Mostrando las entradas con la etiqueta Boca. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Boca. Mostrar todas las entradas

viernes, 29 de noviembre de 2019

Independiente...mente de la herencia futbolística recibida

                                                                     
     A priori, la resolución de la crucial instancia no admitía matices. Las opciones a adoptar no bien definida la serie se oponían diametralmente: 1) el llanto en el que solías debatirte cada vez que tu cuadro favorito perdía enfrentando a un rival que lo tenía alquilado ; 2) la más acabada exhibición de la traición que le tendiste a tu padre rompiendo EL código del hincha futbolero. Tu primitivo instinto de bostero converso, condición que ejercías exactamente desde el domingo 1 de marzo de 1987, en ocasión de una holgada derrota de tu exequipo ante River (1-4), no solo dictaba desechar terceras posiciones sino que también vaticinaba que la tendencia deficitaria amenazaba con extenderse.
    La verdad es que una potencial derrota no era para nada descabellada. Por entonces, Independiente lo tenía claramente de hijo a Boca en el historial, además de ostentar el mote de Rey de Copas que, puntual origen aparte, se correspondía fielmente con el impar haber de galardones internacionales que abarrota(ba)n las vitrinas del Rojo. 
   Por supuesto, los acontecimientos inmediatos tampoco ayudaban. Durante el primer semestre de la temporada, el club de Avellaneda se había consagrado en el ámbito doméstico en el Campeonato 1988-89, después de alcanzar a los xeneizes en la tabla de posiciones en virtud su triunfo en La Bombonera por 2 a 1 -idéntico score que en la rueda inicial del certamen-, para luego coronarse aventajando por ocho puntos a su escolta de La Ribera.
    Para colmo, el desarrollo de la final de ida de la Supercopa 1989 tampoco había contribuido a ahuyentar tu pesimismo. Ojalá se hubiera dado el 1-0 del torneo local en lugar de la abúlica igualdad en cero que invitaba a aventurar un panorama funesto en la revancha. Otra vez el peso de un historial adverso: el certamen continental de inminente definición aglutinaba a todos los cuadros que se hubieran proclamado campeones de la Copa Libertadores, cuyo máximo ganador era -y sigue siendo hasta el día de hoy- Independiente, con siete lauros, por no mencionar que hasta entonces el Rojo nunca había sucumbido en una final internacional. Ni siquiera tu entusiasmaba la auspiciosa campaña de Boca en la misma competencia , aun habiendo despachado a Racing -merecedor de la edición inaugural, celebrada el año anterior- y a Gremio, en cuartos y en semis, respectivamente.

                                                         

    Así, entre escéptico y derrotista, emprendiste rumbo hacia el estadio al que más veces acudiste durante tu niñez, con impostergable frecuencia quincenal. Es que tu viejo, conductor del cochazo que fuera ese Ford Sierra negro, no se resignaba a la irrenunciable realidad de que tu corazón bombeara perdurable sangre azul y oro. Aunque para su consuelo, su primogénito, sentado en el asiento de acompañante delantero, le había salido tan fana del Rojo -y antiBoca empedernido- como él, tan diablillo colorado como su nieto Lucas, el hijo de tu hermano, de actuales nueve primaveras.
    Pese a ser día laborable, el trayecto no resultó tan demorado, salvo al aproximarse al Nuevo Puente Pueyrredón. Fue allí cuando viviste el primer impacto de la noche, al contemplar embelesado cómo los partidarios de uno y otro cuadro, a instantes de librar un auténtico duelo, enarbolaban las insignias de sus pasiones predilectas, acaso la única muestra de confraternidad en la previa del clásico.
    Es que, apenas pusiste un pie en la otrora Doble Visera, comprobaste que el antagonismo entre los adherentes rojos y auriazules se tornaba indisimulable. Las partidas del Pato José Omar Pastoriza y Claudio Oscar Marangoni al no tan lejano vecino del otro margen del Riachuelo habían lesionado la más honda susceptibilidad de la parcialidad independientista. En ese sentido, arreciaban los cánticos difamatorios en dirección a la figura de ambos desertores rosarinos, como aquel que rezaba: De la mano del Bocha (Ricardo Enrique Bochini) ganaremos la Copa para todos los putos que se fueron a Boca...". ¿La prueba fehaciente de la afectada sensibilidad de los anfitriones? Los escupitajos causales de que fue víctima quien a la sazón obraba de presidente de la entidad de La Ribera, don Antonio Alegre, actor principal del resurgimiento de un club que se sumiera a mitad de la década del '80 en su más grave crisis institucional, financiera y deportiva, de gravitante labor en el pase de Maranga al Xeneize. La exposición de trofeos de guerra que, en teoría, una barra le había robado a su rival -y viceversa- ratificaban el irreconciliable encono entre las partes intervinientes.
     Mientras tanto, ya ubicado al igual que tu parentela roja en el sempiterno Sector Antonio Sastre de la platea techada, vos te la rebuscabas para atenuar la ansiedad que te despertaba el trascendental desafío en su antesala. Aunque efímero, tu divertimento consistió en anticiparte a la voz del estadio en cuanto a la enumeración de los asiduos patrocinadores de los partidos jugados por Independiente en carácter de local: Atelier Camote, fábrica de pastas Castel Gandolfo, Alíscafos, casa de electrodomésticos Pablo Baltaian -propiedad del homónimo exvicepresidente de los de Avellaneda-...
     Lo que siguió fue tu repentino silencio a favor de escuchar atentamente las respectivas alineaciones de los equipos. A modo de cortesía, se anunció en principio la formación de Boca, dirigido por el Carlos Alberto Aimar: Navarro Montoya; Stafuza, Simón, Marchesini, Cuciuffo; Giunta, Marangoni (capitán), Ponce, Latorre; Graciani, Perazzo. A continuación, el once titular de Independiente: Eduardo Pereira; M. Morales, Monzón, R. Delgado, Altamirano; Giusti (C), M. A. Ludueña, Bianco, R. Insúa; Reggiardo, Alfaro Moreno.
     No, no te lo creías. Imposible que un tipo que no deja(ba) detalle librado al azar como Jorge Raúl Solari, entrenador del Rojo, hubiera relegado al banco de suplentes al Maestro, la misma leyenda indeleble que habías aprendido a admirar desde tu más precoz infancia pese a que aun cerca del epílogo de su longeva, condecorada trayectoria vacunaba tupido a tu Boquita.
    Bochini -¿quién otro?- era capaz de causar estragos inclusive disminuido por lesión como estaba, pero el Indio no lo entendió así. Hasta que te hartaste de tanta fascinación por un jugador que conspiraba seriamente contra tus aspiraciones consagratorias. "¡Que se jodan!", pensaste para tu fuero íntimo, aunque sin lograr sustraerte de la idea de que ciertos valores de los de Avellaneda, como Alfaro Moreno -especialista en amargar al Xeneize desde su pasado en Platense, en donde el Beto realizó su debut absoluto- y el Gallego Insúa, un crack que descollaba en cuanto puesto le encomendaran desempeñarse.
                   
