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lunes, 24 de julio de 2017

                     Minguito: cuando un gomía se
                     va...el 20 de julio (última parte)
      
                                                               
    "Mingo es ese dulce amigo, llega Mingo el ascrito del canal, en su Santa Milonguita, 
desbordando sonrisas y ternura", versaba la pegadiza cortina musical del programa con el que Juan Carlos Altavista retornó a la televisión con su más popular personaje después de un intervalo de tres años, una vez finalizada definitivamente su participación en Polémica en el bar.
    Hasta entonces, las apariciones en cámara del ilustre artista habían sido esporádicas, lo que sin embargo no lo privó de atestiguar preferencialmente una instancia culminante de la historia del espectáculo argentino invitado por su colega y compinche Alberto Olmedo, con quien coincidió en emisiones televisivas como el ciclo original de Operación Ja-Já y compartió cartel en películas de la talla de Villa Cariño está que arde, Flor de piolas y El Andador.
    Sucedió en el estreno de la quinta temporada de No toca botón, envío transmitido por el antiguo canal 11, hoy Telefe. Allí, Olmedo irrumpió en escena por última vez en su vida vestido de Rucucu, el mago ucraniano, una de interpretaciones más emblemáticas. En presencia de Altavista -que no de Minguito-, Enrique Pinti, Luis Brandoni y Susana Traverso, el Negro se quitó una a una sus prendas hasta quedar en paños menores para inmediatamente incinerar el traje de su ya expersonaje, al que consideraba quemado -valga la redundancia- por la imitación que del mismo solía realizar en su exitoso programa Mario Sapag, contemporáneo de Mingo en "Polémica..." y compañero de reparto del cómico rosarino en Los caballeros de la cama redonda y Los fierecillos indomables, entre otros.
    Como si no hubiera bastado con la ceremonia incendiaria, el Negro parodió a su plagiador en su legendario ciclo con un segmento denominado Las mil  y una de Olmedo, en el que imitó a Bernardo Neustadt con Altavista como interlocutor, y a Dante Caputo, dos de las más festejadas representaciones de Sapag.

                                                     

     De allí en más, el humorista adoptó un bajo perfil en lo que a exposición mediática compete, antes de reintegrarse a la pantalla chica con el programa SuperMingo, en 1987, también por Canal 11. Pese a lo que pudiera sugerir el título autorreferencial de su nuevo emprendimiento, el actor se rodeó para la ocasión tanto de sus familiares como de su entorno dilecto de amistades a la vez que productores y libretistas de su mayor confianza. Es que, como afirmó en alguna oportunidad Juan Carlos Calabró, Minguito carecía absolutamente de "celos profesionales".
     La verdad es que SuperMingo superó con creces las expectativas que inclusive el propio capocómico había depositado en su proyecto. Tanto, que ya en el despuntar de su ciclo eclipsó al resto de sus competidores del rubro humorístico -entre los principales, No toca botón, Calabromas, el Contra y don Mateo, y Las mil y una de Sapag- con 34.2 puntos de rating -y picos de 39.1-, según las mediciones registradas por IPSA, función que en la actualidad ejerce IBOPE.
     El liderazgo en los índices de audiencia al que escaló el programa se fundamentó en la introducción de sketches como La escuela del Nalca, en la que Mingo es el único "aluno" del profesor de gramática y literato Esteban Giménez, a quien supo tildar de "maniático testual" porque su maestro había estrechado distancias para indicarle -exageradamente- la diferencia de pronunciación y modulación entre las palabras escritas con "b" y "v", como "abrazo, beso, aventura, ven... belleza"; La novia de Minguito, en el que Tinguitella renunció al anhelo de conquistar a su amor platónico, Graciela Borges -" aunque ella no sabe que soy su mino"-, para encarnar el papel de eterno pretendiente de otra "naifa", la entonces ascendente vedette y actriz Silvia Peyrou; "el robós Magnolia", de activa participación de su hija Ana Clara, quien caracterizaba a una mujer androide de origen estadounidense que bailoteaba al ritmo de una contagiosa voz en off femenina que reiteraba incansablemente la frase "soy una muñeca"; Los gladiadores romanos, en los que Marcos Zucker y Vicente Rubino remitían con sus respectivas vestimentas a los guerreros de la Antigua Roma; las secciones dedicadas a sus más disparatados monólogos -el "análisis filasófico" que impartió en honor al mejor amigo del hombre incluido- y a sus clases particulares de anatomía, en las que el cómico personaje nos enseñó que el cuerpo humano consta de músculos como los "bises" (bíceps), órganos como "los fuelles para el osígeno" (pulmones), "ginitales o virijas" (partes pudendas) y huesos como el "fermu" (fémur); y hasta un espacio a puro catch denominado Los campeones del Perejil (1), comandado por un miembro del reparto de SuperMingo: Domingo Lucciarini, el mismísimo payaso Pepino que en Titanes en el Ring descolló durante las décadas de 1960-70, secundado por una troupe de luchadores de la que sobresalían el Caballero Rojo y el mexicano Pancho Juárez, versionado por otro coloso del cuadrilátero, el Mercenario Joe.
    Con todo, fue el bloque destinado a la rediviva "redasión" el que acaparó el incuestionable favoritismo de los telespectadores, en la que -a falta del Preso, en la época de La voz del rioba- Minguito integraba un prestigioso equipo de prensa compuesto eminentemente por Julio Ernesto Vila -experto en boxeo-, Riverito y Alberto Fosforito Muney.
    A modo de labor inicial, Mingo se creyó tan impune como para entrometerse en el legendario ciclo informativo La Noticia, conducido por Enrique Landi y Nadia Cyzenko, y proceder a comunicar su interpretación del "Decálago de periodista", entre los que sobresalen el "sétimo" punto -"queda terminantemente prohibido chupar vino en horario de laburo...sin convidar a los cólegas"-, el "novoa" -"acordarse de que somo' el cuarto poder y nadie nos va a llevar por delante...y menos por atrás, porque tan pronto le podemo' levantar un manolito como hacerle un buraco así de grande, como le hicimo'a Nison en Guatergueiti"-, previo a enunciar el décimo y último -"déase a publicidad y conocimiento de locutores, periodistas y anesos...Se hará justicia, ¡sí, señó'!"-.

