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miércoles, 18 de septiembre de 2019


             Gales 1999, el primer rugido mundialista de Los Pumas


                                                     
    Ocurrió hace exactamente 20 años. Luego de tres intentos frustrados, Los Pumas consiguieron trascender el umbral de la ronda inicial de la Copa del Mundo de rugby, logro que se supone modesto si se lo compara con la actuación del equipo argentino en las ediciones subsiguientes.
   Es que, excepción al margen, el equipo argentino igualó y hasta superó en dos oportunidades la labor cumplida en el torneo de Gales 1999. Hazaña al fin, sobre todo en el cenit de la inédita conquista, la tan postergada clasificación a cuartos de final de un Mundial adquiere el carácter de hazaña no solo por haber revertido la Selección Nacional el denso historial de antecedentes frustrantes en la competición, sino también por su deficitaria campaña a corto, mediano y largo plazo, realizada a modo de preparación para el culminante acontecimiento, y por la sucesión de conflictos protagonizados por jugadores, entrenadores y dirigentes en la inminencia del evento que en la previa tornaban impensada tan elogiable actuación.


                                         
                                                La pesada herencia
                                                   
   El estreno de Los Pumas en la Copa del Mundo coincidió con la edición inaugural del torneo, Nueva Zelanda 1987, principal sede organizadora con la que colaboró Australia. En ausencia de fase eliminatoria, la World Rugby determinó que siete de sus ocho integrantes originales -salvo Sudáfrica, suspendida de intervenir en competencias internacionales por la política de segregación racial que entonces imperaba en su seno, conocida como apartheid- recibieran invitación directa a participar del evento. Al resto de los países intervinientes el organismo rector les acercó una especie de convite digitado, fundamentado en la tradición de que los mismos gozan en la disciplina. Así, se conformó un campeonato de 16 selecciones, divididos en cuatro grupos de idénticos componentes entre los que se hallaba Argentina, destinada a confrontar en la Zona C con los All Blacks, Fiji e Italia.
    Capitaneado por el insuperable Hugo Porta en su primera y única actuación mundialista, Los Pumas debutaron con una inesperada derrota ante el conjunto fijiano (9-28). La escuadra dirigida por Héctor Pochola Silva y Ángel Papuchi Guastella, que había subestimado sobremanera a los del Pacífico Sur producto del saldo favorable derivado de la (única) serie favorable de test-matches mantenido por ambos, se rehabilitó parcialmente en su segunda presentación al vencer a la Selección Azzurri por 25 a 16. Aun pese al laborioso halago, el team celeste y blanco estaba obligado a superar a los neozelandeses o señalarles tanto como cuatro tries si pretendía avanzar a la siguiente ronda. Ni lo uno ni lo otro: el anfitrión se impuso por 46 a 15 y Los Pumas vulneraron el ingoal rival en una sola ocasión. El tercer puesto del equipo argentino en su correspondiente grupo decretó la prematura eliminación del certamen, en el que se consagraron los All Blacks liderados por John Kirwan, Grant Fox, Michael Jones y Sean Fitzpatrick al doblegar en la final a Francia por 29 a 9.

                                                         

