Selvetti-Anderson, el duelo pesístico del siglo XX (última parte)
Nunca una celebración de la talla de los Juegos Olímpicos, que concita el favor de los más aptos deportistas de los cinco continentes y de millones de aficionados en todo el planeta, pudo abstraerse de la vorágine que circunda sus confines. De ahí, por caso, la suspensión de las ediciones de Berlín 1916 , Helsinki 1940 (1) y Londres 1944 (2), como consecuencia del desencadenamiento de la Primera y Segunda Guerras Mundiales.
En lo competente a los JJ.OO de Melbourne 1956 (3), su inauguración se insinuó visiblemente afectada por el estallido de tres conflictos bélicos de creciente intensidad.
El primero de ellos fue la Guerra del Sinaí, que se iniciara en 1948 con el enfrentamiento armado árabe-israelí, y que recrudeciera el 29 de octubre de 1956 por la decisión del presidente de Egipto, Gamal Abdel Nasser, de nacionalizar el Canal de Suez -ruta artificial de navegación situado en ese país-, que de materializarse, perjudicaría los intereses económicos del Reino Unido y Francia, principales beneficiarios del petróleo que abundaba en tal sitio estratégico . A la cruenta invasión de la triple coalición británica-francesa-israelí le siguió la impiadosa réplica egipcia, cuyas Fuerzas Armadas hundieron 40 barcos aliados, por lo que se produjo el bloqueo del Canal. El cese de las hostilidades se consumaría recién en 1957, con el retiro de las huestes europeas e israelitas, a instancias de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), tras lo que el Suez reabrió sus compuertas (4)
De tal foco belicista, derivó el primer boicot internacional en la historia del olimpismo, pues Egipto, Líbano e Irak desisitieron de competir en Melbourne al desconocer el Comité Olímpico Internacional (COI) su reclamo tendiente a prohibirles la participación al Reino Unido y Francia.
Pocos días después de los episodios acaecidos en Cercano Oriente, se desató la llamada Revolución Húngara. A ese respecto, la población de a pie de la República Popular de Hungría, subordinada a la voluntad de la Unión Soviética, se propuso resistir la política autoritaria impuesta en su país de origen a través de la nación emblema del comunismo. Por ello, la coordinada interacción del AVH y el Ejército Rojo, que el 4 de octubre sofocara la revuelta a sangre y fuego, por aire y tierra. Millares murieron y otros tantos resultaron heridos de gravedad.
Con todo, el COI se rehusó a excluir del inminente certamen de Melbourne a la URSS, lo que
redundó en la segunda tanda de países que optaron por negarse a intervenir: España, Holanda y Suiza.
Por su parte, Hungría, principal damnificado del catastrófico acontecimiento desencadenado en su seno, envió no obstante una nómina de 108 deportistas a los JJ.OO a disputarse en Australia ,de la que sobresalía el equipo de waterpolo, que había obtenido la medalla de oro en Helsinki 1952, y cuyo mayor rival en Oceanía se vislumbraba sería...Unión Soviética. El intercambio de agresiones entre húngaros y soviéticos, que forzó a la otrora cristalina piscina a adoptar paulanitamente una tonalidad furiosamente roja, motivó la suspensión del decisivo choque por semifinales, más conocido como El Baño Sangriento de Melbourne, en el que los húngaros se imponían 4 a 0, a la sazón el score definitivo definitivo del cotejo de acuerdo con la determinación oficial. Al día siguiente, los magiares retendrían el título al batir a Yugoslavia (2-1), aun pese a la ausencia de su estrella guía, Ervin Zádor (5), impedido de intervenir producto del brutal codazo en su ojo derecho que le aplicara su contrincante, Valentin Prokopov, con quien había mantenido una acalorada discusión.
Disconforme con la ratificación de la participación de la República de China (nacionalista), con la que se había enfrentado en la Guerra Civil que culminara en 1949, República Popular China (comunista) fue la próxima en plegarse a la larga lista de deserciones que hubo de asumir el magno evento de Melbourne, que se completó con las de Malta, Panamá, Costa de Oro -hoy Ghana-, Guatemala y de otras naciones que habían rechazado la invitación en primera instancia. De todas maneras, lo que amenazaba con ser una sensible disminución no fue tal, producto de los respectivos debuts en olímpicos de Alemania Oriental (6), Etiopía, Fiji, Kenia, Liberia, Uganda, Federación Malaya -actual Malasia-y Borneo Septetrional.
Era tal el cariz belicista que acechaba la óptima apertura de los Juegos Olímpicos de 1956, que hasta la disputa entre las dos máximas potencias de Oriente y Occidente que conmocionaría al Mundo durante décadas, conocido como La Guerra Fría, apenas si podía calificarse de escaramuza ideológica en ese momento.
Sin embargo, ni Estados Unidos ni la Unión Soviética sesgaban en su intento de acaparar el protagonismo estelar; máxime en tamaña celebración ecuménica. Los norteamericanos pretendían reasegurar su liderazgo del medallero final de Helsinki 1952, en el que fueran escoltados precisamente por su acérrimo enemigo, que aquel certamen había realizado su presentación olímpica. Los europeos, a su vez, se habían fijado un solo objetivo: "la" revancha, que a la postre acabaría por materializarse (7).
Aun así, los soviéticos se sabían en inferioridad de condiciones frente a los norteamericanos en ciertas especialidades, aunque en ninguna manifestaron su respeto -léase temor- tan nítidamente como en levantamiento olímpico. Al igual que en la edición anterior, en Melbourne ni siquiera se molestaron en enviar a sus halterófilos a competir en la categoría de + de 90 kilogramos de peso corporal, lo que en principio hacía presuponer que -aunque debutante- el considerado mejor pesista del mundo, Paul Anderson, se adjudicaría una cómoda victoria. Después de todo, la única oposición digna que podía corporizarse ante el estadounidense, si bien experimentado en la materia, habida cuenta de la medalla de bronce que obtuviera en Helsinki, tan solo podía contentarse justamente con tal logro, toda una hazaña en una disciplina irrelevante en su país natal.
Claro que de ningún modo nuestro Humberto Selvetti se había embarcado en semejante periplo de meses eternos para limitarse a oficiar de partenaire. De hecho, el Gordo nunca había reunido
chances de cosechar la medalla de oro como en la antesala del duelo a dirimirse la medianoche -según el huso horario australiano- del 26 de noviembre, en el Royal Exhibition Building de Melbourne, estado de Victoria.
Aunque el entrerriano no lo supiera, su creciente potencial se notaría favorecido por un imprevisto que cercenaría sensiblemente la mentada invencibilidad de Anderson; tanto que incluso una junta médica recomendó al estadounidense que se abstuviera de competir...