                                                         
     "Incrédolo", tal la acusación que Tinguitella le formuló a Julio Ernesto Vila. El especialista en pugilismo, escéptico, no podía concebir que su ignorante colega, a quien acostumbraba corregirle los barbarismos en los que aquel a menudo incurría, fuese capaz de estar manteniendo una conversación telefónica con el mejor futbolista de la historia. De hecho, le juró a Minguito que si por gestión suya el Barrilete Cósmico se presentaba en la oficina de redacción, no dudaría en acudir al desempeño de su tarea luciendo un indiscreto bisoñé que cubriera su calva cabeza. Nadie le exigió al reputado periodista que cumpliese su promesa, no obstante lo cual debiera resignarse a que la nota en exclusiva con Diego Armando Maradona la abordara su inculto compañero de trabajo, quien solía endilgarle dos motes: Vilita u Hormiga Negra.
     Visiblemente conmovido -a diferencia de su alter ego, Juan Carlos Altavista, a quien contrariamente a lo que se cree no le interesaba el fútbol- Mingo preguntó al Diez -entonces vigente capitán y campeón mundial con la Selección Argentina, a la vez que de reciente consagración con Napoli, el primer título de Liga que ese equipo obtuvo en su historia- si había sido con la mano el tanto que abrió el marcador en el duelo ante Inglaterra por los cuartos de final del ecuménico torneo de México 1986. Diego no develó el misterio, pues susurró la respuesta al oído del hombre de prensa.
     Lo que sí trascendió públicamente fue el recíproco intercambio de sueños entre las partes. Mientras que el redactor le pidió atajarle un penal a Maradona, este solicitó su sombrero y su bufanda, y se hizo de un mondadientes para vestirse de Minguito Tinguitella.
    Otra de las eminentes visitas que el periodista recibió en su despacho fue la de elenco de El Chavo del 8, en virtud de la gira que Chespirito y compañía emprendieron por Argentina, en donde abarrotaron siete veces consecutivas el Estadio Luna Park de la Ciudad de Buenos Aires. Los entrañables actores mexicanos le gastaron una broma a su entrevistador, al identificarse con alias por demás jocosos: Roberto Gómez Bolaños, "Viuda de Menotti"; Florinda Meza, "Susana Giménez", María Antonieta de las Nieves, "Moria Casán" y Rubén Aguirre, "José Marrone".
    Completan la lista de notables concurrentes: el cantante Roberto Sánchez, más conocido como Sandro o el Gitano, por más que en Polémica en el Bar el vocalista ya hubiera que tenido que tolerar un particular "mangazo" de Mingo; la tenista Gabriela Sabatini, enconada contrincante de Martina "Navratibola"; el multicampeón mundial de boxeo Carlos Monzón, meses antes de asesinar a su exesposa, la actriz y modelo uruguaya Alicia Muñiz-; el jóckey Jorge Valdivieso, quien posibilitó que el "ascrito del nalca" se paseara en "llobaca" por el set de filmación, el actor Federico "Luppe" (Luppi), de "carácter podrido" de acuerdo con la apreciación del entrevistador; y el relator José María Muñoz, entre otros.
                                 
                                                       