    A diferencia de su predecesora, la Copa del Mundo albergada por Inglaterra en 1991 -secundada en la celebración por Francia, Escocia, Irlanda y Gales- adoptó una variante en el método de clasificación. Si bien la World Rugby mantuvo su disposición de invitar directamente a la práctica totalidad de sus miembros fundadores -salvo Sudáfrica, reemplazada por Fiji merced a su pase a los cuartos de final en Nueva Zelanda '87-, las demás selecciones no tuvieron más opción que abocarse a una instancia eliminatoria previa a efectos de acceder al torneo.
   Fue así que, pese a la suerte dispar que le reportó su producción en la Zona Americana, en donde cayó frente a Canadá por 9-15 y 6-15 como local y visitante, respectivamente, y superó a Estados Unidos (23-6 L y 13-6 V), Argentina se aseguró su plaza en la Rugby World Cup (RWC) para cotejar en la etapa preliminar con Australia, Gales y Samoa Occidental, en un marco de transición en lo concerniente a la formación de su primer equipo. El fin de la trayectoria mundialista en Los Pumas de notables como Porta, el Chapa Branca, Serafín Dengra, el Aguja Fabio Gómez y Rafael Madero -padre de Benjamín-, entre otros, se tradujo en la presentación oficial en la Copa del Mundo de valores de la talla de Lisandro Arbizu, Gonzalo Camardón, Santiago Mesón, Pablo Garretón, Federico Méndez y Martín Terán. Los Diegos Cash y Cuesta Silva fueron los únicos que quedaron del plantel que cumpliera un mediocre papel en 1987.
   La Selección Nacional comenzó su participación enfrentando a Australia. Los Wallabies de David Campese, Michael Lynagh, John Eales y Tim Horan se las apañaron para prevalecer por 32-19 sobre el equipo comandado por la dupla técnica Luis Gradín y Guillermo Lamarca. De hecho, ningún equipo -ni siquiera los All Blacks en las semifinales- lograron anotarle tantos puntos al postrero campeón del certamen como Los Pumas en aquel duelo.
   En su segundo encuentro, el conjunto albiceleste chocó con un alicaído Gales, que venía de padecer un sorpresivo traspié con Samoa Occidental. Sin embargo, los visitantes pumas -el partido se jugó en el ya demolido Cardiff Arms Park, actual Millenium Stadium- no consiguieron revertir la tendencia desfavorable y sucumbieron por 16 a 7.
    Ya en su presentación de cierre en la fase inicial, el combinado albiceleste fue apabullado en todo sentido por los isleños, que triunfaron por 35 a 12, lo que le significó a Los Pumas ocupar la última posición en el Grupo C sin unidades. Por cierto, en aquel partido, un violento altercado derivó en la expulsión de una figura emergente del combinado nacional, Pedro Sporleder, el único jugador argentino sobre quien hasta el momento pesó tal sanción en el historial de la Copa del Mundo.
    Abolido en su territorio el calvario del apartheid, a Sudáfrica le fue conferida la organización de la RWC 1995 a instancias del porte de su presidente, Nelson Mandela, quien concebía al rugby, deporte en el que los Springboks es uno de los seleccionados más poderosos del mundo, como un factor aglutinante exento de revanchismo racial, en el que podían confluir la hasta entonces predominantemente raza blanca con las minorías rezagadas a las que no se les permitía disfrutar de la pelota ovalada. La moción del Premio Nobel de la Paz 1993 resultó un éxito: el tan debutante como inclusivo equipo anfitrión, en el que destacaron los ya fallecidos Chester Williams, Joost van der Westhuizen y James Small a la vez que Francois Pienaar y Joel Theodore Stransky, batieron en una final de película a Nueva Zelanda -cuya sobresaliente figura resultó el asimismo inmortal Jonah Lomu, veinteañero tryman de la competición junto con su compañero de equipo, Marc Ellis (7)- por 15 a 12.
                                                 
