miércoles, 14 de marzo de 2018


                                     El Superclásico más importante de 
                        la historia fue para Boca...hasta hoy        
                 
                                            
   Una de las características más salientes de la eterna rivalidad que mantienen Boca y River reside en las considerables oportunidades en que las dos instituciones más populares de nuestro país se enfrentaron en instancias decisivas, especialmente en eliminaciones directas de carácter oficial, tanto por torneos internacionales como en el ámbito local.
     En el primero de los casos, el cuadro xeneize dominó en principio ampliamente el historial  merced a los sucesivos triunfos obtenidos ante su máximo adversario, como el que se produjo en virtud del desarrollo de los cuartos de final de la Supercopa 1994, en el que -tras igualar en un tanto en La Bombonera- el equipo local se impuso por penales (5-4), previo empate sin goles en Núñez.
     Seis años más tarde, los de la Ribera se rehabilitaron de la derrota sufrida en el Monumental en el partido de ida (1-2) y se despacharon con un 3-0 de antología, el del inolvidable muletazo de Martín Palermo, quien retornó aquella noche a la práctica activa después de padecer la rotura del ligamento cruzado anterior de su rodilla derecha (1), con lo que se deshicieron del conjunto millonario en octavos de final para a la postre adjudicarse la Copa Libertadores ante Palmeiras después de 22 largas temporadas.
     Ya en la edición 2004 de la más trascendente competición continental, la escuadra auriazul eliminó a la banda sangre en semifinales al cabo de dos candentes cotejos en los que abundaron los encontronazos entre los futbolistas, expulsiones y fallos polémicos, no solo en los 90 ' iniciales -en los que Boca ganó por 1 a 0- sino asimismo en el 2 a 1 a favor de River que derivó en una nueva definición desde los doce pasos favorable a la visita (5-4), que enmudeció a un Estadio Antonio Vespucio Liberti abigarrado por más de 70.000 fanáticos del elenco anfitrión (2).
      La holgada ventaja de que otrora gozaran los boquenses en la faz internacional, no obstante, se redujo ostensiblemente producto de las (dos) lacerantes caídas que le propició su archirrival en solo seis meses, en las que tampoco faltaron la controversia, el -excesivo- juego brusco y los tumultos entre los protagonistas; ni siquiera la suspensión de uno de los duelos.
      Seguidamente de la encendida paridad (0-0) en el escenario rebautizado en 2000 como Alberto J. Armando (3), River despidió a Boca en semifinales de la Copa Sudamericana 2014 al batirlo por 1 a 0, la antesala de la victoria ante Atlético Nacional de Medellín (1-1 y 2-0, respectivamente) que le significó a la entidad milllonaria acreditarse ese trofeo por primera vez en su historia.
      En 2015, los acérrimos oponentes volvieron a cruzarse en octavos de final de la Copa Libertadores. Allí, el Millo -jugando nuevamente a lo Boca- triunfó como local por 1 a 0 antes de afrontar la revancha de apenas 45' de duración, habida cuenta del affaire gas pimienta que decretó el prematuro epílogo del Superclásico cuando los equipos empataban en cero. De ahí el dictamen de la CONMEBOL que le concedió el acceso a River a la fase inmediatamente posterior -en la que doblegó a Cruzeiro, su otra bestia negra copera - y, sucesivamente, a Libertad de Paraguay y Tigres (México), con lo que se adueñó del torneo continental más importante de Sudamérica que esquivo le resultara desde 1986.
       A diferencia de la supremacía usufructuada por el club azul y oro en llaves eliminatorias internacionales, su tradicional antagonista lo supera en el ámbito doméstico en lo que a desafíos a suerte y verdad concierne. De hecho, el team millonario prevaleció en la inaugural instancia mano a mano que en su haber registra el Superclásico.
       En ocasión del desarrollo de la ronda inicial de la Copa Competencia de Primera División de 1915 (4), River se estrenó en el torneo igualando 1 a 1 con su par xeneize en condición de visitante, en un encuentro cuya paridad no pudo romperse ni siquiera al ordenarse la disputa de cuatro tiempos suplementarios de 15 minutos cada uno. El referee recién discontinuó el match -en rigor, el más largo de la historia del derby por antonomasia del fútbol argentino- cuando se le vino la noche. La ausencia de iluminación natural -recién en 1935 se jugaría el primer cotejo con luz artificial, en la goleada de Vélez como local ante Platense por 4 a 2- motivó que se pautara un desempate una semana más tarde, en el que el actual cuadro de Núñez - entonces aún de La Boca- eliminó a los auriazules del certamen al vencerlos cómodamente por 4 a 2, en cancha de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires (GEBA).
       Tan solo tres temporadas después, idéntico trofeo originó un nuevo cruce entre los enconados contrincantes. Allí, River volvió a oficiar de verdugo al imponerse en partido único por la mínima diferencia en el estadio de Racing, en un enfrentamiento correspondiente a octavos de final de la Copa Competencia 1918, de la que River se coronó subcampeón al caer en el cotejo decisivo ante Porteño por 2 a 1.
       Puesto que ambos equipos compartieron el liderazgo de la primera rueda del Campeonato de Liga AFA de 1937 -que a posteriori obtuvo River-, el ente rector del fútbol argentino dispuso se disputara un desempate -premiado- entre millonarios y xeneizes, aunque con notorio delay... El clásico, dirimido recién en ¡¡¡1939!!! en el Viejo Gasómetro de San Lorenzo, fue -una vez más- para el conjunto riverplatense, que batió a su rival por 5 a 3. Aunque el abultado score no modificó las posiciones finales del torneo, sí es considerado extraordinariamente oficial.
       Otra insólita modalidad de resolución de un encuentro en que confrontaron Boca y River se produjo en oportunidad de la celebración de la Copa Adrián C. Escobar 1942 (5). Tras igualar 0 a 0 en 40' -tal era la duración de los cotejos decretada por el reglamento del certamen-, River -local- avanzó a la final -en la que caería por 2 a 0 frente a Huracán- al superar a Boca por...mayor cantidad de tiros de esquina a su favor en el trascurso del (reducido) partido.
        El cuadro de La Ribera no descontó sino el historial adverso -aunque más no fuera parcialmente- hasta obtener la Copa Competencia Británica George VI 1946 (6).  En el match inmediatamente anterior al que le valiera el título ante San Lorenzo en cancha de River (3-1), los xeneizes -en formato de play-off- derrotaron al Millo por 2 a 0 en feudo azulgrana.
        No obstante Boca culminó la temporada 1969 dando la vuelta olímpica en el mismísimo
Monumental, en un infartante duelo cuyo contexto semejó una cuasi final, fue River el que primó en el auténtico mano a mano disputado aquel año. Luego de haberse posicionado en la primera colocación de la Sección "A" del Campeonato Metropolitano junto con Chacarita -al que relegó a la condición de escolta por haber anotado mayor cantidad de goles- el club auriazul accedió las semifinales del torneo para chocar con la escuadra millonaria, segunda en la Zona "B". Pese al empate en cero derivado del gravitante desafío, fue la entidad de Núñez la que clasificó a la instancia culminante del certamen -en la que fue apabullado por el Funebrero por 4-1-, pues en su campaña en la ronda preliminar había marcado un tanto más que su tradicional oponente.
        Previa indeleble cuan infartante victoria de River por 5 a 4 en el José Amalfitani, en el que el cuadro triunfante, después de ir ganando 2-0 remontó un adverso tanteador transitorio de 2-4 en tiempo de descuento, en la inauguración de los cruces interzonales del Torneo Nacional 1972, el elenco de la banda roja oblicua eliminó al de la franja oro horizontal al doblegarlo en el mismo escenario (3-2), en un encuentro válido por las semifinales de aquel certamen. Sin embargo, los de Núñez resignaron las chances de conquistar el título al caer ante San Lorenzo -bicampeón de la temporada- al caer por 1 a 0, en otro cotejo disputado en cancha de Vélez.
        Técnico que debuta...pierde. La presentación absoluta de Carlos Daniel Aimar como director técnico de Boca coincidió con el duelo -los duelos, en rigor a la exactitud- que protagonizaron los clásicos adversarios durante la sexta fase del Torneo Clasificación, tal como se denominó a la ronda de perdedores de la Liguilla PreLibertadores 1989. En esa instancia, tras haber empatado 0 a 0 en La Bombonera y en el Antonio Vespucio Liberti -en ese orden- River ganó 2 a 1 en el estadio mundialista de Liniers, en una noche de torrencial lluvia en la que Daniel Alberto Passarella jugó el último partido de su excelsa trayectoria profesional, antes de conseguir el acceso al máximo certamen continental al imponerse a San Lorenzo al cabo de dos cotejos (1-0 y 0-0).
        Por fin, la Copa Centenario 1993, torneo oficial no regular en conmemoración del centenario de la creación de AFA. Durante el trascurso de la rueda preliminar, Boca obró de anfitrión en una chata igualdad sin tantos. En la revancha, River se impuso por 1 a 0 en la modalidad conocida como muerte súbita o gol de oro, adicional al tiempo reglamentario, en la que se atribuía automáticamente la victoria el primer equipo en vulnerar la valla del rival de turno. Consumado su triunfo, sin embargo, el conjunto de Núñez -postrero subcampeón al ser derrotado en la final por Gimnasia por 3 a 1- no logró sentenciar la participación del xeneize en la competición pues aún aguardaba por este la ronda de perdedores, en la que fue eliminado al sucumbir ante Argentinos en el Estadio José Amalfitani (0-1), todo un estigma para la escuadra auriazul. Es que allí mismo había sido superada inicialmente por los millonarios, tal como sucediera en la práctica totalidad de las llaves definitorias en que intervino a lo largo de los años no solo cotejando con su eterno contendiente, sino asimismo enfrentando a contrincantes no tradicionales como Estudiantes, a cuya merced se inclinó en el desempate del Apertura 2006.
      Con todo, pese a la calidad y cantidad de batallas libradas por las partes actuantes a manera de eliminación directa tanto en torneos internacionales como locales, la única final dirimida en partido único que registra el historial oficial entre los dos gigantes del fútbol argentino se produjo en el ámbito doméstico. En efecto, Boca y River, cuyas respectivas campañas en las dos últimas temporadas los habían encumbrado como los mejores equipos, fueron llamados a confrontar en el encuentro culminante del Torneo Nacional 1976 (7).
      Respecto del elenco de Núñez, su auspiciosa labor en aquel certamen probó fehacientemente que a la conquista del  bicampeonato de 1975, bajo la conducción de su máximo ídolo, Ángel Amadeo Labruna, con lo que quebrantara una racha adversa de 18 años de sequía -la más extensa de la existencia riverplatense-, no le siguió el supuesto aburguesamiento que suele endingárseles a los cuadros que alcanzan su objetivo más preciado. Tampoco lo disuadió su segundo intento trunco de adjudicarse la Copa Libertadores.
      Eso sí, para conservar el protagonismo, los millonarios paliaron la partida de su figura indiscutida, Norberto Osvaldo Alonso, al Olympique de Marsella, con una combinación especialmente eficaz: la permanencia de la base del equipo (bi)campeón, de la que sobresalían Ubaldo Matildo Fillol, Roberto Alfredo Perfumo, Juan José López, Reinaldo Carlos Merlo y Oscar Masa quienes se agregaba la confirmación como titular de Daniel Alberto Passarella, algo postergado en el Metro '75; con incorporaciones de renombre como Victorio Nicolás Cocco -de ulterior paso por Boca- y Alberto Beltrán , integrantes del San Lorenzo que se consagró en 1972 y 1974; y Francisco Fatiga Russo, pieza fundamental del brillante Huracán que se acreditara el Metropolitano '73. De ese modo, los dirigidos por el Feo se hicieron con cierta comodidad de la Sección "A", esto es, la primera ronda del Nacional '76, que le reportó resultados históricos como la goleada ante San Telmo (7-1), y triunfos inapelables como el 4 a 2 frente a Racing. Posteriormente, el Millo se adentró en la rueda de eliminación directa, en la que derrotó en cuartos de final y semifinales, respectivamente, a dos difíciles adversarios: Quilmes (2-1) y Talleres -la revelación del certamen- por 1 a 0, en un controvertido cotejo jugado en La Bombonera.

