindicado como el exponente dentro del campo de juego del Antifútbol al que infundadamente se acusaba de pregonar a Zubeldía, ese que, entre otras artimañas, consentía burlar el umbral del reglamento pinchando con alfileres y echándole tierra a los ojos a sus rivales, los mismos a los que -supuestamente-se les realizaba un minucioso trabajo de inteligencia respecto de su vida privada para que, una vez en el fragor del partido, distraerlos de sus funciones al mentar a sus esposas, hijas u otros íntimos. El entonces titular de AFA, que otrora lo fuera de Independiente, a su vez el club de sus amores, no podía olvidar que Bilardo se había erigido en uno de los protagonistas estelares de las ardorosas batallas que Estudiantes y el Rojo de Avellaneda libraran en la Copa Libertadores 1968, la primera de las tres consecutivas que conquistara el conjunto de La Plata (1).
    Pese a su renuencia original a asistir a un simposio organizado por la revista El Gráfico a fines de 1982, en el que a su vez se llamó a disertar a Bilardo, a Grondona acabó por seducirlo el discurso del aún entrenador de Estudiantes, quien se juraba un incondicional del orden, organización y disciplina, justamente de lo que había carecido -a la vez que de hambre de gloria- la Selección Nacional en el certamen mundialista de España. Amén de la deslucida campaña ofrecida por la escuadra dirigida por César Luis Menotti, la dinámica de la (des) concentración en la que se alojó
 la comitiva albiceleste resultó alterada por la constante presencia de empresarios, intermediarios y directivos de las instituciones más reputadas del planeta, ávidos por adjudicarse los concursos de las estrellas argentinas...y por la notoria ausencia del director técnico, quien más preocupado por cuestiones íntegramente ajenas a su cargo, delegaba el mando en el capitán del equipo y en su segundo, Daniel Alberto Passarella y Américo Rubén Gallego, respectivamente.

                                             

     Fue así que Carlos Salvador Bilardo, aun pese al ruego de los fanáticos pincharratas por que permaneciera en el club, aceptó la oferta del pope mayor de AFA y rubricó el jueves 24 de febrero de 1983, a las 19.35, el contrato que lo ligaba como entrenador del seleccionado argentino, flanqueado por dos de sus compinches de los años '60: Carlos Oscar Pachamé (ayudante de campo) y Raúl Horacio Madero (médico), así como por Ricardo Echeverría en la preparación física, quien cautivara al Narigón cuando este último reparara en su destacada labor como profesor en las colonias de vacaciones de verano que albergaba el club Estudiantes en su seno. A ellos se acoplarían los secretarios técnicos, Mario Porras y Rubén Moschella; el secretario adjunto, Roberto Mariani -suerte de segundo de Pachamé en la ayundantía-; Roberto Molina, masajista; y los utileros Roberto Tito Benrós y Miguel Di Lorenzo, más conocido como Galíndez.
     En resumidas cuentas, "...el equipo del Narigón", tal como reza un viejo cántico del tablón.

sábado, 18 de junio de 2016

Copa América: el curioso historial de Argentina vs Venezuela


   
     
