viernes, 25 de marzo de 2016

miércoles, 23 de marzo de 2016


                              Emilia Basil, la turca descuartizadora

                                                   
   

      Poco le importó a Emilia Basil que en 1943 su República del Líbano natal hubiera logrado, en pleno desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, la independencia de Francia. En cambio, su noción de emancipación consistía en un itinerante anhelo personal, aun a expensas del calor familiar. En procura de un venturoso porvenir, abandonó su país de origen y, luego de un interminable periplo, el precario buque de carga que había abordado la depositó en el puerto de la Ciudad de Buenos Aires, capital de Argentina, en la que se afincaría definitivamente.
      Frustrado su intento original de asentarse en Santiago del Estero, una de las provincias predilectas por la inmigrantes libaneses en territorio argentino, La Turca -tal el mote con el que se la identificaba-, regresó a la gran urbe y se instaló en una pensión aledaña a la zona portuaria, propiedad de Dora Ramos, quien la introdujo al idioma castellano que en principio tanto le había costado dominar. En el modesto hospedaje, Basil no solo se desempeñaba en tareas relacionadas con el mantenimiento, sino también en la cocina, fundamentalmente porque a la titular del parador le fascinaban las exquisiteces preparadas por los forasteros que allí recalaban.
Pese a la comodidad que le reportaba su trabajo casero, La Turca, después de desenvolverse efímeramente como costurera, se alistó en las filas del Frigorífico Wilson, en el que si bien destacó como despostadora al exhibir una técnica depurada en el troceo de la carne, más sorprendió a sus compañeros laborales -quienes apenas incorporada al establecimiento la habían apodado La Vieja- por su capacidad para cargarse media res vacuna al hombro y trasladarse con tamaño lastre de un extremo al otro de la planta.
       Los rudimentarios modales de Basil no disuadieron la seducción que por ella sentía Aníbal Felipe Coronel Rueda, asiduo cliente del frigorífico, a la vez que encargado de adquirir la carne para el restaurante en el que se empleaba.
      Músico de vocación, el peruano, autor del vals Estrellita del Sur, propició el acercamiento con la mujer trece años mayor que él, en primera instancia renuente a los coloquios íntimos.
      Tal fue la perseverancia del incaico que apenas sucumbió la libanesa a sus encantos, contrajeron enlace, si bien provisto de intercambio de anillos bendecidos, carente a su vez de formalización legal. De la consumación de la inusual ceremonia sobrevino el fruto de la unión matrimonial: Florinda EsperanzaRosa Isabel y Mirta Emilia, en ese orden.
       En perspectiva, no obstante, la relación entre doña Emilia y Coronel Rueda distó de resultar idílica. El peruano -afín al bohemiaje tan característico de la noche porteña de la época- solía ausentarse frecuentemente de su hogar al emprender largos tours por distintos países de Sudamérica con objeto de encauzar su ya decadente carrera musical, que apenas si le otorgaba regalías por derecho de autor a través de SADAIC. De ahí la precaria economía familiar, lo que obligó a Basil -entonces devenida ama de casa- a reinsertarse en el ámbito laboral.
       Acaso avalada por sus auspiciosos antecedentes culinarios, La Turca adquirió en 1959 a su dueño, José Petriella, el bar y restaurante de la avenida Juan de Garay 2201 esquina Pasco, del barrio de San Cristóbal, al que rebautizó como Yamile, nombre que en idioma árabe alude a una mujer grácil, hermosa.
       Eso sí, las tratativas con el expropietario del local, oriundo de Italia, que respondía al alias de Pepino, se tornaron sumamente engorrosas. Pese a que el europeo aceptó -a regañadientes- la oferta de Basil de serle abonado parte en efectivo y el resto en sucesivas cuotas, estableció como condición insalvable para finiquitar el traspaso permanecer en el sucucho interno del comercio en el que moraba. De esa manera, las partes intervinientes en la operación pasaron a residir bajo el mismo techo, pues allí decidieron instalarse también la libanesa y su familia.
       No obstante el esmero con el que Basil se dedicaba a sus menesteres, el negocio pareció abocarse al fracaso desde el comienzo. Más allá de la paupérrima labor de Coronel Rueda como administrador, entre la clientela no predominaba justamente los que se deleitaban con las delicias que doña Emilia despachaba  -no sólo preparaba típicos platos arábigos, como kebabs, tabules keppes, sino asimismo pucheros y guisos ciento por ciento autóctonos-, como los afectos a empinar el codo, a quienes La Vieja no titubeaba en poner de patitas en la calle si alteraban en exceso el comportamiento de la casa.
       En realidad, Yamile apenas si subsistía con el asiduo aunque módico aporte de los trabajadores del cercano Teleonce -hoy Telefe-, ubicado entonces en Pavón 2444. Por lo demás, las deudas para con los proveedores de mercadería y el atraso en el pago de impuestos se transformarían paulatinamente en una constante. Inclusive, la mora alcanzó los intereses de Petriella, quien a lo largo de los años le había prestado a La Turca entre 7000 y 8000 pesos que esta destinó mayoritariamente a la compra de una vivienda de fin de semana en Parque Leloir, contigua a la estación Castelar del exFerrocarril Sarmiento.
       Aun sabedora del apremio financiero que la cercaba, doña Emilia se permitió el lujo de establecer una escala de prioridades en lo que a saldar cuentas pendientes concierne. Es cierto, no disponía del dinero suficiente como para devolver a Petriella el desinteresado préstamo que el italiano le había realizado. Sin embargo, la libanesa había pergeñado una artimaña inmejorable proclive a seducir ad honorem al desprendido y querendón Pepino. Favor por favor, que le dicen...