 
      Respecto de la campaña de Los Pumas, su clasificación al Mundial estuvo precedida por el Campeonato Sudamericano de Rugby 1993, serie eliminatoria sin sede definida por cuyo ganador aguardaba Estados Unidos. Allí, Argentina se impuso consecutivamente a Brasil (114-3), Chile (70-7), Paraguay (51-3) y Uruguay (19-10) para después hacer lo propio en el cruce ante las Águilas norteamericanas, a las que derrotó por 28 a 22 como visitante y 16 a 11 como local. Así, el representativo celeste y blanco fue depositado en la Zona C de la RWC al igual que Inglaterra, Italia y Samoa, verdugo que sentenciara la estancia de los nuestros en 1991. Por lo demás, la Rugby Board resolvió -por última vez- la reiteración del formato de 16 participantes divididos en cuatro grupos de cuatro seleccionados en la primera fase, al tiempo que otorgó el acceso automático al torneo a los ocho equipos que intervinieron en cuartos de final en la Copa del Mundo inmediatamente anterior.
      Nuevamente conducido por un tándem de entrenadores, aunque en esta ocasión por la yunta Ricardo Paganini y Alejandro Petra, el combinado albiceleste viajó a Sudáfrica -en donde Hugo Porta revestía funciones de embajador itinerante- con una formación que contempló la convocatoria de ciertos integrantes de la edición mundialista '91 -entre ellos, Arbizu, Méndez, Sporleder, Llanes, Terán y el Cheto Santamarina- y el nombramiento de exponentes argentinos en ciernes como el Yanqui Rolando Martin, Diego Albanese y Agustín Pichot pese a que este último no sumó minutos en el campo de juego. Claro que tampoco eran para despreciar citaciones de la envergadura de Patricio Noriega, la Bruja Ezequiel Jurado, el experimentado Sebastián Salvat y José Cilley. El capitán en el período previo, Marcelo Loffreda, DT del elenco que calificó como tercero en la RWC 2007, fue desafectado del torneo en una determinación no exenta de polémica.
     Desafortunadamente, Los Pumas reprodujeron la pésima campaña del Mundial de Inglaterra. Fue precisamente ante el equipo de La Rosa que la divisa nacional perdió por 24-18 en su debut aun habiéndole señalado dos tries a su oponente contra ninguno del conjunto europeo, cuya totalidad de puntos correspondió, entre drops y penales, a los infalibles kicks de Christopher Rob Andrew.
     El desquite que no fue tal. En su siguiente compromiso, los albicelestes sufrieron su segundo revés al hilo con el combinado samoano (26-32), que a posteriormente avanzó de ronda al escoltar en la zona a su par inglés. El tempranero adiós de Los Pumas le valió una auténtica lección a los mandos superiores de la Unión Argentina de Rugby (UAR), empeñados en vetar a los jugadores que se desempeñaban profesionalmente en el exterior, entre ellos el cordobés Diego Domínguez y el proveniente de Rosario, Mario Gerosa, autores de 26 de los 31 tantos con que Italia sobrepasó los 25 que le marcó el cuadro nacional.

lunes, 23 de mayo de 2016

                     ¡Feliz cumpleaños, viejo y querido obelisco!
                 
                                                   

      El centro visual de la Ciudad de Buenos Aires está de parabienes. Difícilmente podamos resistirnos a envidiar su robusta y longeva salud. Elegante, asimismo, se reveló desde su misma concepción, que lo vistió de blanco resplandeciente. Aun fastuoso, inconquistable, insuperable, así como inmortalizado en canciones y poesías, el imponente monumento supo alguna vez sumirse a la defenestración pública, que inclusive amenazó con su prematuro desenlace. Sin embargo, la atinada intervención de un funcionario oficial,  clamor popular, erigieron al Obelisco, que hoy cumple 80 años, tanto en auténtico patrimonio nacional como en el epicentro de la celebración de nuestros hitos políticos, deportivos y artísticos.
       Llamada a emplazarse en un baluarte de la región capitalina, en lugar de la colosal obra se localizó durante más de 200 años la original Basílica de San Nicolás de Bari, fundada en 1733, a instancias del militar y empresario español Domingo de Acassuso, quien insólitamente no llegó a atestiguar el estreno de su creación al morir en 1927, luego de caerse desde un andamio en plena construcción de la parroquia.
       Fue allí en donde, merced a la figura de Manuel Belgrano, se enarboló por primera vez la enseña patria, el domingo 23 de agosto de 1812, jornada en la que el prócer -al mando del Ejército del Norte, en pleno enfrentamiento bélico con las huestes realistas- protagonizara la gesta conocida como Éxodo Jujeño. Además, en la extinta iglesia, se produjo, en 1913, el bautismo de San Héctor Valdivielso, el primer santo que tuviera a bien acoger Buenos Aires, habida cuenta de su canonización (1999), quien falleciera a sus jóvenes 24 años, fusilado en España en ocasión de la Revolución de Asturias de 1934 que derivaría en la cruenta Guerra Civil Española.
        Por otra parte, a resguardo de la trágica epidemia de fiebre amarilla que en 1871 azotó la metrópoli porteña, acudieron en masa hacia la basílica los niños cuyos padres habían resultado víctimas de la fatal enfermedad. De allí que el presbítero Eduardo O' Gorman, precursor de la veneración a la Virgen de los Desemparados, montara El Asilo de Huérfanos, que rescató de la mendicidad no solo a menores de edad sino también a mujeres y ancianos caídos en desgracia.