       La disparidad en el poderío de dos de los contendientes que este sábado pugnarán por una plaza en las semifinales de la Copa América Centenario 2016, organizada por Estados Unidos, resulta evidente. Si bien es cierto que Argentina ya no es aquel prolífico equipo de antaño y que Venezuela, a partir de la gestión del Pato José Omar Pastoriza como director técnico (1), dejó de limitarse a ejercer el mero rol de partenaire, la supremacía de la Selección Nacional sobre su inminente adversario se revela, de todos modos, demoledora.
       Una de las mayores manifestaciones de la abrumadora superioridad de los albicelestes se constituye en el historial general que éstos sostienen con los venezolanos, en el que, al cabo de 20 enfrentamientos, el equipo argentino se impuso en 19 ocasiones - con 74 goles a favor- contra sólo un triunfo del conjunto vinotinto (10 GF), que no precisamente ocurrió en virtud de la celebración de la Copa América. En ese sentido, nuestro seleccionado prevaleció a instancias de las goleadas -una de ellas, particularmente aplastante- que le propinó a su oponente en los cuatro encuentros que dirimieron.
        Impiadoso, el combinado nacional se propuso vapulear a Venezuela inclusive en el desafío que inauguró la serie de cotejos entre ambas selecciones, correspondiente a la tercera jornada del entonces denominado Campeonato Sudamericano de Uruguay 1967, que contó con tres características salientes: 1) el debut absoluto del representativo vinotinto en la Copa América;  2)
 fue la primera vez que se disputaron eliminatorias clasificatorias para el torneo (2); 3) la
deserción de Brasil que, recuperado de su inesperada derrota como anfitrión ante la Celeste, el inolvidable Maracanazo, ya se había adjudicado dos Copas del Mundo de manera consecutiva: Suecia 1958 y Chile 1962.
        Apenas comenzado el partido, la escuadra argentina enhebró su primera situación de gol al encarar a los 3' el centrodelantero de Independiente, Luis Artime (padre), el área rival con su consabida potencia, antes de que una brillante maniobra tripartita entre David Acevedo, Raúl Bernao y  Mario Alberto González derivara en un remate de Gonzalito, conjurado por el atinado cruce del venezolano Freddy Elie, quien rechazó al tiro de esquina.
      El score no tardó demasiado en abrirse. Luego de una soberbia jugada individual a cargo del volante derecho de River, Juan Carlos Sarnari, que habilitó a los 18' la entrada de Artime,
 el legendario artillero definió ante el inerme arquero Vito Fasano con un disparo rasante.
      Una nueva incursión hasta el fondo de Bernao motivó, a los 31', el 2-0 parcial para el elenco albiceleste, al capitalizar el infalible atacante de Vélez, Juan Carlos Caroneel preciso centro enviado por el crack de los Rojos de Avellaneda, previo al corte de luz de 10' de duración que se produjo en el Estadio Centenario y su zona de influencia.
      Subsanado el desperfecto en el alumbrado artificial, el equipo dirigido por Alejandro Galán, más conocido con el seudónimo de Jim Lópes, que adoptó al radicarse en Brasil, se abocó en el complemento a aumentar la ventaja desde los 3', a través de Silvio Marzolini, considerado el mejor lateral izquierdo de la historia de Boca, al culminar una sucesión de gambetas con un shot al ángulo superior derecho de Fassano.
      Sobre los 20', Sarnari cedió el balón en dirección de Pichino Carone, quien lanzó un colocado centro al corazón del área de Venezuela, conectado mediante un certero cabezazo por Artime para establecer el inapelable 4-0 en favor del representativo celeste y blanco. Lo que siguió fue el descuento de la selección vinotinto, como consecuencia del desacople del fondo argentino que posibilitó que a los 29' Rafael Santana batiera al guardameta xeneize Antonio Tarzán Roma.
      Como corolario de una auspiciosa jornada para el conjunto nacional, su quinta y última conquista, a la vez la tercera de la cosecha personal de Artime.  Fue a los 43', después de una nueva asistencia en profundidad del riverplatense Sarnari, usufructuada por el centroforward de Independiente, quien a la postre se erigió como top scorer del torneo con 5 tantos, al vulnerar la valla venezolana con un disparo franco, a media altura.
      En contrapartida con la deslucida performance de Venezuela en el Campeonato Sudamericano de 1967 -no obstante lo cual obtuvo su primer halago en la competencia al vencer a Bolivia por 3 a 0, lo que le valió ocupar un ¿digno? penúltimo lugar en la tabla de posiciones-, la auspiciosa campaña realizada por la Selección Argentina. Más allá de la goleada infligida al combinado vinotinto, el cuadro albiceleste superó a Paraguay (4-1), Bolivia (1-0) y Chile (2-0), con lo que arribaba a la instancia culminante como líder del certamen con ocho unidades, una más que el local, Uruguay, su escolta y rival en la jornada de cierre. Sin embargo, el clásico del Río de la Plata favoreció al cuadro charrúa , que logró una ajustada victoria a través de Pedro Rocha, escogido finalmente como el mejor jugador del torneo, y por ende, se consagró campeón (3).
                                                   