                                         

                                    Hay amores que matan...
       
                                                             

       A diferencia del disperso Coronel Rueda, quien solía prolongar indefinidamente las noches de juerga junto con sus amigotes improvisando payadas de dudoso gusto, doña Emilia había descubierto que, mientras laboraba en la cocina, Petriella la miraba con indisimulable lasciviaescudado en la penumbra del largo corredor que desembocaba en las habitaciones traseras del local.
        No obstante, a Basil le traía sin cuidado la libidinosa conducta del itálico. Es que hacía tiempo ya que había renunciado a entregarse al placer carnal. Más aún, se rehusaba sistemáticamente a cumplirle el sueño a su esposo de concebir el hijo varón que lo desvelaba casi tanto como las farras nocturnas con las que el músico se perdía. Por otra parte -y no por ello menos importante- a La Turca no le apetecía en lo más mínimo involucrarse sentimentalmente con el sexagenario Pepino, al que consideraba un consumado hermitaño que solo abandonaba su reclusión autoimpuesta en su cuchitril para dirigirse a su trabajo, en la compañía desratizadora Desin.
         Con todo, Basil no tardó en concluir que precisamente en la irrefrenable devoción que le profesaba  Petriella residía tanto la salvación de su declinante negocio como la conservación de la austera habitación, en la que se hacinaba con su cónyuge e hijas, las únicas personas en el mundo por las que La Vieja ofrendaba su mismísima vida.
         Fue así que, aun en dirección diametralmente opuesta a su voluntad, doña Emilia propició el acercamiento, siempre al amparo de la madrugada, horario idóneo para los encuentros íntimos al coincidir estos tanto con el pico de intensidad de los interminables jaleos de Coronel Rueda y afines, como con la placidez del sueño de las tres niñas, Florinda Esperanza, Rosa Isabel y Mirta Emilia.
         La sorpresiva insinuación de Basil descolocó por completo a Pepino, ¡si la quía había desconocido sus adulaciones, piropos e intentos de cortejo desde el vamos! Por supuesto, cuando su Dulcinea golpeó la puerta de su dormitorio y -sin mediar palabra alguna- se tendió boca arriba en sus aposentos, el oriundo de Italia no vaciló: se abalanzó sobre su partenaire y, jadeante, se dispuso a saciar sus más primitivos instintos, torpes embestidas pélvicas mediante.
         Gozo solitario, el de Petriella: la impertérrita doña Emilia apenas si se limitó a soportar imperturbable sus embates pudendos. Tal sería la constante que signaría las sesiones amatorias que procedieron a la inicial, hasta que el hombre se enamoró perdidamente. A ese respecto, el europeo le propuso reiteradamente irse a vivir juntos a la libanesa, lejos del restaurante Yamile, no sin antes confesarle a Coronel Rueda la verdad del estrecho lazo que ambos mantenían a sus espaldas.
         Completamente obnubilado, Pepino no fue capaz de advertir que jamás había contado con el favor de Basil ni que esta solo había provocado el approach con objeto de salvaguardar su negocio y -por consiguiente- la prosperidad económica de su familia. Además, La Turca rechazó enfáticamente la posibilidad de la convivencia, y -para peor- le comunicó su determinación de romper el prohibido vínculo de largos años de duración.
         Más -mucho más- por despecho que por imperiosa necesidad, Petriella, amén de zamarrear y amenazar a doña Emilia con revelarle detalladamente todo lo sucedido a Coronel Rueda, conminó a su interlocutora a saldar de inmediato la onerosa deuda que por más de una década había contraído aquella con el europeo en concepto de alojamiento, fondo de comercio y hasta de los sucesivos préstamos efectuados por Pepino para que La Vieja pudiese adquirir su chalet de Castelar.
          Si bien intimidada de dicho y hecho por el sonoro ultimátum de Petriella, Basil ratificó su voluntad, lo que potenció la enceguecida inquina del italiano, quien se valió de una gruesa soga de nylon con la que pretendió ahorcar a la libanesa.
         Aún con la respiración entrecortada, doña Emilia se las apañó para elucubrar una efectiva maniobra disuasoria: apelar a la mentada incontinencia hormonal de Pepino. Bastó solo una tenue caricia en su rostro para que el hombre cesara en su tentativa de estrangulamiento e ilusionara con la reconquista.
         La fatal distracción le brindó la chance a la otrora víctima de revertir los papeles hasta forzar el colapso del ingenuo y ya inerme sexagenario. Así, una vez que cayó -y calló- Petriella aparatosamente al suelo, La Turca -en decidida pose de dominatriz- posicionó uno de sus pies sobre el pecho del yacente cuerpo y se aseguró, al comprimir enérgicamente su tráquea, de arrebatarle hasta la última brizna de vital oxígeno.  Por fin, Emilia Basil se percató de que había asesinado a José Petriella.
         Eran las 04.15 del sábado 24 de marzo de 1973, fecha inexorablemente relacionada con tragedias de magnitud incalculable para nuestro país, aunque para La Turca el día no había hecho sino empezar. Aguardaba por ella -al igual que en las subsiguientes- una jornada ajetreada, exhaustiva, contradictoria, reveladora...condenatoria.

