La disparidad en el poderío de dos de los contendientes que este sábado pugnarán por una plaza en las semifinales de la Copa América Centenario 2016, organizada por Estados Unidos, resulta evidente. Si bien es cierto que Argentina ya no es aquel prolífico equipo de antaño y que Venezuela, a partir de la gestión del Pato José Omar Pastoriza como director técnico (1), dejó de limitarse a ejercer el mero rol de partenaire, la supremacía de la Selección Nacional sobre su inminente adversario se revela, de todos modos, demoledora.
Una de las mayores manifestaciones de la abrumadora superioridad de los albicelestes se constituye en el historial general que éstos sostienen con los venezolanos, en el que, al cabo de 20 enfrentamientos, el equipo argentino se impuso en 19 ocasiones - con 74 goles a favor- contra sólo un triunfo del conjunto vinotinto (10 GF), que no precisamente ocurrió en virtud de la celebración de la Copa América. En ese sentido, nuestro seleccionado prevaleció a instancias de las goleadas -una de ellas, particularmente aplastante- que le propinó a su oponente en los cuatro encuentros que dirimieron.
Impiadoso, el combinado nacional se propuso vapulear a Venezuela inclusive en el desafío que inauguró la serie de cotejos entre ambas selecciones, correspondiente a la tercera jornada del entonces denominado Campeonato Sudamericano de Uruguay 1967, que contó con tres características salientes: 1) el debut absoluto del representativo vinotinto en la Copa América; 2)
fue la primera vez que se disputaron eliminatorias clasificatorias para el torneo (2); 3) la
deserción de Brasil que, recuperado de su inesperada derrota como anfitrión ante la Celeste, el inolvidable Maracanazo, ya se había adjudicado dos Copas del Mundo de manera consecutiva: Suecia 1958 y Chile 1962.
Apenas comenzado el partido, la escuadra argentina enhebró su primera situación de gol al encarar a los 3' el centrodelantero de Independiente, Luis Artime (padre), el área rival con su consabida potencia, antes de que una brillante maniobra tripartita entre David Acevedo, Raúl Bernao y Mario Alberto González derivara en un remate de Gonzalito, conjurado por el atinado cruce del venezolano Freddy Elie, quien rechazó al tiro de esquina.
El score no tardó demasiado en abrirse. Luego de una soberbia jugada individual a cargo del volante derecho de River, Juan Carlos Sarnari, que habilitó a los 18' la entrada de Artime,
el legendario artillero definió ante el inerme arquero Vito Fasano con un disparo rasante.
Una nueva incursión hasta el fondo de Bernao motivó, a los 31', el 2-0 parcial para el elenco albiceleste, al capitalizar el infalible atacante de Vélez, Juan Carlos Carone, el preciso centro enviado por el crack de los Rojos de Avellaneda, previo al corte de luz de 10' de duración que se produjo en el Estadio Centenario y su zona de influencia.
Subsanado el desperfecto en el alumbrado artificial, el equipo dirigido por Alejandro Galán, más conocido con el seudónimo de Jim Lópes, que adoptó al radicarse en Brasil, se abocó en el complemento a aumentar la ventaja desde los 3', a través de Silvio Marzolini, considerado el mejor lateral izquierdo de la historia de Boca, al culminar una sucesión de gambetas con un shot al ángulo superior derecho de Fassano.
Sobre los 20', Sarnari cedió el balón en dirección de Pichino Carone, quien lanzó un colocado centro al corazón del área de Venezuela, conectado mediante un certero cabezazo por Artime para establecer el inapelable 4-0 en favor del representativo celeste y blanco. Lo que siguió fue el descuento de la selección vinotinto, como consecuencia del desacople del fondo argentino que posibilitó que a los 29' Rafael Santana batiera al guardameta xeneize Antonio Tarzán Roma.
Como corolario de una auspiciosa jornada para el conjunto nacional, su quinta y última conquista, a la vez la tercera de la cosecha personal de Artime. Fue a los 43', después de una nueva asistencia en profundidad del riverplatense Sarnari, usufructuada por el centroforward de Independiente, quien a la postre se erigió como top scorer del torneo con 5 tantos, al vulnerar la valla venezolana con un disparo franco, a media altura.
En contrapartida con la deslucida performance de Venezuela en el Campeonato Sudamericano de 1967 -no obstante lo cual obtuvo su primer halago en la competencia al vencer a Bolivia por 3 a 0, lo que le valió ocupar un ¿digno? penúltimo lugar en la tabla de posiciones-, la auspiciosa campaña realizada por la Selección Argentina. Más allá de la goleada infligida al combinado vinotinto, el cuadro albiceleste superó a Paraguay (4-1), Bolivia (1-0) y Chile (2-0), con lo que arribaba a la instancia culminante como líder del certamen con ocho unidades, una más que el local, Uruguay, su escolta y rival en la jornada de cierre. Sin embargo, el clásico del Río de la Plata favoreció al cuadro charrúa , que logró una ajustada victoria a través de Pedro Rocha, escogido finalmente como el mejor jugador del torneo, y por ende, se consagró campeón (3).