      Recién ocho años después se jugó la siguiente edición de lo que pasó a denominarse definitivamente Copa América que, a diferencia de los campeonatos predecesores, no dispuso de una sede fija, aunque por primera vez participaron la totalidad de los miembros originales de la CONMEBOL. Así las cosas, las selecciones intervinientes fueron repartidas en tres grupos de tres equipos, cuyos respectivos vencedores, luego de enfrentar a sus contrincantes en partidos de ida y vuelta -tanto de local como de visitante-, integrarían un cuadrangular a modo de semifinales al que se plegaría Uruguay, clasificado automáticamente a la segunda ronda por su condición de vigente ganador de la competición.
      El sorteo de rigor depositó a Argentina en el Grupo C, que compartió con Brasil y Venezuela. Si bien la producción del conjunto nacional resultó oscilante, exhibió en el pico de su rendimiento un predominio abismal frente a la Vinotinto, a la que le convirtió ¡¡¡16 goles!!! en dos partidos.
      Tras el holgado traspié que sufrió en el Estadio Olímpico de Caracas ante el representativo
 verde amarelo en la jornada de apertura (0-4), la alineación venezolana recibió a su similar albiceleste en el mismo escenario, con la esperanza de ofrendarle a su público una actuación -cuanto menos- decorosa ante un rival incontrastablemente superior.

                                                               

     No fue que el elenco celeste y blanco se hubiera ensañado particularmente con un equipo al que durante años le cabría el mote de Cenicienta -lo que sucedería en la "revancha", así entre comillas-, mas le bastó apenas 10' para establecer un justificado triunfo transitorio al desbordar hasta el fondo el wing derecho de Rosario Central, Ramón César Bóveda, con objeto de habilitar a Leopoldo Jacinto Luque, centrodelantero de River quien, luego de desairar a Orlando Torres, definió de caño ante el achique del arquero Vicente Vega.
     Enseguida nomás, sobrevino la sorpresiva reacción del anfitrión. Acto seguido de haber estrellado un cabezazo en el poste, la arremetida de Ramón Iriarte le otorgó al anfitrión la injusta igualdad, que habría redundado en la segunda anotación de los venezolanos si el mismo atacante hubiera acertado minutos después su intento de emboquillada ante un superado Hugo Orlando Gatti, portero de Unión, a quien salvó el travesaño.
     A partir de allí, la progresiva mejoría de Argentina a la par que el repliegue de Venezuela motivó a los 29' la auténtica obra de arte con que se despachó Mario Alberto Kempes, inestimable valor de la Academia rosarina. El Matador eludió no una, sino dos veces a Vega para empujar el esférico al desguarnecido arco local, que mereció el cerrado aplauso -de pie- de los 8000 espectadores presentes.
     Tan solo 6' después, el intuitivo Luque asedió a la dubitativa defensa venezolana de manera tal, que le robó el balón a E. Torres y, luego de eliminar a Vega, decretó el 3-1 parcial con el que la visita se marchó al intervalo.
     Durante la segunda etapa, el combinado venezolano, apremiado, no fue sino un compendio de errores que invitaba al conjunto de César Luis Menotti a emular el amplio triunfo que obtuviera en el Campeonato Sudamericano de 1967.
     Aun sin planteárselo como objetivo, producto de la merma en la peligrosidad de sus avances, la Selección Nacional consiguió su cuarta conquista a los 23' al procurar Bóveda la posición del Pulpo Luque, quien definió de primera para la algarabía del puñado de hinchas argentinos ubicados en las tribunas, que parecían muchos más al producirse simultáneamente la retirada de la mayoría de la afición vinotinto.
     Producto del enésimo titubeo de la retaguardia de los locales, sobrevino a los 40' el gol de Osvaldo César Ardiles, exquisito volante derecho de Huracán, que no solo selló el pleito sino que asimismo equivale a la máxima goleada de visitante que registra el historial entre Argentina y Venezuela.
    "Flaco, no te vayas..", entonaban a modo de ruego los fanáticos albicelestes que se habían llegado hasta el Gigante de Arroyito de Rosario Central, club del que el entrenador del equipo celeste y blanco es confeso simpatizante. Es que Menotti, rosarigasino él, del barrio de Fisherton, había presentado la renuncia a su cargo en la víspera del desquite ante los venezolanos, al suscitarse una seguidilla de conflictos entre los que destacaba la rotunda negativa de Boca y River de ceder a los jugadores que el DT había nominado para lucir la camiseta del seleccionado (4),  lo que César Luis consideraba una afrenta pues al asumir en sus funciones había exigido como requisito insalvable que se le otorgara prioridad indiscutida al equipo nacional.
    Puesto que la cúpula directiva de AFA resolvió implementar medidas proclives a satisfacer la petición de Menotti, este dejó sin efecto su controvertida dimisión. Solo así se brindó a comandar el lluvioso domingo 10 de agosto de 1975 a un once titular compuesto eminentemente por futbolistas santafesinos, quienes se aprestaban entonces a obsequiarle al técnico que tanto respaldaban una de las mayores alegrías que ostenta su fecunda carrera.