     Bienaventurado, Juan Carlos Altavista primaba hasta en los tribunales. A la par de su rotunda victoria en las ránkings de audencia, la Justicia se expidió en su favor respecto de la querella que Hilda Reboiras -viuda de su amigo y exlibretista Juan Carlos Chiappe, padrino de su hija Maribel- le había iniciado tanto al actor como a Roberto Peregrino y Gerardo Sofovich, por considerar que los demandados usufructuaban sin autorización el personaje Minguito Tinguitella, propiedad de su difunto esposo, sin que mediara un resarcimiento monetario para su persona.
     Según el testimonio de Reboiras, "(Altavista) todo se lo debe a mi marido y ahora no lo quiere reconocer dándome lo que corresponde. Lo que pasa es que cuando Juan Carlos (Chiappe) vivía, permitía que tanto él como Peregrino Salcedo escribieran los libretos para Minguito. Por hacerlo, le pagaban un plus (...) Yo una vez reclamé ante Argentores, pero nunca me hicieron caso. Allí está registrado el personaje a nombre de Juan Carlos Chiappe, pero el que ahora les deja ganancias es Juan Carlos Altavista". Y añadió: "Me preguntaron qué era lo que pretendía y les pedí un departamento, una pequeña cantidad de dinero, mucho menos de lo que me pertenecía. Pero él (Altavista) se negó a darme algo. Es terrible para la plata".
     Por su lado, luego de reconocer el dolor que le había causado la apelación de la sentencia en dos oportunidades, el actor -ya decretado el fallo judicial- declaró: "Estaba muy tranquilo porque sabía que esto era una injusticia y que finalmente todo se iba a arreglar como era debido". "Me saqué un gran peso de encima. Las exigencias de la viuda de Chiappe demandaban una compensación económica bastante fuerte. No podría decir ahora a cuánto podría ascender la indemnización, pero calculo que superaría el medio millón de dólares. En definitiva, es como si hubiese ganado medio millón de dólares", profundizó Altavista.
     Definitivo e inamovible, el dictamen de la Corte Suprema de Justicia desestimó el reclamo de Hilda Reboiras, que se tradujo en un pleito de siete años de duración, entre 1980 y 1987. A ese efecto, el humorista, aun pese a que tuviera que resignar el apellido de su emblemático personaje como requisito del acuerdo,  remató: "El caso queda cerrado para siempre como cosa juzgada. Minguito soy yo y yo soy de Minguito...".
     Y así fue, en televisión, radio y cine. A sus 58 abriles, su rutina profesional le exigía más de 10 horas de aplicación diaria, a excepción de los martes, en los que se relajaba navegando en su crucero Cambalache para encontrarse con sus "amigos de los astilleros" en la zona de San Fernandoaunque públicamente ocultaba su afición a la náutica por considerarla un hábito privativo de "bacanes", lo que no se consustanciaba con el esmirriado "bolsiyo" o "camisulín" -solo abundante en papeles arrugados- de Minguito. Si no, se lo pasaba en la intimidad de su hogar, largamente constituido en la localidad bonaerense de Olivos, junto con su esposa e hijos, en donde se complacía de cocinar -y degustar- uno de sus menús preferidos: ravioles con tuco.
     No obstante, sus jornadas, tan productivas como ajetreadas, derivaron en el recrudecimiento de los síntomas característicos del Mal de Wolf-Parkinson-White, ese persistente síndrome congénito que le había sido diagnosticado en 1969.
     Sus taquicardias paroxísticas, acentuadas por el dinamismo que requería su trabajo al tiempo que por exceso de tensión nerviosa, ameritaron asiduas visitas de urgencia al Hospital Municipal de Vicente López, en el que los facultativos hasta llegaron a recurrir a la terapia electroconvulsiva - más conocida como electroshock- para restablecer los latidos normales de su debilitado corazón.
     La celeridad con que el paciente recobraba su salud cardíaca no dejaba de sorprender a los especialistas; no a Minguito, quien acaso desestimó de plano la vital chance de operarse en Estados Unidos porque en el período de mayor actividad de 1987 soportó -según confesó el propio actor- ¡¡¡14!!! ataques al "boboen solo cinco meses. Solo aceptó la recomendación de sus médicos de cabecera de acortar la frecuencia, duración e intensidad de sus días laborales.
     Imprevistamente, durante el comienzo de la segunda temporada de SuperMingo -aún emitido por Canal 11-, Altavista descubrió que su cardiopatía había efectivamente deprimido la pujanza con que otrora acometía sus menesteres artísticos, lo que de todas maneras no lo abstendría de honrar la memoria del Negro Olmedo por medio de la alusiva balada de su presencial creador, Alberto Cortés, ni de filmar la última de las 57 películas de que consta su longeva trayectoria cinematográfica.
     Junto con Carlitos Balá y Tristán, el humorista protagonizó en 1988 la comedia Tres alegres fugitivos (1), dirigida por Enrique Dawi, en la que el terceto cómico se empleaba en una empresa de mudanzas y traslado de fletes a larga distancia, al Interior y a países limítrofes como "Checueslavaquia".
     Previo viaje en camión rumbo a Córdoba, los gomías se percataron de que un bebé había sido abandonado al pie de la puerta de la pensión en la que residían. Aunque en principio lo desconocían, el lactante había sido dejado allí ex profeso pues la mucama de un acaudalado empresario cuyo inescrupuloso hermano lo creía muerto en un accidente aéreo, le había ordenado que eliminara al único heredero de su fortuna, el inofensivo "bepi", para que solamente en él recayeran los incontables réditos de la sucesión. Encariñada con el nenito, la doméstica recapacitó antes de cumplir con tan desalmada directriz y, en cambio, a sabiendas de que debían partir hacia la misma provincia mediterránea en donde vivía su hermana, prefirió delegar la custodia de la criatura a los dependientes de la agencia de transportes hasta que estos lo arrimaran al domicilio de su pariente.
     Repuestos del desconcierto inicial, los compinches adoptaron gustosos a Federico, tal como llamaron al pequeñito. Después de sopesar pros y contras de alimentarlo con fideos -aunque sin pesto- Minguito acudió a la farmacia para adquirir "morfi para bebés".
     Una vez bañado, cambiado y comido, el infante se convirtió en uno de los cuatro integrantes del camión que se dirigió a territorio cordobés, en donde los fugitivos afrontaron todo tipo de vicisitudes hasta llegar a rendirle culto a su mote producto de su huida de la autoridades policiales, quienes los creían "chorros de pibes", al decir de Mingo. Recién probaron su inocencia luego de corroborarse que el potentado empresario y su esposa habían salido airosos de la catástrofe, confesión de la mucama mediante. Aunque ya era demasiado tarde: Minguito, Balá y Tristán se habían enamorado de Luis(ito), el verdadero nombre de Federico.
 
                                                         
     Finalizado su vínculo contractual con Canal 11, Juan Carlos Altavista recaló en el emergente Tevedos -actual América TV- en 1989, con objeto de afrontar la madurez de su vasta carrera profesional. Para ello, su programa fue rebautizado como Vamos, Mingo Todavía...!, a cuyo elenco se sumaron, entre otras figuras, Javier Portales, Esteban Mellino y María Rosa Fugazot.
     La mañana del jueves 20 de julio, a solo dos meses del lanzamiento de su renovado ciclo, el cómico había despertado, como siempre, a las 09.30 puntuales, aunque contrariado. Lo intranquilizaba que su adorada esposa, con quien aun después de casi tres decenios de haber contraído enlace el mutuo "te quiero" permanecía invariable, no hubiera despertado a su lado. Raquel Álvarez, oriunda de la ciudad de León (España), había tomado un avión que la llevó hasta Montevideo, para cuidar del delicado estado de salud de su madre.
     Permitido que le dicen, Altavista trocó su usual desayuno de mate y yogur por uno de sus caprichos culinarios preferidos: las medialunas, que combinó con un tazón de café con leche, acompañado por su hijo menor y asimismo actor en  "Vamos, Mingo...", Juan Gabriel.
     Más tarde se sumarían su primogénita Maribel y Ana Clara -la que le sigue en orden cronológico-, coproductora y actriz del mismo programa, respectivamente, para abordar el reluciente BMW gris de papá Juan Carlos -conducido por su propio dueño- y, juntos, llegarse hasta las estudios de Buenos Aires Color TV, puesto que en sus instalaciones se grabarían las tomas complementarias a las 3/4 partes ya registradas del ciclo emitido por Tevedos.
     Posteriormente al desarrollo sin fisuras de El bar, una especie de remake módico del Cafetín de Buenos Aires al sentarse Minguito a la mesa únicamente con Javier Portales -y el Flaco García haciendo las veces del Gallego Irízar, el Preso e incluso Mario Sapag-, Altavista retornó a su camarín y, pasadas las 14 horas, sucumbió a otro festín, al menos, para quien tiene contraindicadas las ingestas opíparas: sándwich de miga y torta de dulce de leche, combinación que regó con un frugal té con miel. La infusión no tenía una finalidad compensatoria; por el contrario, procuraba aligerar la convalecencia de una bronquitis aguda que le había provocado al artista un adelgazamiento abrupto.