jueves, 3 de marzo de 2016

           
                 Boca vs Racing: la rivalidad a través de los ídolos
                                             



     La verdad es que Racing no se conforma con minucias al momento de arrogarse los votos de un ídolo. En el plano musical, al menos, sus aseveraciones se cimientan en la seducción que envolvió al máximo exponente del tango por la Academia en sus años esplendorosos del Amateurismo ¿La prueba irrefutable? La gema que le tributara Carlos Gardel a Pedro Ochoa, prolífico delantero del cuadro de Avellaneda, el único en el que se desempeñara en toda su trayectoria (1917-1931). “…Ser como Ochoíta, el crack de la afición...", versa Patadura, una de las incontables genialidades del Zorzal Criollo (1).
      Asimismo, una especie afirma que el beatle John Lennon expresó su favoritismo hacia el cuadro racinguista en virtud de la inminente definición de la Copa Intercontinental 1967, obtenida por la Academia ante el Celtic de Escocia, corroborada por el testimonio del Chango Juan Carlos Cárdenas, autor del zapatazo que le legara a la Academia el título mundial (2). Evidentemente, Inglaterra poseía entonces una enemistad –no sólo en la faz deportiva- más acentuada que con Argentina.  Sí, aún pese al escandaloso cotejo de la Copa del Mundo del año inmediatamente anterior, celebrado en feudo de la Rubia Albion, en el que los encolerizados adherentes locales despidieron al unísono a nuestra Selección Nacional con un sonoro improperio: "animals", merced a las sucesivas osadías que cometiera Antonio Ubaldo Rattín luego de su controvertida expulsion.
      No obstante, al pretender los fanáticos de Racing adueñarse de la predilección del líder político más carismático de la Nación, emerge un nuevo capítulo de la encendida rivalidad que, desde hace más de un siglo, mantienen con sus pares de Boca, a la que también se la vincula estrechamente con el General, en una puja sin cuartel entre el mito y la realidad. 
      “Presidente Perón”, tal la pomposa gracia del estadio inaugurado el domingo 3 de septiembre de 1950, en la intersección de las calles Corbatta –ex Cuyo- y Mozart, Avellaneda. El hecho que el ex Jefe de Estado haya legado su nombre al escenario apodado el Cilindro, es una poderosa razón como para que los hinchas de la Academia –y hasta los entusiastas de otros clubes- relacionen instantáneamente al caudillo con la insignia blanca y celeste.
       Prosiguiendo con la atadura de cabos falsos, la legión racinguista puede esgrimir que bajo su mandato su club se acreditó no sólo su primera estrella en el Profesionalismo(1949), sino al mismo tiempo el tricampeonato, al añadirse los títulos de los dos años subsiguientes. Incluso, aquellos que no se fijan en las formas se regodearán con la polémica consagración de Racing ante Banfield en 1951, en la que se asegura primó afano…samente la grandeza del cuadro de Avellaneda.

sábado, 20 de febrero de 2016

           Las modernas edificaciones se expanden por toda la zona


           Caballito Norte parece mirar desde las alturas


           Al mismo tiempo que las sofisticadas torres arrasaron con
           las casonas características del barrio, las grandes cadenas
          de supermercados hicieron lo propio con almacenes y tiendas


                                       

