Múnich 1972, los Juegos Olímpicos de la barbarie
La consigna era diferenciarse. No bien resultara nominada como sede luego de prevalecer en la pugna que sostuviera con rivales de relevancia como Madrid, Montreal y Detroit, Múnich se propuso hacer de la edición de los Juegos Olímpicos de 1972 un acontecimiento histórico, sin precedentes.
Empeñada en constituirse en pionera, fue en la ciudad perteneciente a lo que entonces era Alemania Occidental, capital del Estado Libre de Baviera, que el magno evento presentó su primera mascota oficial: Waldi, perro de la raza comúnmente conocida como salchicha, oriunda del país germano.
En lo que respecta al plano deportivo, no sólo se reintrodujo como disciplinas al handball -masculino, solamente- y a la esgrima (1), sino que en el tramo inicial del certamen el nadador estadounidense Mark Spitz logró un récord inédito hasta ese momento al conquistar siete medallas de oro en las pruebas individuales de 100 y 200 metros, estilo libre; 100 y 200 mts, estilo mariposa; y en la competencia de relevos por equipo en 4 x 100 y 4 x 200, estilo libre; así como en 4 x 100 combinado, con el plusmarquista norteamericano como figura sobresaliente (2).
Asimismo, inclusivos que se revelaron desde su propia concepción, los JJ.OO de Munich procuraron desligarse de la primera edición que se celebrara en territorio teutón, Berlín 1936, organizada por el Tercer Reich gobernado por el tirano Adolf Hitler, responsable directo tanto del desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial como del genocidio denominado Holocausto, que derivara en el asesinato de alrededor de 6.000.000 de judíos. De allí que se propiciara la participación en el torneo de la delegación del Estado de Israel, compuesta por 20 integrantes. La muestra cabal del marco antibélico que había envuelto a Alemania en virtud de la organización del torneo, se puso de manifiesto en la ausencia de armas de parte de los efectivos a quienes se les había conferido la misión de custodiar a los deportistas alojados en la villa olímpica montada especialmente para la ocasión. Nada ni nadie impedía a los atletas entrar y salir del complejo a voluntad. Por muy contradictorio que parezca, la bienintencionada moción de la nación anftriona desempeñó un papel crucial en la tragedia que, trabajo de inteligencia mediante, suscitaría la irrupción de un comando terrorista, de fatales consecuencias.
Septiembre Negro, agrupación armada de origen palestino, cuya denominación surgiera en oportunidad del cruento intercambio de hostilidades que en el noveno mes de 1970 la misma mantuviera con el Ejército de Jordania, ya había perpetrado dos atentados previos a la inauguración de los Juegos Olímpicos de Múnich: 1) el homicidio del Primer Ministro jordano, Wasfi Tall, en 1971. 2) el secuestro de un avión comercial de Bélgica que había decolado del aeropuerto de Viena, Austria, rumbo a Tel Aviv (Israel), en mayo de 1972.
Fracción estrechamente vinculada a la alianza nacionalista política y paramilitar proclamada como Organización para la Liberación de Palestina, dependiente del Consejo Nacional Palestino, Septiembre Negro perseguía un solo objetivo: la aniquilación del Estado de Israel. En ese sentido, la célula terrorista logró infiltrar a dos de sus miembros más caracterizados como trabajadores de la construcción en la inminencia del estreno de la vila olímpica. Así, los fedayines -mote que en idioma árabe alude al que adhiere a combatir por razones políticas, no religiosas- descubrieron que, a instancias del escaso control policial en derredor del complejo, en la que convivían 10.000 almas entre competidores, entrenadores y funcionarios del COI (3), resultaría sumamente sencilla la penetración a modo de asalto con la que pretendían efectivizar su cometido.
No medió violencia en la fase inicial del copamiento del predio, ocurrido a las 04.40 AM del martes 5 de...setiembre -una vez más- de 1972 . Por el contrario, al lucir los extremistas ropa deportiva similar al atleta promedio, consiguieron engañar a los miembros del equipo de USA que, además de creerlos colegas, les facilitaron el ingreso ayudándolos a trepar por la verja perimetral de dos metros de alto, a lo que siguió el preludio del más trágico episodio que se haya producido en la historia de los Juegos Olímpicos modernos.