                                                   
     Tanto María Rosa Fugazot como Silvia Peyrou coinciden en que el disparador -vaya paradoja- fue la detonación de un revólver de utilería que -ambas estiman- alteró el sosiego del capocómico, mientras este repasaba el libreto de La familia, segmento del programa en el que personificaba al Tío Cheto.
     Desde ya, el actor no estaba en condiciones de averiguar el porqué del desencadenamiento de su arritmia, añadidos la sensación de ahogo y el dolor en el flanco izquierdo de su pecho, que por otro lado ya había experimentado reiteradamente. Quizá por ello no se amedrentó en un principio y se ciñó a su
eficaz método de curación casero, esto es, recostarse sobre el sillón más próximo a sí mismo y ejercer presión sobre su vena yugular con la mano derecha. De esa manera, al bajar la tensión, la sangre es bombeada al corazón y el ritmo cardíaco retorna a niveles deseables. No funcionó. Peor aún, el humorista supuso inminente una descompensación más grave. Ya eran las cuatro de la tarde...
     "Calmate, Juan Carlos, pronto va a pasar", intentó tranquilizarlo su amiga y enfermera particular Ana María Galeando de Daoud, alias Cuca, ladera de Altavista desde 1982. Fue en ese mismo año que el artista, tras ser internado por una perniciosa neumonía vírica que derivó en la extracción de la base de uno de sus pulmones, permaneció al margen del ambiente del espectáculo por un período de siete meses.
     Cercano al colapso, el cómico relativizó su cuadro ante la presencia de Juan Gabriel, aunque procedió en sentido diametralmente opuesto en cuanto divisó a Ana Clara. Como su hijo menor no creyó en absoluto en la palabra de su progenitor, se determinó su traslado al centro asistencial más próximo, no sin antes Altavista ofrecer sentidas disculpas a sus compañeros de elenco por postergar la grabación del programa y, a la vez que les tiraba besos, les aseguró que prontó se reacoplaría a sus labores.
      Juan Gabriel se adueñó del volante del BMW y, mientras atravesaba a toda máquina calles y avenidas en sentido contrario al tránsito, Cuca sugirió que llevaran a Minguito al Hospital Ramos Mejía pues allí laboraba su médico particular, Mauricio Rosenbaum. Ya entonces, el pedido del actor había mutado a súplica: "¡Me ahogo, me ahogo! ¡Por favor, ayúdenme!"

sábado, 2 de julio de 2016

           En reivindicación de Carlos Bilardo (segunda parte)
                                           
                                                     

     "A la gloria no se llega por un camino de rosas", asevera uno de los preceptos primordiales de Osvaldo Juan Zubeldía. A fines de ejemplificar su postulado, el entrenador de Estudiantes citó en la estación Constitución al grupo de jugadores con los que solía viajar desde Buenos Aires hacia La Plata, una hora y media antes del horario habitual en que abordaban el tren. Una vez hubieron llegado sus subordinados, el técnico les indicó que repararan en la extenuada expresión de la presurosa muchedumbre que, con denuedo, pugnaba por ocupar un lugar en los atestados coches. "La gente corre porque va a trabajar y algunos se levantaron a los 5 para poder llegar acá. Y ahora se van a pasar ocho, diez, doce horas en una oficina, un talle o en una obra en construcción. Ninguno gana ni la cuarta partes de los que ganan ustedes", afirmó el entrenador. Y añadió: "Cuando yo les hablo en los entrenamientos de trabajar para mejorar, de sacrificar cosas para ser mejores futbolistas, a lo mejor algunos piensa que estoy pidiendo mucho. Si ustedes fracasan en el fútbol, pueden terminar corriendo como estar personas que no tuvieron la suerte de jugar, porque no les va a quedar otro remedio. Ellos no tienen otra posibilidad y tienen que hacerlo aunque nos les guste. Ustedes son jóvenes, juegan al fútbol, tienen toda la chance de tener un futuro distinto y mucho mejor. Los hice venir más temprano para que vean esta realidad."
      Uno de esos futbolistas era Carlos Salvador Bilardo; acaso, el que más fielmente reprodujo los fundamentos su maestro. Jamás cuestionó las rígidas aunque novedosas implementaciones que en los años '60 introdujera Zubeldía para catapultar a Estudiantes a la cima del Mundo : jornadas de doble turno de entrenamiento, así lloviera, tronara o nevara; concentraciones prolongadas;, interminables sesiones de proyección de partidos en cintas de video, no sólo para pulir defectos en el funcionamiento colectivo e individual, sino a su vez para estudiar virtudes y defectos de los rivales de ocasión-;  práctica hasta la saciedad de todo tipo jugadas de pelota parada, como córners y tiros libres; ensayos exhaustivos de cómo contrarrestar y dejar en offside al equipo contrario...Por el contrario, el doctor las hizo celosamente suyas. Ni siquiera se permitió el mas mínimo reproche cuando, producto del ajetreado calendario a nivel local e internacional que debía asumir el cuadro pincharrata en 1968, Zubeldía -que no el padre Jorge Tiscornia de la iglesia San Carlos Borromeo, del barrio capitalino de Almagro- lo casó en menos de una semana con su estoica esposa, Gloria.
       Como entrenador de la Selección Nacional, Bilardo seguramente habría honrado a su maestro, fallecido el 17 de enero de 1982, cuando, lejos de tomarse vacaciones del inconmesurable trajín que le deparara el año anterior, convocó a comienzos de 1986 a una nómina compuesta por 14 jugadores a efectuar una mini pretemporada en la localidad de Tilcara, provincia de Jujuy, cuyo abrazador calor estival y altitud -2645 metros sobre el nivel del mar- se prestaban idóneos para lograr la más óptima ambientación al clima de la Ciudad de México Puebla, sedes a las que había sido destinado el elenco albiceleste en la fase inicial de la Copa del Mundo.
       Junto con el Narigón y su cuerpo técnico, viajaron hacia el norte del país estos futbolistas: Ricardo Enrique Bochini, Ricardo Omar Giusti y Néstor Rolando Clausen, de Independiente; José Luis Brown y Luis Alberto Islas, de Estudiantes; Jorge Alberto Comas y José Luis Cuciuffo, de Vélez; Sergio Daniel Batista y Claudio Daniel Borghi, de Argentinos; Carlos Daniel Tapia, de Boca; Oscar Alfredo Ruggeri, de River; Oscar Alfredo Garré, de Ferro, Sergio Omar Almirón, de Newell's; y Oscar Alberto Dertycia, de Instituto.