         Para Boca, el año no podía haber comenzado mejor. La consecución del Campeonato Metropolitano excedió el valor del logro en sí mismo (8). Es que en el lapso comprendido entre 1973 y 1975, el cuadro azul y oro -si bien constante candidato al título- se había caracterizado por aflojar constantemente en las instancias clave. Es cierto que los subordinados al entrenador Rogelio Antonio Domínguez, fiel cultor del lirismo, desplegaban en el terreno de juego un fútbol lujoso -aunque algo ajeno al paladar del adherente xeneize promedio-, con Osvaldo Rubén Potente como intérprete ineludible; pero como asegurara alguna vez Juan Carlos Lorenzo, técnico reemplazante del exarquero de Racing, River, Real Madrid y la Selección Nacional, aquel equipo "fallaba siempre en el sprint final".
        El Toto, quien como jugador se había desempeñado en el club entre 1945 y 1947-y dirigido a River en 1967-, se juraba -a diferencia de Domínguez- un resultadista de pura cepa. No por nada, apenas asumido en sus funciones, acuñó una de sus máximas más conocidas: "Boca es Sportivo Ganar Siempre". Para fundamentar su postulado, Lorenzo, con la anuencia del presidente de la entidad, el inefable Alberto José Armando (5), selló adquisiciones del valor de los exfutbolistas de River, Hugo Orlando Gatti y Ernesto Mastrángelo, quienes estuvieron a sus órdenes en el revolucionario Unión de 1975 al igual que Rubén José Suñé, de regreso a la institución en la que debutó absolutamente una vez recompuesto su vínculo con el mandamás auriazul; así como los concursos del ex zaguero central millonarioFrancisco Pedro Manuel Sá, procedente del multicampeón Independiente; Carlos José Veglio, campeón con Giancarlo como DT en San Lorenzo del Metro y Nacional de 1972;  Jorge Daniel Ribolzi, que se destacó en Atlanta; y Juan Alberto Taverna, de Banfield, en el que le señaló  SIETE goles a Huracán de Ingeniero White en la holgadísima victoria del Taladro por ¡¡¡13 a 1!!!, por el Nacional '75, récord de anotaciones de un jugador en un mismo partido en el Profesionalismo, aún imbatido. A ellos se acoplaban los referentes del plantel que había quedado, como Roberto Mouzo, Vicente Alberto Pernía, Alberto César Tarantini, Jorge José Benítez, Marcelo Antonio Trobbiani y Darío Luis Felman.
     Inmediatamente después de concretar su meta inicial, al Equipo de viejos -tal como se había denominado al conjunto boquense por el promedio de edad de sus componentes- llegó para el segundo semestre como refuerzo más trascendente, Mario Nicasio Zanabria, estelar talento del Newell's que se coronó en el Metropolitano '74
     Aun pese a su encomiable arranque, en el que edificó un invicto de seis encuentros, al elenco de Lorenzo le costó más de lo esperado la clasificación a la fase posterior. Es más, cuando restaban dos jornadas para el cierre de la Sección "A" ocupaba la tercera ubicación, lo que atentaba inexorablemente contra sus ansias de repetir la exitosa campaña del Metro. No obstante sus triunfos ante Independiente (1-0) y (2-1), el Xeneize terminó compartiendo la cima de su Zona con Quilmes. Por ello, debió jugar un desempate con los cerveceros, a quienes se impuso por 2-1. Solo así pudo doblegar consecutivamente en la siguiente ronda a Banfield (2-1) y Huracán (1-0), para acceder a la finalísima ante su tradicional rival.