Lejos de predisponerse a reposar tras una distendida noche de juerga, tal como los atletas estadounidenses, el grupo comando se dirigió sin dilación hacia la Connollystrasse 31 -Manzana 31- de la villa olímpica, en cuyo departamento se hospedaba la comitiva israelita.
Fue el despliegue de los elementos terroristas lo que motivó que Moshe Weinberg despertara sobresaltado. Instintivamente, el entrenador de lucha del equipo de Israel se abalanzó sobre la puerta del primer apartamento que habitaba con objeto de impedirle el acceso a los terroristas, al tiempo que emitió un inequívoco aviso de alarma al resto de los huéspedes, lo que posibilitó que nueve de los 20 integrantes del contingente israelí consiguieran escapar y ocho de ellos, improvisar un momentáneo escondite.
Inevitablemente, producto de la evidente desproporción numérica en la puja, Weinberg cedió ante el embate de los palestinos. Sin embargo, el valiente coach se valió de un cuchillo de cortar fruta,
con el que pretendió atacar al sindicado como líder de la agrupación Setiembre Negro, Luttif Affif, más conocido como Issa, antes de que le fuera descerrajado un certero disparo en una de sus mejillas y, consecuentemente, lo condujeran obligadamente a los compartimentos 2 y 3 para saciar los intrusos su creciente voracidad asesina.
Aun desangrándose, Weinberg apeló a su última brizna de fuerza para intentar detener el avance de los extremistas y le propinó a uno de ellos un sonoro trompis que le dislocó la mandíbula, tras lo que el estremecido invasor lo remató con un segundo disparo. El cadáver del entrenador de lucha fue inmediatamente arrojado fuera del edificio principal en el que se alojaba el contingente israelí.. En vano resultó que en su defensa acudiera el levantador de pesas Yossef Romano. Oriundo del estado de Ohio, Estados Unidos, el halterófilo seguramente habría evitado su luctuoso destino si, en lugar de resignarse a participar en el certamen al no haber clasificado para su su país natal, no hubiera usufructuado su condición judía en pos de representar al equipo de Israel. El corpulento atleta no vaciló en hacer acopio de su potencia en tren de neutralizar la cruenta arremetida de la célula terrorista y se trabó en encarnizada disputa con un palestino, a quien a punto estuvo de arrebatarle su arma. Consciente de la incontrastable superioridad física de su oponente, el fedayín jaló el gatillo de su fusil y le produjo la muerte instantánea. No conforme con haber acabado con la vida del deportista, el secuestrador procedió, abiertamente exento de pruritos, a cortarle los testículos a Romano delante de sus compatriotas.
Acto seguido, los captores concluyeron la primera etapa de su macabro ardid tomando como rehenes a nueve miembros de la delegación israelita : David Berger y Ze'ev Friedman (levantamiento olímpico), Juseph Eliezer Halfin y Mark Slavin (lucha grecorromana), Amitzur Shapira (salto en largo), Moshe Weinberg y Jossef Gutfreund (referees de lucha grecorromana), André Spitzer (árbitro de esgrima), y Kahat Shorr y Yakoov Springer (entrenadores de tiro y levantamiento de pesas, respectivamente).
Más allá del visceral odio que le profesaba al Estado de Israel, ¿cuál fue el móvil que condujo a Setiembre Negro a atentar con semejante saña contra 11 inocentes víctimas quienes, aun pese a su filiación judía, jamás se habían inmiscuido en misiones religiosas o declamado fanatismos políticos, ni mucho menos prestado a servir en devastadoras guerras?
El misterio comenzó a develarse menos de una hora después. Sobre las 05.30 de aquel fatídico martes 5 de setiembre de 1972, un efectivo de seguridad, inerme, se topó con el cadáver de Moshe Weinberg, yacente próximo al departamento de la manzana 31 de la villa olímpica en la que se hospedaba el infortunado coach de lucha grecorromana. Casi en simultáneo, otros dos uniformados, comisionados para retirar el cuerpo inerte del complejo, divisaron una partida de hombres enmascarados y armados dentro del departamento que alojara a los israelitas, por lo que, sin más preámbulos, se contactaron con el Jefe de Policía de la ciudad de Múnich, Manfred Schreiber para anoticiarlo del macabro hallazgo.