                                                                 
      El conmovedor recibimiento que las hinchadas le tributaron a sus respectivos clubes coronó la previa del culminante enfrentamiento, a excepción del sorteo de rigor que le otorgó el saque a Boca a la vez que a Independiente el ataque de cara a la cabecera de la visita, todo bajo el consentimiento del árbitro Juan Antonio Bava , bastante antes de que este último, ya retirado del referato, revelara su filiación bostera.
      De movida, el desarrollo del encuentro te sentó algo más atractivo que el del 0-0 en el estadio Camilo Cichero, rebautizado Alberto J. Armando desde el año 2000, aunque no tanto como el espectáculo que, según vos, brindaba La 12.
      Hincha de tu hinchada que te declarabas -y de la barra liderada por el Abuelo, digamos todo- se te tornó irresistible girar permanentemente tu visión hacia la derecha de tu persona para de esa manera jactarte tanto del colorido y tamaño variados de los trapos, estandartes y sombrillas que portaban José Barrita y sus secuaces como del copamiento de territorio ajeno que le atribuías a la masiva concurrencia de la legión azul y oro a Avellaneda. Es más, de acuerdo con tus cálculos, si los bosteros habían abigarrado una tribuna popular capa que solía albergar la friolera de 29.000 espectadores, sumados los miles de xeneizes alentaban situados en la platea techada, entonces nadie podía dudar de que aquella noche Boca era literalmente local en la Doble Visera.
    Saciada tu apetencia tribunera, redirigiste tu atención hacia las alternativas del partido, justo en el tramo más vibrante de la etapa inicial, en el que los candidatos al título se repartieron las más claras chances de abrir el marcador.
    A punto estuvo Boca de señalar el primer gol luego de que Blas Armando Giunta recuperara una pelota cerca del círculo central para ceder a Diego Fernando Latorre y este prolongara en búsqueda de la posición del Murciélago -o Alfil- Graciani, todo un especialista en anotar en cancha de Independiente, cuyo violento remate superó la estirada del arquero uruguayo Eduardo Pereira para estrellarse en la unión del travesaño y el palo derecho de la valla defendida por el arquero uruguayo, célebre por ataviarse en llamativos pantalones largos -incluso en las más tórridas jornadas veraniegas- en desmedro de los típicos shorts.
    Sin más preámbulos, la posibilidad más nítida de Independiente. El adelantamiento de su última línea, situada en campo xeneize, propició el remate de mediana distancia del primer zaguero de los rojos, Pedro Damián Monzón, para que Navarro Montoya concediera un rebote en el área chica auriazul  y solo evitara la caída de su arco conjurando la arremetida del centrodelantero Marcelo Jorge Reggiardo con una de sus piernas.
    Ya en el comienzo del complemento, los contendientes en pugna, incapaces de generar situaciones de gol de relevancia, parecieron sellar un pacto implícito, la conjunta voluntad de dirimir el duelo en la instancia de resolución que trascendía los 90' reglamentarios. Acaso por ello no te amedrentó el ingreso de Bochini cuando todavía faltaba media hora para que concluyera el encuentro. Consumado el pitazo final de Juan Bava te quedó la sensación de que Boca había sido ligeramente superior en el balance global, aunque sabías de sobra que no bastaba con el mero merecimiento para pegar la tan anhelada vuelta (olímpica). En ausencia de alargue, la única opción que restaba en virtud de quebrantar la igualdad resultante de las finales jugadas en La Ribera y en Avellaneda era definir por penales.
    Al respecto, lo primero que se te ocurrió fue remitirte a los desenvolvimientos de Navarro Montoya y Pereira en las series que procedían a los partidos que terminaban empatados en  elreciente torneo 1988-89 (*). Aun carente de material con el que cotejar sus antecedentes inmediatos, tu memoria te susurró que, si bien no se los podía calificar de expertos atajapenales, ambos guardametas habían tenido en aquel certamen más tardes felices que de las otras. Obviamente, exceptuando a los asistentes que hubieran llevado consigo una radio, el resto desconocía en la inminencia a los futbolistas designados para rematar desde los 12 pasos, aunque el misterio no tardó en develarse.
    Uno por uno, los eficaces ejecutores fueron intercalándose en el siguiente orden, en sintonía con el mutismo casi total  con el que la multitud afrontó la tanda: el Bocha Ponce (B), el Chaucha Bianco (I), Víctor Marchesini (B), el Negro Altamirano (I), Gambetita Latorre (B), el Gallego Insúa (I), Ívar Stafuza (B)...Así las cosas, la visita se imponía transitoriamente por 4-3.

miércoles, 14 de marzo de 2018


                                     El Superclásico más importante de 
                        la historia fue para Boca...hasta hoy        
                 