                                                 

        Subsanados los efectos del devastador flagelo, sobrevino el advenimiento de la modernidad, a la usanza europea, que se propuso transformar definitivamente la fisonomía de Buenos Aires. Como prueba cabal, el ensanchamiento trazado en las principales arterias de la creciente urbe: Diagonal Norte y las avenidas 9 de julio -la más ancha del mundo- y Corrientes, en cuya confluencia se planificó la construcción de una rotonda a efectos de fomentar el óptimo flujo de tránsito, y la demolición y ulterior traslado a la avenida Santa Fe de la Basílica San Nicolás de Bari, pues en el mismo solar se había estimado el levantamiento de un suntuoso monumento.
       A ese respecto, Mariano de Vedia y Mitre, intendente porteño durante la fraudulenta presidencia del general Agustín Pedro Justo, se anticipó a la moción bicameral de la Unión Cívica Radical de erigir allí una estatua en memoria del ex Jefe de Estado, Hipólito Yrigoyen; y en coincidencia con el cuarto centenario de la primera fundación de Buenos Aires -que su descubridor, Pedro de Mendoza, bautizara como "Santa María del Buen Ayre"-  rubricó el 3 de febrero de 1936 un decreto en virtud de "la ejecución de una obra de carácter extraordinario que señale al pueblo de la República la verdadera importancia de aquella efeméride. Que no existe en la ciudad ningún monumento que simbolice el homenaje de la Capital de la Nación Entera".

                                             

       De ese modo, se facultó a Alberto Prebisch y a G.E.O.P.E-Siemens Baunnion- Grünn & Bilfinger, arquitecto diseñador y compañía contratista, respectivamente, la construcción a partir del 20 de marzo de aquel año de un monumento de 67,5 metros de alto -coronado por una punta estilo roma y un modesto pararrayos, imperceptible este último a simple vista producto de la considerable altura de que se dotó a la esplendorosa obra - y 170 toneladas de peso, que se montó -favorecida por el tendido subterráneo de la Línea B- en el tiempo récord de 31 días. La empresa solicitó el denodado esfuerzo de 157 empleados, encargados de recubrir la estructura con 680 metros de cemento Incor -de rápido endurecimiento- y 1360 mts. cuadrados de piedra Olsen, procedente de la provincia de Córdoba.
       Para acceder al interior de lo que Prebisch denominó como "Obelisco", al ser tal la forma de los tradicionales monumentos cuyos orígenes se remontan al Egipto del año 2500 A.C. , ha de emplearse la única puerta que la obra posee -situada en el frente oeste-, antes de recorrer una escalera del tipo marinera de 206 escalones, provista a su vez de siete descansos cada ocho metros y de un último a seis mts., si se pretende alcanzar la cima. Allí, se halla un habitáculo de tres metros por tres , destinado únicamente a tareas de mantenimiento,en el que se aprecia una roldana para subir materiales y cuatro ventanas con sus respectivas lámparas que alumbran la punta, en la que -según asegura una leyenda- habría empotrada una caja de hierro con una foto del jefe de máquinas de la constructora y su esposa, con una misiva dirigida a quien derribe al gigantenco emblema porteño.
      ¿Cuánto costó el levantamiento del Obelisco? 200.000 pesos moneda nacional...y la vida del obrero italiano José Cosentino, quien murió instantáneamente luego de tropezar desde una de las bóvedas del cimiento del monumento.

                                             

        Aun pese al desgraciado episodio -de relativa repercusión masiva- y de la pegajosa humedad traducida en lloviznas desde las primeras horas de la jornada -que los ansiosos espectadores del estelar acontecimiento recibieron con júbilo  al emparentarlas con fechas patrias , como las precipitaciones que caracterizaran al histórico 25 de mayo de 1810-, se anunció la inauguración oficial del obelisco de la Ciudad de Buenos Aires, de la Plaza de la República y el ensanchamiento de la avenida Corrientes  en la tarde del sábado 23 de mayo de 1936, a las 15.
      La multitudinaria ceremonia, en la que convergieron los más notables representantes nacionales, militares y eclesiásticos, a la par que los ciudadanos de a pie, fue precedida por el sincronizado desfile en doble fila semicircular del Regimiento de Granaderos a Caballo, mientras que la policía pugnaba por contener el avance de la entusiasta concurrencia en las aceras exteriores de la rotonda, y los balcones y azoteas de los edificios adyacentes -algunos de ellos, expropiados en favor de la construcción del reluciente monumento- se llenaban de intrusos y/o curiosos.