       "La licorería dentro del placar...para ahogar los tiempos que ya nunca vendrán", reza una lejana canción de Fito Páez, alguna vez vecino de la zona. Es que el progreso irrumpió para nunca marcharse. Las modestas casonas de principios de siglo pasado sólo permanecen vívidas en la inmortalidad de los recuerdos. En su lugar, imponentes y fastuosas torres se yerguen -en sentido figurado y literal- a toda máquina, se apilan una al lado de la otra. Pareciera que el norte de Caballito se obstinó en ganar altura hasta rozar el mismísimo firmamento.
       Sin embargo, el aggiornamiento no es especialmente bienvenido por todos. Los persistentes ruidos de la obra de la modernidad ponen a prueba la capacidad auditiva de los iracundos habitantes de la vieja guardia. Ellos, en cambio, preferirían el otrora silencio casi insuperable de sus empedradas calles, apenas interrumpido allá a lo lejos por el pesado tránsito de colectivos propio de las avenidas Acoyte y Díaz Vélez. Los ocasionales transeúntes, a la par, no maldicen los sofisticados edificios, sino al estado de las veredas, las cuales -en paradójico contraste- abundan en baldosas hundidas, residuos de perro e improvisados basurales. "Les voy a hacer limpiar la c... con la lengua", amenaza una sexagenaria vecina, quien por enésima vez procederá al rito de baldear el frente de su casa.
       Con todo, el norte caballitense es lo suficientemente versátil tanto para ofrendar  sus bondades a la educación, como para generar beneficios a sus comerciantes. Por caso, la Universidad Maimónides, erigida sobre la calle Hidalgo, no sólo constituye un fluido caudal de estudiantes, de amplio espectro de nacionalidades, ávidos de forjarse un futuro mejor. Asimismo, posibilitó la resurrección de los tradicionales bares en derredor suyo, famélicos de nuevos clientes. Hacia allí acuden, por tanto, los alumnos de la facultad, acaso deseosos de saciar sus ansiedades intelectuales.
       Entre los que no fueron capaces de sobrevivir al vendaval del progreso, destacan las almacenes, bastiones de todo barrio que se precie. Su certificado de defunción lo firmaron las grandes cadenas de supermercados, como Jumbo o, más recientemente, Walmart, cuya flamante estela se adecua al incipiente verde del boulevard emplazado sobre Honorio Pueyrredón. Los autoservicios de origen chino, cómplices involuntarios de aquéllos aunque a la vez menos espectaculares, se multiplican cuadra a cuadra. Sus clientes, que los acusan de comprensión selectiva del castellano -léase, cuando les conviene- suelen preguntarse: "¿Son o se hacen?".
       El monumento al Cid Campeador, presa de recurrentes profanaciones, ya está en condiciones de burlar los barrotes que lo cercan y valerse de su estirpe de guerrero. Las indestructibles torres que lo rodean, cuyos cimientos se solidificaron en el advenimiento de la modernidad, se encolumnan cual aliados infranqueables. Nada ni nadie podrá meterse ya con el intimidante norte de Caballito, que si bien conserva sus dotes de hospitalario, su robustez inagrietable y su vitalidad en auge lo tornan inexpugnable.



jueves, 18 de febrero de 2016

                     El Negro Suárez: a 40 años de la gira de la muerte
                                                       

      La que en la actualidad se denomina República Democrática del Congo fue (es) una de las naciones africanas que más padeció la opresión del colonialismo, los devastadores efectos de las sucesivas guerras que en su seno se produjeron, la exposición a las distintas epidemias que diezmaron considerablemente su población, la inclemencia de las extremas temperaturas que en la zona se suscitan e inclusive el sadismo de los distintos gobiernos dictatoriales que, con la complicidad de las potencias extranjeras, sumieron al país en la pobreza extrema y crónica.
      Uno de los principales culpables de que históricamente Congo se haya debatido en un auténtico calvario es Mobutu Sese Seko (1), que detentara ilegalmente el mando en la que él mismo rebautizara como República de Zaire entre 1965 y 1997, año este último en el que, luego de haber sido destituido de su cargo, a instancias del estallido del conflicto bélico conocido como Primera Guerra del Congo, fallecería como consecuencia de un cáncer de próstata contra el que había batallado larga y vanamente.
       Durante su extensa cuan ilegítima gestión, su insaciable ambición de poder motivó a Mobutu, amén de autoproclamarse como el "Padre de la Nación", a ejercer en simultáneo los cargos de Primer Magistrado, Comandante en Jefe de de las Fuerzas Armadas y de la Policía, así como en su persona recayó la facultad de designar a los miembros de la Suprema Corte -integrantes del Gabinete y gobernadores de las provincias incluidos- y de atender los asuntos relacionados con la política exterior. A este último respecto, estrechó lazos carnales con BélgicaFrancia y -muy especialmente- con Estados Unidos  (Zaire era uno de sus aliados en el marco de la Guerra Fría) , lo que en la práctica contradecía la supuesta campaña proafricana y antieuropea con la que el tirano, dotado de infame demagogia, pretendió embaucar a ¿su? pueblo.