                                            
   Una de las características más salientes de la eterna rivalidad que mantienen Boca y River reside en las considerables oportunidades en que las dos instituciones más populares de nuestro país se enfrentaron en instancias decisivas, especialmente en eliminaciones directas de carácter oficial, tanto por torneos internacionales como en el ámbito local.
     En el primero de los casos, el cuadro xeneize dominó en principio ampliamente el historial  merced a los sucesivos triunfos obtenidos ante su máximo adversario, como el que se produjo en virtud del desarrollo de los cuartos de final de la Supercopa 1994, en el que -tras igualar en un tanto en La Bombonera- el equipo local se impuso por penales (5-4), previo empate sin goles en Núñez.
     Seis años más tarde, los de la Ribera se rehabilitaron de la derrota sufrida en el Monumental en el partido de ida (1-2) y se despacharon con un 3-0 de antología, el del inolvidable muletazo de Martín Palermo, quien retornó aquella noche a la práctica activa después de padecer la rotura del ligamento cruzado anterior de su rodilla derecha (1), con lo que se deshicieron del conjunto millonario en octavos de final para a la postre adjudicarse la Copa Libertadores ante Palmeiras después de 22 largas temporadas.
     Ya en la edición 2004 de la más trascendente competición continental, la escuadra auriazul eliminó a la banda sangre en semifinales al cabo de dos candentes cotejos en los que abundaron los encontronazos entre los futbolistas, expulsiones y fallos polémicos, no solo en los 90 ' iniciales -en los que Boca ganó por 1 a 0- sino asimismo en el 2 a 1 a favor de River que derivó en una nueva definición desde los doce pasos favorable a la visita (5-4), que enmudeció a un Estadio Antonio Vespucio Liberti abigarrado por más de 70.000 fanáticos del elenco anfitrión (2).
      La holgada ventaja de que otrora gozaran los boquenses en la faz internacional, no obstante, se redujo ostensiblemente producto de las (dos) lacerantes caídas que le propició su archirrival en solo seis meses, en las que tampoco faltaron la controversia, el -excesivo- juego brusco y los tumultos entre los protagonistas; ni siquiera la suspensión de uno de los duelos.
      Seguidamente de la encendida paridad (0-0) en el escenario rebautizado en 2000 como Alberto J. Armando (3), River despidió a Boca en semifinales de la Copa Sudamericana 2014 al batirlo por 1 a 0, la antesala de la victoria ante Atlético Nacional de Medellín (1-1 y 2-0, respectivamente) que le significó a la entidad milllonaria acreditarse ese trofeo por primera vez en su historia.
      En 2015, los acérrimos oponentes volvieron a cruzarse en octavos de final de la Copa Libertadores. Allí, el Millo -jugando nuevamente a lo Boca- triunfó como local por 1 a 0 antes de afrontar la revancha de apenas 45' de duración, habida cuenta del affaire gas pimienta que decretó el prematuro epílogo del Superclásico cuando los equipos empataban en cero. De ahí el dictamen de la CONMEBOL que le concedió el acceso a River a la fase inmediatamente posterior -en la que doblegó a Cruzeiro, su otra bestia negra copera - y, sucesivamente, a Libertad de Paraguay y Tigres (México), con lo que se adueñó del torneo continental más importante de Sudamérica que esquivo le resultara desde 1986.
       A diferencia de la supremacía usufructuada por el club azul y oro en llaves eliminatorias internacionales, su tradicional antagonista lo supera en el ámbito doméstico en lo que a desafíos a suerte y verdad concierne. De hecho, el team millonario prevaleció en la inaugural instancia mano a mano que en su haber registra el Superclásico.
       En ocasión del desarrollo de la ronda inicial de la Copa Competencia de Primera División de 1915 (4), River se estrenó en el torneo igualando 1 a 1 con su par xeneize en condición de visitante, en un encuentro cuya paridad no pudo romperse ni siquiera al ordenarse la disputa de cuatro tiempos suplementarios de 15 minutos cada uno. El referee recién discontinuó el match -en rigor, el más largo de la historia del derby por antonomasia del fútbol argentino- cuando se le vino la noche. La ausencia de iluminación natural -recién en 1935 se jugaría el primer cotejo con luz artificial, en la goleada de Vélez como local ante Platense por 4 a 2- motivó que se pautara un desempate una semana más tarde, en el que el actual cuadro de Núñez - entonces aún de La Boca- eliminó a los auriazules del certamen al vencerlos cómodamente por 4 a 2, en cancha de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires (GEBA).
       Tan solo tres temporadas después, idéntico trofeo originó un nuevo cruce entre los enconados contrincantes. Allí, River volvió a oficiar de verdugo al imponerse en partido único por la mínima diferencia en el estadio de Racing, en un enfrentamiento correspondiente a octavos de final de la Copa Competencia 1918, de la que River se coronó subcampeón al caer en el cotejo decisivo ante Porteño por 2 a 1.
       Puesto que ambos equipos compartieron el liderazgo de la primera rueda del Campeonato de Liga AFA de 1937 -que a posteriori obtuvo River-, el ente rector del fútbol argentino dispuso se disputara un desempate -premiado- entre millonarios y xeneizes, aunque con notorio delay... El clásico, dirimido recién en ¡¡¡1939!!! en el Viejo Gasómetro de San Lorenzo, fue -una vez más- para el conjunto riverplatense, que batió a su rival por 5 a 3. Aunque el abultado score no modificó las posiciones finales del torneo, sí es considerado extraordinariamente oficial.
       Otra insólita modalidad de resolución de un encuentro en que confrontaron Boca y River se produjo en oportunidad de la celebración de la Copa Adrián C. Escobar 1942 (5). Tras igualar 0 a 0 en 40' -tal era la duración de los cotejos decretada por el reglamento del certamen-, River -local- avanzó a la final -en la que caería por 2 a 0 frente a Huracán- al superar a Boca por...mayor cantidad de tiros de esquina a su favor en el trascurso del (reducido) partido.
        El cuadro de La Ribera no descontó sino el historial adverso -aunque más no fuera parcialmente- hasta obtener la Copa Competencia Británica George VI 1946 (6).  En el match inmediatamente anterior al que le valiera el título ante San Lorenzo en cancha de River (3-1), los xeneizes -en formato de play-off- derrotaron al Millo por 2 a 0 en feudo azulgrana.
        No obstante Boca culminó la temporada 1969 dando la vuelta olímpica en el mismísimo
Monumental, en un infartante duelo cuyo contexto semejó una cuasi final, fue River el que primó en el auténtico mano a mano disputado aquel año. Luego de haberse posicionado en la primera colocación de la Sección "A" del Campeonato Metropolitano junto con Chacarita -al que relegó a la condición de escolta por haber anotado mayor cantidad de goles- el club auriazul accedió las semifinales del torneo para chocar con la escuadra millonaria, segunda en la Zona "B". Pese al empate en cero derivado del gravitante desafío, fue la entidad de Núñez la que clasificó a la instancia culminante del certamen -en la que fue apabullado por el Funebrero por 4-1-, pues en su campaña en la ronda preliminar había marcado un tanto más que su tradicional oponente.
        Previa indeleble cuan infartante victoria de River por 5 a 4 en el José Amalfitani, en el que el cuadro triunfante, después de ir ganando 2-0 remontó un adverso tanteador transitorio de 2-4 en tiempo de descuento, en la inauguración de los cruces interzonales del Torneo Nacional 1972, el elenco de la banda roja oblicua eliminó al de la franja oro horizontal al doblegarlo en el mismo escenario (3-2), en un encuentro válido por las semifinales de aquel certamen. Sin embargo, los de Núñez resignaron las chances de conquistar el título al caer ante San Lorenzo -bicampeón de la temporada- al caer por 1 a 0, en otro cotejo disputado en cancha de Vélez.
        Técnico que debuta...pierde. La presentación absoluta de Carlos Daniel Aimar como director técnico de Boca coincidió con el duelo -los duelos, en rigor a la exactitud- que protagonizaron los clásicos adversarios durante la sexta fase del Torneo Clasificación, tal como se denominó a la ronda de perdedores de la Liguilla PreLibertadores 1989. En esa instancia, tras haber empatado 0 a 0 en La Bombonera y en el Antonio Vespucio Liberti -en ese orden- River ganó 2 a 1 en el estadio mundialista de Liniers, en una noche de torrencial lluvia en la que Daniel Alberto Passarella jugó el último partido de su excelsa trayectoria profesional, antes de conseguir el acceso al máximo certamen continental al imponerse a San Lorenzo al cabo de dos cotejos (1-0 y 0-0).
        Por fin, la Copa Centenario 1993, torneo oficial no regular en conmemoración del centenario de la creación de AFA. Durante el trascurso de la rueda preliminar, Boca obró de anfitrión en una chata igualdad sin tantos. En la revancha, River se impuso por 1 a 0 en la modalidad conocida como muerte súbita o gol de oro, adicional al tiempo reglamentario, en la que se atribuía automáticamente la victoria el primer equipo en vulnerar la valla del rival de turno. Consumado su triunfo, sin embargo, el conjunto de Núñez -postrero subcampeón al ser derrotado en la final por Gimnasia por 3 a 1- no logró sentenciar la participación del xeneize en la competición pues aún aguardaba por este la ronda de perdedores, en la que fue eliminado al sucumbir ante Argentinos en el Estadio José Amalfitani (0-1), todo un estigma para la escuadra auriazul. Es que allí mismo había sido superada inicialmente por los millonarios, tal como sucediera en la práctica totalidad de las llaves definitorias en que intervino a lo largo de los años no solo cotejando con su eterno contendiente, sino asimismo enfrentando a contrincantes no tradicionales como Estudiantes, a cuya merced se inclinó en el desempate del Apertura 2006.
      Con todo, pese a la calidad y cantidad de batallas libradas por las partes actuantes a manera de eliminación directa tanto en torneos internacionales como locales, la única final dirimida en partido único que registra el historial oficial entre los dos gigantes del fútbol argentino se produjo en el ámbito doméstico. En efecto, Boca y River, cuyas respectivas campañas en las dos últimas temporadas los habían encumbrado como los mejores equipos, fueron llamados a confrontar en el encuentro culminante del Torneo Nacional 1976 (7).
      Respecto del elenco de Núñez, su auspiciosa labor en aquel certamen probó fehacientemente que a la conquista del  bicampeonato de 1975, bajo la conducción de su máximo ídolo, Ángel Amadeo Labruna, con lo que quebrantara una racha adversa de 18 años de sequía -la más extensa de la existencia riverplatense-, no le siguió el supuesto aburguesamiento que suele endingárseles a los cuadros que alcanzan su objetivo más preciado. Tampoco lo disuadió su segundo intento trunco de adjudicarse la Copa Libertadores.
      Eso sí, para conservar el protagonismo, los millonarios paliaron la partida de su figura indiscutida, Norberto Osvaldo Alonso, al Olympique de Marsella, con una combinación especialmente eficaz: la permanencia de la base del equipo (bi)campeón, de la que sobresalían Ubaldo Matildo Fillol, Roberto Alfredo Perfumo, Juan José López, Reinaldo Carlos Merlo y Oscar Mas, a quienes se agregaba la confirmación como titular de Daniel Alberto Passarella, algo postergado en el Metro '75; con incorporaciones de renombre como Victorio Nicolás Cocco -de ulterior paso por Boca- y Alberto Beltrán , integrantes del San Lorenzo que se consagró en 1972 y 1974; y Francisco Fatiga Russo, pieza fundamental del brillante Huracán que se acreditara el Metropolitano '73. De ese modo, los dirigidos por el Feo se hicieron con cierta comodidad de la Sección "A", esto es, la primera ronda del Nacional '76, que le reportó resultados históricos como la goleada ante San Telmo (7-1), y triunfos inapelables como el 4 a 2 frente a Racing. Posteriormente, el Millo se adentró en la rueda de eliminación directa, en la que derrotó en cuartos de final y semifinales, respectivamente, a dos difíciles adversarios: Quilmes (2-1) y Talleres -la revelación del certamen- por 1 a 0, en un controvertido cotejo jugado en La Bombonera.