Luego de convocar urgentemente a un comité de crisis, conformado asimismo por el Ministro del Interior, Hans-Dietrich Genscher, el Ministro del estado de Baviera, Bruno Merck, y por el intendente de la villa olímpica, Walther Troger, Schreiber asumió la responsabilidad del asunto, previo a que los inmisericordes extremistas desnudaran sus verdaderas intenciones.
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viernes, 5 de agosto de 2016
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miércoles, 29 de julio de 2015
Selvetti-Anderson, el duelo pesístico del siglo XX (última parte)
Nunca una celebración de la talla de los Juegos Olímpicos, que concita el favor de los más aptos deportistas de los cinco continentes y de millones de aficionados en todo el planeta, pudo abstraerse de la vorágine que circunda sus confines. De ahí, por caso, la suspensión de las ediciones de Berlín 1916 , Helsinki 1940 (1) y Londres 1944 (2), como consecuencia del desencadenamiento de la Primera y Segunda Guerras Mundiales.
En lo competente a los JJ.OO de Melbourne 1956 (3), su inauguración se insinuó visiblemente afectada por el estallido de tres conflictos bélicos de creciente intensidad.
El primero de ellos fue la Guerra del Sinaí, que se iniciara en 1948 con el enfrentamiento armado árabe-israelí, y que recrudeciera el 29 de octubre de 1956 por la decisión del presidente de Egipto, Gamal Abdel Nasser, de nacionalizar el Canal de Suez -ruta artificial de navegación situado en ese país-, que de materializarse, perjudicaría los intereses económicos del Reino Unido y Francia, principales beneficiarios del petróleo que abundaba en tal sitio estratégico . A la cruenta invasión de la triple coalición británica-francesa-israelí le siguió la impiadosa réplica egipcia, cuyas Fuerzas Armadas hundieron 40 barcos aliados, por lo que se produjo el bloqueo del Canal. El cese de las hostilidades se consumaría recién en 1957, con el retiro de las huestes europeas e israelitas, a instancias de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), tras lo que el Suez reabrió sus compuertas (4)
De tal foco belicista, derivó el primer boicot internacional en la historia del olimpismo, pues Egipto, Líbano e Irak desisitieron de competir en Melbourne al desconocer el Comité Olímpico Internacional (COI) su reclamo tendiente a prohibirles la participación al Reino Unido y Francia.
Pocos días después de los episodios acaecidos en Cercano Oriente, se desató la llamada Revolución Húngara. A ese respecto, la población de a pie de la República Popular de Hungría, subordinada a la voluntad de la Unión Soviética, se propuso resistir la política autoritaria impuesta en su país de origen a través de la nación emblema del comunismo. Por ello, la coordinada interacción del AVH y el Ejército Rojo, que el 4 de octubre sofocara la revuelta a sangre y fuego, por aire y tierra. Millares murieron y otros tantos resultaron heridos de gravedad.
Con todo, el COI se rehusó a excluir del inminente certamen de Melbourne a la URSS, lo que
redundó en la segunda tanda de países que optaron por negarse a intervenir: España, Holanda y Suiza.
Por su parte, Hungría, principal damnificado del catastrófico acontecimiento desencadenado en su seno, envió no obstante una nómina de 108 deportistas a los JJ.OO a disputarse en Australia ,de la que sobresalía el equipo de waterpolo, que había obtenido la medalla de oro en Helsinki 1952, y cuyo mayor rival en Oceanía se vislumbraba sería...Unión Soviética. El intercambio de agresiones entre húngaros y soviéticos, que forzó a la otrora cristalina piscina a adoptar paulanitamente una tonalidad furiosamente roja, motivó la suspensión del decisivo choque por semifinales, más conocido como El Baño Sangriento de Melbourne, en el que los húngaros se imponían 4 a 0, a la sazón el score definitivo definitivo del cotejo de acuerdo con la determinación oficial. Al día siguiente, los magiares retendrían el título al batir a Yugoslavia (2-1), aun pese a la ausencia de su estrella guía, Ervin Zádor (5), impedido de intervenir producto del brutal codazo en su ojo derecho que le aplicara su contrincante, Valentin Prokopov, con quien había mantenido una acalorada discusión.