                                               

          De hecho, a la par que se denunciaban públicamente innumerables vejámenes a los derechos humanos y el país incrementaba su deuda progresivamente, Mobutu promovió en 1974 el llamado Combate del Siglo o Rugido de la Jungla, que involucró a dos de los mejores boxeadores de la historia,
afroamericanos ellos, como  Muhammad Ali -acérrimo defensor de los derechos de la raza negra, entonces manifiestamente segregada- y George Foreman, con victoria del primero. La encarnizada contienda, celebrada en el Estadio Nacional de Kinshasa, capital zaireña, fue presenciada por 60.000 enfervorizados espectadores, cuya mayoría se decantó por Cassius Clay al grito de "Ali bumaye" ("Ali, matalo"), pues no bien arribado al país, The Greatest -a diferencia de Frazier- se entregó al calor de los nativos, que lo idolatraban hasta lo indecible. ¿Mobutu? De ninguna manera concurrió al evento. En cambio, prefirió seguir las alternativas de la pelea desde su fastuoso palacio. Sabia decisión, la suya: su integridad habría sufrido la merecida represalia de una población abocada a la miseria y el hambre si la misma se hubiera enterado de que el tirano había desembolsado 10.000.000 de dólares por que su feudo fuera sede del combate.
       Por supuesto, la injerencia de Mobutu no podía permanecer ajena al deporte más popular del planeta. Si bien autorizó el debut absoluto de la Selección Nacional de Zaire -reciente campeona de la Copa Africana de Naciones (2)- en un Mundial de fútbol, a medida que la performance del principiante equipo en Alemania '74 decrecía ostensiblemente, máxime a partir de la demoledora goleada que por ¡¡¡9 a 0!!! le infligiera Yugoslavia (3), el déspota instruyó a la guardia presidencial -estratégicamente apostada en derredor de la concentración de la delegación zaireña- para que le advirtiera a los jugadores que en caso de perder por más de tres goles ante Brasil (4), ni se les ocurriera tan siquiera la remota idea de intentar el retorno a su país de origen. De allí que Mwepu Ilunga protagonizara lo que se considera uno de los episodios más jocosos que en su haber ostenta el historial mundialista, que en realidad no fue tal...No era que el defensor del representativo africano ignorara por completo el reglamento futbolístico; por lo contrario, con su arrebatado shot de rumbo incierto quiso no solo simbolizar el descontento del plantel después de anoticiarse de que no percibirían los premios que habían convenido en abonarle, sino asimismo exteriorizar -a título personal- su visceral repudio hacia el régimen de Mobutu.
       Así las cosas, en un contexto insoslayablemente hostil, dos instituciones argentinas  fueron invitadas a comienzos de 1976 a realizar una gira por la República de Zaire gobernada por Mobutu Sese Seko, tal como hiciera el Santos en 1967, año en que el propio dictador le entregara a Pelé la llave de la ciudad de Kinshasa. No, no se trataba precisamente de gigantes como Boca y River, sino de Talleres de Córdoba y Temperley, equipos de vertiginoso ascenso en el ámbito local.
       Si bien beneficiado por la reestructuración implementada en la temporada 1967, que redundó en la creación de los campeonatos Metropolitano y Nacional -este último permitía acceder a la máxima categoría a los equipos no directamente afiliados a la AFA-, el Matador se consolidó como animador permanente de los torneos en lo que hasta ese momento había intervenido, por no mencionar que se aprestaba a erigirse como una de las revelaciones del año '76 (5). De las filas del conjunto de Barrio Jardín destacaban valores como José Daniel ValenciaLuis Adolfo Galván y Miguel Angel Oviedo (6), integrantes del plantel argentino que en calidad de anfitrión se adjudicara por primera vez la Copa del Mundo, en 1978; el talentoso volante ofensivo Luis Antonio Ludueña, el Hacha original; y Humberto Rafael Bravo, segundo goleador histórico del club que, a su vez, ostenta un envidiable récord: es el único en anotar en cuatro oportunidades -en un mismo partido- en el clásico cordobés, en ocasión de una goleada  como visitante sobre Belgrano (4-0), el 25 de mayo de 1976.