                                 


     Clasificados para el cotejo que definiría al campeón del Torneo Nacional, los planteles de Boca y River dedicaron la vigilia a reponerse de la ajetreada segunda ronda, en la que habían disputado dos -y hasta tres partidos -tal el caso de los de La Ribera, contando el desempate vs Quilmes- en una semana, tras lo que debían confrontar solo tres días más tarde. No obstante, el reposo no fue todo lo reparador que los candidatos al título hubieran deseado.
      Por el lado de los millonarios, quienes concentraron en el 725 Hotel Continental, emplazado en el centro de la Ciudad de Buenos Aires, se desató un encono entre los referentes del primer equipo -entre ellos, Mostaza Merlo y J.J. López- y la Comisión Directiva, al diferir en el monto y el modo del premio que le correspondía a los futbolistas por haber arribado a la instancia culminante y por la cifra adicional que les sería entregada en caso de conseguir el título. Por lo demás, Labruna ya había decidido la alineación titular, a excepción de Pinino Mas, de quien se suponía se recuperaría óptimamente de la leve molestia que lo aquejaba.
      Los de la Ribera, a su vez, establecieron su sitio de operaciones en La Candela, en la que se confirmó la ausencia por desgarro del Chino Benítez, a quien sustituirían Zanabria o Veglio. Asimismo, se ponía en duda la actuación del Héber Mastrángelo, aquejado por un traumatismo en uno de sus tobillos. Fue allí que Juan Carlos Lorenzo -quien concibiera la célebre frase "por cada gil que avivás, matás cuatro vivos"- montó una pantomima tendiente a desorientar a los trabajadores de prensa, pero más aún a su oponente de Núñez: delante de todo el mundo ordenó se vendase al convaleciente delantero en su tobillo derecho, el sano. Los periodistas compraron y se apresuraron en divulgar la novedad. Todo por si a Passarella -marcador de Mastrángelo- se le ocurría trabajar la humanidad del exatacante más de la cuenta.
    Mientras tanto, el universo futbolístico, sin distinción alguna de camiseta, se aprestaba a disfrutar de un acontecimiento inédito, con visos de irrepetibilidad. Jamás volvería a reeditarse la final de un Superclásico de manera oficial...Hasta el día de la fecha. Sí, es hoy...

lunes, 24 de julio de 2017

                     Minguito: cuando un gomía se
                     va...el 20 de julio (última parte)
      
                                                               
    "Mingo es ese dulce amigo, llega Mingo el ascrito del canal, en su Santa Milonguita, 
desbordando sonrisas y ternura", versaba la pegadiza cortina musical del programa con el que Juan Carlos Altavista retornó a la televisión con su más popular personaje después de un intervalo de tres años, una vez finalizada definitivamente su participación en Polémica en el bar.
    Hasta entonces, las apariciones en cámara del ilustre artista habían sido esporádicas, lo que sin embargo no lo privó de atestiguar preferencialmente una instancia culminante de la historia del espectáculo argentino invitado por su colega y compinche Alberto Olmedo, con quien coincidió en emisiones televisivas como el ciclo original de Operación Ja-Já y compartió cartel en películas de la talla de Villa Cariño está que arde, Flor de piolas y El Andador.
    Sucedió en el estreno de la quinta temporada de No toca botón, envío transmitido por el antiguo canal 11, hoy Telefe. Allí, Olmedo irrumpió en escena por última vez en su vida vestido de Rucucu, el mago ucraniano, una de interpretaciones más emblemáticas. En presencia de Altavista -que no de Minguito-, Enrique Pinti, Luis Brandoni y Susana Traverso, el Negro se quitó una a una sus prendas hasta quedar en paños menores para inmediatamente incinerar el traje de su ya expersonaje, al que consideraba quemado -valga la redundancia- por la imitación que del mismo solía realizar en su exitoso programa Mario Sapag, contemporáneo de Mingo en "Polémica..." y compañero de reparto del cómico rosarino en Los caballeros de la cama redonda y Los fierecillos indomables, entre otros.
    Como si no hubiera bastado con la ceremonia incendiaria, el Negro parodió a su plagiador en su legendario ciclo con un segmento denominado Las mil  y una de Olmedo, en el que imitó a Bernardo Neustadt con Altavista como interlocutor, y a Dante Caputo, dos de las más festejadas representaciones de Sapag.

                                                     

     De allí en más, el humorista adoptó un bajo perfil en lo que a exposición mediática compete, antes de reintegrarse a la pantalla chica con el programa SuperMingo, en 1987, también por Canal 11. Pese a lo que pudiera sugerir el título autorreferencial de su nuevo emprendimiento, el actor se rodeó para la ocasión tanto de sus familiares como de su entorno dilecto de amistades a la vez que productores y libretistas de su mayor confianza. Es que, como afirmó en alguna oportunidad Juan Carlos Calabró, Minguito carecía absolutamente de "celos profesionales".
     La verdad es que SuperMingo superó con creces las expectativas que inclusive el propio capocómico había depositado en su proyecto. Tanto, que ya en el despuntar de su ciclo eclipsó al resto de sus competidores del rubro humorístico -entre los principales, No toca botón, Calabromas, el Contra y don Mateo, y Las mil y una de Sapag- con 34.2 puntos de rating -y picos de 39.1-, según las mediciones registradas por IPSA, función que en la actualidad ejerce IBOPE.
     El liderazgo en los índices de audiencia al que escaló el programa se fundamentó en la introducción de sketches como La escuela del Nalca, en la que Mingo es el único "aluno" del profesor de gramática y literato Esteban Giménez, a quien supo tildar de "maniático testual" porque su maestro había estrechado distancias para indicarle -exageradamente- la diferencia de pronunciación y modulación entre las palabras escritas con "b" y "v", como "abrazo, beso, aventura, ven... belleza"; La novia de Minguito, en el que Tinguitella renunció al anhelo de conquistar a su amor platónico, Graciela Borges -" aunque ella no sabe que soy su mino"-, para encarnar el papel de eterno pretendiente de otra "naifa", la entonces ascendente vedette y actriz Silvia Peyrou; "el robós Magnolia", de activa participación de su hija Ana Clara, quien caracterizaba a una mujer androide de origen estadounidense que bailoteaba al ritmo de una contagiosa voz en off femenina que reiteraba incansablemente la frase "soy una muñeca"; Los gladiadores romanos, en los que Marcos Zucker y Vicente Rubino remitían con sus respectivas vestimentas a los guerreros de la Antigua Roma; las secciones dedicadas a sus más disparatados monólogos -el "análisis filasófico" que impartió en honor al mejor amigo del hombre incluido- y a sus clases particulares de anatomía, en las que el cómico personaje nos enseñó que el cuerpo humano consta de músculos como los "bises" (bíceps), órganos como "los fuelles para el osígeno" (pulmones), "ginitales o virijas" (partes pudendas) y huesos como el "fermu" (fémur); y hasta un espacio a puro catch denominado Los campeones del Perejil (1), comandado por un miembro del reparto de SuperMingo: Domingo Lucciarini, el mismísimo payaso Pepino que en Titanes en el Ring descolló durante las décadas de 1960-70, secundado por una troupe de luchadores de la que sobresalían el Caballero Rojo y el mexicano Pancho Juárez, versionado por otro coloso del cuadrilátero, el Mercenario Joe.
    Con todo, fue el bloque destinado a la rediviva "redasión" el que acaparó el incuestionable favoritismo de los telespectadores, en la que -a falta del Preso, en la época de La voz del rioba- Minguito integraba un prestigioso equipo de prensa compuesto eminentemente por Julio Ernesto Vila -experto en boxeo-, Riverito y Alberto Fosforito Muney.
    A modo de labor inicial, Mingo se creyó tan impune como para entrometerse en el legendario ciclo informativo La Noticia, conducido por Enrique Landi y Nadia Cyzenko, y proceder a comunicar su interpretación del "Decálago de periodista", entre los que sobresalen el "sétimo" punto -"queda terminantemente prohibido chupar vino en horario de laburo...sin convidar a los cólegas"-, el "novoa" -"acordarse de que somo' el cuarto poder y nadie nos va a llevar por delante...y menos por atrás, porque tan pronto le podemo' levantar un manolito como hacerle un buraco así de grande, como le hicimo'a Nison en Guatergueiti"-, previo a enunciar el décimo y último -"déase a publicidad y conocimiento de locutores, periodistas y anesos...Se hará justicia, ¡sí, señó'!"-.