domingo, 3 de abril de 2016

                            Hugo porta: la hazaña del día después


                                     
     Aquí mismo, el foco de conflicto se empeñaba en enseñar su faceta más despiadada. En suelo patrio, los alcances de un nuevo fracaso del modelo económico implementado por la última dictadura cívico-militar, cuyos innumerables ultrajes a los derechos humanos comenzaban a trascender masivamente, promovieron a fines de marzo de 1982 una multitudinaria movilización convocada por la CGT Brasil, encabezada por Saúl Ubaldini, en Plaza de Mayo, bajo el lema "paz, pan y trabajo", a la que suscribió un pueblo que ya se animaba a manifestar de cuerpo presente su repudio al gobierno de facto. El saldo de la represión ordenada por los popes castrenses resultó inclemente: un muerto y miles de heridos en todo el país, puesto que el rebote de la concentración en la Ciudad de Buenos Aires había llegado hasta sitios tan lejanos entre sí como Rosario, Mendoza y Mar del Plata. Faltaba más: luego de que un contingente de obreros fuera contratados por el empresario Constantino Davidoff , para efectuar obras de desmantelamiento en factorías balleneras pertenecientes a las Islas Georgias, cometieran la osadía de izar la divisa argentina en feudo ajeno, los británicos, provistos de buques de guerra y maniobras intimidatorias, arriaron el pabellón celeste y blanco -al tiempo que tildaron de "invasores" a los operarios- y los exhortaron a abandonar el lugar. De ahí el recrudecimiento de la puja que desde hacía prácticamente 150 años sostenían Argentina e Inglaterra por la posesión del archipiélago del Atlántico Sur; y con ella, las crecientes rumores que aseguraban inminentemente se desataría un enfrentamiento bélico entre ambas naciones, con epicentro en las Islas Malvinas.

                                                   

       Allá, lejos, en el mal llamado Continente Negro, el aciago panorama no le iba en saga a lo acontecido en la porción más austral del territorio sudamericano. Si bien próxima su erradicación, cundían en la República de Sudáfrica los efectos de la política de segregación racial conocida como Apartheid, que en afrikaans -idioma derivado del neerlandés medio, no exactamente de Holanda- significa separación. La pretendida supremacía blanca se plasmó, fundamentalmente, a través de la irrupción del Population Registration Act, que estableció en el plano jurídico una jerarquía proclive a prevalecer por sobre las razas mestiza , asiática o negra; así como en el ámbito regional mediante la instauración de las denominados Bantustanes, reservas a modo de tribu destinados a los sudafricanos -y habitantes de la actual Namibia- no blancos, por parte del Group Areas Act.
       Pese a que se estima que se constituyó legalmente en 1948, la raza negra ya sufría desde hacía varios siglos el flagelo del Apartheid al que la confinara, inicialmente, los afrikáner, colonos blancos de origen holandés. No obstante, el entonces Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, ubicado estratégicamente en la zona, habida cuenta de la creación de la Colonia del Cabo, no contemplaba tal discriminación, lo que derivaría con el paso de los años en el desencadenamiento de las Guerras de los Bóeres y la ulterior expulsión de Sudáfrica de la Commonwealth (1960), sumado a la petición de sanciones ejemplares encabezada por la ONU.
        Las sucesivas exclusiones que Sudáfrica afrontaría de allí en más se extendieron incluso a las competencias deportivas de mayor relevancia, como la Copa del Mundo de fútbol, producto de la suspensión que recayera sobre la asociación sudafricana -reservada exclusivamente para blancos-, en 1964; o la prohibición de participar en los Juegos Olímpicos a partir de la trágica edición de Munich 1972. De hecho, hasta a la Selección Nacional de Rugby, conocida como los Springboks, una de las potencias por antonomasia de la especialidad, se le dificultaba sobremanera la posibilidad de confrontar internacionalmente, en épocas en que el indicador fiable para probar la performance de un equipo del Hemisferio Sur limitado en su accionar lo otorgaban los test-matches, pues recién en 1987 se disputaría el primer mundial y nueve años más tarde, se inauguraría el certamen conocido como Tres Naciones (1).