         Para Boca, el año no podía haber comenzado mejor. La consecución del Campeonato Metropolitano excedió el valor del logro en sí mismo (8). Es que en el lapso comprendido entre 1973 y 1975, el cuadro azul y oro -si bien constante candidato al título- se había caracterizado por aflojar constantemente en las instancias clave. Es cierto que los subordinados al entrenador Rogelio Antonio Domínguez, fiel cultor del lirismo, desplegaban en el terreno de juego un fútbol lujoso -aunque algo ajeno al paladar del adherente xeneize promedio-, con Osvaldo Rubén Potente como intérprete ineludible; pero como asegurara alguna vez Juan Carlos Lorenzo, técnico reemplazante del exarquero de Racing, River, Real Madrid y la Selección Nacional, aquel equipo "fallaba siempre en el sprint final".
        El Toto, quien como jugador se había desempeñado en el club entre 1945 y 1947-y dirigido a River en 1967-, se juraba -a diferencia de Domínguez- un resultadista de pura cepa. No por nada, apenas asumido en sus funciones, acuñó una de sus máximas más conocidas: "Boca es Sportivo Ganar Siempre". Para fundamentar su postulado, Lorenzo, con la anuencia del presidente de la entidad, el inefable Alberto José Armando (5), selló adquisiciones del valor de los exfutbolistas de River, Hugo Orlando Gatti y Ernesto Mastrángelo, quienes estuvieron a sus órdenes en el revolucionario Unión de 1975 al igual que Rubén José Suñé, de regreso a la institución en la que debutó absolutamente una vez recompuesto su vínculo con el mandamás auriazul; así como los concursos del ex zaguero central millonario, Francisco Pedro Manuel Sá, procedente del multicampeón Independiente; Carlos José Veglio, campeón con Giancarlo como DT en San Lorenzo del Metro y Nacional de 1972;  Jorge Daniel Ribolzi, que se destacó en Atlanta; y Juan Alberto Taverna, de Banfield, en el que le señaló  SIETE goles a Huracán de Ingeniero White en la holgadísima victoria del Taladro por ¡¡¡13 a 1!!!, por el Nacional '75, récord de anotaciones de un jugador en un mismo partido en el Profesionalismo, aún imbatido. A ellos se acoplaban los referentes del plantel que había quedado, como Roberto Mouzo, Vicente Alberto Pernía, Alberto César Tarantini, Jorge José Benítez, Marcelo Antonio Trobbiani y Darío Luis Felman.
     Inmediatamente después de concretar su meta inicial, al Equipo de viejos -tal como se había denominado al conjunto boquense por el promedio de edad de sus componentes- llegó para el segundo semestre como refuerzo más trascendente, Mario Nicasio Zanabria, estelar talento del Newell's que se coronó en el Metropolitano '74. 
     Aun pese a su encomiable arranque, en el que edificó un invicto de seis encuentros, al elenco de Lorenzo le costó más de lo esperado la clasificación a la fase posterior. Es más, cuando restaban dos jornadas para el cierre de la Sección "A" ocupaba la tercera ubicación, lo que atentaba inexorablemente contra sus ansias de repetir la exitosa campaña del Metro. No obstante sus triunfos ante Independiente (1-0) y (2-1), el Xeneize terminó compartiendo la cima de su Zona con Quilmes. Por ello, debió jugar un desempate con los cerveceros, a quienes se impuso por 2-1. Solo así pudo doblegar consecutivamente en la siguiente ronda a Banfield (2-1) y Huracán (1-0), para acceder a la finalísima ante su tradicional rival.

                                 


     Clasificados para el cotejo que definiría al campeón del Torneo Nacional, los planteles de Boca y River dedicaron la vigilia a reponerse de la ajetreada segunda ronda, en la que habían disputado dos -y hasta tres partidos -tal el caso de los de La Ribera, contando el desempate vs Quilmes- en una semana, tras lo que debían confrontar solo tres días más tarde. No obstante, el reposo no fue todo lo reparador que los candidatos al título hubieran deseado.
      Por el lado de los millonarios, quienes concentraron en el 725 Hotel Continental, emplazado en el centro de la Ciudad de Buenos Aires, se desató un encono entre los referentes del primer equipo -entre ellos, Mostaza Merlo y J.J. López- y la Comisión Directiva, al diferir en el monto y el modo del premio que le correspondía a los futbolistas por haber arribado a la instancia culminante y por la cifra adicional que les sería entregada en caso de conseguir el título. Por lo demás, Labruna ya había decidido la alineación titular, a excepción de Pinino Mas, de quien se suponía se recuperaría óptimamente de la leve molestia que lo aquejaba.
      Los de la Ribera, a su vez, establecieron su sitio de operaciones en La Candela, en la que se confirmó la ausencia por desgarro del Chino Benítez, a quien sustituirían Zanabria o Veglio. Asimismo, se ponía en duda la actuación del Héber Mastrángelo, aquejado por un traumatismo en uno de sus tobillos. Fue allí que Juan Carlos Lorenzo -quien concibiera la célebre frase "por cada gil que avivás, matás cuatro vivos"- montó una pantomima tendiente a desorientar a los trabajadores de prensa, pero más aún a su oponente de Núñez: delante de todo el mundo ordenó se vendase al convaleciente delantero en su tobillo derecho, el sano. Los periodistas compraron y se apresuraron en divulgar la novedad. Todo por si a Passarella -marcador de Mastrángelo- se le ocurría trabajar la humanidad del exatacante más de la cuenta.
    Mientras tanto, el universo futbolístico, sin distinción alguna de camiseta, se aprestaba a disfrutar de un acontecimiento inédito, con visos de irrepetibilidad. Jamás volvería a reeditarse la final de un Superclásico de manera oficial...Hasta el día de la fecha. Sí, es hoy...