                                                         
     "Incrédolo", tal la acusación que Tinguitella le formuló a Julio Ernesto Vila. El especialista en pugilismo, escéptico, no podía concebir que su ignorante colega, a quien acostumbraba corregirle los barbarismos en los que aquel a menudo incurría, fuese capaz de estar manteniendo una conversación telefónica con el mejor futbolista de la historia. De hecho, le juró a Minguito que si por gestión suya el Barrilete Cósmico se presentaba en la oficina de redacción, no dudaría en acudir al desempeño de su tarea luciendo un indiscreto bisoñé que cubriera su calva cabeza. Nadie le exigió al reputado periodista que cumpliese su promesa, no obstante lo cual debiera resignarse a que la nota en exclusiva con Diego Armando Maradona la abordara su inculto compañero de trabajo, quien solía endilgarle dos motes: Vilita u Hormiga Negra.
     Visiblemente conmovido -a diferencia de su alter ego, Juan Carlos Altavista, a quien contrariamente a lo que se cree no le interesaba el fútbol- Mingo preguntó al Diez -entonces vigente capitán y campeón mundial con la Selección Argentina, a la vez que de reciente consagración con Napoli, el primer título de Liga que ese equipo obtuvo en su historia- si había sido con la mano el tanto que abrió el marcador en el duelo ante Inglaterra por los cuartos de final del ecuménico torneo de México 1986. Diego no develó el misterio, pues susurró la respuesta al oído del hombre de prensa.
     Lo que sí trascendió públicamente fue el recíproco intercambio de sueños entre las partes. Mientras que el redactor le pidió atajarle un penal a Maradona, este solicitó su sombrero y su bufanda, y se hizo de un mondadientes para vestirse de Minguito Tinguitella.
    Otra de las eminentes visitas que el periodista recibió en su despacho fue la de elenco de El Chavo del 8, en virtud de la gira que Chespirito y compañía emprendieron por Argentina, en donde abarrotaron siete veces consecutivas el Estadio Luna Park de la Ciudad de Buenos Aires. Los entrañables actores mexicanos le gastaron una broma a su entrevistador, al identificarse con alias por demás jocosos: Roberto Gómez Bolaños, "Viuda de Menotti"; Florinda Meza, "Susana Giménez", María Antonieta de las Nieves, "Moria Casán" y Rubén Aguirre, "José Marrone".
    Completan la lista de notables concurrentes: el cantante Roberto Sánchez, más conocido como Sandro o el Gitano, por más que en Polémica en el Bar el vocalista ya hubiera que tenido que tolerar un particular "mangazo" de Mingo; la tenista Gabriela Sabatini, enconada contrincante de Martina "Navratibola"; el multicampeón mundial de boxeo Carlos Monzón, meses antes de asesinar a su exesposa, la actriz y modelo uruguaya Alicia Muñiz-; el jóckey Jorge Valdivieso, quien posibilitó que el "ascrito del nalca" se paseara en "llobaca" por el set de filmación, el actor Federico "Luppe" (Luppi), de "carácter podrido" de acuerdo con la apreciación del entrevistador; y el relator José María Muñoz, entre otros.
                                 
                                                       

     Bienaventurado, Juan Carlos Altavista primaba hasta en los tribunales. A la par de su rotunda victoria en las ránkings de audencia, la Justicia se expidió en su favor respecto de la querella que Hilda Reboiras -viuda de su amigo y exlibretista Juan Carlos Chiappe, padrino de su hija Maribel- le había iniciado tanto al actor como a Roberto Peregrino y Gerardo Sofovich, por considerar que los demandados usufructuaban sin autorización el personaje Minguito Tinguitella, propiedad de su difunto esposo, sin que mediara un resarcimiento monetario para su persona.
     Según el testimonio de Reboiras, "(Altavista) todo se lo debe a mi marido y ahora no lo quiere reconocer dándome lo que corresponde. Lo que pasa es que cuando Juan Carlos (Chiappe) vivía, permitía que tanto él como Peregrino Salcedo escribieran los libretos para Minguito. Por hacerlo, le pagaban un plus (...) Yo una vez reclamé ante Argentores, pero nunca me hicieron caso. Allí está registrado el personaje a nombre de Juan Carlos Chiappe, pero el que ahora les deja ganancias es Juan Carlos Altavista". Y añadió: "Me preguntaron qué era lo que pretendía y les pedí un departamento, una pequeña cantidad de dinero, mucho menos de lo que me pertenecía. Pero él (Altavista) se negó a darme algo. Es terrible para la plata".
     Por su lado, luego de reconocer el dolor que le había causado la apelación de la sentencia en dos oportunidades, el actor -ya decretado el fallo judicial- declaró: "Estaba muy tranquilo porque sabía que esto era una injusticia y que finalmente todo se iba a arreglar como era debido". "Me saqué un gran peso de encima. Las exigencias de la viuda de Chiappe demandaban una compensación económica bastante fuerte. No podría decir ahora a cuánto podría ascender la indemnización, pero calculo que superaría el medio millón de dólares. En definitiva, es como si hubiese ganado medio millón de dólares", profundizó Altavista.
     Definitivo e inamovible, el dictamen de la Corte Suprema de Justicia desestimó el reclamo de Hilda Reboiras, que se tradujo en un pleito de siete años de duración, entre 1980 y 1987. A ese efecto, el humorista, aun pese a que tuviera que resignar el apellido de su emblemático personaje como requisito del acuerdo,  remató: "El caso queda cerrado para siempre como cosa juzgada. Minguito soy yo y yo soy de Minguito...".
     Y así fue, en televisión, radio y cine. A sus 58 abriles, su rutina profesional le exigía más de 10 horas de aplicación diaria, a excepción de los martes, en los que se relajaba navegando en su crucero Cambalache para encontrarse con sus "amigos de los astilleros" en la zona de San Fernandoaunque públicamente ocultaba su afición a la náutica por considerarla un hábito privativo de "bacanes", lo que no se consustanciaba con el esmirriado "bolsiyo" o "camisulín" -solo abundante en papeles arrugados- de Minguito. Si no, se lo pasaba en la intimidad de su hogar, largamente constituido en la localidad bonaerense de Olivos, junto con su esposa e hijos, en donde se complacía de cocinar -y degustar- uno de sus menús preferidos: ravioles con tuco.
     No obstante, sus jornadas, tan productivas como ajetreadas, derivaron en el recrudecimiento de los síntomas característicos del Mal de Wolf-Parkinson-White, ese persistente síndrome congénito que le había sido diagnosticado en 1969.
     Sus taquicardias paroxísticas, acentuadas por el dinamismo que requería su trabajo al tiempo que por exceso de tensión nerviosa, ameritaron asiduas visitas de urgencia al Hospital Municipal de Vicente López, en el que los facultativos hasta llegaron a recurrir a la terapia electroconvulsiva - más conocida como electroshock- para restablecer los latidos normales de su debilitado corazón.
     La celeridad con que el paciente recobraba su salud cardíaca no dejaba de sorprender a los especialistas; no a Minguito, quien acaso desestimó de plano la vital chance de operarse en Estados Unidos porque en el período de mayor actividad de 1987 soportó -según confesó el propio actor- ¡¡¡14!!! ataques al "boboen solo cinco meses. Solo aceptó la recomendación de sus médicos de cabecera de acortar la frecuencia, duración e intensidad de sus días laborales.
     Imprevistamente, durante el comienzo de la segunda temporada de SuperMingo -aún emitido por Canal 11-, Altavista descubrió que su cardiopatía había efectivamente deprimido la pujanza con que otrora acometía sus menesteres artísticos, lo que de todas maneras no lo abstendría de honrar la memoria del Negro Olmedo por medio de la alusiva balada de su presencial creador, Alberto Cortés, ni de filmar la última de las 57 películas de que consta su longeva trayectoria cinematográfica.
     Junto con Carlitos Balá y Tristán, el humorista protagonizó en 1988 la comedia Tres alegres fugitivos (1), dirigida por Enrique Dawi, en la que el terceto cómico se empleaba en una empresa de mudanzas y traslado de fletes a larga distancia, al Interior y a países limítrofes como "Checueslavaquia".
     Previo viaje en camión rumbo a Córdoba, los gomías se percataron de que un bebé había sido abandonado al pie de la puerta de la pensión en la que residían. Aunque en principio lo desconocían, el lactante había sido dejado allí ex profeso pues la mucama de un acaudalado empresario cuyo inescrupuloso hermano lo creía muerto en un accidente aéreo, le había ordenado que eliminara al único heredero de su fortuna, el inofensivo "bepi", para que solamente en él recayeran los incontables réditos de la sucesión. Encariñada con el nenito, la doméstica recapacitó antes de cumplir con tan desalmada directriz y, en cambio, a sabiendas de que debían partir hacia la misma provincia mediterránea en donde vivía su hermana, prefirió delegar la custodia de la criatura a los dependientes de la agencia de transportes hasta que estos lo arrimaran al domicilio de su pariente.
     Repuestos del desconcierto inicial, los compinches adoptaron gustosos a Federico, tal como llamaron al pequeñito. Después de sopesar pros y contras de alimentarlo con fideos -aunque sin pesto- Minguito acudió a la farmacia para adquirir "morfi para bebés".
     Una vez bañado, cambiado y comido, el infante se convirtió en uno de los cuatro integrantes del camión que se dirigió a territorio cordobés, en donde los fugitivos afrontaron todo tipo de vicisitudes hasta llegar a rendirle culto a su mote producto de su huida de la autoridades policiales, quienes los creían "chorros de pibes", al decir de Mingo. Recién probaron su inocencia luego de corroborarse que el potentado empresario y su esposa habían salido airosos de la catástrofe, confesión de la mucama mediante. Aunque ya era demasiado tarde: Minguito, Balá y Tristán se habían enamorado de Luis(ito), el verdadero nombre de Federico.
 