                                               


        Por su parte, el Celeste de Turdera había promocionado a Primera División en 1975 luego de militar ininterrumpidamente en el ascenso por 43 años. No obstante, su paupérrima producción en el Metropolitano, en el que ocupó la última colocación, le habría significado la pérdida automática de su plaza en la elite si el órgano rector del fútbol argentino no hubiera suprimido los descensos que le cabían a los dos cuadros colistas en la tabla de posiciones. Con todo, el Gasolero mejoró con creces su campaña en el Nacional, en el que obtuvo la Zona "D" justamente con Talleres, al que derrotó por
 3 a 1 como local previo empate en Córdoba (1-1). Pese a que en la Ronda Final fuera relegado al último lugar, sobresalió en la alineación titular de Temperley un joven atacante proveniente de Estudiantes, natural de San Juan, que se había sumado -a préstamo- en la víspera del certamen: Oscar Jorge Suárez, cuyas auspiciosas actuaciones, como la de la jornada en la que
anotara dos tantos en la caída de su equipo (3-2) ante el River de Angelito Labruna -que se coronaría bicampeón de la temporada-,  le valieron el  uso de la opción del pase, tasado en 45.000.000 de pesos antiguos.
        A modo de pacto de confraternidad, ambos clubes decidieron emprender en conjunto el extenso periplo aéreo que comprendió la ruta Buenos Aires-Río de Janeiro-Madrid, para depositarlos en Kinshasa, ciudad cabecera de la nación del África subsahariana inmersa en una feroz dictadura. Nobleza obliga, apenas arribadas a la República de Zaire, las comitivas de Talleres y Temperley gozaron de una cálida recepción: así como los alojaron en el lujoso hotel capitalino La Rigole, disfrutaron de la exquisita cocina al estilo francés (7), en la que abundaban carnes magras, y verduras y frutas de lo más exóticas. Incluso, fueron puestos sobre aviso del peligro que conllevaba consumir agua corriente, la que debieron reemplazar por gaseosas y un híbrido entre cerveza rubia y negra, que en esas latitudes solía beberse a temperatura ambiente.
        Al tiempo que intentaban familiarizarse con el modus vivendi zaireño -aunque, por caso, nunca dejaron de extrañarse con la costumbre de las madres nativas de acarrear a sus hijos dormidos en sus espaldas-, los ilustres visitantes sudamericanos inauguraron oficialmente la gira de dos semanas por la que habían sido contratados, lo que les significó percibir un oneroso cachet que revitalizó las magras arcas de dos equipos que no escapaban a la crisis generalizada del fútbol argentino, a la vez jaqueado por la grave situación económica entonces imperante en nuestro país. Tanto, que en ese sentido el Torneo Metropolitano '76 amenazó con no iniciarse.
        Fue Talleres, el que -con diferencia- prevaleció en su estadía en el mal llamado Continente Negro, al culminar invicto su campaña de cuatro partidos. En principio, enfrentó a CS Imana -hoy DC Motemba P- y al As Vita Club, a los que se impuso, respectivamente, por 1 a 0 para posteriormente acreditarse la Copa República de Zaire, al superar a su coterráneo Temperley (3-2) y nuevamente a Cs Imana, aunque en esta ocasión por idéntico score que ante el Celeste.
        Los medios especializados locales elogiaron "la técnica remarcable y la exhibición de alto vuelo futbolístico" ofrecida por los de La Docta, a la par que aseveraron: "Después de la visita del Santos de Pelé, nunca habíamos visto tan buen fútbol como el de Talleres". Más aún, el Jefe de Deportes del Diario ElimaNtukani Nzuzi Musenda, maravillado con las destrezas enseñadas por el Hacha Ludueña, le suplicó al traductor que lo acompañaba que le transmitiera al futbolista el siguiente mensaje: "Dígale al hombre de los cabellos largos y negros que él es el Dios del fútbol, que nos ha deslumbrado tanto como Pelé. Repito, que es el Dios del fútbol". Enterado que fue de las loas que le había dedicado el periodista, el mediocampista tallarín ni se mosqueó. Es más, hasta se permitió una devolución por demás graciosa: ¿Que yo soy Dios? ¡Por Favor! Ni de Diablo me he recibido".