sábado, 22 de julio de 2017

    Minguito: cuando un gomía se va...el 20 de julio (parte III)

                                                   
       La maniobra propagandística elucubrada por los jerarcas del Proceso de Reorganización Nacional en virtud de la celebración del Mundial de fútbol de 1978 en nuestro país, resultó contraproducente. Aun avalada por los medios de difusión adictos, la presunta campaña antiargentina a la que se remitía el gobierno de facto encabezado por Jorge Rafael Videla no disuadió a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de investigar la responsabilidad del régimen dictatorial en las incontables denuncias por crímenes de lesa humanidad que sobre su órbita recaían.
       De ese modo, luego de una exhaustiva recopilación de evidencias, el organismo dependiente de la OEA (Organización de los Estados Americanos), concluyó que ya a fines de 1979 la Junta Militar había promovido la desaparición de miles y miles de personas a la vez que incurrido en un número similar de secuestros forzados. Con todo, las autoridades castrenses prohibieron la publicación del libro en que constaba el informe final confeccionado por la comitiva del CIDH, al año inmediatamente posterior.
        Sin embargo, la progresiva puesta al descubierto del siniestro modus operandi de los represores propició la repatriación tanto de disidentes políticos -célebres y anónimos- así como de músicos y otro artistas que habían sido confinados al ostracismo del exilio.
        Uno de los actores que decidió retornar de su destierro involuntario fue Juan Carlos Altavista. Superado el veto impuesto a su interpretación más aclamada, Minguito Tinguitella, cuya confesa adhesión al peronismo lo apartó durante seis años de la pantalla televisiva, Gerardo Sofovich -ya distanciado de su hermano Hugo- lo convocó en 1980 para protagonizar las respectivas reposiciones de Polémica en el bar -nuevamente como ciclo independiente- y Operación Ja-Já.
        Pese a la alternancia de incorporaciones y deserciones que signó la conformación del elenco durante su segunda edición como programa autónomo (1), El cafetín de Buenos Aires registró en el tramo inicial de esa etapa el mayor índice de audiencia de su historia, al rebasar los 60 puntos de rating. Entonces, se sentaban en derredor de la (única) mesa del bar: Mingo, Jorge Porcel, Julio de Grazia, Mario Sánchez y Rolo Puente; mientras que continuaban administrando el local, el Gallego Alberto Irízar y su ayudante, Vicente el Preso La Russa.
         Al igual que en la década de los '70, la temática de discusión de los parroquianos se cernía en torno a la política y al fútbol, coronada por el sempiterno conato pugilístico. A propósito, uno de los segmentos más encendidos se suscitó en ocasión de la definición del Campeonato Metropolitano de 1981, entre Boca y Ferro. Es que entre los ocupantes de la mesa coexistían dos hinchas xeneizes y uno del club de Caballito.
         En la víspera del trascendental desafío entre ambas instituciones, a dirimirse en la Bombonera, por la trigésimo segunda fecha del certamen, Rolo Puente, partidario de los verdolagas, irrumpió en el boliche bailando y luciendo un gorro tipo piluso con los colores de su equipo, al tiempo que canturreaba que FCO iba a "reventar a los boquenses".
         Extrañamente contemporizador, Minguito no escatimó elogios para el coyuntural oponente, celoso escolta del conjunto de La Ribera en la tabla de posiciones, al que si bien calificó de "cuadro chico", no vaciló en señalar que es "merecedor de la simpatía del mundo". No fue el caso de Julio de Grazia, quien vaticinó que los auriazules llenarían de "cachetazos de realidad" a la alineación entonces dirigida por Carlos Timoteo Griguol. Huelga mencionar que, consumada la ajustada victoria de Boca por 1 a 0, en la que fue una suerte de final anticipada al consagrarse el equipo azul y oro liderado por Diego Armando Maradona en la última jornada del Metro, postergando la hazaña de Ferro por solo un punto de ventaja, la dupla bostera de "Polémica..." facturó su bravuconada al representante de la modesta entidad caballitense.

                                                   

       No obstante las estelares figuras que integraban el reparto, la crítica especializada coincidía
unánimemente en otorgarle preponderancia a la labor de Mingo por sobre la del resto de los actores. De hecho, el personaje encarnado por Altavista no solo se encargaba del acto de apertura del programa, sino también del cierre del mismo, secundado -sí, secundado- por Porcel y, a menudo, por Irízar. Más: la irrefrenable popularidad de Tinguitella ameritó que este, tal como sucediera con los avisos de los cigarrillos Colorado -"gran faso", según sus textuales palabras- y el jabón La espuma -"la mejor manito que se le puede dar a la vieja", fuera el centro visual del elenco de Polémica en el Bar en auspiciar el "frescolari" yogur "La Senerísima" (por La Serenísima).
         Idéntico rédito le reportó su performance en la reedición de otro de los principales segmentos del antiguo Operación Ja-Já: La voz del rioba, cuyo suceso había inspirado en 1973 la publicación de la historieta homónima a través de la editorial Cielosur (2). En ese sketch, Minguito oficiaba de periodista y su colaborador, el Preso (Vicente La Russa), de reportero gráfico. La misión conferida por el "diretor" del periódico en que se desempeñaban -que no era otro que el mismo "ruso malino, indino y danino" de siempre- consistía en que sus subordinados concurrieran a entrevistar en sus hogares a las más encumbradas estrellas del espectáculo, quienes apenas reparaban en el dudoso aspecto de profesionales de los trabajadores de prensa que los requerían -y en el incomprensible lenguaje en que estos se comunicaban- no tardaban en vislumbrar el calvario que por ellos aguardaba.
         Tan es así que, de movida, los representantes de "La voz..." despertaban el enfado de la celebridad de turno al confundir, por caso, Minguito el apellido de Susana Giménez con "Gutiérrez" o discutirle a Silvio "Roldán" Soldán que sus programas de tevé más recordados se titula(ba)n "Domingo para el tango" o "Grandes valores para la juventús". La inoperancia del Preso solo contribuía a caldear aún más los ánimos: cuando no sacaba fotografías insólitas -o fuera de foco- como los zapatos del entrevistado, destruía bienes ajenos para tomar instantáneas trepado a lo alto de un mueble. La debacle se apoderaba irreversiblemente del recinto en cuanto el periodista penalizaba a patada limpia la torpeza de su compañero.
          Ante tamaño escándalo, el anfitrión daba por culminada la cita, no sin antes botar violentamente de su morada a Mingo y al Preso. El frustrado entrevistador, sin embargo, no se rendía fácilmente: solía volver al epicentro del conflicto solo para abrir la puerta del dueño de casa y, embargado por la impotencia, espetarle, por ejemplo, un sonoro "viva, Sandro" a Palito Ortega. Por su lado, el incompetente fotógrafo, quien usualmente se salvaba en primera instancia del vehemente desalojo, obtenía similar trato que su colega al formularle una pregunta absurda al ya por demás iracundo artista.
          No obstante el irrebatible éxito que le valió a Minguito su reaparición en televisión luego de un prolongado parate forzoso, al que se adosa su multifacético desenvolvimiento en el éter, en programas como Belgrano show, Cada mañana es un mundo y El clan del aire -por radio Belgrano, El mundo y Mitre, en ese orden-, el popular personaje seguía resfriando los estómagos de los autodenominados puristas del lenguaje y el buen gusto.
          Entre ellos, sobresalía el periodista Alfredo Serra, quien en su artículo titulado ¿El espejo de los argentinos?, correspondiente al ejemplar número 250 de la revista Somos del 3 de julio de 1981, describió a Mingo como "un marginal semianalfabeto que le llama 'curro' al trabajo". Habida cuenta de la controversia que generó la publicación de su nota, el entonces redactor del desaparecido semanario, perteneciente a la editorial Atlántida -de manifiesto apoyo a la última dictadura cívico-militar-, fue invitado a ratificar su juicio en el programa televisivo Video Show (Canal 11, actual Telefe), conducido por Enrique Llamas de Madariaga, en donde amplió sus desdeñables conceptos: "Si seguimos mirando a Minguito, vamos a terminar siendo como él".
          De repente, mientras se desarrollaba el candente debate, se produjo la presencia espontánea en cámara de Juan Carlos Altavista, flanqueado por Gerardo Sofovich. Fue cuando el humorista se despojó de la parquedad que lo caracterizaba en ocasión de efectuar declaraciones y apeló a la sensibilidad con un argumento que acalló la voz acusadora: "Yo voy a hablar poco porque no sé hablar. Lo que quiero decir es que Minguito posiblemente deforme el idioma, pero lo que nunca va a hacer es deformar las almas".