                                                         
     Finalizado su vínculo contractual con Canal 11, Juan Carlos Altavista recaló en el emergente Tevedos -actual América TV- en 1989, con objeto de afrontar la madurez de su vasta carrera profesional. Para ello, su programa fue rebautizado como Vamos, Mingo Todavía...!, a cuyo elenco se sumaron, entre otras figuras, Javier Portales, Esteban Mellino y María Rosa Fugazot.
     La mañana del jueves 20 de julio, a solo dos meses del lanzamiento de su renovado ciclo, el cómico había despertado, como siempre, a las 09.30 puntuales, aunque contrariado. Lo intranquilizaba que su adorada esposa, con quien aun después de casi tres decenios de haber contraído enlace el mutuo "te quiero" permanecía invariable, no hubiera despertado a su lado. Raquel Álvarez, oriunda de la ciudad de León (España), había tomado un avión que la llevó hasta Montevideo, para cuidar del delicado estado de salud de su madre.
     Permitido que le dicen, Altavista trocó su usual desayuno de mate y yogur por uno de sus caprichos culinarios preferidos: las medialunas, que combinó con un tazón de café con leche, acompañado por su hijo menor y asimismo actor en  "Vamos, Mingo...", Juan Gabriel.
     Más tarde se sumarían su primogénita Maribel y Ana Clara -la que le sigue en orden cronológico-, coproductora y actriz del mismo programa, respectivamente, para abordar el reluciente BMW gris de papá Juan Carlos -conducido por su propio dueño- y, juntos, llegarse hasta las estudios de Buenos Aires Color TV, puesto que en sus instalaciones se grabarían las tomas complementarias a las 3/4 partes ya registradas del ciclo emitido por Tevedos.
     Posteriormente al desarrollo sin fisuras de El bar, una especie de remake módico del Cafetín de Buenos Aires al sentarse Minguito a la mesa únicamente con Javier Portales -y el Flaco García haciendo las veces del Gallego Irízar, el Preso e incluso Mario Sapag-, Altavista retornó a su camarín y, pasadas las 14 horas, sucumbió a otro festín, al menos, para quien tiene contraindicadas las ingestas opíparas: sándwich de miga y torta de dulce de leche, combinación que regó con un frugal té con miel. La infusión no tenía una finalidad compensatoria; por el contrario, procuraba aligerar la convalecencia de una bronquitis aguda que le había provocado al artista un adelgazamiento abrupto.

                                                   
     Tanto María Rosa Fugazot como Silvia Peyrou coinciden en que el disparador -vaya paradoja- fue la detonación de un revólver de utilería que -ambas estiman- alteró el sosiego del capocómico, mientras este repasaba el libreto de La familia, segmento del programa en el que personificaba al Tío Cheto.
     Desde ya, el actor no estaba en condiciones de averiguar el porqué del desencadenamiento de su arritmia, añadidos la sensación de ahogo y el dolor en el flanco izquierdo de su pecho, que por otro lado ya había experimentado reiteradamente. Quizá por ello no se amedrentó en un principio y se ciñó a su
eficaz método de curación casero, esto es, recostarse sobre el sillón más próximo a sí mismo y ejercer presión sobre su vena yugular con la mano derecha. De esa manera, al bajar la tensión, la sangre es bombeada al corazón y el ritmo cardíaco retorna a niveles deseables. No funcionó. Peor aún, el humorista supuso inminente una descompensación más grave. Ya eran las cuatro de la tarde...
     "Calmate, Juan Carlos, pronto va a pasar", intentó tranquilizarlo su amiga y enfermera particular Ana María Galeando de Daoud, alias Cuca, ladera de Altavista desde 1982. Fue en ese mismo año que el artista, tras ser internado por una perniciosa neumonía vírica que derivó en la extracción de la base de uno de sus pulmones, permaneció al margen del ambiente del espectáculo por un período de siete meses.
     Cercano al colapso, el cómico relativizó su cuadro ante la presencia de Juan Gabriel, aunque procedió en sentido diametralmente opuesto en cuanto divisó a Ana Clara. Como su hijo menor no creyó en absoluto en la palabra de su progenitor, se determinó su traslado al centro asistencial más próximo, no sin antes Altavista ofrecer sentidas disculpas a sus compañeros de elenco por postergar la grabación del programa y, a la vez que les tiraba besos, les aseguró que prontó se reacoplaría a sus labores.
      Juan Gabriel se adueñó del volante del BMW y, mientras atravesaba a toda máquina calles y avenidas en sentido contrario al tránsito, Cuca sugirió que llevaran a Minguito al Hospital Ramos Mejía pues allí laboraba su médico particular, Mauricio Rosenbaum. Ya entonces, el pedido del actor había mutado a súplica: "¡Me ahogo, me ahogo! ¡Por favor, ayúdenme!"

sábado, 22 de julio de 2017

    Minguitocuando un gomía se va...el 20 de julio (parte III)