                                                   

           En contraste, la magra tarea tanto en la faz individual como colectiva de la alineación de Temperley, que apenas si logró rescatar una agónica igualdad ante el As Vita Club en su último encuentro (2-2). Anteriormente, los del Sur del Gran Buenos Aires, además de haber caído contra Talleres y el SC Imana, habían sido vapuleados por la Selección de Zaire (1-4).
          Lamentablemente, en lo que sí coincidieron una y otra delegación poco después de haber regresado el 6 de febrero de 1976 a nuestro país, tras un agotador vuelo de escalas similares al del viaje de ida, fue en el repentino deterioro del estado de salud de algunos de sus componentes.  
          Debilidad, mareos, nauseas, picos de fiebre de más de 40 grados...la aguda sintomatología se replicó en la totalidad de los damnificados. Benito José Valencia, wing derecho de Temperley, fue el primero en resultar internado, en la Clínica Luisa Cravenna de Gandulfo de Lomas de Zamora. Casi en simultáneo, ingresaron en el Hospital Privado Centro Médico de la ciudad de Córdoba al utilero de Talleres, Adán Honores, y a una de sus máximas figuras, el delantero mundialista Miguel Angel Oviedo, al que en plena confusión le atribuyeran la muerte de un basquetbolista cordobés del mismo apellido.

martes, 12 de enero de 2016

                                             Funes, corazón de búfalo
                                                        
                                                       

                                       

        "¿El delantero que más me costó? Tengo el recuerdo de un partido con Gimnasia y Esgrima de Mendoza, por el Campeonato Nacional. El Polaco (Vladislao) Cap nos había avisado que el 9 de ellos era bravo, asi que armó todo para que la pareja de centrales fuera (Oscar Alfredo) Ruggeri como libre y yo saliendo a buscarlo, la cosa es que choqué tres o cuatro veces durante el primer tiempo y me mató. Codazos, pisotones; estaba todo roto. Entonces le pedí a Ruggeri que fuera un poco él...le dio también para que tenga". Claro que Roberto Aníbal Passucci desconocía que el ignoto cuan corpulento atacante rival, quien en pos de recobrar las energías perdidas tras un extenuante partido solía bajarse un sachet de leche de una sola sentada, estaba acostumbrado a lidiar con fieras auténticas que en comparación reducían al mínimo la bravura de semejante pareja de zagueros centrales. Menos aun, el inexpugnable defensor imaginaba que para el Rambo de 1.80 metros y 90 kilogramos de peso era usual adentrarse por largos días y noches en el frondoso monte puntano, testigo privilegiado de sus encarnizados duelos con jabalíes y pumas, ya fuese cuchillo en mano o a fuego de carabina.
       Eso sí, la caza representaba apenas una de las aficiones de Juan Gilberto Funes, nacido el viernes 8 de marzo de 1963 en la capital de la provincia de San LuisPapá Pedro le legó su primer nombre en conmemoración de su ídolo, Juan Gálvez, quien curiosamente había fallecido cinco días antes que el recién llegado. No extrañó por tanto, la creciente pasión por los fierros que heredara El Sapo -tal uno de sus primeros apodos-. Ya en su temprana infancia, se la pasaba en el taller mecánico familiar. Allí, sentó los cimientos de su legendaria potencia mediante una práctica -en principio- temeraria producto de su prematura edad: alzaba las pesadas cajas de velocidad de los Mercedes Benz, empleando un  grueso lazo trenzado que ataba a su cuello, únicamente con las fuerzas de sus brazos y piernas, con la finalidad de que tales armatostes se unieran eficientemente al motor de los automóviles.
       A su vez, El Juan - alias de índole familiar-,  iniciaba su  trayectoria como jugador en el club de baby fútbol Parque Patricios, cuyas auspiciosas actuaciones posibilitaron su posterior traspaso a Huracán de San Luis, para el que se desempeñó en la Liga local hasta 1981. Entonces, sobrevino el (casi) debut oficial de Funes: Sarmiento de Junín, que había ascendido por primera vez en su historia a la élite del fútbol argentino, solicitó sus servicios para afrontar el Torneo Metropolitano que a la postre obtendría el Boca de Diego Armando Maradona. En los cuatro meses que se desempeñó en las filas de El Verde, el fornido centrodelantero forjó una estrecha amistad con Ricardo Alberto Gareca, una de las figuras del equipo, al tiempo que el principal  responsable de su relegamiento al banco de suplentes e inclusive a la Reserva.
      Frustado su bautismo de fuego en Primera División, Funes propició el retorno al cobijo de sus pagos natales para recalar respectivamente en Jorge Newbery de Villa Mercedes y Sportivo Estudiantes de San Luis, en un marco más emparentado con el "alma de potrero" que cierta vez el atacante declaró poseer. De su tranco arrollador sabían asimismo en las provincias vecinas; de ahí que fuera contratado en 1983 por Gimnasia y Esgrima de Mendoza, que a instancias de su consagración en su Liga de origen, accedió a disputar el Campeonato Nacional, en el que el puntano anotó sus primeros (dos) goles en la máxima categoría. Una de ellas, ante los Xeneizes, en ocasión de un empate en un tanto, en el Estadio Malvinas Argentinas.
      Las incipientes condiciones del robusto Juan Gilberto acabaron por confirmarse definitivamente, en la que es hasta el momento la última incursión del Lobo mendocino en 1ra. Las cinco conquistas que señaló en la fase inicial del Nacional '84 fueron determinantes para que Gimnasia clasificara a la segunda ronda, en la que no obstante sumara una nueva anotación, su equipo fue eliminado en cuartos de final por Argentinos, campeón del certamen. De ese modo, su primera experiencia en el exterior no tardó en efectivizarse...