Recién ocho años después se jugó la siguiente edición de lo que pasó a denominarse definitivamente Copa América que, a diferencia de los campeonatos predecesores, no dispuso de una sede fija, aunque por primera vez participaron la totalidad de los miembros originales de la CONMEBOL. Así las cosas, las selecciones intervinientes fueron repartidas en tres grupos de tres equipos, cuyos respectivos vencedores, luego de enfrentar a sus contrincantes en partidos de ida y vuelta -tanto de local como de visitante-, integrarían un cuadrangular a modo de semifinales al que se plegaría Uruguay, clasificado automáticamente a la segunda ronda por su condición de vigente ganador de la competición.
El sorteo de rigor depositó a Argentina en el Grupo C, que compartió con Brasil y Venezuela. Si bien la producción del conjunto nacional resultó oscilante, exhibió en el pico de su rendimiento un predominio abismal frente a la Vinotinto, a la que le convirtió ¡¡¡16 goles!!! en dos partidos.
Tras el holgado traspié que sufrió en el Estadio Olímpico de Caracas ante el representativo
verde amarelo en la jornada de apertura (0-4), la alineación venezolana recibió a su similar albiceleste en el mismo escenario, con la esperanza de ofrendarle a su público una actuación -cuanto menos- decorosa ante un rival incontrastablemente superior.
No fue que el elenco celeste y blanco se hubiera ensañado particularmente con un equipo al que durante años le cabría el mote de Cenicienta -lo que sucedería en la "revancha", así entre comillas-, mas le bastó apenas 10' para establecer un justificado triunfo transitorio al desbordar hasta el fondo el wing derecho de Rosario Central, Ramón César Bóveda, con objeto de habilitar a Leopoldo Jacinto Luque, centrodelantero de River quien, luego de desairar a Orlando Torres, definió de caño ante el achique del arquero Vicente Vega.
Enseguida nomás, sobrevino la sorpresiva reacción del anfitrión. Acto seguido de haber estrellado un cabezazo en el poste, la arremetida de Ramón Iriarte le otorgó al anfitrión la injusta igualdad, que habría redundado en la segunda anotación de los venezolanos si el mismo atacante hubiera acertado minutos después su intento de emboquillada ante un superado Hugo Orlando Gatti, portero de Unión, a quien salvó el travesaño.
A partir de allí, la progresiva mejoría de Argentina a la par que el repliegue de Venezuela motivó a los 29' la auténtica obra de arte con que se despachó Mario Alberto Kempes, inestimable valor de la Academia rosarina. El Matador eludió no una, sino dos veces a Vega para empujar el esférico al desguarnecido arco local, que mereció el cerrado aplauso -de pie- de los 8000 espectadores presentes.
Tan solo 6' después, el intuitivo Luque asedió a la dubitativa defensa venezolana de manera tal, que le robó el balón a E. Torres y, luego de eliminar a Vega, decretó el 3-1 parcial con el que la visita se marchó al intervalo.
Durante la segunda etapa, el combinado venezolano, apremiado, no fue sino un compendio de errores que invitaba al conjunto de César Luis Menotti a emular el amplio triunfo que obtuviera en el Campeonato Sudamericano de 1967.
Aun sin planteárselo como objetivo, producto de la merma en la peligrosidad de sus avances, la Selección Nacional consiguió su cuarta conquista a los 23' al procurar Bóveda la posición del Pulpo Luque, quien definió de primera para la algarabía del puñado de hinchas argentinos ubicados en las tribunas, que parecían muchos más al producirse simultáneamente la retirada de la mayoría de la afición vinotinto.
Producto del enésimo titubeo de la retaguardia de los locales, sobrevino a los 40' el gol de Osvaldo César Ardiles, exquisito volante derecho de Huracán, que no solo selló el pleito sino que asimismo equivale a la máxima goleada de visitante que registra el historial entre Argentina y Venezuela.
"Flaco, no te vayas..", entonaban a modo de ruego los fanáticos albicelestes que se habían llegado hasta el Gigante de Arroyito de Rosario Central, club del que el entrenador del equipo celeste y blanco es confeso simpatizante. Es que Menotti, rosarigasino él, del barrio de Fisherton, había presentado la renuncia a su cargo en la víspera del desquite ante los venezolanos, al suscitarse una seguidilla de conflictos entre los que destacaba la rotunda negativa de Boca y River de ceder a los jugadores que el DT había nominado para lucir la camiseta del seleccionado (4), lo que César Luis consideraba una afrenta pues al asumir en sus funciones había exigido como requisito insalvable que se le otorgara prioridad indiscutida al equipo nacional.
Puesto que la cúpula directiva de AFA resolvió implementar medidas proclives a satisfacer la petición de Menotti, este dejó sin efecto su controvertida dimisión. Solo así se brindó a comandar el lluvioso domingo 10 de agosto de 1975 a un once titular compuesto eminentemente por futbolistas santafesinos, quienes se aprestaban entonces a obsequiarle al técnico que tanto respaldaban una de las mayores alegrías que ostenta su fecunda carrera.