                                                   
       La maniobra propagandística elucubrada por los jerarcas del Proceso de Reorganización Nacional en virtud de la celebración del Mundial de fútbol de 1978 en nuestro país, resultó contraproducente. Aun avalada por los medios de difusión adictos, la presunta campaña antiargentina a la que se remitía el gobierno de facto encabezado por Jorge Rafael Videla no disuadió a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de investigar la responsabilidad del régimen dictatorial en las incontables denuncias por crímenes de lesa humanidad que sobre su órbita recaían.
       De ese modo, luego de una exhaustiva recopilación de evidencias, el organismo dependiente de la OEA (Organización de los Estados Americanos), concluyó que ya a fines de 1979 la Junta Militar había promovido la desaparición de miles y miles de personas a la vez que incurrido en un número similar de secuestros forzados. Con todo, las autoridades castrenses prohibieron la publicación del libro en que constaba el informe final confeccionado por la comitiva del CIDH, al año inmediatamente posterior.
        Sin embargo, la progresiva puesta al descubierto del siniestro modus operandi de los represores propició la repatriación tanto de disidentes políticos -célebres y anónimos- así como de músicos y otro artistas que habían sido confinados al ostracismo del exilio.
        Uno de los actores que decidió retornar de su destierro involuntario fue Juan Carlos Altavista. Superado el veto impuesto a su interpretación más aclamada, Minguito Tinguitella, cuya confesa adhesión al peronismo lo apartó durante seis años de la pantalla televisiva, Gerardo Sofovich -ya distanciado de su hermano Hugo- lo convocó en 1980 para protagonizar las respectivas reposiciones de Polémica en el bar -nuevamente como ciclo independiente- y Operación Ja-Já.
        Pese a la alternancia de incorporaciones y deserciones que signó la conformación del elenco durante su segunda edición como programa autónomo (1), El cafetín de Buenos Aires registró en el tramo inicial de esa etapa el mayor índice de audiencia de su historia, al rebasar los 60 puntos de rating. Entonces, se sentaban en derredor de la (única) mesa del bar: Mingo, Jorge Porcel, Julio de Grazia, Mario Sánchez y Rolo Puente; mientras que continuaban administrando el local, el Gallego Alberto Irízar y su ayudante, Vicente el Preso La Russa.
         Al igual que en la década de los '70, la temática de discusión de los parroquianos se cernía en torno a la política y al fútbol, coronada por el sempiterno conato pugilístico. A propósito, uno de los segmentos más encendidos se suscitó en ocasión de la definición del Campeonato Metropolitano de 1981, entre Boca y Ferro. Es que entre los ocupantes de la mesa coexistían dos hinchas xeneizes y uno del club de Caballito.
         En la víspera del trascendental desafío entre ambas instituciones, a dirimirse en la Bombonera, por la trigésimo segunda fecha del certamen, Rolo Puente, partidario de los verdolagas, irrumpió en el boliche bailando y luciendo un gorro tipo piluso con los colores de su equipo, al tiempo que canturreaba que FCO iba a "reventar a los boquenses".
         Extrañamente contemporizador, Minguito no escatimó elogios para el coyuntural oponente, celoso escolta del conjunto de La Ribera en la tabla de posiciones, al que si bien calificó de "cuadro chico", no vaciló en señalar que es "merecedor de la simpatía del mundo". No fue el caso de Julio de Grazia, quien vaticinó que los auriazules llenarían de "cachetazos de realidad" a la alineación entonces dirigida por Carlos Timoteo Griguol. Huelga mencionar que, consumada la ajustada victoria de Boca por 1 a 0, en la que fue una suerte de final anticipada al consagrarse el equipo azul y oro liderado por Diego Armando Maradona en la última jornada del Metro, postergando la hazaña de Ferro por solo un punto de ventaja, la dupla bostera de "Polémica..." facturó su bravuconada al representante de la modesta entidad caballitense.

                                                   

       No obstante las estelares figuras que integraban el reparto, la crítica especializada coincidía
unánimemente en otorgarle preponderancia a la labor de Mingo por sobre la del resto de los actores. De hecho, el personaje encarnado por Altavista no solo se encargaba del acto de apertura del programa, sino también del cierre del mismo, secundado -sí, secundado- por Porcel y, a menudo, por Irízar. Más: la irrefrenable popularidad de Tinguitella ameritó que este, tal como sucediera con los avisos de los cigarrillos Colorado -"gran faso", según sus textuales palabras- y el jabón La espuma -"la mejor manito que se le puede dar a la vieja", fuera el centro visual del elenco de Polémica en el Bar en auspiciar el "frescolari" yogur "La Senerísima" (por La Serenísima).
         Idéntico rédito le reportó su performance en la reedición de otro de los principales segmentos del antiguo Operación Ja-Já: La voz del riobacuyo suceso había inspirado en 1973 la publicación de la historieta homónima a través de la editorial Cielosur (2). En ese sketch, Minguito oficiaba de periodista y su colaborador, el Preso (Vicente La Russa), de reportero gráfico. La misión conferida por el "diretor" del periódico en que se desempeñaban -que no era otro que el mismo "ruso malino, indino y danino" de siempre- consistía en que sus subordinados concurrieran a entrevistar en sus hogares a las más encumbradas estrellas del espectáculo, quienes apenas reparaban en el dudoso aspecto de profesionales de los trabajadores de prensa que los requerían -y en el incomprensible lenguaje en que estos se comunicaban- no tardaban en vislumbrar el calvario que por ellos aguardaba.
         Tan es así que, de movida, los representantes de "La voz..." despertaban el enfado de la celebridad de turno al confundir, por caso, Minguito el apellido de Susana Giménez con "Gutiérrez" o discutirle a Silvio "Roldán" Soldán que sus programas de tevé más recordados se titula(ba)n "Domingo para el tango" o "Grandes valores para la juventús". La inoperancia del Preso solo contribuía a caldear aún más los ánimos: cuando no sacaba fotografías insólitas -o fuera de foco- como los zapatos del entrevistado, destruía bienes ajenos para tomar instantáneas trepado a lo alto de un mueble. La debacle se apoderaba irreversiblemente del recinto en cuanto el periodista penalizaba a patada limpia la torpeza de su compañero.
          Ante tamaño escándalo, el anfitrión daba por culminada la cita, no sin antes botar violentamente de su morada a Mingo y al Preso. El frustrado entrevistador, sin embargo, no se rendía fácilmente: solía volver al epicentro del conflicto solo para abrir la puerta del dueño de casa y, embargado por la impotencia, espetarle, por ejemplo, un sonoro "viva, Sandro" a Palito Ortega. Por su lado, el incompetente fotógrafo, quien usualmente se salvaba en primera instancia del vehemente desalojo, obtenía similar trato que su colega al formularle una pregunta absurda al ya por demás iracundo artista.
          No obstante el irrebatible éxito que le valió a Minguito su reaparición en televisión luego de un prolongado parate forzoso, al que se adosa su multifacético desenvolvimiento en el éter, en programas como Belgrano show, Cada mañana es un mundo y El clan del aire -por radio Belgrano, El mundo y Mitre, en ese orden-, el popular personaje seguía resfriando los estómagos de los autodenominados puristas del lenguaje y el buen gusto.
          Entre ellos, sobresalía el periodista Alfredo Serra, quien en su artículo titulado ¿El espejo de los argentinos?, correspondiente al ejemplar número 250 de la revista Somos del 3 de julio de 1981, describió a Mingo como "un marginal semianalfabeto que le llama 'curro' al trabajo". Habida cuenta de la controversia que generó la publicación de su nota, el entonces redactor del desaparecido semanario, perteneciente a la editorial Atlántida -de manifiesto apoyo a la última dictadura cívico-militar-, fue invitado a ratificar su juicio en el programa televisivo Video Show (Canal 11, actual Telefe), conducido por Enrique Llamas de Madariaga, en donde amplió sus desdeñables conceptos: "Si seguimos mirando a Minguito, vamos a terminar siendo como él".
          De repente, mientras se desarrollaba el candente debate, se produjo la presencia espontánea en cámara de Juan Carlos Altavista, flanqueado por Gerardo Sofovich. Fue cuando el humorista se despojó de la parquedad que lo caracterizaba en ocasión de efectuar declaraciones y apeló a la sensibilidad con un argumento que acalló la voz acusadora: "Yo voy a hablar poco porque no sé hablar. Lo que quiero decir es que Minguito posiblemente deforme el idioma, pero lo que nunca va a hacer es deformar las almas".

viernes, 21 de julio de 2017

                           
       Minguito: cuando un gomía se va...el 20 de julio (parte II)
                                                 
                                                           