jueves, 3 de marzo de 2016

           
                 Boca vs Racing: la rivalidad a través de los ídolos
                                             



     La verdad es que Racing no se conforma con minucias al momento de arrogarse los votos de un ídolo. En el plano musical, al menos, sus aseveraciones se cimientan en la seducción que envolvió al máximo exponente del tango por la Academia en sus años esplendorosos del Amateurismo ¿La prueba irrefutable? La gema que le tributara Carlos Gardel a Pedro Ochoa, prolífico delantero del cuadro de Avellaneda, el único en el que se desempeñara en toda su trayectoria (1917-1931). “…Ser como Ochoíta, el crack de la afición...", versa Patadura, una de las incontables genialidades del Zorzal Criollo (1).
      Asimismo, una especie afirma que el beatle John Lennon expresó su favoritismo hacia el cuadro racinguista en virtud de la inminente definición de la Copa Intercontinental 1967, obtenida por la Academia ante el Celtic de Escocia, corroborada por el testimonio del Chango Juan Carlos Cárdenas, autor del zapatazo que le legara a la Academia el título mundial (2). Evidentemente, Inglaterra poseía entonces una enemistad –no sólo en la faz deportiva- más acentuada que con Argentina.  Sí, aún pese al escandaloso cotejo de la Copa del Mundo del año inmediatamente anterior, celebrado en feudo de la Rubia Albion, en el que los encolerizados adherentes locales despidieron al unísono a nuestra Selección Nacional con un sonoro improperio: "animals", merced a las sucesivas osadías que cometiera Antonio Ubaldo Rattín luego de su controvertida expulsion.
      No obstante, al pretender los fanáticos de Racing adueñarse de la predilección del líder político más carismático de la Nación, emerge un nuevo capítulo de la encendida rivalidad que, desde hace más de un siglo, mantienen con sus pares de Boca, a la que también se la vincula estrechamente con el General, en una puja sin cuartel entre el mito y la realidad. 
      “Presidente Perón”, tal la pomposa gracia del estadio inaugurado el domingo 3 de septiembre de 1950, en la intersección de las calles Corbatta –ex Cuyo- y Mozart, Avellaneda. El hecho que el ex Jefe de Estado haya legado su nombre al escenario apodado el Cilindro, es una poderosa razón como para que los hinchas de la Academia –y hasta los entusiastas de otros clubes- relacionen instantáneamente al caudillo con la insignia blanca y celeste.
       Prosiguiendo con la atadura de cabos falsos, la legión racinguista puede esgrimir que bajo su mandato su club se acreditó no sólo su primera estrella en el Profesionalismo(1949), sino al mismo tiempo el tricampeonato, al añadirse los títulos de los dos años subsiguientes. Incluso, aquellos que no se fijan en las formas se regodearán con la polémica consagración de Racing ante Banfield en 1951, en la que se asegura primó afano…samente la grandeza del cuadro de Avellaneda.

martes, 12 de enero de 2016

                                             Funes, corazón de búfalo
                                                        
                                                       

                                       

        "¿El delantero que más me costó? Tengo el recuerdo de un partido con Gimnasia y Esgrima de Mendoza, por el Campeonato Nacional. El Polaco (Vladislao) Cap nos había avisado que el 9 de ellos era bravo, asi que armó todo para que la pareja de centrales fuera (Oscar Alfredo) Ruggeri como libre y yo saliendo a buscarlo, la cosa es que choqué tres o cuatro veces durante el primer tiempo y me mató. Codazos, pisotones; estaba todo roto. Entonces le pedí a Ruggeri que fuera un poco él...le dio también para que tenga". Claro que Roberto Aníbal Passucci desconocía que el ignoto cuan corpulento atacante rival, quien en pos de recobrar las energías perdidas tras un extenuante partido solía bajarse un sachet de leche de una sola sentada, estaba acostumbrado a lidiar con fieras auténticas que en comparación reducían al mínimo la bravura de semejante pareja de zagueros centrales. Menos aun, el inexpugnable defensor imaginaba que para el Rambo de 1.80 metros y 90 kilogramos de peso era usual adentrarse por largos días y noches en el frondoso monte puntano, testigo privilegiado de sus encarnizados duelos con jabalíes y pumas, ya fuese cuchillo en mano o a fuego de carabina.
       Eso sí, la caza representaba apenas una de las aficiones de Juan Gilberto Funes, nacido el viernes 8 de marzo de 1963 en la capital de la provincia de San Luis. Papá Pedro le legó su primer nombre en conmemoración de su ídolo, Juan Gálvez, quien curiosamente había fallecido cinco días antes que el recién llegado. No extrañó por tanto, la creciente pasión por los fierros que heredara El Sapo -tal uno de sus primeros apodos-. Ya en su temprana infancia, se la pasaba en el taller mecánico familiar. Allí, sentó los cimientos de su legendaria potencia mediante una práctica -en principio- temeraria producto de su prematura edad: alzaba las pesadas cajas de velocidad de los Mercedes Benz, empleando un  grueso lazo trenzado que ataba a su cuello, únicamente con las fuerzas de sus brazos y piernas, con la finalidad de que tales armatostes se unieran eficientemente al motor de los automóviles.
       A su vez, El Juan - alias de índole familiar-,  iniciaba su  trayectoria como jugador en el club de baby fútbol Parque Patricios, cuyas auspiciosas actuaciones posibilitaron su posterior traspaso a Huracán de San Luis, para el que se desempeñó en la Liga local hasta 1981. Entonces, sobrevino el (casi) debut oficial de Funes: Sarmiento de Junín, que había ascendido por primera vez en su historia a la élite del fútbol argentino, solicitó sus servicios para afrontar el Torneo Metropolitano que a la postre obtendría el Boca de Diego Armando Maradona. En los cuatro meses que se desempeñó en las filas de El Verde, el fornido centrodelantero forjó una estrecha amistad con Ricardo Alberto Gareca, una de las figuras del equipo, al tiempo que el principal  responsable de su relegamiento al banco de suplentes e inclusive a la Reserva.
      Frustado su bautismo de fuego en Primera División, Funes propició el retorno al cobijo de sus pagos natales para recalar respectivamente en Jorge Newbery de Villa Mercedes y Sportivo Estudiantes de San Luis, en un marco más emparentado con el "alma de potrero" que cierta vez el atacante declaró poseer. De su tranco arrollador sabían asimismo en las provincias vecinas; de ahí que fuera contratado en 1983 por Gimnasia y Esgrima de Mendoza, que a instancias de su consagración en su Liga de origen, accedió a disputar el Campeonato Nacional, en el que el puntano anotó sus primeros (dos) goles en la máxima categoría. Una de ellas, ante los Xeneizes, en ocasión de un empate en un tanto, en el Estadio Malvinas Argentinas.
      Las incipientes condiciones del robusto Juan Gilberto acabaron por confirmarse definitivamente, en la que es hasta el momento la última incursión del Lobo mendocino en 1ra. Las cinco conquistas que señaló en la fase inicial del Nacional '84 fueron determinantes para que Gimnasia clasificara a la segunda ronda, en la que no obstante sumara una nueva anotación, su equipo fue eliminado en cuartos de final por Argentinos, campeón del certamen. De ese modo, su primera experiencia en el exterior no tardó en efectivizarse...