                                                 

        Allí, por espacio de diez días, no sólo se pautó como objetivo conseguir la mejor performance física de cada jugador, a cargo de Bernardo Lozada, médico especializado en el trabajo con atletas que se desempeñan en climas adversos, sino que se procuró emular el modus vivendi que le depararía a la delegación argentina su estadía en la nación azteca. En ese sentido, por caso, los partidos amistosos -especialmente ante el club local Pueblo Nuevo- se jugaron al mediodía, el mismo horario en que el representativo argentino dirimiría sus desafíos en el mundial.
       Fuera de la metódica preparación, la comitiva albiceleste, más que abrasada, abrazada por el calor...de los hospitalatrios nativos, realizó asiduas visitas a la Iglesia Nuestra Señora del Rosario, en la que coincidieron en elevar a la Virgen de Copacabana de Punta Corral -"La mamita de los Cerros"- la promesa de volver -descalzos y de rodillas, si hacía falta- a Tilcara, si conquistaban el título en México, según sostienen los lugareños hasta el día de hoy . Lo que finalmente no ocurrió, con consecuencias nefastas para el porvenir del fútbol argentino, reza una extendida creencia (1).
     Claro que no todo pasaba por las exhaustivas jornadas de entrenamiento y el confinamiento al encierro del hotel  en el que se alojaba la delegación celeste y blanca. Al enterarse de que, en virtud de la llegada de un contingente de turistas proveniente de Rosario, se ofrecía una fiesta en un salón distante a pocas cuadras del hospedaje, Bilardo autorizó al plantel a concurrir al mitin, siempre que regresaran a la una de la madrugada.
     No era que, a sabiendas de que en el festejo se servirían bebidas de distinta graduación alcohólica, el doctor dudara de la conducta de sus dirigidos. Tampoco que pretendiera cerciorarse de que aquéllos abandonaran el recinto en el horario convenido. Si Carlos Salvador concurrió a esa fiesta de disfraces fue porque nada en esta vida -salvo el fútbol- lo apasiona más que bailar. Así como en sus mocedades -en la que no lo apodaban Narigón, sino Sonrisa o Flacoigual que a su más enconado enemigo- frecuentara discotheques como Dominó y Montecarlo junto con sus entrañables compinches, los actores Juan Carlos Calabró y Alfonso Pícaro, Bilardo se lució en la pista de baile travestido de mujer colla, ante la atónita mirada del Cabezón Ruggeri y el resto de sus compañeros. Tanto disfrutó con sus danzarines, que inclusive autorizó a la muchachada a permanecer en el distendido festejo hasta las 3 AM.
     El acondicionamiento en el pago jujeño satisfizo a Bilardo por dos razones principales: 1) La armoniosa convivencia de la plantilla, en sintonía con su noción de "grupo" 2) La atinada detección de los efectos colaterales que pudieran provocar la presión, el calor y la altura en los jugadores, los que fueron minando progresivamente para así permitirles alcanzar un auspicioso rendimiento.
     Por supuesto, en contrapartida con los cumplidos que le dispensaran por su trabajo las coberturas de los medios foráneos enviados a Tilcara -como la del prestigioso periódico italiano Il Corriere Dello Sport-, la prensa doméstica menospreció la valía del sistema de aclimatación propuesto por Bilardo, la del oponente local con el que el equipo había confrontado y hasta se mofó del estado de la cancha en la que los futbolistas se habían entrenado, por no mencionar sus quejas respecto de la ausencia de Diego Armando Maradona, Daniel Alberto Passarella y otros valores que se desempeñaban en el mercado europeo.
     Del escarnio público, al intento forzado de destitución. En pos de inaugurar la temporada, la Selección Argentina emprendió una pequeña gira por Europa en la que inició su participación con una inobjetable caída en París ante Francia -entonces campeón de la Eurocopa- por 2 a 0, antes de obtener dos triunfos consecutivos frente al Nápoli de Maradona -el Diez jugó únicamente para el combinado nacional- por 2 a 1 y vs el Grasshopper de Suiza por la mínima diferencia, insignificantes de acuerdo con la concepción de la crítica generalizada.

miércoles, 29 de junio de 2016

         En reivindicación de Carlos Bilardo (primera parte)
                                                 

                                                     
     El hombre de la nariz prominente se posicionaba como el candidato idóneo a asumir como director técnico de la Selección Nacional. Se requería la presencia de un doctor para mitigar los dolores ocasionados por el inexorable epílogo de La Fiesta de Todos, de la que derivó en el cenit de su esplendor la primera Copa del Mundo obtenida por el equipo argentino.
     Aun beneficiado por la reciente conquista del Campeonato Metropolitano de 1982 con Estudiantes, Carlos Salvador Bilardo ostentaba una vasta trayectoria como futbolista y director técnico.
     Luego de desempeñarse en San Lorenzo y Deportivo Español, recaló en el prolífico cuadro pincharrata que se coronó a nivel local, continental, interamericano e inclusive mundial durante el segundo lustro de la década de 1960, en donde si bien no destacó por su virtuosismo, se graduó como alumno aventajado de su mentor, don Osvaldo Juan Zubeldía.

                                              


     Retirado de la práctica activa, fueron sus excompañeros del León quienes lo encumbraron como DT de un equipo bajo cuya conducción no solo evitó la pérdida de la categoría durante el Metro '71, sino que a su vez consiguió un decoroso subcampeonato en el Torneo Nacional de 1975 . Idéntico logro redundó de sus ciclos en Deportivo Cali, tanto en la División Mayor del Fútbol Colombiano como en la Copa Libertadores de 1978 -en la que cayó en las finales frente al Boca del Toto Lorenzo-, antes de su discreto paso por San Lorenzo (1979), al que siguió su frustrada gestión en la Selección de Colombia, con la que no pudo clasificar al Mundial de España 1982.
     Por supuesto, Julio Humberto Grondona no desconocía ni la considerable experiencia ni los recientes laureles conseguidos por Bilardo. Su escepticismo, en cambio, residía en su prejuicio para con el Narigón, sindicado como el exponente dentro del campo de juego del Antifútbol al que infundadamente se acusaba de pregonar a Zubeldía, ese que, entre otras artimañas, consentía burlar el umbral del reglamento pinchando con alfileres y echándole tierra a los ojos a sus rivales, los mismos a los que -supuestamente-se les realizaba un minucioso trabajo de inteligencia respecto de su vida privada para que, una vez en el fragor del partido, distraerlos de sus funciones al mentar a sus esposas, hijas u otros íntimos. El entonces titular de AFA, que otrora lo fuera de Independiente, a su vez el club de sus amores, no podía olvidar que Bilardo se había erigido en uno de los protagonistas estelares de las ardorosas batallas que Estudiantes y el Rojo de Avellaneda libraran en la Copa Libertadores 1968, la primera de las tres consecutivas que conquistara el conjunto de La Plata (1).
    Pese a su renuencia original a asistir a un simposio organizado por la revista El Gráfico a fines de 1982, en el que a su vez se llamó a disertar a Bilardo, a Grondona acabó por seducirlo el discurso del aún entrenador de Estudiantes, quien se juraba un incondicional del orden, organización y disciplina, justamente de lo que había carecido -a la vez que de hambre de gloria- la Selección Nacional en el certamen mundialista de España. Amén de la deslucida campaña ofrecida por la escuadra dirigida por César Luis Menotti, la dinámica de la (des) concentración en la que se alojó
 la comitiva albiceleste resultó alterada por la constante presencia de empresarios, intermediarios y directivos de las instituciones más reputadas del planeta, ávidos por adjudicarse los concursos de las estrellas argentinas...y por la notoria ausencia del director técnico, quien más preocupado por cuestiones íntegramente ajenas a su cargo, delegaba el mando en el capitán del equipo y en su segundo, Daniel Alberto Passarella y Américo Rubén Gallego, respectivamente.