       Era tan consciente de la simbiótica fusión entre Juan Carlos Altavista y Minguito Tinguitella 
como de que su personaje por antonomasia, salvo raras excepciones (1), resultaba incapaz de opacar su performance en los papeles adicionales para los que se lo requiriera. La versatilidad de sus dotes se manifestó ya en su transición de actor medio a consagrado, en el período comprendido entre las décadas de 1960 y 1970,  al margen del género -televisión, cine, teatro o radio- en que paralelamente se desempeñara.
       ¿La prueba fehaciente? Su presentación absoluta en la TV, en 1964. Allí, ofició de conductor y animador del programa infantil denominado El Club de Anteojito y Antifaz, personajes de la creación del inestimable historietista gráfico Manuel García Ferré, emitido por Canal 9 -el mismo en que sedujo a su amada Raquel, madre de sus tres hijos- de a 11 a 12 del mediodía. El envío, consistente en diversos entretenimientos, pruebas y entregas de premios exclusivamente dedicados a los chicos, se componía de un dicharachero elenco que secundaba al Tío -así bautizaron los niños a Altavista-, del que sobresalían los payasos Firulete, Santiaguito y Piolini, el desopilante conjunto musical Los Manuelo's Boyses, y el Mago Geno y sus trucos reveladores. Para el artista, la experiencia fue sumamente enriquecedora pues el afecto que le dispensaron los pequeños mitigó su persistente sentimiento de que no había tenido infancia al iniciar su trayectoria profesional a sus prematuros ocho años de edad.
        Entretanto, avalado por sus destacadas actuaciones en la pantalla grande en películas como El Gordo Villanueva, el primer rol protagónico en el cine de Jorge Porcel, Altavista exhibió su figura in crescendo en el largometraje Fiebre de Primavera (1965), en el que integraba un grupo de universitarios de escasa contracción al estudio cuya meta primordial residía en cautivar a sus vecinas y compañeras de cursada. Establecida la pareja formada por Ramón Bautista Palito Ortega y Violeta Rivas -dos de los principales valores del Club del Clan, entonces en auge-, Altavista conquistó el voto de Nora Cárpena después de intentarlo todo, hasta un cuasi striptease.
         Luego de su auspiciosa labor en picarescas comedias cinematográficas del relieve de Villa Cariño, Coche cama, alojamiento y Villa Cariño está que arde, el actor afianzó su estatus privilegiado merced a sus respectivas intervenciones en Carne (1968), en la que personificó a José García, el hijo de un verdulero que, pese a subordinarse al influjo de Humberto, el Macho (Romualdo Quiroga), se rehusó a vejar a Delicia (Isabel Sarli) como hizo el resto de su execrable círculo áulico -que no salió impune-, en la recordada escena del camión; y se anticipó al comienzo de la nueva década con su loable participación en Los muchachos de mi barrio, remake de La barra de la esquina, en la que interpretó a Fatiga, quien reflotó una frase en realidad perteneciente a José Pepitito Marrone: "Trabajás, te cansás...¿qué ganás?".
         Solo así, al desmentir rotundamente el encasillamiento como actor que se le adjudicaba, Juan Carlos Altavista descolló con su personaje más "pulenta" al sellar su vínculo con el "ruso malino, indino y danino" de Gerardo Sofovich y su hermano Hugo, hacedores de Operación Ja-Já, cuyo selecto elenco lo erigió en uno de los programas de mayor rating de la historia televisiva argentina.
         En virtud de su rutilante suceso, dos de los sketches predilectos de los telespectadores se escindieron del ciclo para ocupar cada uno su propio espacio, tanto La peluquería de Fidel -a posteriori, La peluquería de don Mateo- como La mesa de café, devenida Polémica en el bar. En este último, el iletrado Minguito Tinguitella -quien conformó la nómina original de parroquianos, en 1964 (2)- representaba al típico exponente de los estratos sociales más populares de antaño: fanático de Boca, de su madre ("mi viejita") y peronista a ultranza. Compensaba su exiguo dominio del lenguaje castellano con la conjunta utilización de dos jergas eminentemente rioplatenses como el lunfardo y el vesre, lo que no bastaba para impedir la sucesión de correcciones idiomáticas con las que asiduamente lo segregaban sus contertulios, a quienes Mingo retrucaba invariablemente: "Se' igual".
         Durante el primer lustro de los años '70, los principales interlocutores de Minguito eran el Gordo Porcel, a quien acostumbraba saludar con un clásico de su repertorio ("qué hacé', tri tri?"); el irascible Adolfo García Grau, ejecutivo de profesión a la vez que afín al radicalismo "moderado", según su textual apreciación; Javier Portales, hombre autotitulado de "izquierda", de ínfulas pretendidamente intelectuales y Fidel Pintos, otro de los afectos a comunicarse en un argot por demás particular: la sanata.
          La heterogeneidad de ideologías y caracteres imperantes en el Cafetín de Buenos Aires, regentado por el Gallego Alberto Irízar y su alterno, Vicente La Russa (el Preso), lejos de fomentar el debate constructivo, solían desembocar en un escándalo generalizado fronterizo con la reyerta. "'Menazame, a ver, 'menazame", toreaba Tinguitella -recurrente candidato a la golpiza- al contendiente de turno que alzara sus puños, no obstante siempre se las apañara para salvaguardar su integridad.


        A propósito de declaradas vertientes partidarias, la suscripción a Perón por parte de  Minguito atentó contra la continuidad laboral de Juan Carlos Altavista -quien en contraste se decía apolítico-, en un contexto en que el ya idolatrado artista brillaba en "tiatro", en obras como El gran despiplume en el Maipo, así como en la "caja boba", en oportunidad de sus actuaciones en El Botón, El tinglado de la Risa y Domingos de fiesta; a los que, por supuesto, se sumaban "Polémica..." y "Operación...".
        Si bien en pleno gobierno dictatorial de Juan Carlos Onganía había conseguido evadir la proscripción instrumentada por la pomposamente autodenominada  Revolución Libertadora -que se extendiera por casi dos décadas- de siquiera mencionar públicamente al General, so pena de purgar una condena de hasta seis años en prisión, su paulatina remoción de los medios de difusión se produjo, curiosamente, en concordancia con el período en que Perón regresó al país para ejercer por tercera vez el cargo de Jefe de Estado y fallecer al poco tiempo, tras lo que lo relevó en el mando su segunda esposa y vicepresidente, María Estela Martínez (Isabelita).

miércoles, 19 de julio de 2017

             Minguito: cuando un gomía se va...el 20 de julio

                                         

       Al pequeño itinerante le era indistinto el destino de turno que motorizara el anhelo de su papá Juan, tornero de profesión, de brindarle el mejor porvenir a su humilde familia. Ya fuese en Caballito, La
Paternal o Flores, el observador "atorrantito de barrio", tal como se autodefinió en alguna
oportunidad, se entregaba a un ineludible ritual: estudiar minuciosamente los ademanes, tics y vicios idiomáticos de sus vecinos.
       El pormenorizado examen al que sin aviso sometió a su entorno, gracias al que concibió un primitivo saltimbanqui de jocosas morisquetas, captó la atención del guardián de una de las tantas plazas que a su tierna edad frecuentaba, quien le sugirió a mamá Ángela que llevara a su -único- hijo al Teatro Infantil Labardén -actual Instituto vocacional de arte Manuel José de Labardén- , pues allí trabajaba un allegado suyo que intercedería ante la directora del establecimiento, María del Carmen Martínez Paiva. La señora no dudó: peinó a su vástago a la gomina, lo vistió formal y cepilló ¡dos veces! su aún delicada dentadura. La elegancia del actor en ciernes encubrió un pavor intenso que solo se disipó al serle aprobada su caracterización de un mono que ejecutó al recordar repentinamente el aspecto de monigote de un vendedor callejero, el Muñeco Pedroza. Y quedó. Y gustó.
      Fue el acto fundacional de la fecunda trayectoria de Juan Carlos Altavista, nacido el jueves 4 de enero de 1929 en el Hospital Durand (1), al igual que Mingo o Minguito. Porque así lo llamaron siempre, aunque el alias en cuestión tuviera que pugnar inicialmente con los íntimos Pocho, Bicho o Nene aun cuando su auspiciosa presentación absoluta sobre el escenario, después de la cual concluyó que la improvisación apenas si podía considerarse uno de los tantos recursos de que dispone todo artista integral que se precie. De allí el amplio espectro de formación al que en lo sucesivo se abocó: zapateo, baile criollo, danza clásica, guitarra y declamación, como así también piano, teoría y solfeo.
      A instancias de su cultivada instrucción...artística, que contrarrestó su prematura deserción escolar en tercer grado de la enseñanza primaria, a Altavista, de solo 13 años de edad, le fue ofrecido debutar en la industria cinematográfica en virtud del rodaje de la película Melodías de América (1942), dirigida por Eduardo Morera y protagonizada estelarmente por Pedro Quartucci -otrora exitoso boxeador que cosechó una medalla de bronce en la categoría peso liviano en los Juegos Olímpicos de París 1924-, José Mojica y Silvana Roth. La escasa repercusión redundante de su estreno en la pantalla grande se replicó al año inmediatamente posterior en el filme Juvenilia, en el que personificó a un estudiante adolescente del Colegio Nacional de Buenos Aires, no obstante los cuatro Premio(s) Cóndor de Plata con que fue galardonada la segunda producción en la que Minguito intervino. Ni siquiera mitigó la desazón que signó el despuntar de su carrera la filmación del largometraje Cuando en el cielo pasen lista, en 1945, en el que se constituyó como figura excluyente Narciso Ibáñez Menta, uno de sus máximos referentes de la actuación junto con Luis Sandrini y Francisco Petrone.