martes, 29 de diciembre de 2015

 
                 Tangalanga, el (re)inventor del llamado telefónico


   
      Fue en la enseñanza primaria que el mozalbete pelirrojo, nacido el viernes 10 de noviembre de 1916 en las cercanías de la Plaza del Congreso, forjó sus dotes de ácido bromista. Una de las majaderías preferidas del travieso niño consistía en escribir en el pizarrón la lista de sus compañeros ausentes, entre los que intercalaba improperios supuestamente ajenos a un establecimiento educativo. Y no fallaba: invariablemente, los desprevenidos maestros leían: "Rodríguez, Falsoni, Antoni....PUTO". A lo que pretendía significar una severa reprimenda, el osado gurrumín solía responder: "Señor, es la última...por hoy".
         El teléfono vendría después, mucho después. Era un consumado cincuentón cuando realizó su primer llamado, que no respondió a una mera autosatisfacción de incordiar al prójimo sino a mitigar el durísimo trance que debía afrontar su querido Sixto, a quien una compleja intervención en su cabeza lo había confinado a la postración. Eso sí, el delicado paciente gozaba de llamativa lucidez, lo que hasta le permitía quejarse ante su solícito confidente de la impunidad con que lo estafaba el veterinario que atendía a su perrito, que "cobra que parece (René) Favaloro". De ese modo, se produjo en 1962 el debut absoluto del anónimo justiciero telefónico, quien no vaciló en amenazar con "romperle el alma" al desaprensivo especialista -un "talabartero podrido", según su propia (des)calificación-, si algo le sucedía al Puchi, alias del tan infortunado como ficticio can. Al llevarle la grabación (1), las sonoras risotadas del desahuciado enfermo parecieron revitalizarle cuerpo y alma, no obstante el cuadro irreversible que ya se había obstinado con instalarse en derredor suyo.
           Enteramente devastado por la muerte de su entrañable amigo, en 1964, Julio Victorio de Rissio, infinitamente más conocido como el Doctor Tangalanga, Raúl Tarufetti o Licenciado Varela (2), decidió colgar el tubo de manera indeclinable. Si bien a lo largo de dos años había efectuado alrededor de 30 llamados -de los que se conservan contados registros, joyas como "Tintorería" o "Carro atmosférico"-, por lo que su círculo áulico llegó a sugerirle que podría dedicarse en paralelo a la comicidad, de Rissio optó por abocarse exclusivamente a su función de gerente de compras en Colgate-Palmolive. En esa compañía, en la que en principio revalidó sus estudios de taquigrafía y dactilografía, resultó crucial para el despuntar artístico de Susana Giménez, a quien la ligaba el estrecho vínculo que desde joven mantenía con los padres de la diva.

                                               


         Luego de 34 temporadas ininterrumpidas de intachable desempeño en la empresa en cuestión, a de Rissio le fue ofrecido idéntico rol por el presidente de una de las firmas competidoras líderes. "Si los norteamericanos te aguantaron tanto tiempo, seguro que boludo no sos", le garantizó un tal Mauricio Borensztein (3), amigo en común con Sixto, al dubitativo Julio. En efecto, el consejo del inmenso Tato Bores contribuyó en gran medida a su ingreso en las filas de Odol, en la que se desenvolvió desde 1972 hasta 1995, al ser aquella curiosamente absorbida por...Colgate Palmolive.
         ¿Cuánto más habría de durar el impasse comprendido entre las conversaciones telefónicas de la década de 1960 y las que habrían de sucederlas? El disparador fue una impiadosa hepatitis que en 1980 lo tumbó por espacio de ¡¡¡70!!! días. En las primeras semanas en las que lo aquejaba la persistente afección, de Rissio se sentía "muerto, muy tirado", de acuerdo con su propio testimonio. Una vez sobrevenido el estado de convalecencia, sus amistades -Tato Bores incluido- comenzaron a acercarle anuncios de diarios y revistas para que retomara los antiguos llamados con los que se habían deleitado al igual que el infortunado Sixto. Así, al tiempo que paliaba el tan obligado como interminable reposo, imprescindible para recobrar su óptima salud, Julio, rebautizado definitivamente como Tangalanga, Tarufetti y afines, iniciaba, puteadas a Blanca Curi mediante, una trayectoria de humorista que lo encumbraría progresivamente en la cima de la idolatría, venerado por fanáticos de a pie y por otros tantos notables.