lunes, 6 de junio de 2016

         El Campeonato Sudamericano de 1916: el otro centenario    
   
                                                       

       El contraste entre lo que sucedía en uno y otro margen del Océano Atlántico se constituía tan perfecto como cruel. Mientras el Viejo Continente se debatía en el horror de un enfrentamiento bélico generalizado, una de los naciones más australes de América del Sur se aprestaba a celebrar el centenario de la proclamación de su independencia. Promediaba en Europa la Primera Guerra Mundial cuando en Argentina se anunciaba la organización de las más variopintas festividades en conmemoración de la gesta patria del  martes 9 de julio de 1816. Entre ellas, la instauración del Campeonato Sudamericano de Selecciones, que en virtud de la edición de 1975 adoptaría su denominación actual: Copa América. Es
ésta, a excepción de los Juegos Olímpicos (París 1900), el más longevo certamen en disputa entre seleccionados desde que en 1984 se jugara por última vez el British Home Championship
       Concedido a nuestro país en aras del cumplimiento del trascendental aniversario de su emancipación de la corona española, no fue, en realidad, el Campeonato Sudamericano el primer torneo del que ya había largamente dejado de ser el "deporte de los ingleses locos"-al decir de los criollos de antaño- en el que el representativo nacional oficiara de local. Además de las Copas Lipton y Newton, en la que el equipo argentino confrontaba mano a mano con su similar de Uruguay, ese honor corresponde a la Copa Centenario Revolución de Mayo (1), la primera competencia futbolística de América del Sur en la que
participaran más de dos selecciones, obtenida por el team albiceleste luego de arrollar, respectivamente, a Chile (4-1) y al propio combinado celeste (5-1), en el Estadio del club Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires (GEBA).
       La inmejorable aceptación de la que gozó la celebración del triangular, sumada a la encomiable performance del cuadro nacional, motivó que el 15 de de octubre de 1913 confluyera en las instalaciones de la Asociación Argentina de Football (AAF) -antecesora de AFA (2)- una junta de notables, de los que sobresalió en su intervención el exjugador y entonces dirigente de Estudiantes de Buenos Aires, José Susan.
       En su exposición, a modo de presentación de su novedosa propuesta, Susan destacó: "La AAF resuelve realizar anualmente un concurso de football, instituyéndose al efecto la Copa América (3). Serán invitadas a adherirse a este proyecto las ligas uruguaya, chilena y brasileña, debiendo enviar en caso afirmativo un equipo para disputar la Copa. Este torneo se efectuará en Buenos Aires, en fecha que con prudente anticipación fijará el Consejo (Directivo)". Acto seguido, recalcó: "Este trofeo no podrá ser obtenido definitivamente, pero si alguna de las representaciones que lo disputen vencen tres años seguidos o cinco alternados, serán acreedores a una copa estímulo. El equipo triunfador y referee que actúen en los matches serán premiados con medallas de oro; los demás, con una medalla de plata que consignará la clasificación obtenida".
      Aun pese a la unánime aprobación de su moción, que virtualmente sentaría las bases del Campeonato Sudamericano, en lugar del antiguo referente del Pincha de Caseros, se reconoce como autor intelectual de lo que hoy es la Copa América al periodista y político Héctor Rivadavia Gómez, titular de la Asociación Uruguaya de Fútbol entre 1907 y 1912,  quien en pleno desarrollo de la edición inaugural del certamen atendería a la enorme repercusión que el mismo lograra desde su comienzo. Por ello, convocó a los mandos superiores de las federaciones de Argentina, Chile y Brasil -equipos que, amén del conjunto cisplatino, conformaban el torneo cuadrangular original- a una sesión extraordinaria, a realizarse en la Ciudad de Buenos Aires en una fecha emblemática: el 9 de julio de 1916, en el centenario exacto de la autonomía patria, en la que Rivadavia Gómez estableció los lineamientos preliminares de lo que en la subsiguiente reunión, llevada a cabo el 15 de diciembre de aquel año en Montevideo, derivaría en la concepción de la Confederación Sudamericana de Fútbol, actual CONMEBOL (4).