                                             

     Fue así que Carlos Salvador Bilardo, aun pese al ruego de los fanáticos pincharratas por que permaneciera en el club, aceptó la oferta del pope mayor de AFA y rubricó el jueves 24 de febrero de 1983, a las 19.35, el contrato que lo ligaba como entrenador del seleccionado argentino, flanqueado por dos de sus compinches de los años '60: Carlos Oscar Pachamé (ayudante de campo) y Raúl Horacio Madero (médico), así como por Ricardo Echeverría en la preparación física, quien cautivara al Narigón cuando este último reparara en su destacada labor como profesor en las colonias de vacaciones de verano que albergaba el club Estudiantes en su seno. A ellos se acoplarían los secretarios técnicos, Mario Porras y Rubén Moschella; el secretario adjunto, Roberto Mariani -suerte de segundo de Pachamé en la ayundantía-; Roberto Molina, masajista; y los utileros Roberto Tito Benrós y Miguel Di Lorenzo, más conocido como Galíndez.
     En resumidas cuentas, "...el equipo del Narigón", tal como reza un viejo cántico del tablón.

lunes, 23 de mayo de 2016

                     ¡Feliz cumpleaños, viejo y querido obelisco!
                 
                                                   

      El centro visual de la Ciudad de Buenos Aires está de parabienes. Difícilmente podamos resistirnos a envidiar su robusta y longeva salud. Elegante, asimismo, se reveló desde su misma concepción, que lo vistió de blanco resplandeciente. Aun fastuoso, inconquistable, insuperable, así como inmortalizado en canciones y poesías, el imponente monumento supo alguna vez sumirse a la defenestración pública, que inclusive amenazó con su prematuro desenlace. Sin embargo, la atinada intervención de un funcionario oficial,  clamor popular, erigieron al Obeliscoque hoy cumple 80 años, tanto en auténtico patrimonio nacional como en el epicentro de la celebración de nuestros hitos políticos, deportivos y artísticos.
       Llamada a emplazarse en un baluarte de la región capitalina, en lugar de la colosal obra se localizó durante más de 200 años la original Basílica de San Nicolás de Bari, fundada en 1733, a instancias del militar y empresario español Domingo de Acassuso, quien insólitamente no llegó a atestiguar el estreno de su creación al morir en 1927, luego de caerse desde un andamio en plena construcción de la parroquia.
       Fue allí en donde, merced a la figura de Manuel Belgrano, se enarboló por primera vez la enseña patria, el domingo 23 de agosto de 1812, jornada en la que el prócer -al mando del Ejército del Norte, en pleno enfrentamiento bélico con las huestes realistas- protagonizara la gesta conocida como Éxodo Jujeño. Además, en la extinta iglesia, se produjo, en 1913, el bautismo de San Héctor Valdivielso, el primer santo que tuviera a bien acoger Buenos Aires, habida cuenta de su canonización (1999), quien falleciera a sus jóvenes 24 años, fusilado en España en ocasión de la Revolución de Asturias de 1934 que derivaría en la cruenta Guerra Civil Española.
        Por otra parte, a resguardo de la trágica epidemia de fiebre amarilla que en 1871 azotó la metrópoli porteña, acudieron en masa hacia la basílica los niños cuyos padres habían resultado víctimas de la fatal enfermedad. De allí que el presbítero Eduardo O' Gorman, precursor de la veneración a la Virgen de los Desemparados, montara El Asilo de Huérfanos, que rescató de la mendicidad no solo a menores de edad sino también a mujeres y ancianos caídos en desgracia.

                                                 

        Subsanados los efectos del devastador flagelo, sobrevino el advenimiento de la modernidad, a la usanza europea, que se propuso transformar definitivamente la fisonomía de Buenos Aires. Como prueba cabal, el ensanchamiento trazado en las principales arterias de la creciente urbe: Diagonal Norte y las avenidas 9 de julio -la más ancha del mundo- y Corrientes, en cuya confluencia se planificó la construcción de una rotonda a efectos de fomentar el óptimo flujo de tránsito, y la demolición y ulterior traslado a la avenida Santa Fe de la Basílica San Nicolás de Bari, pues en el mismo solar se había estimado el levantamiento de un suntuoso monumento.
       A ese respecto, Mariano de Vedia y Mitre, intendente porteño durante la fraudulenta presidencia del general Agustín Pedro Justo, se anticipó a la moción bicameral de la Unión Cívica Radical de erigir allí una estatua en memoria del ex Jefe de Estado, Hipólito Yrigoyen; y en coincidencia con el cuarto centenario de la primera fundación de Buenos Aires -que su descubridor, Pedro de Mendoza, bautizara como "Santa María del Buen Ayre"-  rubricó el 3 de febrero de 1936 un decreto en virtud de "la ejecución de una obra de carácter extraordinario que señale al pueblo de la República la verdadera importancia de aquella efeméride. Que no existe en la ciudad ningún monumento que simbolice el homenaje de la Capital de la Nación Entera".