sábado, 12 de septiembre de 2015

 
                                   

                                El Loco Gatti: la despedida más injusta

                                       
   En coincidencia con la vigésimo quinta temporada consecutiva de su laureada trayectoria, al ídolo, quien refundara el denominado puesto de los bobos, lo envolvió en cada presentación de su equipo el sentido aplauso de las hinchadas del fútbol argentino, a excepción de la propia. Hacía tiempo ya que en La Bombonera no resonaba el consabido hit que otrora le tributara el sector más bullicioso de la parcialidad de Boca. "Eh, chupe, chupe, chupe, no deje de chupar...El Loco es lo más grande del fulbo' nacional", tal el cántico que le tributaba cada domingo el sector del Jugador Nº 12 comandado por José Barrita, hasta que el longevo arquero cometió la osadía de inmiscuirse en menesteres tocantes a los oscuros intereses de El Abuelo y sus adláteres.
   Dos fueron los motivos primordiales por los que Hugo Orlando Gatti provocó la ira de los caracterizados adictos al cuadro xeneize. En primer lugar, el oriundo de la localidad bonaerense de Carlos Tejedor, se había decantado públicamente en las elecciones presidenciales boquenses de fines de 1986 por la victoriosa fórmula Antonio Alegre-Carlos Heller -de denodado empeño por erradicar a las barrabravas de los estadios- en desmedro de la candidatura lanzada por el binomio Alberto J. Armando-Luis Conde, por el que abogaba La 12 de El Abuelo. Posteriormente, el Loco, de filiación radical, que había heredado de su campechano padre, adhirió a través de un spot publicitario a la campaña proselitista de Juan Manuel Casella, por la Gobernación de la Provincia de Buenos Aires; al contrario de Barrita y su barra, que apoyó al justicialista Antonio Cafiero, postrero triunfador en los comicios, habida cuenta de su manifiesta suscripción al peronismo (1). No extrañó, por tanto, el creciente repudio de los vándalos hacia la figura del exguardameta, al que no solo le dedicaron gruesos epítetos, sino trapos - de acuerdo con el argot tribunero- en el que, por ejemplo, lo tachaban de "hincha del austral".

                                   
   Peor aún, el desarrollo de la primera rueda del Campeonato de Primera División 1987/1988 se caracterizó por una paupérrima producción colectiva de Boca, que le costara el cargo a dos directores técnicos en solo 19 fechas, así como por una notoria declive en el rendimiento individual de sus futbolistas, que afectó principalmente al Loco Gatti.
  Si bien en la jornada inaugural del certamen el experimentado portero le había contenido su remate a Rubén Darío Insúa, en la derrota xeneize como local ante Estudiantes por 2 a 1, que le significó conquistar el  récord de penales atajados en la Era Profesional (26), su gravitación resultó nula, por caso, para evitar la histórica goleada por 6 a 0 con la que Racing prácticamente sentenció la gestión de Roberto Marcos Saporiti como entrenador del club de la Ribera.
  Con la consecuente asunción de Juan Carlos Lorenzo, quien iniciaba de ese modo su segundo ciclo
 como DT de Boca, la alicaída figura de Gatti pareció revitalizar. Es que el Toto -que lo dirigiera en aquel equipo de Unión que se constituyó como la revelación del Torneo Metropolitano 1975, obtenido por River tras 18 años aciagos- fue el mismo técnico que solicitara expresamente su contratación para conformar la escuadra azul y oro que se consagrara a nivel local, continental e intercontinental durante el segundo lustro de la década de 1970.

                                 

    Pronto, no obstante, se resquebrajó el idilio que el Loco mantenía con Lorenzo, a quien consideraba junto a César Luis Menotti uno de los mejores entrenadores que tuviera en su extensa carrera. El conflicto se originó en ocasión del inapelable 5 a 1 con que Newell's arrolló al conjunto xeneize en plena Bombonera, del que Gatti fue directamente responsable en la apertura del marcador así como de la tenue resistencia ofrecida en los dos goles subsiguientes, lo que disparó el hostigamiento al que sistemáticamente lo sometía la barra de El Abuelo e incluso el abucheo de gran parte de los hinchas genuinos que aquella tarde habían concurrido al entonces llamado Estadio Camilo Cichero. De ahí que el de Carlos Tejedor pidiera encarecidamente su reemplazo en el intervalo por el arquero suplente, Sergio Luis Genaro, a su director técnico.
  Tras el holgado traspié, Gatti se sumió en tal abatimiento que dejó de concurrir repentinamente a los entrenamientos semanales del plantel xeneize, una de las más serias faltas en las que, según Juan Carlos Lorenzo, podía incurrir un futbolista. Por ello, el cruce de declaraciones que sostuvieron el guardameta y el entrenador. Mientras que el Toto tildó a su dirigido de gattista -esto es, de excesivo individualismo-, el autoexcluido Loco, definitivamente desilusionado con uno de sus dos DT predilectos, acusó a Giancarlo de abandonar a Boca en el epílogo de su primera etapa al frente del equipo cuando se requería "ponerle el hombro" -de acuerdo con su textual testimonio- a la merma que en 1979 comenzaba a despuntar en la performance auriazul.
  A instancias de la opaca labor de Genaro en la valla xeneize, Gatti y Lorenzo pactaron una momentánea tregua que posibilitó el retorno del Loco a la titularidad a falta de tres fechas para la culminación de la primera rueda del campeonato. La forzada convivencia, sin embargo, apenas se prolongó unas pocas semanas, pues el Toto fue cesado en sus funciones por la Comisión Directiva como consecuencia de la errática campaña del primer equipo, que al finalizar el año 1987 ocupó la penúltima plaza en la tabla de posiciones.
  Lejos de abrumarse con la partida de Lorenzo, a Gatti lo entusiasmó la anunciada contratación del sucesor del Toto, procedente de Independiente, en el que se desempeñara exitosamente merced a la calidad y cantidad de laureles conseguidos. Incluso, el exarquero se animó a definir al nuevo entrenador como "un Menotti reo", dotado de "la sabiduría de la calle", con lo que -exceptuando algún matiz- pretendió describir la corriente de afinidad que él creía lo vinculaba  al tercer DT que asumía en Boca en solo un semestre.
 Grosero error de cálculo de alguien que se ufanaba de ser el más vivo en el deporte no apto para "boludos"...