                                                   

        El veto que pesaba-inclusive- sobre los Boks, al que se plegaba el boicot de los jerarcas de la junta militar de nuestro país -experimentada en materia de sabotaje, al desertar en virtud de la celebración de los JJ.OO de Moscú 1980-, a efectos de evitar la competición directa con la nación sudafricana por su política segregacionista (2), solicitó al más agudo ingenio de la cúpula directiva de la UAR, deseosa de emular la hazaña por la que la Selección Argentina fuera rebautizada definitivamente como Los Pumas (3).
        En esa dirección, se tornó imprescindible la intervención del titular de la South African Rugby Union, Danie Craven, a su vez ideólogo de la imperecedera gira de 1965 -y de la de 1971- que coronara la inmortal palomita de Marcelo Pascual , en el inolvidable triunfo ante los Junior Springboks por 11 a 6, en el estadio Ellis Park de Johannesburgo. ¿La solución? La misma que propiciara los enfrentamientos ante el combinado sudafricano en 1980 (4). Al igual que en las temporadas inmediatamente anteriores, Los Pumas lograrían burlar el cerco impuesto por la dictadura bajo el mote de Sudamérica XV, cuyo plantel estaba integrado por 30 jugadores argentinos, entre los que sobresalían valores de la talla de su apertura y capitán, Hugo Porta, el mejor rugbier de la historia de nuestro país ; Rafael Madero -padre de Benjamín- y Marcelo Loffreda, pareja de centros; Eliseo Branca, segunda línea; Serafín Dengra, entonces ascendente pilar izquierdo; y un escurridizo wing tres cuartos de destacado desempeño en CASI, quien pasaría a la posteridad como uno de los exponentes de una banda dedicada al secuestro extorsivo y a los asesinatos: Alejandro Puccio. A ellos se sumaron cinco elementos uruguayos, cinco chilenos y dos paraguayos, que dotaban de mayor sentido al hábil ardid pergeñado.
        Con objeto de evitar represalias, Los Pum....este... la alineación de Sudamérica XV cuidó celosamente del más mínimo detalle; por caso, su vestimenta: en cada uno de los compromisos que habría de asumir luciría una casaca blanca de mangas largas, con una gruesa franja azul, roja y amarilla, con cuello y puños verdes y un escudo en el que se adivinaban las figuras de un yaguareté, un yacaré, un tero y un cóndor (5). El particular atuendo, que se completaba con un short azul oscuro y medias naranjas con motivos celestes, pareció sentarle a medida al equipo visitante, a instancias de la seguidilla de victorias obtenidas ante Griqualand (43-4), North Eastern (72-3), Natal (16-10), Western Transvaal (30-18) y Northern Free State (18-12); antes de la paliza que le infligieran los Springboks en el primer test-match al ser batido por 50-18 estadio Loftus Versfeld de Pretoria, capital administrativa de la República de Sudáfrica.
Allí, pese a que en el team local, en el que sobresalieron el apertura Naas Botha, los hermanos Carel y Willie Du Plessis, wing e insider, respectivamente; el centro Danie Gerber y el tercera línea Wynand Claasen, redondeara la holgada victoria en los últimos 15 minutos del partido, había predominado ampliamente a lo largo del desarrollo mediante una propuesta sumamente eficaz: el juego cerrado de sus forwards y la circulación de la guinda usufructuando los desacoples de los tres cuartos rivales.
         En la vigilia del desquite programado para el sábado 3 de abril de 1982, ya se habían producido dos acontecimientos destinados a perpetuarse en los anales de nuestro país: 1) la arenga de tinte belicista realizada por el presidente inconstitucional, Leopoldo Fortunato Galtieri ("...si quieren venir, que vengan..."), en la mismísima Plaza de Mayo de la brutal represión del 30 de marzo, organizada por la CGT, que vivaba a ese general a quien le dedicara gruesos improperios sólo 72 horas atrás 2) el desembarco de las tropas argentinas en las Islas Malvinas, ocurrido el 02/04, con la consecuente recuperación del preciado territorio en aras del cumplimiento de la denominada Operación Rosario, en la que se suscitara el primer deceso entre  huestes patrias en los 74 días que duraría el conflicto: el Capitán de Fragata, Pedro Edgardo Giachino.
         Una vez enterados de la contienda bélica acaecida en el Atlántico Sur, los responsables de la delegación argen...¡sudamericana! temían que el cotejo fuese cancelado. Nada mejor que la respuesta brindada desde la embajada argentina vía Ciudad del Cabo, capital legislativa sudafricana, a Carlos Tozzi, entonces vicepresidente de la UAR: "Ustedes lo único que tienen que hacer es ganar."
         Los rugbiers argentinos -más ARGENTINOS que nunca en ese momento-, quienes habían recibido con júbilo la noticia de la recuperación de las Malvinas, se juramentaron, amén de redimirse de la deslucida performance ofrecida en Pretoria, rendirle honores a los connacionales que habían sido reclutados para combatir en el distante y hostil archipiélago.