                                               
      Indudablemente, José Susán resultó relegado en su consideración merced a un conjunto de factores: la avivada de Rivadavia Gómez, quien no sólo captó el indisimulable beneplácito con que fue recibido el flamante torneo que el exmandamás de Estudiantes de Caseros había gestado, sino que a instancias del éxito cosechado se apresuró a proponer en una jornada solemne como es el 9 de julio en nuestro país, la fundación de un organismo rector del fútbol sudamericano, que contó con la anuencia total e inmediata de sus pares; así como el relativo delay -tres años- que transcurrió entre el anuncio de la idea madre de Susan y la consumación de su obra.
      No faltará, seguramente, quien esgrima, en lo tocante a la nacionalidad de procedencia del ideólogo de la Copa América, un nuevo capítulo de la eterna disputa que mantienen Argentina y Uruguay, por el país de origen de Carlos Gardel o por la invención del dulce de leche. Lejos está de la intención del periodista generar una estéril polémica. Es sólo una cuestión de reivindicación -también de minuciosa investigación- a un visionario nacido de este lado del Río de la Plata al que la historia lo confinó injustamente al anonimato. Idéntica mención le cabría si aquél hubiera nacido en el pago oriental.



                                             
                                   El puntapié inicial                             
                                 

      Poco le importó al dicharachero público que se congregó en el estadio de GEBA que no fuera la Selección Argentina uno de los protagonistas estelares del partido inaugural del Campeonato Sudamericano de 1916. Hasta allí se habían llegado, no obstante la onerosa suma que debieron abonar por su localidad -$ 3 el acceso a la cabecera oficial; $ 1, las entradas generales-, para presenciar el desafío entre los combinados de Uruguay y Chile del 2 de julio, a las 14.30.
     Con 10 minutos de retraso, luego de la finalización del encuentro que sostuvieron las Quintas Divisiones de Banfield y Germinal, apareció en el campo de juego la delegación trasandina, que se dispuso a desfilar encabezada por Carlos Fanta -no sólo se desempeñaría como árbitro en representación de su país natal sino asimismo como entrenador del primer equipo-, quien enarbolaba la bandera de la Federación Sportiva Nacional de Chile; seguido del diputado santiaguino Héctor Arancibia Lazo y sus subordinados, portadores éstos de la insignia chilena;  mientras que en última instancia se apreciaba a los actores principales de la comitiva: los futbolistas que integraban la alineación titular y sus suplentes.
     Seguidamente, envuelto en vítores y aplausos al igual que su contrincante, surgió en el field la escuadra uruguaya. Sin dilación, los orientales se encaminaron hacia el palco oficial, en el que, en ausencia del presidente de la Nación, Victorino de la Plaza, se hallaba el titular de la AAF, doctor Adolfo Orma, para proceder a una suerte de ritual que cada seleccionado repetiría en la inminencia del resto de los cotejos del torneo: ofrendar sus hurras tanto al anfitrión como al noble oponente de ocasión, que fue emulado posteriormente por elenco chileno.
     Si bien la supremacía del conjunto celeste se tornó incontrastable desde el arranque, la valla de la Selección de Chile recién resultó vulnerada a los 44' de la etapa inicial, después de que el multicampeón Angel Romano ensayara un remate bajo que Manuel Guerrero, arquero trasandino, alcanzara a rechazar con dificultad, antes de que la gloria del fútbol uruguayo, el Maestro José Piendibene, sacudiera las mallas.
    Luego de haber intercalado ambos equipos situaciones de relativo peligro en el inicio del complemento, se produjo a los 10' el segundo gol del team cisplatino, producto de una estupenda maniobra urdida por Juan Delgado y Piendibene, que culminó con una volea al ángulo de Isabelino Gradín, autor a su vez de la tercera conquista sobre los 25', mediante un inapelable cabezazo cuya soberbia jugada previa había merecido la admiración de la totalidad de los espectadores.
      La conquista que coronó la justificada goleada sobrevino a los 30', como consecuencia de un admirable arresto individual del Maestro Piendibene, quien luego de burlar a los backs rivales batió a Guerrero con un disparo cruzado que sentenció el score definitivo: Uruguay 4 - Chile 0 (5).