Disconforme con la ratificación de la participación de la República de China (nacionalista), con la que se había enfrentado en la Guerra Civil que culminara en 1949, República Popular China (comunista) fue la próxima en plegarse a la larga lista de deserciones que hubo de asumir el magno evento de Melbourne, que se completó con las de Malta, Panamá, Costa de Oro -hoy Ghana-, Guatemala y de otras naciones que habían rechazado la invitación en primera instancia. De todas maneras, lo que amenazaba con ser una sensible disminución no fue tal, producto de los respectivos debuts en olímpicos de Alemania Oriental (6), Etiopía, Fiji, Kenia, Liberia, Uganda, Federación Malaya -actual Malasia-y Borneo Septetrional.
Era tal el cariz belicista que acechaba la óptima apertura de los Juegos Olímpicos de 1956, que hasta la disputa entre las dos máximas potencias de Oriente y Occidente que conmocionaría al Mundo durante décadas, conocido como La Guerra Fría, apenas si podía calificarse de escaramuza ideológica en ese momento.
Sin embargo, ni Estados Unidos ni la Unión Soviética sesgaban en su intento de acaparar el protagonismo estelar; máxime en tamaña celebración ecuménica. Los norteamericanos pretendían reasegurar su liderazgo del medallero final de Helsinki 1952, en el que fueran escoltados precisamente por su acérrimo enemigo, que aquel certamen había realizado su presentación olímpica. Los europeos, a su vez, se habían fijado un solo objetivo: "la" revancha, que a la postre acabaría por materializarse (7).
Aun así, los soviéticos se sabían en inferioridad de condiciones frente a los norteamericanos en ciertas especialidades, aunque en ninguna manifestaron su respeto -léase temor- tan nítidamente como en levantamiento olímpico. Al igual que en la edición anterior, en Melbourne ni siquiera se molestaron en enviar a sus halterófilos a competir en la categoría de + de 90 kilogramos de peso corporal, lo que en principio hacía presuponer que -aunque debutante- el considerado mejor pesista del mundo, Paul Anderson, se adjudicaría una cómoda victoria. Después de todo, la única oposición digna que podía corporizarse ante el estadounidense, si bien experimentado en la materia, habida cuenta de la medalla de bronce que obtuviera en Helsinki, tan solo podía contentarse justamente con tal logro, toda una hazaña en una disciplina irrelevante en su país natal.
Claro que de ningún modo nuestro Humberto Selvetti se había embarcado en semejante periplo de meses eternos para limitarse a oficiar de partenaire. De hecho, el Gordo nunca había reunido
chances de cosechar la medalla de oro como en la antesala del duelo a dirimirse la medianoche -según el huso horario australiano- del 26 de noviembre, en el Royal Exhibition Building de Melbourne, estado de Victoria.
Aunque el entrerriano no lo supiera, su creciente potencial se notaría favorecido por un imprevisto que cercenaría sensiblemente la mentada invencibilidad de Anderson; tanto que incluso una junta médica recomendó al estadounidense que se abstuviera de competir...
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jueves, 23 de julio de 2015
Selvetti-Anderson, el duelo pesístico del siglo XX (parte 2)
La confirmación de la celebración de los Juegos Olímpicos de Melbourne 1956, los primeros en disputarse en el Hemisferio Sur y en Oceanía en particular, arreció, a la vez, con las ilusiones que acunaba Argentina de albergar el trascendental evento, tal como sucediera en la inminencia de los JJ.OO de Berlín 1936, y como ocurriría posteriormente al consagrarse como Sedes la Ciudad de México (1968) y Atenas (2004).
En esa oportunidad, la designación de la ciudad australiana redundó en una frustración mayor aún para nuestro país: Buenos Aires había eliminado inicialmente a una sucesión de postulantes de fuste, como las ciudades estadounidenses de Los Angeles, San Francisco o Chicago, y a México D.F., previo acceso a la elección final. Allí, la capital argentina fue derrotada por Melbourne por solo un voto (21 a 20), en una Asamblea conmemorada el 28 de abril de 1949 en Roma, Italia.