sábado, 19 de septiembre de 2015

  El detallado análisis del historial entre Los Pumas y los All Blacks

                                           
    Es la víspera del trascendental debut de Los Pumas en la Copa del Mundo de Inglaterra 2015. ¿El rival? Nueva Zelanda, la máxima potencia rugbística, al que lo vincula un historial de enfrentamientos con saldo netamente adverso, aunque a la vez dotado de  récords, curiosidades e incluso un único resultado "favorable", con tintes de hazaña.
    En lo que respecta a certámenes mundialistas, Argentina y los All Blacks confrontaron en dos oportunidades, coincidentemente con los dos títulos logrados como anfitrión por el conjunto de Oceanía. En el primer cotejo, correspondiente a la tercera y última jornada del Grupo C del Campeonato de 1987 (1), los neocelandeses vapulearon a Los Pumas por 46-15, tras lo que el equipo capitaneado por Hugo Porta resultó eliminado puesto que necesitaba apoyar tres tries -y no uno, como acabó sucediendo- en el ingoal del temible adversario para acceder a la segunda ronda.
    El restante se produjo en virtud de la celebración de la RWC 2011, que antecedió a la que Inglaterra inauguró ayer con un triunfo sobre Fiji (35-11). Luego de una encomiable producción en la etapa inicial, en la que inclusive había logrado ponerse en ventaja en el score, el combinado nacional sucumbió a la irrefrenable arremetida del local y se despidió del torneo en cuartos de final al caer por 33-10 en el Eden Park de Auckland (2), escenario de la postrera consagración de Nueva Zelanda al superar ajustadamente a Francia (8-7) en la instancia cúlmine, tal como ocurriera en 1987, aunque entonces el triunfo fue por 29-9.
  Por otra parte, desde que se incorporaran en 2012 al Rugby Championship (3), Los Pumas se convirtieron en asiduos oponentes de los All Blacks. No obstante, lejos de constituirse en un escollo, el representativo albiceleste resultó vencido en los siete encuentros que disputaron hasta el momento. En su edición debut, de hecho, el equipo argentino padeció la mayor derrota de su historia como local, al ser arrollado por 54-15 por los Hombres de Negro en el Estadio Unico Ciudad de La Plata, con lo que consecuentemente la visita acabó por conquistar el trofeo.

                                       
    A su vez, el historial de test-matches, en un principio la base de los enfrentamientos entre Los Pumas y los All Blacks, depara resultados récords para el combinado nacional, especialmente por el componente catastrófico de las derrotas sufridas. Es que durante la gira que realizara por el país de Oceanía, en 1997, la Selección Nacional de rugby afrontó el más duro traspié de su existencia: los neocelandeses los aplastaron por ¡93 a 8! en el primer desafío, así como 62-10 en la revancha, si cabe el término.
  No obstante, fue en esa misma condición que Los Pumas consiguieron su único aliciente -que no triunfo- ante el mejor equipo del Mundo, empresa de la que próximamente se cumplirá su trigésimo aniversario.