                                           

      Aun apesadumbrado, el joven artista se juramentó no cejar en su afán de forjarse una carrera próspera. Su ambiciosa tentativa de resurgimiento consistió en planificar una delirante gira con escala final en el mismísimo Arco del Triunfo de Paris, a bordo de un ¡¡¡ remozado colectivo de la línea 60
modelo 1946!!! Sin embargo, la expedición, denominada Gran Compañía Artística de Juan Carlos Altavista, apenas se extendió hasta  Lima, Perú, en la que -según sus propias palabras- solo solicitaron sus servicios para "alguna rascada en radio como 'galán argentino'".
      Papá Altavista murió -y vivió- soñando. "Cuando llegue el plástico, nos hacemos millonarios", garantizaba el matricero, torno en mano. En contrapartida, su descendiente, Mingo, añoraba plasmar en la realidad su más preciado deseo. Habían vuelto los oficios terrenales, el hambre, la mishiadura. "Llegué a tirar la manga para ver si me daban, aunque fuera, una banana", confesó sin prurito.
      Lo que el novel actor desconocía era que la realización de su obra cumbre distaba abismalmente de contemplar un inacabable periplo conduciendo un recauchutado micro de rumbo incierto . Por el contrario, bastaba con estrechar lazos con un socio, un tocayo...un gomía, bah, que curtiera el mismo rioba.

miércoles, 19 de abril de 2017

                                A 30 años de las Pascuas en ascuas

                                                           
   

       ¿Conciencia social precoz? De ningún modo. Hipócrita de mí, si pretendiera hacer creer que con seis años aspiraba a convertirme en el Marcelo Marcote de la militancia política. Sin embargo, desde que esbocé mis primeras nociones, se me había enseñado a admirar la investidura del persuadido señor oriundo de Chascomús que solía batir sus manos hacia el lado izquierdo en señal de victoria, cuyo exhausto semblante predominaba en el retrato a gran escala que mi papá, de filiación radical, hizo colocar en el despacho de su oficina. Fue así que, hace exactamente 30 años, el domingo de Pascuas del 19 de abril de 1987, asistí a la lección fundamental: manifestarle de cuerpo presente mi irrestricto apoyo al presidente de la Nación, Raúl Ricardo Alfonsín, protagonista excluyente de una incipiente democracia en peligro, a instancias del recrudecimiento del original de los cuatro alzamientos carapintadas, denominado Operación Dignidad (1).
       Ya en pleno trayecto hacia Plaza de Mayo, centro neurálgico de las más apoteósicas gestas patrióticas, mi padre, con inusual pedagogía, procedió a explicarme la sutil diferencia entre los soldaditos de plástico con los que tanto disfrutaba jugando echado en las alfombras de casa y los de armas tomar, quienes habían embadurnado sus rostros con betún en inequívoca señal de combate. El caótico tráfico vehicular garantizaba un viaje holgadamente demorado que otorgaba a mi viejo la posibilidad de explayarse a voluntad. En lo que a mí respecta, solo bastaría con que prestara la atención que escatimaba al tramo inicial de mi instrucción primaria.
        No bien se estrenó como jefe de Estado en 1983, el doctor Alfonsín impulsó la creación de la CONADEP (Comisión Nacional Sobre la Desaparición de Personas), cuya pormenorizada investigación expuso fehacientemente las atrocidades cometidas por el saliente Proceso de Reorganización Nacional. En ese sentido, promovió dos años más tarde el Juicio a las Juntas -en el que el fiscal  Julio César Strassera pronunció la legendaria frase "nunca más"-, que derivó en la condena de cinco capitostes de la última dictadura cívico-militar: Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera, Roberto Eduardo ViolaArmando Lambruschini y Orlando Ramón Agosti (2).
       De allí el creciente malestar de los elementos castrenses, que se inició con la revocación de la Ley de Autoamnistía promulgada bajo el mandato del último presidente de facto, Reynaldo Benito Bignone (3), con el propósito de avalar los crímenes de lesa humanidad cometidos por las Fuerzas Armadas, y que no cesaría con la implementación del Punto Final (1986).
       La polémica resolución, sancionada durante el gobierno constitucional de Alfonsín, benefició sustancialmente a los responsables de la instauración del Terrorismo de Estado puesto que -entre otras medidas- se determinó la abstención de acción penal contra todo aquel que hubiese incurrido en vejamen a los Derechos Humanos -desaparición forzada de personas, torturas, apremios ilegales, homicidios, etc- antes del 10 de diciembre de 1983, fecha de la asunción del chascomusense. Fue por ello que Madres y Abuelas de Plaza de Mayo convocaron a una masiva marcha de repudio a la que adhirieron sectores de izquierda, miembros del autoproclamado peronismo revolucionario e integrantes de la CGT (4).
        Aun pese al desprocesamiento de más de 750 represores, permanecían enjuiciados alrededor de medio millar de uniformados. Entre ellos, el exmayor Ernesto Barreiro, quien en la vigilia del Jueves Santo de 1987 -tan solo cuatro días después de que hubiera concluido la segunda visita del papa Juan Pablo II a nuestro país( 5)-, se acuarteló en el Comando de Infantería Aerotransportada 14 del Tercer Cuerpo del Ejército de su Córdoba natal, al que había sido confinado por la Justicia Militar pues se rehusaba a comparecer ante la Cámara Federal de Apelaciones de aquella provincia por las acusaciones de asesinato y tortura que sobre sí -ya destituido de su grado militar- recaían.
       Así, se inició la tristemente célebre asonada carapintada, encabezada por el entonces teniente coronel Aldo Rico, quien había abandonado su misión en el Regimiento de Infantería de San Javier (Misiones) para acantonarse en la Escuela de Suboficiales General Lemos, ubicada en la localidad bonaerense de Campo de Mayo. Allí, el líder de los amotinados exigía no solo el cese de los juicios contra sus camaradas de armas por los crímenes de lesa humanidad perpetrados por los mismos durante el proceso, a quienes consideraba relegados en el encausamiento a favor de las altas esferas a las que se habían subordinado, sino a su vez la remoción de su cargo del Jefe del Estado Mayor del Ejército, General de División Héctor Luis Ríos Ereñú (6).

                                                     

     
        Nobleza obliga, mi improvisado maestro había dado cátedra. Próximo(s) a arribar a destino, descubrí que mi prematuro intelecto había retenido más conceptos de lo que hubiera imaginado, al margen de ciertos tecnicismos que ofrecían resistencia a mi capacidad de comprensión, por cuanto padre e hijo nos dispusimos a obrar de partícipes activos de una jornada única, indeleble, perenne.
       "No se atreven, no se atreven...si se atreven, les quemamos los cuarteles", entonaba al unísono la heterogénea muchedumbre que sobre el mediodía de la pascua dominical se había congregado en Plaza de Mayo. Definitivamente, el pueblo había hecho "tronar el escarmiento", tal como vaticinara Juan Domingo Perón  en su tercera presidencia. No es casual la referencia al General. A los correligionarios de la UCR, tanto a los que lucían las boinas blancas a la antigua usanza como a los impetuosa muchachada de La Coordinadora y a los simples radichetas anónimos, se les habían sumado la abrumadora mayoría de las vertientes políticas.