jueves, 3 de marzo de 2016

           
                 Boca vs Racing: la rivalidad a través de los ídolos
                                             



     La verdad es que Racing no se conforma con minucias al momento de arrogarse los votos de un ídolo. En el plano musical, al menos, sus aseveraciones se cimientan en la seducción que envolvió al máximo exponente del tango por la Academia en sus años esplendorosos del Amateurismo ¿La prueba irrefutable? La gema que le tributara Carlos Gardel a Pedro Ochoa, prolífico delantero del cuadro de Avellaneda, el único en el que se desempeñara en toda su trayectoria (1917-1931). “…Ser como Ochoíta, el crack de la afición...", versa Patadura, una de las incontables genialidades del Zorzal Criollo (1).
      Asimismo, una especie afirma que el beatle John Lennon expresó su favoritismo hacia el cuadro racinguista en virtud de la inminente definición de la Copa Intercontinental 1967, obtenida por la Academia ante el Celtic de Escocia, corroborada por el testimonio del Chango Juan Carlos Cárdenas, autor del zapatazo que le legara a la Academia el título mundial (2). Evidentemente, Inglaterra poseía entonces una enemistad –no sólo en la faz deportiva- más acentuada que con Argentina.  Sí, aún pese al escandaloso cotejo de la Copa del Mundo del año inmediatamente anterior, celebrado en feudo de la Rubia Albion, en el que los encolerizados adherentes locales despidieron al unísono a nuestra Selección Nacional con un sonoro improperio: "animals", merced a las sucesivas osadías que cometiera Antonio Ubaldo Rattín luego de su controvertida expulsion.
      No obstante, al pretender los fanáticos de Racing adueñarse de la predilección del líder político más carismático de la Nación, emerge un nuevo capítulo de la encendida rivalidad que, desde hace más de un siglo, mantienen con sus pares de Boca, a la que también se la vincula estrechamente con el General, en una puja sin cuartel entre el mito y la realidad. 
      “Presidente Perón”, tal la pomposa gracia del estadio inaugurado el domingo 3 de septiembre de 1950, en la intersección de las calles Corbatta –ex Cuyo- y Mozart, Avellaneda. El hecho que el ex Jefe de Estado haya legado su nombre al escenario apodado el Cilindro, es una poderosa razón como para que los hinchas de la Academia –y hasta los entusiastas de otros clubes- relacionen instantáneamente al caudillo con la insignia blanca y celeste.
       Prosiguiendo con la atadura de cabos falsos, la legión racinguista puede esgrimir que bajo su mandato su club se acreditó no sólo su primera estrella en el Profesionalismo(1949), sino al mismo tiempo el tricampeonato, al añadirse los títulos de los dos años subsiguientes. Incluso, aquellos que no se fijan en las formas se regodearán con la polémica consagración de Racing ante Banfield en 1951, en la que se asegura primó afano…samente la grandeza del cuadro de Avellaneda.