A la distancia, no obstante, la hipotética nominación de Buenos Aires no habría resultado oportuna. Es que en 1956, el panorama deportivo, político y social de Argentina distaba abismalmente de ofrecer las mejores garantías -entre otras, de seguridad- como para oficiar de anfitrión de semejante acontecimiento. Principalmente, porque había transcurrido más de un año ya desde que la autodenominada Revolución Libertadora derrocara al presidente constitucional, Juan Domingo Perón, en la segunda de sus tres gestiones como Jefe de Estado.
El deporte argentino fue uno de los perjudicados por antonomasia de las resoluciones de los jerarcas del gobierno de facto. Y en lo que compete exclusivamente al olimpismo, se prohibió terminantemente la intervención en Melbourne de atletas de probada valía, como el equipo campeón mundial de básquet como local (1950); Eduardo Guerrero, quien en tándem con Tranquilo Capozzo cosechara la medalla dorada en remo en Helsinki 1952; la tenista Mary Terán de Weiss y el fondista Osvaldo Suárez. La razón primordial del veto fue la adicción al peronismo que se les atribuía a ciertos deportistas; y a los que no, se los acusaba -como mínimo- de haber sido beneficiados con becas y prebendas para desempeñarse en competencias internacionales durante la gestión del General. De ahí la diezmada delegación que se embarcara rumbo a Australia, la más escasa que representara al país en la historia de los Juegos Olímpicos.
Uno de los 28 competidores que consiguieron evadir el cerco impuesto por la Revolución Libertadora fue Humberto Selvetti, nacido el 31 de marzo de 1932 en la ciudad de Colón (Entre Ríos), acaso el principal depositario de esperanza del deporte nacional habida cuenta de su sostenida labor en levantamiento de pesas, que ya le había deparado importantes réditos.
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Paul Anderson
domingo, 19 de julio de 2015
Selvetti-Anderson, el duelo pesístico del siglo XX
Los cimientos de la legendaria fortaleza física de Paul Edward Anderson se descubrieron a sus cinco años como oposición a una enfermedad aparentemente incurable. Entonces, la salud del jovenzuelo oriundo del estado de Georgia , Estados Unidos, fue severamente jaqueada por el Mal de Bright, de crucial incidencia en el funcionamiento renal. No fueron los cristianas plegarias de su familia -no del todo, al menos- las que posibilitaron la recuperación del precoz Anderson, a quien los expertos médicos le habían vaticinado una muerte inexorable, sino la misma determinación con la que no mucho después batallaría exitosamente contra los pesos.
Consciente de su don, que abrazaba la seducción que desde siempre lo había envuelto por la potencia y el músculo, el norteamericano se decidió a aumentar su corpulencia ya durante la temprana adolescencia, en una época en la que los escasos gimnasios disponibles semejaban a mazmorras subterráneas. Por ello, montó una primitiva sala de musculación casera. Su base de operaciones, carente de equipamiento idóneo como barras y mancuernas, rebasaba, en cambio, de piezas descartadas de automóvil, ejes destartalados de camión y discos oxidados de acero, recolectados de un basural contiguo a su hogar, con los que evidenció, no obstante, sus primeros progresos.
Mientras intentaba reponerse de sus arduas sesiones de entrenamiento, el estadounidense disfrutaba con la lectura exhaustiva de cuanto ejemplar de la antigua Strength and Health tuviese a su alcance. Aun con la creciente admiración que sentía por los colosos que engalanaban las páginas de las publicaciones especializadas, el sueño más preciado de Anderson consistía en jugar al fútbol americano.
Apenas incorporado al equipo de la Universidad de Furman, sin embargo, el incipiente forzudo asumió que había canalizado erróneamente sus mejores aptitudes atléticas. En su entreno debut, en las instalaciones del primer gimnasio que pisó, Anderson probó con una sentadilla de 180 kilos, que significó para él apenas un calentamiento. Desde entonces, tal movimiento se constituiría en la piedra angular de sus rutinas, compuestas eminentemente por ejercicios básicos tales como el levantamiento a dos tiempos o envión , los pesos muertos, las arrancadas de potencia, el press en banco plano y el push press.
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