lunes, 3 de agosto de 2015

 
                          Cuando una bengala asesinó al fútbol
             
 
     La fecha de caducidad del autoproclamado Proceso de Reorganización Nacional se avecinaba inexorablemente. Durante siete años y casi otros tantos meses, la dictadura más sanguinaria de las que detentara ilegalmente el poder en el país se había abocado a acallar las voces de discrepancia con premeditación y alevosía. El plan de aniquilación sistemático pergeñado por las sucesivas juntas militares que usurparon el mando a partir del miércoles 24 de marzo de 1976 incluyó desde exilios involuntarios, secuestros forzosos y apremios ilegales,  pasando por la organización de la Copa Mundial de Fútbol 1978, cuyo escenario consagratorio para la Selección Argentina distaba  pocas cuadras de uno de los más activos centros de detención clandestino, hasta llegar a la declaración de guerra por las Islas Malvinas, Georgias y Sándwich del Sur a una potencia de la talla de Inglaterra, sensiblemente reforzada en sus filas. La capitulación de las huestes patriotas, después de 74 días de intercambiar hostilidades con el enemigo, sentenció el original propósito de los represores de perpetuarse en el mando. De hecho, fueron los propios jerarcas castrenses quienes, una vez asumido el estrepitoso fracaso de su gestión, propiciaron el retorno de la democracia. Es que, más allá de los aberrantes crímenes de lesa humanidad perpetrados por los capitostes del Proceso y sus subordinados, patentes en el asesinato y desaparición de más de 30.000 personas, ya habían quedado largamente al descubierto los efectos de la inviabilidad de su modelo económico, traducido en corrupción, endeudamiento, desempleo, desigualdad, pobreza e indigencia crecientes.
     Era inmejorable, por tanto, la oportunidad que se les presentaba a los partidos políticos, favorecidos por la convocatoria a elecciones fijada para el 30 de octubre de 1983, de consumar el objetivo primordial de la convergencia conocida como La Multipartidaria, concebida en 1981: persuadir a las autoridades del régimen militar para que cesaran en su mando y así, una vez restablecidas las garantías constitucionales, encauzar el errático rumbo de la nación.
     No obstante lo que pudiera presuponerse, la transición comprendida entre el final de la dictadura y el comienzo de la democracia distó de resultar una etapa signada por la armonía. Acaso sobreadaptado a la opresión imperante en los años de plomo, hubo un sector de la fuerza política de mayor predicamento en nuestro país que en sus manifestaciones públicas dilapidó la restitución del irrenunciable patrimonio que implica la libertad de expresión.
      En el último acto de su campaña proselitista, uno de los principales exponentes del justicialismo 
protagonizó un episodio de vandalismo que minaría considerablemente las posibilidades de la fórmula Italo Lúder-Deolindo Bittel. Fueron más de 1.000.000 de personas las que contemplaron estupefactas la quema de un ataúd con los colores e insignias de la Unión Cívica Radical -tradicional rival del justicialismo- por parte del dirigente sindical Herminio Iglesias, quien se postulaba a gobernador por la provincia de Buenos Aires.
       No extrañó en ese sentido el postrero triunfo de arremetida del tándem Raúl Ricardo Alfonsín-Víctor Martínez. El mensaje transmitido por los adherentes que cosechó el radicalismo en la víspera de los sufragios fue por demás elocuente: el pueblo estaba hastiado del patoterismo, de las imposiciones y de que se corporizara ante sí el símbolo de la muerte, más propio del nefasto período ya en retirada que del esperanzador porvenir.
      El fútbol, impar fiesta popular argentina, fue otro de los ámbitos jaqueado por el matonismo y la violencia en supuestos tiempos de unidad fraternal. Si bien para 1983 ya se contaban más de 100 víctimas fatales a nivel doméstico en los estadios y sus alrededores, nunca hasta entonces las denominadas barras bravas, grepúsculo de hinchas caracterizados proclives a los incidentes de trágicas consecuencias, habíán adoptado un protagonismo tan preponderante.
     En aquella época, de hecho, un inédito acontecimiento ocurrido en ocasión de un tradicional enfrentamiento entre dos importantes clubes sentó las bases de la creciente saña con que los barras acometerían contra sus rivales con el trascurso de los años.

miércoles, 15 de julio de 2015

                     

                                         Yo te vi...romper los códigos              
             
    Naciste. Enseguida nomás, te dedicaste a descifrar los trazos de información genética que te transmitió tu papá . Misión cumplida. Sos futbolero desde la cuna. Y socio de Independiente, aun sin foto en tu carnet. Vaya uno a saber el porqué del apuro de tu viejo, si tu hermano mayor le salió tan fana del Rojo como él. ¿Por qué habría de ser distinta la cosa con el recién llegado?
    Ni siquiera habías aprendido a gatear, que el patriarca de la familia ya te llevaba a lo que alguna vez fuera la Doble Visera de Cemento. De visitante, también. Las entrañables Polaroids instantáneas  te retrataron hasta el hartazgo con casaca y gorrito del Rojo, pese a que vos no te habían preguntado de qué cuadro querías ser. Tampoco es que había mucho para quejarse, eh. Si en esa época Independiente era el "Orgullo Nacional", tal como rezaba un antiguo hit tablonero que sus hinchas entonaban con pecho henchido.
   Creciste. Ya estabas en primer grado. Hiciste de Fútbol de Primera y Todos los Goles tus programas de televisión preferidos. Y aunque apenas si sabías leer, te matabas con El Gráfico y Sólo Fútbol. Quizá entonces descubriste que el universo de la redonda no se limitaba exclusivamente a la gloriosa existencia del Club Atlético Independiente.
  A la par, te avivaste de que no todos en tu casa se desvivían por la divisa roja. Tu abuela materna, por caso, que no hacía mucho se había mudado allí, era fana de River. Su primogénito, tan gallina como su madre, ya había emigrado a Australia, razón por la que a la jovata no le disgustaba sumar un nuevo millonario a la parentela. Después de todo, tu hipotética simpatía por la  banda sangre no habría desentonado en absoluto, si al fin y al cabo River celebra el fútbol de galera y bastón igual que Independiente.
  Por eso, te llevaron al Monumental aquella tarde de insoportable calor. Prometía ser un partidazo más de los tantos que con que deleitaran los dos cultores del paladar negro a través de la historia. Y  la verdad es que el domingo 1 de marzo de 1987 resultó, resulta y resultará un día inolvidable. Y no por el cuaterno que se comió el Rojo, sino porque cuando sonó el pitazo final ya le habías hundido la trapera daga a tu papito. Tan solo seis años te había durado el ¿amor? por el Rojo...