viernes, 14 de agosto de 2015

                                  A 40 años del final de la famosa racha

                                           
       Tras un extenso período signado por el esplendor, sobrevino inexplicablemente el deterioro de la Casa Blanca del fútbol argentino. Fueron diversas las causas que contribuyeron al paulatino resquebrajamiento de la fastuosa estructura. Entre ellas, el fracaso que derivó especialmente para River del impulso del denominado Fútbol Espectáculo de comienzos de 1960 (1), en el que a las buenas intenciones de su presidente, Antonio Vespucio Liberti, se opuso no solo la ausencia de títulos, sino también la decepcionante producción de las rimbombantes incorporaciones realizadas, como la del español Pepillo II (2), proveniente del Real Madrid, a quien se lo consideraba el sucesor de Alfredo Di Stéfano; la lacerante derrota ante Peñarol (2-4), luego de haberse impuesto por 2-0 al finalizar la primera mitad, por el tercer partido final de la Copa Libertadores 1966, jugado en Santiago de Chile, que le valió al cuadro de Núñez el infame mote de gallina (3) y el evidente penal por mano intencional cometido por Luis Gallo, lateral derecho de Vélez, insólitamente ignorado por el árbitro Guillermo Nimo, en la igualdad en un tanto ante el club de Liniers por el triangular desempate del Nacional 1968, determinante para la postrera consagración del Fortín, que relegó al Millonario al subcampeonato por diferencia de gol.
         Peor aún. Durante la nefasta racha que entonces atravesaba la entidad riverplatense, Boca cosechó cuatro títulos a nivel local en un lapso de siete años, la mayoría de ellos obtenidos ante su más acérrimo adversario cuando ambos equipos pugnaban por adjudicarse el certamen.
   Tal fue el caso del Superclásico correspondiente a la penúltima fecha del Campeonato de Primera División 1962, disputado en la Bombonera. Allí, a instancias del referee Carlos Nai Foino, se produjo uno de los episodios más polémicos de la historia del tradicional enfrentamiento: el del famoso adelantamiento del arquero xeneize, Antonio Roma, en el penal ejecutado por el brasileño Delem. No obstante las airadas protestas de los jugadores visitantes, el conjunto millonario cayó por 1 a 0, tras lo que debió conformarse con el segundo puesto, a solo dos puntos de Boca, merced a la goleada auriazul sobre Estudiantes (4-0) en la jornada de cierre.
         Por muy frustrante que haya resultado aquella experiencia, sin embargo, no puede compararse al despojo sufrido por River en favor de su archirrival al cabo de la definición del Campeonato Nacional 1969. En esa oportunidad, el club de Núñez y su par de la Ribera se enfrentaron en el Monumental por la décima séptima y última fecha; una auténtica final , pues el conjunto visitante, líder del certamen, aventajaba a su contrincante por apenas dos unidades, con lo que un hipotético triunfo millonario podía forzar un desempate.
         El entrenador de Boca era una legendaria gloria millonaria: Alfredo Di Stéfano, quien en lugar de decantarse por el tradicional estilo combativo xeneize, le inculcó a sus dirigidos el fútbol de galera y bastón propio del paladar riverplatense. De ahí el planteo ofensivo que propusieron sus dirigidos desde el inicio del clásico, gracias a lo cual el Muñeco Norberto Madurga estableció el 2-0 parcial cuando restaban 10 minutos para la culminación de la primera etapa.
         Pese al inmediato descuento de Oscar Pinino Más, y la posterior anotación de Víctor Marchetti ya en el complemento, la reacción de River no pudo impedir que Boca se adjudicara el torneo y diera la consecuente vuelta olímpica en feudo enemigo, aunque salpicada por la apertura de los grifos que riegan el campo de juego del Monumental.
          Llegado el año 1975, el  millonario acarreaba 18 temporadas consecutivas sin conseguir un título a nivel local, la sequía más importante de su existencia, que se insinuaba más cruel aun habida cuenta de la sistemática humillación a la que lo sometió su máximo rival durante ese período.
         Por tanto, la Comisión Directiva riverplatense, encabezada por Rafael Aragón Cabrera, resolvió contratar los servicios del hijo dilecto de la casa, en quien confiaban iría a emular como entrenador su exitosa campaña como futbolista, en la que había logrado un sinfín de galardones, de los que destacan la obtención de nueve Campeonatos de Liga AFA, tres Copas Aldao, tres Copas doctor Carlos Ibarguren y una Copa Escobar; amén de haberse erigido como el máximo artillero de la historia de River, con 317 conquistas, y de la oficialidad del Superclásico (16). Casi nada...