                                             

       De ese modo, se facultó a Alberto Prebisch y a G.E.O.P.E-Siemens Baunnion- Grünn & Bilfinger, arquitecto diseñador y compañía contratista, respectivamente, la construcción a partir del 20 de marzo de aquel año de un monumento de 67,5 metros de alto -coronado por una punta estilo roma y un modesto pararrayos, imperceptible este último a simple vista producto de la considerable altura de que se dotó a la esplendorosa obra - y 170 toneladas de peso, que se montó -favorecida por el tendido subterráneo de la Línea B- en el tiempo récord de 31 días. La empresa solicitó el denodado esfuerzo de 157 empleados, encargados de recubrir la estructura con 680 metros de cemento Incor -de rápido endurecimiento- y 1360 mts. cuadrados de piedra Olsen, procedente de la provincia de Córdoba.
       Para acceder al interior de lo que Prebisch denominó como "Obelisco", al ser tal la forma de los tradicionales monumentos cuyos orígenes se remontan al Egipto del año 2500 A.C. , ha de emplearse la única puerta que la obra posee -situada en el frente oeste-, antes de recorrer una escalera del tipo marinera de 206 escalones, provista a su vez de siete descansos cada ocho metros y de un último a seis mts., si se pretende alcanzar la cima. Allí, se halla un habitáculo de tres metros por tres , destinado únicamente a tareas de mantenimiento,en el que se aprecia una roldana para subir materiales y cuatro ventanas con sus respectivas lámparas que alumbran la punta, en la que -según asegura una leyenda- habría empotrada una caja de hierro con una foto del jefe de máquinas de la constructora y su esposa, con una misiva dirigida a quien derribe al gigantenco emblema porteño.
      ¿Cuánto costó el levantamiento del Obelisco? 200.000 pesos moneda nacional...y la vida del obrero italiano José Cosentino, quien murió instantáneamente luego de tropezar desde una de las bóvedas del cimiento del monumento.

                                             

        Aun pese al desgraciado episodio -de relativa repercusión masiva- y de la pegajosa humedad traducida en lloviznas desde las primeras horas de la jornada -que los ansiosos espectadores del estelar acontecimiento recibieron con júbilo  al emparentarlas con fechas patrias , como las precipitaciones que caracterizaran al histórico 25 de mayo de 1810-, se anunció la inauguración oficial del obelisco de la Ciudad de Buenos Aires, de la Plaza de la República y el ensanchamiento de la avenida Corrientes  en la tarde del sábado 23 de mayo de 1936, a las 15.
      La multitudinaria ceremonia, en la que convergieron los más notables representantes nacionales, militares y eclesiásticos, a la par que los ciudadanos de a pie, fue precedida por el sincronizado desfile en doble fila semicircular del Regimiento de Granaderos a Caballo, mientras que la policía pugnaba por contener el avance de la entusiasta concurrencia en las aceras exteriores de la rotonda, y los balcones y azoteas de los edificios adyacentes -algunos de ellos, expropiados en favor de la construcción del reluciente monumento- se llenaban de intrusos y/o curiosos.

martes, 26 de abril de 2016

                 
                Maradona preso: mi inocencia interrumpida

                                             

       -Ma, ¿es él?- pregunté sollozante, como esperando la confirmación menos deseada.
     -Sí, hijo. ¿Quién si no? - respondió mi vieja, cuando las lágrimas, a borbotones, habían ganado su expresión.
      El escueto diálogo finalizó abruptamente.


      No podía ocurrir en otro momento del día. En coincidencia con el ocaso del viernes 26 de abril de 1991, dos de los más conspicuos feligreses del credo maradoneano asistíamos apabullados a la televisadísima y poco espontánea redada policial que derivó en la detención del D10S del fútbol
     El colmo de la impotencia consistía en que nuestro ídolo estaba siendo arrestado a tan solo seis cuadras de casa, en esa esquina de Franklin y Rojas del barrio porteño de Caballito casi tan célebre como se constituiría a posteriori la intersección de la avenida Segurola y (La) Habana de Villa Devoto, en la que Diego Armando retaría a duelo a cierto belicoso rival.
      Nunca en mi existencia maldije tan enfáticamente mi tierna edad. Resultaba risueño siquiera pensar en que un mozalbete de diez años pudiera apersonarse en la contingencia del procedimiento y evitar que apresaran a su más preciado héroe. Abatido, me dirigí hacia el mismo patio en el que con asiduidad intentaba emular las destrezas del Diego -siempre fui tan zurdo como él y, además, en esa época, en los picados me desenvolvía en su mismo puesto- a afrontar mi pena en absoluta soledad. Era plenamente consciente de que nada podía hacer por el Pelusa, al que la maraña de cámaras y flashes lo retrataban barbudo -síntoma inequívoco, según ciertos ejemplares que creen conocerlo a fondo, de que el astro anda en la mala-, desvariando y con cara lisérgica.
      Aun encanado, suspendido por habérsle detectado dóping positivo (1) y defenestrado por los dogmáticos de ocasión, la admiración que entonces le tributaba a mi idolatrado no disminuyó ni un ápice.
      Sin embargo, admito que fue allí que, por más de una razón, sentí ultrajado mi aniñado candor. Desde la "revistita" -tal como llamaba Maradó a El Gráfico cuando ambos rompían relaciones- (2), en rigor, una de las publicaciones que tan prematuramente me movieron a interesarme en el periodismo, sugerían que en el dispositivo montado el 26/4, el Diez -a quien cuando ejemplo adularon hasta la saciedad- había sido pillado en la misma cama con dos amigos suyos.

jueves, 3 de marzo de 2016

           
                 Boca vs Racing: la rivalidad a través de los ídolos
                                             



     La verdad es que Racing no se conforma con minucias al momento de arrogarse los votos de un ídolo. En el plano musical, al menos, sus aseveraciones se cimientan en la seducción que envolvió al máximo exponente del tango por la Academia en sus años esplendorosos del Amateurismo ¿La prueba irrefutable? La gema que le tributara Carlos Gardel a Pedro Ochoa, prolífico delantero del cuadro de Avellaneda, el único en el que se desempeñara en toda su trayectoria (1917-1931). “…Ser como Ochoíta, el crack de la afición...", versa Patadura, una de las incontables genialidades del Zorzal Criollo (1).
      Asimismo, una especie afirma que el beatle John Lennon expresó su favoritismo hacia el cuadro racinguista en virtud de la inminente definición de la Copa Intercontinental 1967, obtenida por la Academia ante el Celtic de Escocia, corroborada por el testimonio del Chango Juan Carlos Cárdenas, autor del zapatazo que le legara a la Academia el título mundial (2). Evidentemente, Inglaterra poseía entonces una enemistad –no sólo en la faz deportiva- más acentuada que con Argentina.  Sí, aún pese al escandaloso cotejo de la Copa del Mundo del año inmediatamente anterior, celebrado en feudo de la Rubia Albion, en el que los encolerizados adherentes locales despidieron al unísono a nuestra Selección Nacional con un sonoro improperio: "animals", merced a las sucesivas osadías que cometiera Antonio Ubaldo Rattín luego de su controvertida expulsion.
      No obstante, al pretender los fanáticos de Racing adueñarse de la predilección del líder político más carismático de la Nación, emerge un nuevo capítulo de la encendida rivalidad que, desde hace más de un siglo, mantienen con sus pares de Boca, a la que también se la vincula estrechamente con el General, en una puja sin cuartel entre el mito y la realidad. 
      “Presidente Perón”, tal la pomposa gracia del estadio inaugurado el domingo 3 de septiembre de 1950, en la intersección de las calles Corbatta –ex Cuyo- y Mozart, Avellaneda. El hecho que el ex Jefe de Estado haya legado su nombre al escenario apodado el Cilindro, es una poderosa razón como para que los hinchas de la Academia –y hasta los entusiastas de otros clubes- relacionen instantáneamente al caudillo con la insignia blanca y celeste.
       Prosiguiendo con la atadura de cabos falsos, la legión racinguista puede esgrimir que bajo su mandato su club se acreditó no sólo su primera estrella en el Profesionalismo(1949), sino al mismo tiempo el tricampeonato, al añadirse los títulos de los dos años subsiguientes. Incluso, aquellos que no se fijan en las formas se regodearán con la polémica consagración de Racing ante Banfield en 1951, en la que se asegura primó afano…samente la grandeza del cuadro de Avellaneda.

martes, 12 de enero de 2016

                                             Funes, corazón de búfalo
                                                        
                                                       

                                       

        "¿El delantero que más me costó? Tengo el recuerdo de un partido con Gimnasia y Esgrima de Mendoza, por el Campeonato Nacional. El Polaco (Vladislao) Cap nos había avisado que el 9 de ellos era bravo, asi que armó todo para que la pareja de centrales fuera (Oscar Alfredo) Ruggeri como libre y yo saliendo a buscarlo, la cosa es que choqué tres o cuatro veces durante el primer tiempo y me mató. Codazos, pisotones; estaba todo roto. Entonces le pedí a Ruggeri que fuera un poco él...le dio también para que tenga". Claro que Roberto Aníbal Passucci desconocía que el ignoto cuan corpulento atacante rival, quien en pos de recobrar las energías perdidas tras un extenuante partido solía bajarse un sachet de leche de una sola sentada, estaba acostumbrado a lidiar con fieras auténticas que en comparación reducían al mínimo la bravura de semejante pareja de zagueros centrales. Menos aun, el inexpugnable defensor imaginaba que para el Rambo de 1.80 metros y 90 kilogramos de peso era usual adentrarse por largos días y noches en el frondoso monte puntano, testigo privilegiado de sus encarnizados duelos con jabalíes y pumas, ya fuese cuchillo en mano o a fuego de carabina.
       Eso sí, la caza representaba apenas una de las aficiones de Juan Gilberto Funes, nacido el viernes 8 de marzo de 1963 en la capital de la provincia de San LuisPapá Pedro le legó su primer nombre en conmemoración de su ídolo, Juan Gálvez, quien curiosamente había fallecido cinco días antes que el recién llegado. No extrañó por tanto, la creciente pasión por los fierros que heredara El Sapo -tal uno de sus primeros apodos-. Ya en su temprana infancia, se la pasaba en el taller mecánico familiar. Allí, sentó los cimientos de su legendaria potencia mediante una práctica -en principio- temeraria producto de su prematura edad: alzaba las pesadas cajas de velocidad de los Mercedes Benz, empleando un  grueso lazo trenzado que ataba a su cuello, únicamente con las fuerzas de sus brazos y piernas, con la finalidad de que tales armatostes se unieran eficientemente al motor de los automóviles.
       A su vez, El Juan - alias de índole familiar-,  iniciaba su  trayectoria como jugador en el club de baby fútbol Parque Patricios, cuyas auspiciosas actuaciones posibilitaron su posterior traspaso a Huracán de San Luis, para el que se desempeñó en la Liga local hasta 1981. Entonces, sobrevino el (casi) debut oficial de Funes: Sarmiento de Junín, que había ascendido por primera vez en su historia a la élite del fútbol argentino, solicitó sus servicios para afrontar el Torneo Metropolitano que a la postre obtendría el Boca de Diego Armando Maradona. En los cuatro meses que se desempeñó en las filas de El Verde, el fornido centrodelantero forjó una estrecha amistad con Ricardo Alberto Gareca, una de las figuras del equipo, al tiempo que el principal  responsable de su relegamiento al banco de suplentes e inclusive a la Reserva.
      Frustado su bautismo de fuego en Primera División, Funes propició el retorno al cobijo de sus pagos natales para recalar respectivamente en Jorge Newbery de Villa Mercedes y Sportivo Estudiantes de San Luis, en un marco más emparentado con el "alma de potrero" que cierta vez el atacante declaró poseer. De su tranco arrollador sabían asimismo en las provincias vecinas; de ahí que fuera contratado en 1983 por Gimnasia y Esgrima de Mendoza, que a instancias de su consagración en su Liga de origen, accedió a disputar el Campeonato Nacional, en el que el puntano anotó sus primeros (dos) goles en la máxima categoría. Una de ellas, ante los Xeneizes, en ocasión de un empate en un tanto, en el Estadio Malvinas Argentinas.
      Las incipientes condiciones del robusto Juan Gilberto acabaron por confirmarse definitivamente, en la que es hasta el momento la última incursión del Lobo mendocino en 1ra. Las cinco conquistas que señaló en la fase inicial del Nacional '84 fueron determinantes para que Gimnasia clasificara a la segunda ronda, en la que no obstante sumara una nueva anotación, su equipo fue eliminado en cuartos de final por Argentinos, campeón del certamen. De ese modo, su primera experiencia en el exterior no tardó en efectivizarse...